Después de amar obsesivamente y morir, Elijah Grant despierta con una segunda oportunidad y un juramento: esta vez no permitirá que el amor lo destruya. Decidido a huir del hombre al que amó unilateralmente durante años, planea una nueva vida lejos de él.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
El hombre que lo marcó se niega a dejarlo ir, y una amenaza inesperada vuelve a poner su vida en peligro.
Cuando el amor se confunde con posesión y el destino insiste en repetirse…
¿podrá Elijah escapar de su final o está condenado a revivirlo?
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Capítulo 07. Salir de su vida.
Mordí un trozo de carne con más fuerza de la necesaria, tratando de mantener la compostura. Mi padre había organizado una comida en el jardín para celebrar la llegada de Axel y, como siempre, todo debía verse perfecto. Las risas, el vino, las conversaciones triviales… todo era una farsa cuidadosamente montada, y yo, como buen hijo, debía sonreír y comportarme.
Axel, por su parte, había perdido toda traza de timidez. Reía con estridencia ante los chistes de mi padre, inclinándose ligeramente hacia él con una naturalidad ensayada. Era evidente que buscaba ganarse su aprobación lo antes posible. Me limité a cortar otro pedazo de carne, pero el sabor se volvió amargo en mi boca. Dejé los cubiertos sobre el plato con un suspiro que apenas disimulé. Sentía la mirada de Robert clavada en mí, persistente, molesta. Estaba sentado a mi lado, participando en la conversación con la elegancia de siempre, pero entre frase y frase, lo veía girar los ojos hacia mí, fingiendo que observaba otra cosa. Esa atención me carcomía la paciencia.
«Te dejé en paz, maldita sea, ¿por qué sigues observándome así?», pensé, apretando la mandíbula.
Durante toda la semana, desde aquel día en mi habitación, había cumplido mi palabra. No lo busqué, no intenté hablarle más allá de lo estrictamente necesario, no provoqué ninguna situación incómoda. Fui cortés, distante, casi indiferente. Si lo que siempre quiso era que lo dejara tranquilo, ya lo tenía. Entonces, ¿por qué seguía tan atento a cada uno de mis movimientos? Supongo que así debió sentirse él durante mis años de obsesión, cuando era yo quien lo seguía con la mirada, deseando una sola palabra suya.
Incliné un poco el cuerpo hacia su lado, fingiendo revisar algo en la mesa, y murmuré lo suficientemente bajo para que solo él me escuchara.
—¿Podrías dejar de mirarme de esa manera? —dije con un tono neutro, casi cansado.
Su aroma, inconfundible, me golpeó de lleno. Esa mezcla de colonia y piel, ese rastro de jabón caro… el mismo que aún recordaba en mis sueños. Por un instante, todo se mezcló en mi mente: la atracción, el odio, la vergüenza, la nostalgia. Me mareó, pero no de una forma desagradable. Más bien era un mareo familiar, adictivo.
—¿Por qué? —susurró él, sin apartar la vista de mí—. Solo quiero observarte un poco.
Mi respiración se detuvo por un segundo. Esa voz, ese tono bajo y provocador, habrían bastado para hacerme perder la razón en otra época. Antes, esas palabras me habrían hecho lanzarme sobre él, olvidando el mundo entero. Pero ahora… ahora no significaban nada. O eso quería creer.
—Robert —murmuré, girando el rostro hacia él, dispuesto a poner un límite. Fue un error. No me había dado cuenta de lo cerca que estaba. Su cuerpo se había inclinado hacia mí, y nuestras caras estaban apenas a unos centímetros. El aire entre nosotros era denso, casi tangible. Mis palabras se desvanecieron cuando vi su expresión.
Sus ojos, oscuros y profundos, no mostraban desprecio como antes. Tampoco burla. Había algo diferente en su mirada, una sombra de duda… o tal vez de deseo. No lo sabía. Pero esa ambigüedad me encendió la piel. Sentí el pulso acelerarse, la garganta cerrarse, el rostro arder.
«Maldita sea… ¿por qué sigo sintiendo esto por él?», pensé con rabia. Me odié en silencio. Odié la debilidad en mis manos, el temblor en mi pecho.
—¿Sí? —respondió él, levantando una ceja con esa naturalidad arrogante que tanto me irritaba y que, al mismo tiempo, me resultaba condenadamente atractiva.
Tragué saliva y desvié la mirada, intentando recomponerme. Fue entonces cuando noté que Axel, aunque conversaba con uno de mis tíos, nos observaba de reojo con un gesto curioso. Sus ojos se movían entre Robert y yo con un interés mal disimulado.
«Genial. Justo lo que necesitaba: su atención», pensé con fastidio.
—Lamento interrumpir —escuché una voz femenina detrás de mí. Me giré y vi a Anastacia, la ama de llaves, con el rostro tenso—. Hay una persona que trae una entrega para el joven Elijah —dijo, con un leve temblor en la voz. Sabía bien que mi padre odiaba cualquier interrupción durante las comidas familiares—. Tiene órdenes de entregarlo solo al joven, señor.
La expresión de mi padre se ensombreció al instante, y su ceño se frunció con fastidio.
—¿En plena comida? —masculló entre dientes.
Me apresuré a levantarme antes de que su irritación se transformara en una escena incómoda.
—Iré a ver quién lo envía, no tardaré —dije, con una sonrisa diplomática.
Tomé la servilleta, la dejé junto al plato y salí rápidamente del jardín. El aire fresco me golpeó el rostro, pero no fue suficiente para calmarme. Anastacia había llegado en el momento justo. Un segundo más junto a Robert, y no habría podido seguir fingiendo distancia.
Caminé hacia la entrada principal mientras el murmullo de la conversación quedaba atrás. Cada paso me ayudaba a recuperar el control, a recordarme que debía mantener la cabeza fría. Que no podía volver a caer.
Por muy tentador que fuera, Robert Ashford seguía siendo mi ruina… y yo no pensaba volver a romperme por él.
—Anastacia —la llamé antes de que se perdiera en el pasillo rumbo a la cocina—. Gracias.
Ella se detuvo en seco, sorprendida. Abrí una ligera sonrisa, casi imperceptible, pero suficiente para que sus ojos se agrandaran un poco. No estaba acostumbrada a este tipo de gestos viniendo de mí, normalmente irritante, déspota y demasiado ensimismado en mis propios problemas como para agradecer nada. Asintió con una pequeña inclinación y siguió su camino. Yo respiré hondo y continué hacia la entrada.
Al llegar a la puerta principal, vi a un joven repartidor esperando con un ramo de flores entre las manos. Eran tulipanes blancos y rosas, frescos, delicados, casi luminosos bajo la luz del día. Una elección elegante… demasiado elegante para alguien como yo, que nunca había recibido un obsequio sin motivo oculto.
—¿Es usted Elijah Grant? —preguntó el repartidor con una sonrisa amable y profesional.
Asentí, aunque la desconfianza me tensó los hombros. Nadie me enviaba flores. Nadie me enviaba nada, en realidad.
—Esto es para usted —dijo mientras extendía el ramo. Luego sacó su celular—. ¿Me permite tomarle una foto? Es para la persona que envía los tulipanes.
—Un momento —respondí, sosteniendo el ramo con cuidado, como si fuera algo frágil y desconocido—. Antes quiero saber quién los envía. Y si no se equivocaron.
—Viene con tarjeta —señaló la parte central del arreglo, donde sobresalía una pequeña nota doblada.
Deslicé los dedos entre las flores hasta encontrarla. La abrí. Mi corazón dio un pequeño salto, uno extraño, casi infantil, cuando leí:
^^^“Gracias por ayudarme. Tuve un esguince, así que no pude ir personalmente a darte las gracias. Espero que este ramo sea de tu agrado.^^^
^^^Un abrazo.^^^
^^^Dominick Voss.”^^^
Sonreí sin pensarlo. Una sonrisa suave, honesta, que me tomó por sorpresa. Nunca nadie me había agradecido así. Quizá porque jamás había hecho algo desinteresado por alguien que no fuera Robert… o quizá porque siempre estuve tan hundido en mis propios sentimientos que olvidé que existía un mundo más allá de él. Una extraña calidez recorrió mi pecho; tal vez eso era sentirse… útil. O simplemente visto.
—Sí, es para mí —le confirmé al repartidor con una sonrisa más amplia de la que pretendía. Él tomó la foto, me pidió firmar y se retiró.
Cerré la puerta con cuidado, aún mirando los tulipanes como si fueran un objeto irreal. Iba a dirigirme a mi habitación cuando una voz que conocía demasiado bien rasgó el aire.
—¿Así que es por eso, eh?
Me detuve en seco. El tono era bajo, cargado, molesto.
Me giré lentamente.
Robert estaba recargado contra la pared del vestíbulo, con los brazos cruzados sobre el pecho y una botella de vino en la mano. Seguía con la camisa arremangada hasta los antebrazos, el cabello un poco desordenado, y esa expresión que reconocía al instante: enojo contenido. El tipo de enojo que usaba en el trabajo cuando algo no salía como él quería. Ese enojo que casi nadie se atrevería a enfrentar… excepto yo.
Sus ojos bajaron al ramo, luego volvieron a los míos. Oscuros. Intensos. Molestos.
«¿Y ahora qué?», pensé con un cansancio irritado.
«No lo he buscado, no le he dicho nada, no he hecho absolutamente nada que tenga que ver con él… ¿por qué demonios vuelve a hablarme? ¿Por qué ahora que quiero alejarme aparece en cada esquina, mirándome como si le debiera una explicación por algo que no le concierne?»
—¿Pasa algo? —pregunté finalmente, sin molestia evidente, aunque por dentro hervía.
Por un instante, la casa entera pareció contener la respiración. Robert no dijo nada. Solo apretó un poco más la botella entre los dedos y dio un paso hacia mí, su mirada fija en los tulipanes con una mezcla de incredulidad y… ¿enojo? ¿celos?
«Perfecto», pensé con amargura.
«Justo cuando quiero salir de su vida, él parece decidido a no dejarme en paz.»
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Recién salí del trabajo Jajaa re ocupado el día, olvide actualizar en la mañana, una disculpa.
Gracias por la actualización
yo si quisiera que quedarán juntos claro después que el sufriera bastante y cambiará completamente para poder recuperar a Eli, o por lo menos que fuera un trío para que el papucho de Dominick no quede por fuera
I hate you
Bastard