Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?
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Capítulo 23: El Juego del Poder
La mañana siguiente en la mansión se sentía distinta. El aire ya no estaba cargado de la pesadez del secreto, sino de una electricidad nueva y peligrosa. Anaís bajó a desayunar luciendo un vestido negro que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. No esperaba a que le sirvieran; ella misma se preparó el café mientras Ricardo la observaba desde la cabecera de la mesa, con los ojos fijos en el escote de su vestido, sabiendo que allí, cerca de su corazón, ella guardaba el contrato que lo incriminaba.
—¿Dormiste bien, Ricardo? —preguntó ella, tomando asiento no a su lado, sino en el extremo opuesto, estableciendo una distancia de poder—. Pareces cansado. Quizás las cuotas de mi deuda son demasiado altas para ti.
Ricardo apretó los cubiertos de plata hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Bianca jugaba en silencio a unos metros de distancia, pero la tensión entre los adultos era tan palpable que hasta la niña parecía moverse con cautela.
—No juegues conmigo, Anaís —dijo él con voz baja y peligrosa—. Tienes el papel, sí. Pero sigues bajo mi techo.
—Tu techo, pero mis reglas —ella le dedicó una sonrisa gélida antes de darle un sorbo a su café—. Por cierto, he decidido que hoy quiero salir. Necesito ropa nueva, joyas... y una cuenta bancaria a mi nombre. Consideralo un abono a cuenta de mi "libertad".
Ricardo soltó una risa ronca, una mezcla de despecho y fascinación. Se puso de pie y caminó hacia ella, inclinándose hasta que su aliento rozó su oído.
—Te daré todo el dinero que quieras. Te compraré la ciudad entera si hace falta —le susurró—. Pero no saldrás sola. A partir de ahora, donde tú vayas, yo seré tu sombra. No porque no confíe en ti, sino porque no confío en lo que el mundo le haría a una mujer tan... valiosa.
Anaís se giró, quedando a centímetros de su rostro. Sus ojos se encontraron en un duelo silencioso.
—Entonces prepárate, Ricardo. Porque hoy vamos a gastar mucho más de lo que ese sucio contrato dice que valgo.
La guerra de seducción y poder acababa de entrar en una fase pública. Ricardo sabía que dejarla salir era un riesgo, pero verla así, tan llena de vida y de fuego, era una droga de la que no podía prescindir. Estaba dispuesto a pagar cualquier precio, sin saber que el pasado no solo estaba en ese sobre amarillo, sino que acechaba a la vuelta de la esquina, listo para cobrar su propia parte.
Llegaron a la zona más exclusiva de la ciudad. Anaís caminaba por las boutiques de lujo con una seguridad que hacía que las dependientas se inclinaran ante ella. No miraba las etiquetas de los precios; simplemente señalaba y Ricardo pagaba. Era una coreografía de poder: ella demostraba que podía gastar su fortuna, y él demostraba que podía comprar su presencia, aunque no su alma.
En la joyería más prestigiosa de la avenida, Anaís se detuvo frente a una vitrina que exhibía un collar de diamantes y esmeraldas que brillaba como los ojos de una serpiente.
—Este —dijo ella, mirando a Ricardo a través del reflejo del cristal—. Es tan frío y brillante como tú.
Ricardo sacó su tarjeta sin pestañear. Mientras el joyero preparaba la pieza, él se acercó a ella, rodeándola por la cintura.
—Nada de lo que compres aquí brillará tanto como la marca que te dejé anoche —le susurró al oído, su voz era una caricia cargada de posesividad.
Anaís se giró en sus brazos, apoyando las manos en su pecho. Su personalidad lanzada no se amedrentaba ante el lujo ni ante la gente que los miraba.
—Eso está por verse, Ricardo. Quizás el brillo de este collar me ayude a olvidar el peso de tus cadenas.
De repente, el ambiente cambió. Un hombre joven, vestido con un traje desgastado pero elegante, entró en la joyería. Al ver a Anaís, se detuvo en seco, y su rostro se transformó en una máscara de asombro y dolor.
—¿Anaís? —la voz del extraño tembló—. ¿Eres tú? Nos dijeron que habías muerto en aquel accidente... que él te había hecho desaparecer.
Ricardo se tensó de inmediato, interponiéndose entre el desconocido y Anaís con una agresividad animal. Su mano derecha bajó discretamente hacia su chaqueta, donde el bulto del arma era evidente.
—Lárgate de aquí si valoras tu vida —gruñó Ricardo, su mirada era puro acero.
—¡No! —Anaís se zafó del agarre de Ricardo y dio un paso hacia el joven—. ¿Quién eres? ¿Me conoces de antes?
El joven la miró con lágrimas en los ojos, ignorando la amenaza de muerte que emanaba de Ricardo.
—Soy Julián, Anaís. Éramos... —el chico tragó saliva, mirando aterrorizado a Ricardo antes de volver a mirarla a ella—. Íbamos a escapar juntos la noche que tus padres te entregaron a él. Yo tengo las cartas, Anaís. Las cartas que me escribiste diciendo que preferías morir antes que ser suya.
El mundo de cristal que Anaís había construido desde que despertó del coma se agrietó violentamente. Miró a Ricardo, cuyo rostro estaba ahora pálido de rabia contenida, y luego a Julián. La amnesia la protegía del dolor, pero no de la duda.
—¿Cartas? —preguntó ella, sintiendo que el collar de esmeraldas empezaba a asfixiarla—. ¿Yo te amaba?
—¡Suficiente! —Ricardo agarró a Anaís por el brazo con una fuerza que no dejaba lugar a réplicas y empezó a arrastrarla hacia la salida—. Este hombre es un mentiroso y un estafador. ¡Seguridad, sáquenlo de aquí ahora mismo!
—¡No me olvides de nuevo, Anaís! —gritó Julián mientras los guardias lo arrastraban hacia la calle—. ¡Él no te ama, solo te colecciona!
En el coche, el silencio fue sepulcral. Anaís miraba por la ventana, con el sobre amarillo del contrato aún quemándole el escote y el nombre de "Julián" resonando en su mente vacía. Ricardo conducía con una furia ciega, sus nudillos blancos sobre el volante. Había pagado millones por su cuerpo y su silencio, pero un fantasma de su pasado acababa de demostrarle que hay deudas que ni todo el oro del mundo puede cancelar.
—No vuelvas a hablar con extraños —sentenció Ricardo sin mirarla.
Anaís se giró hacia él, y esta vez, su sonrisa era una declaración de guerra.
—Parece que mi pasado es mucho más interesante de lo que me contaste, "esposo". Mañana quiero ir a esa dirección. Y si no me llevas tú, encontraré la forma de ir sola.
Ricardo supo en ese momento que la Anaís que él había "creado" tras el coma era mucho más peligrosa que la que había intentado escapar con Julián. Ahora, ella no quería huir; ella quería destruir todo su imperio desde adentro.