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La Mujer Sin Rostro

La Mujer Sin Rostro

Status: En proceso
Genre:Reencarnación(época moderna) / CEO / Posesivo
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Jesse25

Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.

NovelToon tiene autorización de Jesse25 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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Acto I: La Pieza

Capítulo 4: El ascensor

El lunes me puse el uniforme de invisibilidad.

Lo había preparado la noche anterior, extendido sobre la cama como si fuera una armadura: pantalón negro de vestir, recto, sin forma. Camisa blanca de manga larga, abotonada hasta el cuello. Un jersey fino gris por encima, de esos que no marcan nada. Zapatos planos, cerrados, negros. El pelo recogido en una coleta baja, tirante, sin un mechón fuera de sitio.

Frente al espejo del estudio, no me reconocí.

—Parezco una funcionaria —le dije a Blanca.

La gata levantó la cabeza, me miró de arriba abajo con una mezcla de desprecio y lástima, y volvió a dormir.

—Gracias por tu apoyo.

Laura había insistido en verme antes de salir. Le mandé una foto por WhatsApp. Su respuesta fue inmediata:

"Dios mío. Parece que vas a un funeral."

"Es el look corporativo."

"Es el look 'me he rendido'. Pero bueno, si es lo que toca..."

Guardé el móvil, cogí un bolso discreto que me había prestado mi madre, y salí a enfrentarme al mundo.

En la calle, la gente me miraba igual que siempre. Es decir, no me miraba. Y eso era exactamente lo que quería.

El metro hasta AZCA fue un viaje de cuarenta minutos apretada entre cuerpos que olían a sudor y a prisa. Nadie me habló. Nadie me miró. Era una más. Invisible. Perfecta.

La Torre Picasso me recibió con su vestíbulo de mármol y su recepcionista de anuncio. Esta vez no esperé en la salita. Subí directamente al piso veintitrés, donde una mujer de unos cincuenta años me esperaba con una carpeta y una expresión de prisa perpetua.

—Irene, ¿verdad? Pasa, te enseño tu mesa.

Se llamaba Encarna y llevaba veinte años en la empresa. Me guio por un laberinto de pasillos hasta un rincón del open space donde había una mesa vacía, un ordenador que parecía de la era de Felipe González y una silla con una mancha misteriosa en el respaldo.

—Aquí vas a estar. Atiendes llamadas de recepción cuando se acumulen, ayudas con la agenda del señor Moncada, y haces los recados que te pidan. ¿Sabes usar la centralita?

—No.

—Ya aprenderás. Es fácil. Todo el mundo aprende.

Encarna me dejó un manual de instrucciones de la centralita (setenta páginas) y desapareció con la misma prisa con la que había llegado.

Me senté en la silla manchada y miré a mi alrededor.

El open space era un mar de mesas grises, pantallas y cabezas inclinadas. La gente tecleaba sin mirarse. Sonaba un teléfono cada tres segundos. En las paredes, fotografías en blanco y negro de edificios que la empresa había construido: hoteles, puentes, oficinas.

En mi mesa, además del ordenador, había un teléfono con más botones de los que había visto en mi vida, un bloc de notas con el logo de M&M, y un bolígrafo azul sujeto con una cadenita.

Una hora después, ya había contestado tres llamadas (dos equivocadas) y había llevado un café a un señor calvo que no me dio las gracias.

—Tranquila —dijo una voz a mi espalda.

Me giré. Sergio estaba allí, con su traje impecable y su planta mentalmente regada.

—El primer día es caótico. Luego te acostumbras.

—¿Luego?

Sonrió por primera vez desde que lo conocía. Una sonrisa pequeña, discreta, como si sonreír fuera un gasto energético innecesario pero a veces inevitable.

—Venga, te invito a un café de máquina. El de verdad, no el que llevas a los jefes.

La máquina de café estaba al fondo del pasillo, en una salita diminuta con dos mesas y una ventana que daba a un patio interior. Nadie la usaba a esa hora.

—¿Qué tal todo? —preguntó Sergio mientras el café caía en un vaso de plástico.

—Bien. Creo. La centralita es un monstruo.

—Lo es. Pero le coges el truco.

—Encarna dijo que ayudaría con la agenda del señor Moncada.

—Sí. Eso es más delicado. El señor Moncada es... especial.

—¿En qué sentido?

Sergio dudó. Bebió un sorbo de café antes de responder.

—Tiene muchas ocupaciones. La empresa, la fundación, viajes.

Necesita a alguien que lleve sus cosas con orden. Sin errores.

—Entiendo.

—No es un hombre difícil, solo ocupado. Y a veces...

—¿A veces?

—A veces se obsesiona con cosas. Proyectos, ideas, personas. Y cuando eso pasa, todo se acelera. Hay que estar preparada.

No supe qué responder. Me imaginé a un hombre mayor, canoso, serio, dando órdenes desde un despacho enorme. Alguien a quien vería de lejos y con suerte nunca tendría que tratar.

—¿Y la fundación? —pregunté—. ¿Él la lleva personalmente?

—Sí. El arte es... su pasión. Su único hobby, si se le puede llamar así.

—¿Colecciona?

—Compra, sí. Pero también apoya a artistas jóvenes. Va a exposiciones, inauguraciones. Se sabe todos los nombres.

—Qué bonito.

Sergio me miró con una expresión que no supe interpretar.

—Sí —dijo—. Supongo que sí.

Volví a mi mesa con el café en la mano y una sensación extraña.

Alguien con poder que usaba ese poder para apoyar el arte. No encajaba con mi imagen del empresario depredador.

El teléfono sonó. Contesté. Esta vez no era una llamada equivocada.

—Señorita Costa, necesito que suba al despacho del señor Moncada con su agenda. Él la espera.

La voz de Encarna sonaba urgente. Dejé el café, cogí el bloc de notas y una carpeta que alguien había dejado en mi mesa con la palabra "AGENDA" escrita en post-it.

El ascensor hasta el piso veintinueve fue más rápido de lo que esperaba. Las puertas se abrieron y me encontré en un recibidor mucho más elegante que el de abajo. Suelo de madera oscura, cuadros en las paredes (obras reales, no láminas), una asistente con auricular que me indicó con un gesto la puerta del fondo.

Llamé con los nudillos.

—Adelante.

La voz era grave. Seria. Entré.

El despacho era enorme. Una pared entera de ventanales con vistas a todo Madrid. Una mesa de diseño limpio, sin papeles. Y detrás de ella, de espaldas, un hombre miraba la ciudad.

—Siéntese.

Me senté en una de las sillas frente a la mesa. El hombre se giró.

Era él.

El del ascensor. El de la semana pasada. El de la mirada intensa y las canas en las sienes.

Pero ahora lo veía bien. No era mayor. Tendría cuarenta, quizá menos. Y sus ojos...

Sus ojos me miraron como si me estuvieran viendo de verdad. Como si yo no fuera una más.

—Usted es la nueva secretaria —dijo. No era una pregunta.

—Sí, Irene Costa.

—Marcos Moncada.

No tendría que haberse presentado. Todo el mundo sabía quién era. Pero lo hizo. Y al decirlo, algo en su voz cambió.

—Encarna dijo que necesitaba la agenda —dije, poniendo la carpeta sobre la mesa.

—Sí. Pero antes... ¿nos conocemos?

El corazón me dio un vuelco.

—No, no creo.

—Seguro.

Me miró fijamente. Demasiado tiempo. Demasiado intenso.

—Tiene razón —dijo al fin—. No nos conocemos.

Y entonces sonrió. Una sonrisa que no esperaba. Cálida. Humana.

—Bienvenida, Irene.

Salí de ese despacho sin recordar cómo.

En el ascensor, de bajada, me apoyé contra la pared y respiré hondo.

Había sido normal. Profesional. Correcto.

Pero algo no encajaba.

Esa mirada. Ese "¿nos conocemos?". No era un tío ligando. Era otra cosa. Como si realmente creyera haberme visto antes.

—Paranoias —me dije—. Solo son paranoias.

Pero cuando llegué a mi mesa y vi el café frío esperándome, supe que no era verdad.

Algo había pasado.

Y no sabía qué.

1
Olivia Uribe
muy bueno, gracias¡¡¡¡
Olivia Uribe
la historia me gusta mucho, no se porque tiene tan pocos votos, ojala y la termines autora, no nos dejes a medias de la trama
Fernanda Gutierrez
el yo de otra bida
Romina Fernanda Paez
necesito saber el final!! no puede quedar ahi
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