Dos genios.
Una rivalidad que duele.
Un amor que se repite en cada vida.
Cuando él gana, yo recuerdo.
Cuando yo brillo, él tiembla.
Esta vez… ¿podremos elegirnos antes de volver a perdernos?
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Capítulo 22:Aprender a quedarse
El primer día después de decidir quedarse no fue extraordinario.
Y eso fue lo que más lo inquietó.
Ren despertó antes que Aiden. No por una pesadilla ni por ansiedad, sino por costumbre. Durante años, su cuerpo había aprendido a no confiar del todo en la calma. Se quedó quieto unos segundos, observando el perfil de Aiden dormido: el ceño relajado, los labios apenas entreabiertos, una mano apoyada cerca de la suya.
Siguió ahí.
Ese pensamiento le atravesó el pecho con una mezcla de alivio y vértigo.
Se movió con cuidado para no despertarlo, pero en cuanto apoyó el pie en el suelo, sintió unos dedos rodearle la muñeca.
—¿A dónde vas? —preguntó Aiden, con la voz aún espesa de sueño.
Ren se giró, sorprendido… y sonrojado.
—A… levantarme —respondió—. No quería despertarte.
Aiden tiró suavemente de su mano.
—Cinco minutos más.
Ren dudó apenas un segundo antes de ceder. Volvió a acostarse, quedando frente a frente. Aiden abrió los ojos esta vez, mirándolo con una atención tranquila, sin urgencia.
—Te ves distinto cuando despiertas —murmuró.
—¿Distinto cómo? —preguntó Ren, incómodo.
Aiden levantó una mano y rozó con el pulgar la mejilla de Ren, lento, como si memorizara el gesto.
—Más aquí.
El comentario le calentó el rostro. Ren bajó la mirada, pero Aiden inclinó la cabeza y lo besó. Fue un beso corto al principio, casi tímido, como si aún estuvieran aprendiendo a empezar. Luego Ren respondió, apoyando la mano en su pecho, sintiendo el latido firme bajo la piel.
El beso se alargó apenas. Respiraciones más profundas. Un suspiro compartido.
Cuando se separaron, ambos sonreían.
—Buenos días —dijo Ren esta vez.
—Mucho mejores así —respondió Aiden.
Se levantaron juntos, entre choques torpes y risas bajas. Prepararon desayuno sin hablar demasiado, pero con una comunicación distinta: miradas que preguntaban, gestos que ofrecían ayuda, cuerpos que se buscaban sin apuro.
Ren notó que Aiden se acercaba por detrás con frecuencia, apoyando brevemente la mano en su cintura, inclinándose para besarle el cuello de forma distraída. Cada vez, Ren se estremecía un poco, no por sorpresa, sino por reconocimiento.
—Estás distraído —comentó Aiden, divertido.
—Culpa tuya —respondió Ren sin pensarlo.
Aiden arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
Ren se dio cuenta de lo que había dicho demasiado tarde. Se le encendieron las mejillas, y bajó la mirada.
Aiden rió suave y lo abrazó por detrás.
—Me gusta cuando no huyes de lo que sientes.
Ren apoyó las manos sobre las de él.
—A mí me gusta no tener que hacerlo.
Más tarde, cada uno se dirigió a su espacio creativo.
Ren se plantó frente a un lienzo nuevo. El blanco ya no le resultaba hostil, pero tampoco complaciente. Respiró hondo, dejando que la sensación del día —la cercanía, el calor, la risa compartida— se asentara en su cuerpo.
No pintó de inmediato.
Se permitió sentir primero.
Al otro lado del departamento, Aiden se sentó frente al piano. Apoyó los dedos sobre las teclas sin tocar. Pensó en Ren caminando descalzo por la cocina. En su risa. En cómo había dicho culpa tuya sin esconderse.
La primera nota salió suave. Imperfecta.
Pero verdadera.
Durante horas trabajaron en silencio, separados por paredes, unidos por algo más difícil de definir. Cada tanto, Ren se levantaba a estirarse y asomaba la cabeza por la puerta del salón.
—¿Sigues ahí? —preguntaba.
Aiden levantaba la vista.
—Siempre.
Al caer la tarde, Ren dejó el pincel.
Había pintado dos figuras sentadas en el suelo, de espaldas al espectador. No había escenario. No había público. Solo luz entrando por una ventana abierta.
Aiden se acercó cuando lo vio terminado.
—¿Es… nosotros? —preguntó.
Ren asintió, nervioso.
—No quise hacer algo grandioso —explicó—. Solo… algo honesto.
Aiden no dijo nada. Se limitó a rodearlo con los brazos desde atrás, apoyando la barbilla en su hombro.
—Es lo más valiente que has pintado —susurró.
Ren cerró los ojos.
Esa noche cocinaron juntos otra vez. Música baja. Copas de vino compartidas. Miradas largas que no pedían nada más que presencia.
Cuando se fueron a la cama, no hubo prisa ni expectativa. Solo cuerpos que se reconocían en la oscuridad, respiraciones cercanas, manos que exploraban con cuidado.
Ren apoyó la frente contra el pecho de Aiden.
—Tengo miedo —admitió en voz baja.
Aiden pasó los dedos por su cabello.
—¿De qué?
—De que esto sea tan bueno que duela perderlo.
Aiden besó su frente.
—Entonces no pensemos en perderlo —dijo—. Pensemos en cuidarlo.
Ren sonrió, agotado y en paz.
—Eso… puedo hacerlo.
Se quedaron abrazados, respirando al mismo ritmo.
Y mientras la noche avanzaba sin amenazas, sin ciclos ni advertencias, ambos entendieron que amar no era un destino al que llegar.
Era una práctica diaria.
Un quedarse consciente.