“Dicen los viejos textos…
que al principio… solo había un mundo.
Un mundo… donde humanos y demonios caminaban bajo el mismo cielo.
No como enemigos… sino como hermanos.
Los humanos moldeaban la tierra con sus manos…
y los demonios le daban vida con su aliento.
Era la Era del Equilibrio.
Durante siglos, no hubo guerra. Humanos y demonios compartían la tierra, hasta que la traición surgió.
Un rey humano, cegado por el miedo, traicionó a los demonios. Y esa traición, como una grieta, abrió paso a la guerra.
Los demonios, impulsados por la furia, comenzaron a ganar. Los humanos, viendo su mundo desmoronarse, estaban al borde de la derrota.
Fue entonces cuando Kaeli, viendo la destrucción, tomó una decisión. Vio que si no actuaba, ambos serían aniquilados. Y fue ella quien, con un acto de sacrificio, dividió los mundos. Separó a los humanos y a los demonios, cerrando el portal entre ambos.
Desde entonces, los humanos habitan su propio mundo, separados de los demonios.Y el portal, oculto
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La noche no deja Dormir
Capítulo 2
La panadería cerró a las 8:00 PM. Como siempre.
Kasumi limpió el mostrador, barrió la harina del piso y se quitó el delantal. Olía a vainilla y a mentiras. Porque todo el turno se la pasó sonriendo a los clientes mientras algo en su pecho seguía rascando, como un animal encerrado.
“Vete directo a casa”, le dijo la señora Tsukino, sin levantar la vista de la caja. “Tu mamá ya llamó dos veces.”
“Ya voy”, mintió Kasumi.
Porque no fue directo a casa.
Se quedó parada en la esquina de los cerezos. Las luces de la calle ya estaban prendidas. El bosque, al fondo, era una mancha negra. Normalmente le daba escalofríos solo de verlo. Hoy le daba… hambre. Como si le faltara algo y estuviera justo ahí adentro.
_Kasumi._
Se le heló la sangre. No lo escuchó. Lo sintió. Adentro del cráneo. Su nombre, dicho con una voz que no era voz. Que era piedra, musgo y cien años de espera.
Apretó la mochila. _No. Prometiste. Tu papá no volvió._
Dio media vuelta y caminó rápido a casa.
*Casa, 8:47 PM.*
Su mamá la esperaba en la puerta. No dijo “hola”. Solo la miró de arriba abajo, buscando tierra, rasguños, señales del bosque.
“Estás pálida.”
“Estoy cansada”, contestó Kasumi, quitándose los tenis.
La cena fue arroz, pescado y silencio. Su mamá no le quitaba los ojos de encima. Como cuando tenía fiebre de niña y temía que dejara de respirar si parpadeaba.
“¿Pasó algo hoy?” preguntó al fin, sirviéndole más té del que Kasumi podía tomar.
“Nada”, dijo Kasumi. Cuarta mentira del día. Ya perdía la cuenta. “Solo escuela. Panadería. Lo normal.”
Su mamá dejó la tetera con un golpe seco. “Kasumi. Mírame.”
Lo hizo. Y vio el miedo. El mismo que debió tener hace seis años, cuando su papá salió por esa misma puerta diciendo “vuelvo antes del amanecer”.
“No te acerques al bosque”, susurró su mamá. No era orden. Era súplica. “Por favor. Prométemelo otra vez.”
Kasumi abrió la boca. La promesa le pesaba en la lengua como una piedra.
_Kasumi._
Otra vez. Más fuerte. Ahora sí lo oyó. Vino de su ventana.
Su mamá se puso blanca. Ella también lo oyó.
Por un segundo, ninguna respiró. Solo el reloj de la pared, contando _tic, tic, tic_.
Luego su mamá se levantó de golpe y cerró las cortinas. Con llave. Como si una tela delgada pudiera detener cien años de historia.
“A dormir”, dijo. “Ya.”
Kasumi obedeció. Subió a su cuarto. Pero no durmió.
Porque a las 12:03 AM, su ventana se abrió sola.
Y el bosque estaba despierto.
Y ya no iba a esperar a que ella decidiera ir. Aun no sabe
*Capítulo 2, continúa...*
*12:07 AM.*
Kasumi contuvo la respiración.
Su mamá roncaba bajito del otro lado del pasillo. Lo hacía cuando tomaba té de tila para los nervios. Buena señal. Mala madre no dormía nunca.
Se puso la sudadera gris sin hacer ruido. La misma de siempre. La de la derrota. Metió los pies en los tenis blancos y no se amarró las agujetas. Amarrarlas hacía ruido.
_Kasumi._
El susurro ya no venía del bosque. Venía de su propia cabeza ahora. Como si el portal se hubiera mudado adentro de ella.
Abrió la ventana centímetro a centímetro. El aire de la noche le pegó en la cara, frío y con olor a tierra mojada. No usó la puerta. La puerta tenía tres cerrojos y cada uno gritaba el nombre de su mamá.
Se deslizó por la cornisa. Segundo piso. Cuando tenía doce se caía. A los dieciséis ya tenía práctica.
Cayó sobre el pasto sin hacer ruido.
Corrió.
Las calles de Tokio a medianoche eran otra ciudad. Sin niños, sin risas, sin Aoi gritando su nombre. Solo máquinas expendedoras zumbando y su propia respiración.
Primero a casa de Aoi.
Trepar el árbol de su ventana era más fácil que el suyo. Lo había hecho cien veces para ver películas a escondidas.
Tocó el vidrio. Tres toques. Su código desde primaria.
Aoi abrió los ojos de golpe, despeinada, con una mascarilla verde en la cara.
“¿¡QUÉ CARAJOS, KASUMI!?” susurró-gritó. “¡Son las doce y media!”
“Necesito hablar”, dijo Kasumi, ya metiéndose por la ventana. “Contigo y con Aiko.”
Aoi se quitó la mascarilla a manotazos. “¿Estás bien? ¿Te pasó algo? ¿Fue el bosque? ¿Te siguió algo?”
Kasumi negó. No podía explicarlo con palabras. Solo podía sentirlo. El tirón. La voz. El miedo de su mamá.
“Hay que ir por Aiko.”
*12:41 AM. Casa de Aiko.*
Él no tenía árbol. Él tenía perro.
Un shiba gordo que las odiaba.
Aoi le aventó un pedazo de pan que robó de la panadería. El perro lo cazó en el aire y se fue feliz.
Aiko abrió su ventana antes de que tocaran. Ya estaba despierto. Con su uniforme puesto. Como si las esperara.
“Lo oí”, dijo sin saludar.
Aoi se congeló. “¿Qué oíste?”
Aiko miró a Kasumi directo a los ojos. “Tu nombre. No era tu voz. Pero dijo ‘Kasumi’ tres veces.”
A Kasumi se le fue el aire.
Entonces no estaba loca. No era solo ella.
Se sentaron los tres en el techo de Aiko, con las piernas colgando. La ciudad abajo, el bosque a lo lejos. Una mancha negra que ya no parecía tan lejana.
“Mi papá murió por esa cosa”, dijo Kasumi al fin. Su voz sonó más chica que nunca. “Mi mamá me lo ocultó toda la vida. El portal es real. Y me está llamando.”
Aoi la agarró de la sudadera, igual que en la mañana. Pero esta vez no para alejarla. Para que no se cayera.
“No vas a ir sola”, dijo. Temblaba, pero lo dijo.
Aiko no habló. Solo sacó algo de su bolsa. Una navaja pequeña, vieja, oxidada. Tenía símbolos tallados. Los mismos del arco del bosque.
“Era de mi abuelo”, dijo. “Él estuvo ahí… cuando Kaeli cerró el portal. Mi familia juró vigilarlo. Por si volvía a abrirse.”
El viento sopló. Y los tres lo oyeron.
No el nombre de Kasumi esta vez.
Otra palabra. Más vieja. Más hambrienta.