"En el pintoresco corregimiento de Jurubirá, en la exuberante región del Chocó colombiano, Aurora vive una vida sencilla y tranquila, ajena a los secretos que guarda su pasado. Rodeada de ríos cristalinos, selva vibrante y la calidez de su familia, cada día parece igual… hasta que la llegada de Pablo, un joven de la ciudad de Madrid, irrumpe en su mundo. Entre encuentros inesperados, emociones que desafían su corazón y secretos familiares que podrían cambiarlo todo, Aurora deberá enfrentar la diferencia de clases, los sentimientos prohibidos y la incertidumbre de un destino que jamás imaginó."
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El Eco de la Ciudad
La mañana en Jurubirá comenzó con una humedad que se pegaba a la piel. Pablo bajó a la sala de la posada, tratando de ignorar el peso de los contratos que aún descansaban en su maletín. Sobre la mesa principal, Doña Carmen organizaba unos sobres que habían llegado en la lancha de correo nocturna.
—Llegó esto para usted, señor Pablo —dijo Carmen, señalando un sobre de papel crema, demasiado elegante para aquel lugar—. Tiene el sello de una joyería de Madrid. Pesa bastante para ser solo una carta.
Pablo abrió el sobre con discreción. Era un catálogo de alianzas con una nota manuscrita de Beatriz: "He elegido el oro blanco, espero que no te opongas. Alessandro dice que vuelves pronto". Pablo cerró el sobre rápidamente, sintiendo que ese mundo de lujo era un idioma que ya empezaba a olvidar.
En el muelle, el trabajo no se detenía. Aurora estaba ayudando a Julio a calafatear una pequeña embarcación. Cuando Pablo se acercó, el olor a brea y sal le llenó los pulmones.
—Hoy tiene cara de haber dormido poco, Rossi —comentó Aurora sin levantar la vista de la madera—. ¿O es que los ruidos de la selva le están quitando el sueño de ciudad?
—Solo pensaba en el tiempo, Aurora —respondió Pablo, sentándose en un botalón de madera—. Mi padre... él espera que las cosas avancen rápido. No entiende que aquí el ritmo lo marca el mar.
Aurora dejó la espátula y lo miró fijamente. Sus ojos oscuros buscaban algo en la expresión de Pablo que él intentaba ocultar.
—El problema no es su padre, es lo que usted no dice. Ayer hablaba de jubilaciones y hoy tiene la mirada perdida en el horizonte. Si tiene algo que decir sobre nuestras tierras, suéltelo de una vez. No nos gusta que nos caminen con rodeos.
—No hay nada que decir, solo que... quiero hacer las cosas bien —mintió Pablo, sintiendo que la red de secretos se volvía más apretada.
Mientras tanto, en la cocina de los Garcés, Sofía ayudaba a Bertha a limpiar los granos de café. La joven estaba inusualmente callada, hasta que no pudo más.
—Mamá... ¿tú crees que una persona puede ser feliz viviendo en dos lugares al mismo tiempo? —preguntó Sofía.
Bertha se detuvo y miró a su hija. Sabía que se refería a Pablo.
—Nadie tiene el corazón tan grande, Sofía. Tarde o temprano, uno de los dos lugares te reclama. El señor Pablo tiene su destino marcado en Europa, con sus mármoles y sus damas de seda. Nosotros somos de barro y madera. No permitas que tu cabeza vuele más alto que tus pies, porque la caída duele.
Sofía asintió, pero en el fondo, recordaba la mirada de Pablo la noche anterior. No era la mirada de un hombre que quería irse.
Al atardecer, Pablo caminó hacia la casa comunal, viendo a los niños jugar fútbol en la arena. Vio a Santiago correr con una destreza envidiable y pensó en la orden de su padre: "Haz que firmen como sea". Pablo se dio cuenta de que, si cumplía esa orden, esos niños no tendrían playa donde jugar. Guardó el sobre de la joyería en el bolsillo trasero, sintiendo que ese oro blanco pesaba más que todo el plomo del mundo.