En la prisión de máxima seguridad de Tadmor, la doctora Andrea Spencer, psicóloga forense, recibe una tarea imposible: evaluar a Danielle Hoffmann, una asesina acusada de crímenes inhumanos.
Pero en cada entrevista, los roles comienzan a invertirse.
Tras el vidrio blindado y las cadenas, Danielle no se comporta como un monstruo… sino como alguien que sabe exactamente lo que es. Habla de experimentos, de una infancia robada, de un proyecto que buscaba crear algo más que soldados. Y en su mirada hay una certeza inquietante: ella no fue la única.
Mientras Andrea intenta separar la verdad del delirio, descubre que cada palabra en esa celda es una advertencia. Porque Danielle no espera juicio.
Espera que vengan por ella.
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XI. APOCALIPSIS.
Arthur no regresó al helipuerto.
No inmediatamente.
Porque en cuanto abandonó el perímetro de la isla, activó algo mucho más antiguo que sus credenciales de juez, más profundo que su rango, más peligroso que cualquier arma: sus contactos olvidados.
El helicóptero atravesaba nubes bajas cuando Arthur abrió el maletín negro apoyado sobre sus rodillas. Dentro no había papeles.
Había tecnología.
Un teclado flexible.
Un módulo de intrusión cuántica.
Un núcleo de desencriptación militar.
Lo encendió. La pantalla proyectada iluminó sus ojos. Fríos. Concentrados. Jóvenes. El piloto lo miró por el retrovisor.
—¿Destino confirmado, señor? —preguntó.
—Mantenga ruta recta. —pausa—. Y no me hable.
El piloto tragó saliva.
—Sí, señor.
Arthur ya no estaba allí. Su mente estaba dentro de la red.
Primer firewall: Defensa Federal.
Lo atravesó en 12 segundos.
Segundo: Capa judicial sellada.
17 segundos.
Tercero: Archivo negro clasificado.
29 segundos.
Su pulso no cambió. Las líneas de código corrían como lluvia. Contraseñas antiguas. Protocolos muertos. Puertas que nadie recordaba que existían.
Arthur susurró para sí:
—Veamos qué escondieron…
Buscó una palabra. Una sola.
EVOLUCIÓN.
Enter.
La pantalla parpadeó.
Acceso denegado.
Arthur sonrió apenas.
—Eso crees.
Sus dedos se movieron más rápido. Activó un bypass neuronal artificial que replicaba patrones de autorización gubernamental de alto rango. El sistema dudó. Luego cedió.
ACCESO AUTORIZADO
ARCHIVO CLASIFICADO NIVEL OMEGA
Arthur dejó de respirar. El archivo se abrió.
—Ok... —suspiró—. Tracionemos a la patria.
Proyecto: EVOLUCIÓN
Estado: ACTIVO
Autorización: CONSEJO DE SEGURIDAD GLOBAL
Arthur frunció el ceño. Siguió leyendo. Sus pupilas se dilataron.
El programa fue aprobado hace 18 años bajo consentimiento estatal para el desarrollo de sujetos humanos mejorados con fines defensivos. Su mandíbula se tensó.
Director científico principal: Xavier Hoffmann.
Silencio en cabina. El rotor del helicóptero sonaba lejano. Arthur siguió.
Resultados obtenidos:
Sujeto D-01 — Éxito extremo (estatus desconocido)
Sujeto G-02 — Fallido (presunto fallecido)
Otros sujetos — descartados
Arthur murmuró:
—D… Danielle. —leyo—. Y G… —sus dedos se congelaron— …Guerra.
Ares, su hijo.
Continuó leyendo.
Conclusión del comité:
Los sujetos D-01 y G-02 superaron parámetros previstos.
Nivel de amenaza potencial: crítico global.
Arthur tragó saliva.
La siguiente línea hizo que su sangre se helara.
Resolución: reiniciar proyecto.
Silencio.
Otra línea apareció.
Objetivo actual: crear entidad superior a D-01 y G-02 combinados.
Arthur susurró:
—No…
Siguió leyendo.
Propósito: arma biológica autónoma capaz de neutralizar sujetos mutados fuera de control.
Su respiración se volvió más pesada.
Nombre del nuevo prototipo:
La pantalla tardó un segundo en cargar. Pero para Arthur… ese segundo duró una eternidad.
PROTOTIPO: APOCALIPSIS.
El juez se quedó inmóvil. El helicóptero vibraba. El cielo rugía. El mundo seguía girando. Pero dentro de esa cabina… todo se detuvo.
Porque Arthur entendió algo que ni siquiera Ares había dicho en voz alta: El mundo no quería capturarlos. Quería algo capaz de matarlos y ya lo estaban creando.
Arthur abrió el archivo de especificaciones. Su expresión cambió por completo.
Sorpresa.
Horror.
Y algo más. Algo que no sentía desde hacía años... Miedo. Porque los datos no describían un experimento. Describían un depredador. Uno diseñado específicamente para cazar… a su propio hijo.
El piloto habló con voz temblorosa:
—Señor… ¿todo bien?
Arthur cerró lentamente el archivo.
Sus ojos brillaban con determinación.
—No. —pausa—. Nada está bien.
Guardó el dispositivo. Miró al frente.
—Gire. —ordenó.
—¿Destino?
Arthur respondió sin dudar:
—Volvemos.
En la pantalla apagada, una última línea quedó grabada en negro:
Estado del prototipo APOCALIPSIS: ACTIVO.
—Mierda...
...----------------...
El viento nocturno recorría la pista del hangar como un susurro helado.
Ares permanecía inmóvil en el exterior, con la mirada fija en el cielo oscuro por donde el helicóptero había desaparecido. Su postura era recta, firme… pero sus ojos no estaban calculando trayectorias ni rutas aéreas.
Estaban pensando.
Algo en su expresión —apenas perceptible— había cambiado. No era debilidad. Era tensión contenida.
A varios metros, Danielle lo observaba en silencio. Lo conocía demasiado bien. Reconocía cada variación de su respiración, cada pausa en su quietud, cada microgesto que para cualquier otro pasaría desapercibido.
Sonrió apenas y caminó hacia él. Sin prisa. Sin ruido.
Cuando llegó detrás, rodeó su torso con los brazos y apoyó la mejilla entre sus omóplatos.
—¿Te preocupa Arthur? —preguntó con suavidad.
Ares ni siquiera se giró.
—No.
La respuesta salió inmediata. Seca. Automática. Danielle soltó una pequeña risa contra su espalda. No era burla. Era ternura.
—Sabes que a mí no puedes mentirme.
Silencio. El viento volvió a pasar.
—Es lógico que te preocupe —añadió ella—. Después de todo… es tu padre.
El cuerpo de Ares se tensó apenas. No mucho.
Solo lo suficiente para que ella lo sintiera. Entonces él tomó sus manos con calma y se apartó suavemente, girándose para mirarla. Sus ojos eran serenos, pero había algo más profundo detrás.
—Dejó de buscarme —dijo.
No fue reproche. Fue un hecho.
Una sentencia fría.
Danielle inclinó la cabeza, observándolo con esa mirada verde que parecía ver más de lo que mostraba.
—Aun así —respondió con una sonrisa leve— tuviste un padre que te buscó… y que te ama.
El silencio entre ellos cambió. Se volvió más íntimo. Más real. Ella bajó un poco la voz.
—Yo tuve uno que solo me usó como prototipo… y que intentó matarme.
No había dolor en su tono. Solo verdad. Eso fue lo que hizo que algo dentro de Ares se quebrara.
No visiblemente.
Pero Danielle lo sintió. Sin decir nada, él dio un paso y la rodeó con los brazos, atrayéndola contra su pecho con firmeza. No fue un abrazo suave.
Fue protector.
Instintivo.
Su barbilla descansó apenas sobre su cabeza.
—Lo siento —murmuró.
Danielle parpadeó. Porque Ares casi nunca se disculpaba. Ella apoyó la frente contra su clavícula, cerrando los ojos un instante.
—No lo sientas —susurró—. Si no hubiera pasado… no sería quien soy —lo miró—Y tú no me amarías.
El pulso de Ares se desaceleró. Sus dedos se cerraron un poco más sobre su espalda.
El viento volvió a soplar. Esta vez más frío.
Más distante. A lo lejos, una luz diminuta apareció en el cielo. Un punto. Moviéndose rápido. Los ojos de Ares se alzaron. Se afilaron.
Danielle lo sintió cambiar antes de que él dijera nada.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Ares no respondió enseguida. Observaba el punto luminoso crecer. Descender.
Reconoció el patrón de vuelo.
Reconoció la señal térmica.
Reconoció la trayectoria.
Su voz salió baja. Muy baja.
—Regresó.
Danielle siguió su mirada. El punto se hizo más grande. Más cercano. Más claro. Un helicóptero,volviendo demasiado pronto. Y eso… nunca era buena señal.
El helicóptero descendía torcido.
No era el aterrizaje limpio y calculado de antes. Era inestable. Forzado. Peligroso.
Las hélices cortaban el aire con un sonido irregular, como si en cualquier momento fueran a rendirse.
Ares lo supo antes de que tocara suelo. Su brazo rodeó a Danielle y la movió detrás de él en un solo gesto automático, cubriéndola con su cuerpo como un escudo viviente. Sus ojos ya no eran los de un estratega.
Eran los de un depredador alerta.
El helicóptero golpeó el suelo con un estruendo metálico y se deslizó varios metros antes de detenerse de lado.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
La compuerta se abrió de golpe desde dentro y entonces Arthur cayó.
Literalmente.
Su cuerpo se desplomó desde la cabina y rodó por el metal antes de impactar contra el suelo del hangar. Danielle reaccionó primero.
—¡MÉDICO! —gritó con una voz que hizo eco en toda la estructura.
Ares ya estaba corriendo. En tres zancadas llegó hasta él y lo giró con cuidado pero firmeza. Cuando lo dio vuelta, vio la sangre.
Mucha.
Oscura.
Empapando el abdomen.
La herida no era superficial. Era profunda. Precisa de cuchillo. Los ojos de Ares se endurecieron.
—¿Quién te hizo esto?
Arthur respiraba con dificultad, el pecho subiendo y bajando de forma irregular. Aun así… sonrió. Una sonrisa torcida. Casi orgullosa.
—Descubrí… algo…
Tosió. Sangre en la comisura de los labios. Danielle se arrodilló al otro lado, presionando la herida con sus manos sin dudar.
—No hables —ordenó con firmeza—. Guarda energía.
Arthur negó apenas.
—El piloto… —su voz se quebró un instante por el dolor—. Me atacó…
Ares no apartó la mirada de él.
—¿Por qué?
Arthur soltó una pequeña risa ronca.
—Porque… lo descubrí.
Respiró hondo con dificultad.
—Lo maté.
Silencio.
—¿Cómo? —preguntó Ares, frío.
Arthur entrecerró los ojos, divertido pese a la sangre.
—Le rompí el cuello y lo tiré al mar… desde gran altura… —pausa, una mueca irónica—. Creo que con eso… lo maté.
Danielle no pudo evitar mirarlo un segundo, sorprendida por el humor negro. Ares no sonrió. Pero algo parecido a respeto cruzó fugazmente su mirada.
Pasos apresurados resonaron.
Un equipo médico llegó corriendo con camilla y equipo de emergencia.
—¡Retírense!
Danielle no se movió.
—Si no presiono esto se desangra —dijo firme.
El médico la miró… y luego miró a Ares. Ares asintió una sola vez.
—Trabajen.
El equipo actuó. Gasas. Instrumentos. Inyección. Presión. Arthur apretó la mandíbula cuando el dolor subió como fuego.
Su mano se cerró de pronto sobre el antebrazo de Ares. Fuerte. Sorprendentemente fuerte. Sus ojos se clavaron en los de él. Ya no había ironía. Solo urgencia.
—Escucha…
Ares se inclinó apenas.
Arthur susurró:
—No te están cazando. —pausa, su respiración tembló—. Te están… preparando algo.
Los ojos de Ares se oscurecieron.
—¿Qué cosa?
Arthur tragó sangre. Una sola palabra salió de sus labios:
—Apocalipsis.
El sonido metálico de los instrumentos pareció apagarse. El aire del hangar se volvió pesado. Incluso
Danielle sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Lo están creando… —continuó Arthur con voz rota— para matarte.
Silencio absoluto. El monitor médico pitó más rápido. Arthur apretó un poco más el brazo de Ares.
—Y si existe…
Respiró hondo, reuniendo las últimas fuerzas.
—Entonces… corre.
Ares no se movió. No parpadeó. No respondió. Porque por primera vez… no estaba pensando como estratega. Estaba pensando como objetivo.
Las puertas de la sala médica se abrieron de golpe cuando el equipo terminó de colocar a Arthur sobre la camilla quirúrgica.
Luces blancas. Instrumentos metálicos. Pantallas parpadeando. El monitor emitía un sonido irregular.
Bip… bip… bip…
—Presión cayendo —dijo una médica.
—Pulso filiforme.
—Necesitamos transfusión ya.
Un técnico tomó la muestra de sangre de Arthur y la introdujo en el analizador rápido.
Danielle dio un paso adelante.
—Usen la mía.
El médico principal negó de inmediato.
—Imposible.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo que imposible?
El médico giró la pantalla hacia ella. En letras rojas parpadeaba:
ANOMALÍA HEMÁTICA – MUTACIÓN CELULAR DESCONOCIDA
—Tu sangre no es humana estándar. Las células tienen una estructura alterada. Si la transfundimos, su organismo podría colapsar en segundos.
Silencio.
Ares extendió su brazo.
—La mía.
El médico volvió a negar, más firme.
—Tampoco. Tu perfil genético está modificado. La compatibilidad no es el problema… es la reacción inmunológica. Su cuerpo lo interpretaría como un patógeno.
Una enfermera susurró:
—Sería como inyectarle veneno.
El monitor pitó más lento.
Bip… … bip…
—Se nos va —dijo otro médico.
Por primera vez, el aire alrededor de Ares se tensó. No gritó. No amenazó. Pero la temperatura emocional de la sala bajó varios grados.
—Entonces consigan un donante —ordenó, voz baja.
—No hay tiempo para buscar uno compatible —respondió el médico—. Necesitamos alguien ahora mismo.
Y entonces...
—Usen la mía.
Todas las miradas se giraron. Andrea estaba en la puerta. Había llegado corriendo. Respiraba agitada. El cabello desordenado. Los ojos abiertos al ver la escena. Su mirada cayó sobre Arthur.
La herida.
La sangre.
La palidez.
Tragó saliva. Pero no retrocedió.
—Mi grupo es O negativo —dijo—. Universal. Úsenla.
Los médicos se miraron entre sí.
Uno preguntó rápido:
—¿Enfermedades? ¿Medicaciones? ¿Condiciones médicas?
—Nada relevante. Estoy sana. Háganlo.
El médico principal asintió.
—Prepárenla.
Dos enfermeros la sentaron en una silla junto a la camilla. Le ataron el torniquete. Desinfectaron el brazo. Danielle la observaba en silencio.
No sonreía.
No analizaba.
Solo la miraba.
La aguja entró en la vena de Andrea. El tubo comenzó a llenarse.
Rojo.
Vivo.
Humano.
La línea se conectó al sistema de Arthur. El monitor tardó unos segundos. Luego...
Bip.
Bip.
Bip.
Más regular. El médico exhaló.
—Está respondiendo.
Andrea soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Ares observó la bolsa de sangre subir lentamente. Luego miró a Andrea.
No dijo gracias.
No era un hombre de agradecer.
Pero su mirada se detuvo en ella un segundo más de lo habitual. Eso… ya era suficiente para cualquiera en esa base. Arthur abrió apenas los ojos.
Visión borrosa. Sus pupilas se movieron hasta encontrar una silueta alta.
—Ares…
Un hilo de voz. Ares se inclinó apenas.
—No hables.
Arthur respiró con dificultad.
—Descubrí… algo…
Los médicos se tensaron. Danielle entrecerró los ojos. Arthur murmuró:
—Proyecto…
El monitor pitó más rápido.
—No lo fuerces —dijo el médico.
Pero Arthur insistió, apenas audible:
—Proyecto… Apocalipsis…
El nombre cayó en la sala como una piedra en agua quieta. Nadie habló. Ni siquiera Ares. El monitor continuó sonando.
Bip… bip… bip…
Más estable. Pero el silencio ahora era distinto.
Más pesado.
Más peligroso.
Porque todos en esa habitación sabían una cosa: Si Arthur había arriesgado su vida para traer ese nombre…
Entonces lo que venía era peor que cualquier enemigo que hubieran enfrentado antes.
Las luces de la sala médica seguían encendidas cuando Arthur, aún débil, movió apenas la mano.
—Archivo… —susurró.
Conrad ya estaba en movimiento antes de que terminara la palabra. Sus dedos volaron sobre la tablet táctica, conectándose al núcleo de datos que Arthur había copiado del laboratorio enemigo. Pantallas holográficas se desplegaron en el aire, una tras otra, proyectando líneas de código, carpetas cifradas y sellos gubernamentales clasificados.
Una carpeta destacaba.
PROYECTO APOCALIPSIS.
Nivel de acceso: ABSOLUTO
Conrad silbó bajo.
—Esto… no es investigación común.
Ares no habló.
Solo dijo:
—Ábrelo.
La carpeta se abrió. Primero apareció un expediente clínico. Luego… una imagen. Un joven.
Aproximadamente veinticinco años. Cabello oscuro. Rostro inexpresivo. Ojos claros… demasiado claros. No había emoción en ellos. Ni rabia. Ni tristeza.
Nada.
Debajo de la foto:
SUJETO N-01
Estado: ACTIVO
Estabilidad genética: 99.8%
Control conductual: TOTAL
Andrea sintió un escalofrío.
—Eso no es posible…
Conrad amplió los datos biométricos.
—Pulso basal: 28 latidos por minuto… ¿qué demonios…? —se sorprendió.
Danielle dio un paso más cerca. Su expresión había cambiado, ya no era curiosidad. Era reconocimiento. La siguiente pantalla mostró imágenes antiguas.
Un niño.
Seis años.
Atado a una camilla. Tubos. Agujas. Científicos alrededor y detrás de ellos… Xavier Hoffmann.
—Hijo de puta —maldijo Danielle.
Observando.
Supervisando.
Sin emoción. Andrea susurró:
—Lo empezó a experimentar… desde los seis…
Conrad siguió leyendo. Su voz se volvió más baja.
—Alteraciones genéticas progresivas. Inserción de proteínas sintéticas. Reestructuración neuronal. Reprogramación del umbral del dolor. Supresión total de respuesta empática… —se apoyó contra la silla—. Una verdadera bomba.
Silencio. Danielle habló apenas:
—Lo vaciaron.
Otra imagen apareció. El niño… ya adolescente. Sujetando el cuello de un hombre adulto con una sola mano. El hombre flotaba en el aire.
El informe indicaba:
Edad del sujeto: 14 años
Resultado: 17 bajas en prueba de contención
Andrea llevó una mano a su boca.
—Eso fue una prueba…
Conrad deslizó el archivo final. El título estaba marcado en rojo.
PROPÓSITO DEL PROYECTO
Leyó en voz alta:
—"Crear un organismo superior capaz de neutralizar activos fuera de control como Sujetos D-13 y A-01."
Silencio absoluto. Lentamente… todos miraron a Danielle. Luego a Ares.
Conrad terminó la línea:
—"En caso de que ambos objetivos cooperen entre sí, el Sujeto A-01 deberá eliminarlos."
El aire se volvió denso. Pesado. Como antes de una tormenta. Ares observó la imagen del joven. No parpadeó.
—¿Nombre?
Conrad bajó la vista al archivo. Su voz se volvió casi un susurro.
—No tiene —pausa—. Solo lo llaman… —levantó la mirada—. Apocalipsis.
El monitor cardíaco de Arthur sonó constante detrás.
Bip… bip… bip…
Danielle sonrió apenas. Pero no era una sonrisa divertida. Era la sonrisa de alguien que acaba de entender que el mundo acaba de volverse más interesante.
—Perfecto —murmuró—. Al fin hicieron algo digno.
Ares inclinó apenas la cabeza, todavía mirando la proyección. Sus ojos se oscurecieron.
—No. —silencio—. Hicieron un error.
Andrea lo miró.
—¿Cuál?
Ares respondió sin apartar la vista del rostro del joven en la pantalla:
—Dejarlo crecer.
La imagen holográfica del sujeto A-01 parpadeó. Por un segundo pareció que los ojos del joven miraban directamente hacia ellos.
Como si supiera.
Como si sintiera.
Como si... los estuviera esperando.
Andrea frunció el ceño.
Miró a Danielle y Ares aterrada.
—Hay alguien que los supera… y puede matarlos. —menciono.
El silencio que siguió no fue tenso. Fue medido. Danielle la observó unos segundos… y asintió con calma.
—Sí.
Andrea parpadeó, desconcertada por la facilidad con la que aceptaba aquello. Pero entonces Danielle añadió:
—Pero también hay algo que nos supera a los tres.
Andrea frunció más el ceño.
—¿A los tres?
—Ares. Némesis y a mi —confesó.
Ares giró el rostro lentamente hacia ella. No parecía sorprendido. Parecía… evaluando.
—¿Estás segura? —preguntó con voz baja.
Danielle sostuvo su mirada.
—Para eso la traje. —luego miró a Andrea—. Ven con nosotros. Tienes que verlo para comprender.
Caminaron.
No hacia los niveles visibles. No hacia los laboratorios. No hacia el arsenal.
Sino hacia el sector más profundo de toda la base. Puertas blindadas. Sensores biométricos. Torres láser de seguridad. Escáneres térmicos. Reconocimiento ocular. Reconocimiento de pulso. Lectura de ondas cerebrales.
Andrea tragó saliva.
—Esto… es más seguro que un búnker nuclear.
Ares habló mientras avanzaban.
—Porque lo que hay acá adentro vale más que cualquier arma creada. —dijo.
Andrea lo miró.
—¿Qué podría ser más peligroso que ustedes?
Ares respondió sin mirarla:
—Algo que supere mi inteligencia. —una puerta se abrió—. Que supere la fuerza de Danielle.
Otra puerta.
—Y que supere incluso la combinación de ambos en Apocalipsis.
Andrea sintió un escalofrío subirle por la espalda.
—¿Qué… es?
Danielle sonrió apenas.
—Un nacimiento biológico. —pausa—. Una verdadera combinación.
Ares se detuvo frente a la última puerta. Por primera vez… dudó. Giró el rostro hacia Danielle.
—Danielle... —parecía querer arrepentirse.
No había miedo. Pero sí algo raro en él. Preocupación. Ella asintió suavemente.
Ares apoyó la mano. Escaneo de huella. Latido cardíaco verificado.
Acceso concedido.
La puerta se abrió. Andrea dio un paso adentro y se quedó sin aire.
El cuarto no parecía un laboratorio. Parecía… una habitación infantil.
Luz cálida. Alfombra suave. Juguetes. Libros. Ventanales blindados. Dibujos pegados en las paredes y en el centro...
Dos pequeños. Un niño y una niña. Mellizos.
Cabello negro noche como Ares.
Ojos verdes intensos animales como Danielle.
Los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo. Sus rostros se iluminaron.
—¡¡Papá!! ¡¡Mamá!! —gritaron.
Corrieron. Rápidos. Demasiado rápidos para su edad... demasiado agiles. Sus pequeños pies casi no tocaban el suelo. El niño se lanzó hacia Ares. La niña hacia Danielle.
Ares lo sostuvo con una sola mano… como si no pesara nada. Pero su expresión… cambió. Se suavizó con adoración y... Amor. Danielle alzó a la niña y la besó en la frente.
Andrea seguía inmóvil. Su mente intentaba procesar lo que veía.
—No puede ser…
Sus ojos iban de los niños… a ellos… a los niños otra vez.
—Ustedes… tienen hijos.
Danielle acarició el cabello de la pequeña.
—Mellizos. —aclaró Danielle orgullosa.
El niño apoyó la cabeza en el hombro de Ares y miró a Andrea con curiosidad. Sus pupilas… eran demasiado conscientes.
Demasiado analíticas. No eran ojos de niño.
Eran ojos que observaban. Que medían. Que aprendían.
—¿Quién es ella? —preguntó.
Su voz era dulce. Pero su tono… no.
Ares respondió:
—Alguien importante.
La niña tocó el rostro de Danielle.
—¿Ella sabe?
Danielle sonrió apenas.
—Ahora sí.
Andrea sintió un escalofrío más fuerte que cualquiera anterior.
—¿Qué edad tienen…?
—Tres —respondió Danielle.
Andrea palideció. Porque acababa de verlos correr, enfocar, analizar… como niños de al menos seis. Ares habló con calma absoluta:
—Aprenden más rápido de lo normal.
El niño miró a su hermana. La hermana lo miró a él. No hablaron. No hizo falta.
Andrea lo notó.
—Se comunicaron…
Danielle asintió.
—Entre ellos.
Silencio. Andrea susurró:
—Son…
Ares terminó la frase:
—El verdadero proyecto perfecto.
La niña apoyó la cabeza en el hombro de Danielle y murmuró somnolienta:
—¿Vinieron a vernos? —Danielle besó su sien.
—Siempre.
Andrea los miró. Comprendió algo. Algo que el gobierno… Xavier… los científicos… Némesis… nadie sabía. Y cuando lo entendió… su voz salió apenas audible:
—Ellos no son un arma…
Ares la miró. Sus ojos brillaron levemente.
—No.
Pausa.
—Son el final de todas las armas.
El niño levantó la vista y sonrió. No como un niño. Sino como alguien que ya entiende demasiado del mundo.
—¿Van a intentar hacernos daño también?
El aire se volvió hielo. Danielle respondió suavemente:
—Que lo intenten.
El niño sonrió más. La niña también y Andrea sintió, con absoluta certeza… que si el mundo alguna vez iba a temer algo de verdad no sería a Ares. No sería a Danielle. Sería… a ellos.
El silencio en la habitación infantil duró apenas unos segundos más. Pero fue suficiente.
Porque el niño ladeó la cabeza de pronto… como si escuchara algo que nadie más podía oír. Sus pupilas se contrajeron.
—Mamá.
Danielle lo miró.
—¿Sí, amor?
El pequeño frunció apenas el ceño.
—Algo se movió en el sistema.
Andrea parpadeó.
—¿Qué sistema?
El niño no respondió. Solo alzó la mano. No tocó nada. No había pantallas frente a él. No había teclados. Nada. Aun así… En la pared opuesta, una proyección holográfica se encendió sola.
Códigos.
Mapas.
Cámaras.
Se abrieron como pétalos digitales.Andrea dio un paso atrás.
—¿Qué…?
Conrad, que acababa de llegar al umbral de la puerta, se quedó completamente inmóvil. Porque reconocía ese panel. Era el núcleo central. Blindado. Aislado. Inaccesible.
Solo Ares podía abrirlo. El niño movió apenas los dedos en el aire. Las cámaras del perímetro empezaron a cambiar.
Zoom.
Ángulos.
Termografías.
Radares.
La niña, todavía en brazos de Danielle, suspiró con voz suave:
—Tres drones de reconocimiento a once kilómetros. Satélite espía reposicionándose. Frecuencia militar extranjera intentando escanear la isla.
Andrea giró la cabeza hacia ella lentamente.
—¿Cómo sabes eso…?
La niña la miró. Sonrió.
—Porque lo escucho.
El niño habló sin apartar la vista del aire:
—No son amenaza inmediata. —pausa—. Pero nos están buscando.
Ares no mostró sorpresa. Orgullo, sí.
—¿Origen?
El pequeño parpadeó una vez. Las pantallas cambiaron. Un símbolo apareció. Clasificación cifrada.
—Coalición internacional.
Silencio. Conrad murmuró, impresionado:
—Eso me hubiera tomado seis horas…
El niño bajó la mano. Las pantallas se apagaron. Todo volvió a la normalidad. Como si nada hubiera pasado.
Andrea apenas respiraba.
—Ellos… no están usando tecnología…
Danielle negó suavemente.
—No.
Sus dedos acariciaron el cabello de la niña.
—La tecnología los usa a ellos.
Andrea se giró hacia Danielle.
—Esto es imposible.
—No —respondió ella con calma—. Es inevitable.
La psicóloga la miró fijamente. Danielle sostuvo su mirada y por primera vez desde que la conocía… no había ironía.
No había juego.
No había provocación.
Solo sinceridad.
—Andrea —dijo despacio—. Necesito que escuches algo y que no me interrumpas.
Algo en su tono hizo que incluso Ares la mirara. Danielle continuó:
—Si algún día Apocalipsis llega a nosotros… —silencio—.Y nos elimina.
Andrea sintió un nudo en el pecho.
—Danielle…
—Quiero que tu y Conrad se los lleven.
Conrad levantó la vista de golpe.
—¿Qué?
Danielle no apartó los ojos de Andrea.
—Lo más lejos posible —pausa—. A un lugar donde nadie los encuentre.
Andrea negó lentamente.
—No puedes estar hablando en serio.
—Lo estoy.
La niña bostezó y apoyó la mejilla en el cuello de su madre. El niño se acercó a la pierna de Ares y la abrazó. Danielle los miró. Su expresión se suavizó de una forma que nadie más lograba provocar.
—Ellos no nacieron para esto —su voz bajó apenas—. No los tuvimos para fabricar un arma.
Miró a Ares. Él la observaba en silencio.
—No fueron un experimento —sus dedos se entrelazaron con los de él—. Llegaron por amor.
Otra pausa.
—Por decisión.
Andrea tragó saliva. Danielle volvió a mirarla.
—Los escondimos acá porque el mundo no sabe amar lo que no entiende. —miro a sus hijos—. Mi padre es la prueba de eso.
El aire se volvió pesado.
—Y si algún día nosotros no estamos... —su voz no tembló pero si dolió—. Prometeme que los vas a sacar de este mundo antes de que este mundo intente convertirlos en lo que no son.
Andrea sintió algo apretarle el pecho.
—Danielle…
—Prometelo.
Silencio. El niño miró a Andrea. No había miedo en su rostro. Solo curiosidad. La niña murmuró medio
dormida
—No queremos pelear…
Andrea cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió… asintió.
—Te lo prometo.
Danielle sonrió.
No como guerrera.
No como mutante.
No como leyenda.
Sino como madre. Ares observó la escena en silencio y por primera vez desde que Andrea lo conocía… sus ojos mostraron algo más poderoso que la inteligencia. Algo más fuerte que la estrategia... Amor.
Por Danielle. Por sus hijos.
...----------------...
...Athas y Athenas Moguilévich Hoffmann...
No tardes