Renace en un mundo mágico para cobrar venganza.
* Novela parte de un gran mundo mágico *
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Depredador 3
Los dos hombres continuaron mirándola durante largos segundos, como si intentaran encajar una pieza que no correspondía al rompecabezas que tenían delante. Cora sostuvo la mirada sin bajar los ojos, el mentón apenas elevado, consciente de que el desconcierto jugaba a su favor.
Entonces, el hombre de expresión fría habló.
Su voz fue calma, medida, cargada de una certeza incómoda.
—Es ella —dijo, sin apartar los ojos de Cora—. La chiquilla que juega con los soldados del ducado como si fueran su guardia personal.
El comentario cayó como una losa.
Cora sintió el impulso de responder, pero se contuvo. Se limitó a arquear una ceja, con una expresión casi aburrida.
[Depredador que malo eres, solo los use un poquito]
El otro hombre, sin embargo, pareció ignorar por completo esa tensión. Carraspeó, pasó una hoja y empujó un contrato hacia Cora con un gesto educado.
—Lady Morgan —dijo con amabilidad—, ¿podría explicarme dónde está exactamente la ganancia? No logro verla con claridad.
Cora tomó el documento.
Al posar los ojos sobre el texto, algo se acomodó en su interior. La estructura, las cláusulas, la forma en que estaban disimulados ciertos porcentajes… se parecía demasiado a los contratos de su primera vida.
Sonrió apenas.
[Esto es un terreno conocido, nunca lei los terminos y condiciones de ninguna aplicacion o tarjeta pero no es un contrato dificil]
—Aquí —dijo, señalando una línea específica—. La ganancia no está en el precio declarado, sino en esta cláusula secundaria.
Pasó la hoja con seguridad.
—Se habla de costos de transporte inflados. En realidad, ese excedente vuelve al inversor principal. Es una ganancia diferida, no inmediata.
Levantó la vista.
—Si calculan solo la venta directa, parece un mal negocio. Pero si suman este retorno oculto, el margen es alto.
Hablaba con fluidez, con una seguridad que contrastaba brutalmente con la joven que horas antes había llorado y suplicado no ser llevada por los soldados. Su postura era firme, la voz clara, la mirada directa.
—Este tipo de contratos están hechos para que quien no entienda de números los rechace —añadió—. Pero quien los firma sabiendo leer entre líneas, gana siempre.
El hombre del contrato asintió lentamente, impresionado.
—Ahora lo veo… —murmuró—. Sí, tiene razón.
Cora le devolvió el documento y se reclinó apenas en la silla, cruzando las manos con naturalidad.
—No era tan complicado.
El hombre frío la observaba en silencio, como si cada palabra confirmara una sospecha previa. Sus ojos oscuros se estrecharon apenas, evaluándola no como a una niña caprichosa, sino como a una variable peligrosa.
La molestia de Cora terminó por imponerse.
Había hablado, explicado, aclarado dudas que claramente ninguno de los dos hombres lograba resolver solo… y aun así, volvía a sentirse invisible. Como si, una vez más, solo fuera útil mientras servía a los intereses ajenos.
Apretó los labios, se dio media vuelta con brusquedad y caminó hacia la salida.
—Si ya no me necesitan, me retiro —dijo con sequedad.
No alcanzó a dar dos pasos.
Un soldado se movió con rapidez y le bloqueó el paso, plantándose frente a ella como una pared.
El corazón de Cora se disparó.
—¡¿Qué significa esto?! —gritó, girándose furiosa—. ¡Soy inocente! ¡Libérenme ahora mismo!
La sala quedó en silencio.
Su voz resonó contra los muros de piedra, cargada de rabia auténtica, no fingida. Por un segundo, volvió a ser la muchacha encerrada, golpeada, obligada a obedecer.
Entonces, el segundo hombre se levantó apresuradamente.
—¡Un momento, por favor! —dijo, levantando las manos en señal de calma—. No es necesario esto.
Se acercó a Cora con paso medido y, esta vez, inclinó ligeramente la cabeza en un gesto respetuoso.
—Mi nombre es Oliver Amery —se presentó—. Y debo agradecerle sinceramente por aclarar mis dudas con el contrato. Ha sido de gran ayuda.
Cora lo miró, aún respirando con dificultad. Asintió despacio, sin decir nada.
[Así que esto era todo.. No me llamaron por algo realmente importante.]
Su mirada se deslizó entonces hacia el hombre de expresión fría, que observaba la escena sin intervenir.
[Si él hubiera querido hacerme daño… ya estaría muerta.]
Esa certeza la atravesó con un escalofrío.
Se volvió hacia él, alzando el mentón.
—Entonces… —dijo con voz tensa—, ¿quién es usted?
El hombre dio un paso al frente.
Su presencia llenó la sala de inmediato.
—Soy Jason Evenson —respondió con calma absoluta—. Duque de estas tierras.
Las palabras cayeron con el peso de una sentencia.
Cora sintió cómo el aire se le atoraba en la garganta.
[Duque.]
No capitán.
No soldado.
No un simple funcionario.
El señor del ducado.
Durante un instante, ninguno habló. El nombre resonó en su mente, encajando con cada detalle: la autoridad, la frialdad, la rapidez con la que había vaciado la mansión, la obediencia incuestionable de los soldados.
Cora inclinó la cabeza en una reverencia automática, aprendida por supervivencia.
—Mi… mi señor duque —dijo.
Cora respiró hondo y disimuló su nerviosismo con la destreza de quien había pasado toda una vida fingiendo calma frente al peligro. Enderezó la espalda, recompuso el gesto y forzó una sonrisa correcta.
—Un gusto conocerlo, mi señor duque —dijo con voz medida—. Si no hay nada más, me retiro.
Se dio media vuelta con intención de marcharse, pero la voz de Jason Evenson la detuvo antes de que alcanzara la puerta.
—Todos fuera.
La orden fue breve, incuestionable.
Los soldados y Oliver Amery se miraron entre sí, sorprendidos, pero obedecieron de inmediato. El salón comenzó a vaciarse, y Cora aprovechó ese instante para caminar con paso firme hacia la salida, decidida a no quedarse un segundo más de lo necesario.
—Lady Morgan —dijo él.
Se detuvo.
Cora cerró los ojos apenas un instante, conteniendo el fastidio, y luego se giró lentamente. Su mirada era abiertamente molesta.
[¿Podría decir de una maldita vez lo que tenga que decir?]
Jason Evenson avanzó unos pasos, lo suficiente para que la distancia entre ambos se volviera incómoda.
—He investigado —dijo con calma—. Y sé que los empleados de la mansión Morgan eran ladrones.
Cora sostuvo su mirada, impasible.
—Pero también sé —continuó— que parte de la evidencia fue plantada.
El silencio se volvió denso.
Cora apretó los labios y luego alzó el mentón, los ojos encendidos.
—¿Y a usted qué le importa? —respondió con aspereza—. ¿Suspira satisfecho ahora que lo sabe?
Soltó un suspiro cargado de irritación.
—¿Y qué?
Por un instante, Jason sonrió. No fue una sonrisa amable, sino una tensa, contenida, en la que aún se notaba la molestia.
—¿Sabe cuánto le cuesta al ducado una operación militar como la de anoche? —preguntó.
Cora negó con la cabeza, sin bajar la mirada, claramente enfadada.
Jason soltó una breve risa burlona.
—Mucho más de lo que imagina —dijo—. Y ese dinero… se lo voy a cobrar a usted.
La sangre le hirvió.
—¡No voy a pagar nada! —espetó—. Yo pedí una investigación, no un asalto.
Jason dio un paso más, su sombra cayendo sobre ella.
—Va a pagar —dijo con absoluta seguridad—. Yo me encargaré de que lo haga. Nadie usa a mis hombres gratis, lady Morgan.
Cora temblaba de rabia.
—Bien —respondió entre dientes—. Pagaré. Ahora déjeme ir.
Sin esperar respuesta, se dio media vuelta y salió del salón con pasos duros, el corazón golpeándole el pecho, la furia ardiéndole en la garganta.
Jason Evenson se quedó observando la puerta cerrarse.
Por primera vez desde que la había visto, su expresión se suavizó apenas.
Porque no todos se enfrentaban a él con esa mirada… y sobrevivían.
que no pierde tiempo para recordarte directa e indirectamente tus errores pasados!, detesto ese/Smug/ Callalos Jason
ya está muerto y no se ha dado cuenta mi amigo, con esas palabras que le dijo a Jason, creó su propia tumba😡