Ella no necesita que la rescaten.
Él no cree en el amor.
Luciana Ríos es una mujer que manda. Jefa en su oficina, independiente y acostumbrada a tomar decisiones que otros solo se atreven a sugerir. No depende de apellidos ni de fortunas ajenas… y jamás pensó convertirse en la esposa de nadie.
Alexander Montclair es el hombre más poderoso del continente. Exmilitar, magnate y heredero de un imperio que no admite errores. Frío, reservado y meticuloso, su vida se rige por contratos, reglas y control absoluto.
Un encuentro inesperado los enfrenta.
Un acuerdo los une.
Un matrimonio por contrato lo cambia todo.
Mientras una influencer caída en desgracia intenta recuperar el estatus que perdió, y un exnovio poderoso se consume entre celos, secretos y traiciones, Luciana descubre que ceder el control no siempre significa perder el poder… especialmente cuando el hombre que intenta dominarla es el único capaz de mirarla como un igual.
En un mundo donde el dinero compra silencios y los contratos
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Capitulo 17
Alexander
No recuerdo una noche en la que haya besado tanto a alguien sin medir las consecuencias.
Luciana estaba radiante. No solo hermosa —eso era evidente—, sino viva, presente, luminosa. Cada vez que se acercaba, cada vez que reía o inclinaba la cabeza para escucharme mejor, algo dentro de mí se aflojaba. Y eso, para alguien como yo, era peligroso.
Mi teléfono vibraba sin descanso dentro del bolsillo del saco. Notificaciones, reportes, alertas. Sabía exactamente quiénes eran antes de leerlos: Rodrigo moviendo piezas pequeñas, Bárbara amplificando rumores, ruido innecesario. Nada que no pudiera manejar después de la boda. Nada urgente.
Hasta que dejó de serlo.
No abrí el último mensaje de inmediato. Elegí ignorarlo. Elegí besar a Luciana cuando volvió a tomarme de la mano. Elegí su boca, su calor, su manera de mirarme como si no existiera nada más que este momento.
—¿Todo está bien? —me preguntó en voz baja, notando mi breve ausencia.
—Sí —mentí con facilidad—. Disfruta. Mañana hablamos con calma.
Asintió, confiada. Eso fue lo que más me golpeó.
Bailamos. Reímos. Brindamos. Dije unas palabras que no había planeado, y cuando la vi emocionarse, supe que ya estaba demasiado dentro de esto. Demasiado involucrado.
En el auto, camino al aeropuerto, Luciana no dejó de sonreír. Se apoyó en mí, relajada, feliz.
—Gracias por el traje —dijo de pronto—. Me gustó verte así.
—Con gusto —respondí.
Me besó. Sonrió. Le devolví la sonrisa. Por unos segundos, el mundo estuvo exactamente donde debía estar.
—Alex… —dijo entonces, con suavidad—. Dime qué pasó.
Suspiré. No podía seguir postergándolo.
Le conté. No con detalles técnicos, pero con la verdad esencial.
—No es un ataque directo —expliqué—. Es una filtración selectiva. Información privada tuya usada para construir una narrativa peligrosa. No es legal. Aún. Es una advertencia.
Luciana no se quebró. Frunció el ceño, pensativa.
—Entonces quieren usarme —dijo—. Como presión.
Asentí.
—Hay que pensar con calma cómo contraatacar —añadió ella, firme.
—Sí —respondí, y la besé de nuevo.
Ese beso fue un error. Y una bendición.
Mi cabeza ya no estaba pensando con claridad. Y eso, para alguien como yo, era inaceptable. Pero cuando Luciana me respondió el beso sin dudar, cuando su mano se deslizó con confianza, dejé de resistirme.
Cerré la puerta del avión con un movimiento suave pero firme, creando un santuario a miles de metros de altura. El zumbido de los motores se convirtió en un murmullo casi inaudible dentro de la cabina lujosamente amueblada. Me acerqué lentamente a la cama donde ella descansaba, mis ojos oscuros fijos en ella con una intensidad que le erizaba la piel.
Mi mano encontró la suya, entrelazando sus dedos con una presión firme pero no dolorosa. Elevé su mano entrelazada a mis labios, besando cada nudillo lentamente, mis ojos nunca abandonando los de ella.
—Eres mía ahora — afirmé, no como una pregunta, sino como una verdad que estaba grabando en su memoria y en la de ella.
Me incliné, mi cuerpo cerniéndome sobre ella sin llegar a tocarla todavía. El calor de mi piel irradiaba hacia ella. Mi otra mano trazó una línea desde su hombro hasta la curva de su cintura, despertando cada centímetro de piel que tocaba. —Voy a aprender cada parte de tu cuerpo —prometí contra su oreja.
Luciana rió nerviosa cuando la besé otra vez.
—¿Estamos huyendo o celebrando? —preguntó.
—Ambas cosas —admití.
No hubo prisa. No hubo palabras innecesarias. Solo piel, respiraciones desordenadas y una conexión que ya no podía fingir que era parte del contrato.
Cuando finalmente la tuve entre mis brazos, cuando su cuerpo se tensó y luego se rindió contra el mío, supe que había cruzado una línea que no tenía retorno.
Después, Luciana se acomodó contra mi pecho, tranquila. Demasiado tranquila para lo que se avecinaba.
Fue entonces cuando abrí el mensaje.
Y el mundo volvió a arder.
El reporte confirmaba que información privada de Luciana había sido filtrada a dos medios internacionales y a un despacho legal extranjero especializado en presión corporativa. No había demanda. Todavía.
Era un aviso.
Rodrigo no me atacaba a mí.
Atacaba lo que ahora era mío.
Apagué la pantalla. Besé la frente de Luciana.
Ella dormía.
Yo ya estaba en guerra otra vez.
Y esta vez, no iba a esperar después de la luna de miel.
déjense de tanto juego 🤦🏼♀️
a cuidarse las espaldas /Shy//Slight/