En el poderoso reino de Valdoria, la belleza es poder… y el amor, una condena.
Lady Anya Naville, segunda hija de un influyente archiduque, ha sido admirada toda su vida como el diamante del reino. Prometida desde la infancia al príncipe heredero, Maxime Iker Lindberg, Anya creció creyendo que su destino era convertirse en reina… y esposa del único hombre que había amado.
Pero todo se derrumba cuando una noble extranjera cautiva el corazón del príncipe.
Consumida por los celos y la humillación, Anya comete un acto imperdonable usando la magia prohibida que corre por su sangre. Su crimen la convierte en la villana del reino y la lleva a enfrentar la ejecución pública.
Sin aliados. Sin amor. Sin esperanza.
Hasta que, en su última hora de vida, lanza un hechizo imposible.
Anya despierta años en el pasado, atrapada nuevamente en su cuerpo de cinco años, pero conservando todos los recuerdos de su trágico futuro.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
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Capítulo 9 | La primera grieta
Había algo en el aire.
No era algo que pudiera señalar con el dedo, ni una sombra visible, ni un sonido fuera de lugar. Era más bien una sensación que se colaba bajo la piel, incómoda, persistente… como cuando uno sabe que algo está mal antes de entender por qué.
Esa mañana, todo parecía en orden.
La luz del sol entraba por la ventana de mi habitación con una suavidad casi perfecta, tiñendo de dorado las cortinas claras. El perfume de las flores recién colocadas llenaba el ambiente con un aroma dulce, demasiado agradable, casi empalagoso. Incluso el silencio tenía esa cualidad tranquila que normalmente resultaría reconfortante.
Pero no lo era.
Me quedé sentada frente a la mesa unos segundos más de lo necesario, con los dedos apoyados sobre la madera pulida. Estaba fría al tacto, lisa, impecable. Todo estaba exactamente donde debía estar.
Y aun así… algo no encajaba.
Solté el aire lentamente, como si al hacerlo pudiera liberar esa sensación absurda. No tenía sentido. No había ocurrido nada. No había señales, ni recuerdos recientes que justificaran esa inquietud.
Y, sin embargo, mi cuerpo estaba alerta.
Me levanté despacio y caminé hasta la ventana. El jardín se extendía frente a mí, tranquilo, casi inmóvil bajo la brisa suave. Las hojas se mecían apenas, produciendo un susurro constante, mientras algún pájaro cantaba a lo lejos con una despreocupación que resultaba irritante.
Apoyé la mano contra el marco de la ventana. La madera estaba tibia por el sol.
Mis ojos recorrieron el paisaje con calma, deteniéndose en cada rincón como si esperara encontrar algo fuera de lugar.
No había nada. Y eso… era lo peor.
Porque en mi vida pasada aprendí algo muy simple: cuando todo parece demasiado perfecto, es porque algo ya salió mal.
Cerré los ojos un instante, intentando ordenar mis pensamientos.
Un recuerdo apareció, difuso al principio, como una imagen cubierta de niebla. Una familia noble iba a ser atacada. Una noche envuelta en sombras y gritos que nadie logró explicar del todo.
Nunca se encontró al responsable, nunca hubo pruebas claras. Solo consecuencias.
Abrí los ojos lentamente.
Ese evento… había ocurrido años después. Muchos años después.
Mi mirada volvió a la habitación casi por inercia y fue entonces cuando lo vi. Sobre la mesa había un objeto que no recordaba haber dejado allí. Era pequeño y oscuro.
No me moví de inmediato.
Mi cuerpo se tensó sin que yo se lo pidiera, como si algo más dentro de mí ya hubiera entendido lo que estaba pasando antes que mi mente.
El broche tenía una forma delicada, casi elegante, pero había algo en sus curvas que no terminaba de ser natural. La luz no se reflejaba en su superficie como debería. En lugar de eso, parecía absorberla, tragársela lentamente.
Di un paso y luego otro. El sonido de mis propios pasos sobre el suelo de madera me resultó demasiado fuerte, como si estuviera rompiendo algo invisible.
El aire se sentía distinto cerca de la mesa. Más frío, más pesado.
Extendí la mano con lentitud, observando cada pequeño detalle del objeto como si eso pudiera darme una respuesta.
Cuando mis dedos finalmente lo tocaron, el mundo no cambió de forma visible. No hubo luces ni sombras moviéndose… pero lo sentí.
Una presión recorrió mi brazo como un pulso ajeno, profundo, desagradable. Mi respiración se cortó de golpe y un sabor metálico invadió mi boca, seco, áspero, completamente fuera de lugar.
Era magia, pero no una magia cualquiera. Esta era densa, pesada y hasta antinatural.
La solté de inmediato.
El broche cayó sobre la mesa con un golpe seco que rompió el silencio.
Mi mano quedó suspendida en el aire unos segundos, temblando apenas, como si aún pudiera sentir ese rastro oscuro adherido a mi piel.
Tragué saliva. El sabor metálico seguía ahí.
Miré el objeto sin acercarme otra vez. No hacía falta, sabía lo que era y sabía algo más importante todavía… eso no debía estar allí. No ahora.
Retrocedí un paso, intentando que mi respiración volviera a un ritmo normal. El corazón me latía más rápido de lo que me gustaría admitir, pero no era miedo lo que sentía.
Era certeza.
En mi vida pasada, ese tipo de magia apareció mucho más adelante. Cuando las cosas ya estaban lo suficientemente rotas como para que nadie pudiera detenerlas.
Pero esto… esto era demasiado pronto.
Me llevé una mano al pecho, sintiendo los latidos todavía desordenados bajo mis dedos.
«Esto no es un error.»
La idea se formó con una claridad incómoda. No podía serlo. Ese objeto no había llegado ahí por accidente; alguien lo puso para mí.
El pensamiento no me provocó pánico. Al contrario, me obligó a calmarme, a pensar y a analizar.
El temblor en mi mano desapareció poco a poco, reemplazado por una frialdad mucho más útil.
Si esto estaba ocurriendo ahora… entonces no era solo yo quien había alterado el curso de los eventos.
Alguien más se había adelantado. Y eso lo cambiaba todo.
El viento entró por la ventana en ese momento, moviendo suavemente las cortinas. El aire fresco rozó mi rostro y, con él, una sensación extraña recorrió mi cuero cabelludo.
Mi mano se movió casi por instinto. Tomé el mechón blanco entre mis dedos. Lo sentí vibrar, no de forma visible, pero sí… presente. Como una respuesta, como si reconociera algo.
Mis ojos se entrecerraron apenas.
Esa sensación… tampoco estaba en mi vida pasada.
Solté el cabello lentamente.
Por primera vez desde que regresé, una duda real empezó a tomar forma.
No sobre lo que iba a pasar. Sino sobre lo que yo había hecho.
...****************...
Muy lejos de allí…
En un lugar donde la luz no alcanzaba y el tiempo parecía avanzar de forma irregular, algo se movió.
No fue un despertar repentino, fue más bien una toma de conciencia. Como si algo hubiera sido interrumpido. Como si una presencia ajena hubiera tocado algo que no le pertenecía.
El eco de esa magia no pasó desapercibido. No podía hacerlo, porque no era natural y porque no debía existir en ese momento.
Cuando esa presencia finalmente reaccionó, no lo hizo con sorpresa, ni con curiosidad. Sino con una certeza fría.
—El tiempo no se rompe… no sin que alguien pague por ello —pronunció una voz oscura y ronca.
La que la llama es ella del futuro o quien puede ser!?