Esta es la crónica de Valentina Vingut, una estudiante de medicina cuya existencia se fragmenta al colisionar con Ricardo Vidal. Él es un magnate custodiado por un imperio de poder y una familia de fachada, pero poseedor de una oscuridad magnética que arrastra a Valentina hacia un romance prohibido. Lo que ella ignora es que esa conexión eléctrica no es azar: sus linajes han estado encadenados por una deuda de sangre desde tiempos ancestrales.
Será el deseo suficiente para silenciar la moral?
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Capítulo 11: ebriedad y confesiones
Pasaron dos meses. Sesenta días de una monotonía asfixiante donde mi vida se resumía en el pitido constante de los monitores de la unidad de cuidados críticos y el olor a antiséptico que parecía haberse impregnado en mi piel. La maestría me estaba consumiendo; el agotamiento físico era real, pero el mental era devastador. Me sentía como una autómata: evaluaba pacientes, ajustaba dosis de inotrópicos y redactaba informes, todo mientras una parte de mi cerebro seguía anclada en aquella tarde de los lattes de vainilla.,
Ricardo había cumplido su palabra de no escribirme, o al menos eso parecía. Pero el silencio no es ausencia, es una forma distinta de presencia que grita en los momentos de soledad.
Una noche, cerca de las once, mientras terminaba una guardia extenuante, mi teléfono vibró sobre la mesa de la estación de enfermería. No era un mensaje. Era una foto.
Al abrirla, mi corazón dio un vuelco. Era una imagen de la finca de las veintidós hectáreas, tomada desde el balcón donde habíamos cenado. El pie de foto decía simplemente: “Todo aquí sigue llevando tu nombre”.
Sentí una rabia sorda mezclada con una nostalgia corrosiva. ¿Cómo se atrevía? Él había dictado las reglas del exilio. Él me había pedido que no respondiera para "protegerme", y ahora lanzaba ese anzuelo justo cuando mis muros empezaban a endurecerse. Bloqueé el teléfono y lo guardé en el bolsillo de mi bata, apretando los dientes para no llorar frente a las enfermeras.
—¿Dra. Valentina? ¿Se siente bien? —preguntó una de ellas, notando mi palidez.
—Solo el cansancio, licenciada. Ha sido un día largo —mentí por inercia.
Al salir del hospital, el frío de la madrugada me golpeó el rostro. Busqué mi coche en el estacionamiento, pero antes de llegar, una silueta apoyada en una camioneta negra me detuvo en seco. No hacía falta ver la matrícula; conocía esa postura, esa forma de dominar el espacio incluso en la oscuridad.
—Te dije que no vinieras —dije, antes de que él pudiera pronunciar una palabra. Mi voz sonó más quebrada de lo que pretendía.
—Y yo me dije mil veces que no lo haría —respondió Ricardo, dando un paso hacia la luz del farol—. Pero dos meses son una eternidad cuando el mundo se siente vacío, Valentina.
Se veía cansado. El traje impecable de siempre parecía pesarle más de la cuenta y sus ojos aceituna tenían ojeras profundas. Se acercó lo suficiente para que el aroma de su perfume, ese que me perseguía en sueños, me rodeara de nuevo.
—No puedes aparecerte así —le recriminé, retrocediendo un paso—. Me pediste que te ignorara. Me echaste de tu vida para salvar tu patrimonio y tu paz familiar. ¿Y ahora qué? ¿Quieres que volvamos a las migajas?
—No son migajas —dijo con una intensidad que me hizo temblar—. Es que no puedo más. He intentado seguir el guion, ser el hombre que mi familia espera, pero cada vez que cierro los ojos estás tú. La maestría, tus guardias, el maldito coche gris que sigue rondándote... sé que estás sufriendo y me está matando no poder ser yo quien te sostenga.
—¿El coche gris sigue ahí? —pregunté, sintiendo un escalofrío de terror real.
—Ella no ha dejado de buscar, Valentina. Pero no me importa. He tomado una decisión.
Lo miré con incredulidad. Las palabras de Roxana resonaron en mi cabeza: "Él tiene una hija y una mujer en casa". El conflicto entre mi ética y mi deseo se volvió una lucha física en mi pecho. Ricardo estiró la mano y rozó mi mejilla con el dorso de sus dedos; el contacto fue como una descarga eléctrica que derribó en un segundo dos meses de reconstrucción personal.
—No me pidas que elija entre mi seguridad y tú —susurré, cerrando los ojos ante su toque—. Porque sé que al final, siempre seré yo la que se quede sola en el hospital mientras tú vuelves a tu realidad.
Él no respondió con palabras. Me tomó por la cintura y me atrajo hacia él en un beso desesperado, uno que sabía a perdón, a pecado y a una promesa que ambos sabíamos que era casi imposible de cumplir. En ese estacionamiento desierto, bajo la mirada indiferente de las luces de la clínica, comprendí que mi maestría en cuidados críticos no me había enseñado lo más importante: cómo resucitar un corazón que se empeñaba en morir por la persona equivocada.
El beso en el estacionamiento de la clínica no fue una reconciliación; fue un recordatorio cruel de mi propia debilidad. Al separarme de Ricardo, el aire gélido de la madrugada me devolvió la consciencia a golpes. Lo miré con una mezcla de adoración y furia, sintiendo cómo el cansancio me hacía temblar las manos.
—Vete, Ricardo. Por favor, vete antes de que alguien nos vea —le supliqué, retrocediendo hacia mi coche—. No vuelvas a aparecerte así. No me pidas lo imposible.
Llegué a casa y me desplomé en la cama sin siquiera quitarme el uniforme. El olor a hospital —esa mezcla de antiséptico y enfermedad— se fundía con el rastro de su perfume en mi cuello. Era una combinación que me provocaba náuseas y nostalgia a partes iguales, una metáfora perfecta de lo que él representaba en mi vida: una cura que terminaba siendo veneno.
Al día siguiente, la rotación en la Unidad de Cuidados Críticos Pediátricos fue un infierno en la tierra. Teníamos a un lactante de tres meses con un cuadro de shock séptico refractario. Mis manos se movían mecánicamente: ajustaba la dopamina, vigilaba la saturación, calculaba el balance hídrico con una precisión robótica, mientras mi mente me traicionaba. Cada vez que el sensor del monitor emitía una alarma, yo sentía que era mi propia vida la que entraba en código rojo.
Salí a las seis de la tarde, con los ojos ardidos de tanto mirar pantallas. Al subirme a mi coche, el corazón me martilleó contra las costillas: sobre el asiento del copiloto había un sobre blanco. ¿Cómo habían entrado? ¿Quién tenía ese nivel de acceso a mi espacio privado? Con manos trémulas, abrí la nota. No había amenazas, sino un pasaje de avión y esa caligrafía elegante que ya conocía:
Mañana es viernes. Tienes el fin de semana libre tras tu guardia. Te espero en la finca. No es una invitación, es una necesidad. Confía en mí por última vez.
La incertidumbre me desgarraba. El deber me dictaba una cosa, pero mi cuerpo, ese que él había reclamado con tanta ferocidad, latía desbocado por otra. Quizás el mayor terror de Ricardo era ese: que yo estaba siguiendo mi camino sin él.
El viernes, al finalizar la guardia de 24 horas, las enfermeras —mis únicas aliadas en ese mundo de jerarquías y egos— me convencieron de ir a tomar unas cervezas. Si me hubieran visto hace un año, no me reconocerían. La chica centrada y abstemia estaba devastada, buscando un alivio líquido para un dolor que no aparecía en los libros de medicina.
—Magali, ¿ya conociste al nuevo de cirugía pediátrica? —decía Rita entre risas—. ¡Está como quiere! Un bombón que Dios trajo al mundo para pecadoras como nosotras.
—Una divinura celestial, amiga. ¡Qué desperdicio sería no mirarlo!
Las escuchaba hablar con esa picardía típica de quienes ven la muerte a diario. Los médicos y enfermeras suelen ser los más intensos, quizás porque sabemos mejor que nadie lo frágil que es el hilo de la vida.
—Valentina, jajaja, ustedes son terribles —dije, sintiendo el calor de la segunda cerveza subiéndome a las mejillas.
—¿Por qué, pues? ¿Quién me prohíbe mirar? —respondió Rita, clavando sus ojos en los míos—. Si la vida está para disfrutarla, doctora. Tú mejor que nadie sabes que la vida se esfuma en un segundo. El destino es el que manda. ¿Te vas a cohibir por cosas moralistas?
Sus palabras cayeron sobre mí como una sentencia. Sentí que, sin saberlo, Rita estaba dándome el empujón final hacia el abismo. Tenía razón. Nunca me había sentido tan viva como con él, y si el destino ya estaba escrito, ¿para qué seguir luchando contra la corriente?
—Saben, chicas... nunca nadie dijo algo tan cierto —murmuré, levantándome de golpe—. Me voy. Las quiero, nos vemos el lunes.
Salí directo al aeropuerto. Tenía solo 39 minutos para llegar, pero el tráfico pareció abrirse como el Mar Rojo. Llegué sin contratiempos, con la adrenalina y el alcohol nublándome el juicio pero aclarando mi deseo. Al aterrizar, un hombre con traje oscuro y expresión neutra me esperaba en la salida.
—Señorita Vingut, ¿es usted? —preguntó.
—Sí, soy yo.
—El señor Videla me pidió llevarla al sitio acordado. ¿Vamos?
Asentí, subiendo al vehículo que me internaría de nuevo en el imperio de las veintidós hectáreas. Mientras veía las luces de la ciudad quedar atrás, supe que estaba haciendo algo de lo que probablemente me arrepentiría, pero por primera vez en mi vida, no me importaba.