Esta es la crónica de Valentina Vingut, una estudiante de medicina cuya existencia se fragmenta al colisionar con Ricardo Vidal. Él es un magnate custodiado por un imperio de poder y una familia de fachada, pero poseedor de una oscuridad magnética que arrastra a Valentina hacia un romance prohibido. Lo que ella ignora es que esa conexión eléctrica no es azar: sus linajes han estado encadenados por una deuda de sangre desde tiempos ancestrales.
Será el deseo suficiente para silenciar la moral?
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Capítulo 21: el secreto de los apellidos perdidos
La amenaza recibida tras el nombramiento de Valentina como dueña de las tierras no era un farol. Ricardo, con los nervios de acero pero el corazón en un puño por la seguridad de "su Isabela", ordenó a Marcos y a Rosa una investigación profunda. Si los De la Torre y su padre estaban tan seguros de que podían "enterrar secretos", era porque había algo en las raíces de la familia de Valentina que aún no había salido a la luz.
Esa noche, en el despacho de la mansión Valmont, Rosa entró con una caja metálica oxidada que había recuperado del sótano más profundo de la casa de la finca. Sus manos temblaban mientras colocaba una fotografía amarillenta sobre la mesa.
—Ricardo, Valentina... —dijo Rosa, con la voz quebrada—. Siempre me pregunté por qué el destino los unió con tanta fuerza. Ahora lo entiendo. No fue solo casualidad. Fue una deuda pendiente.
Valentina se acercó a la mesa. En la foto, un hombre joven y apuesto, con una bata de médico impecable, sonreía junto a una mujer que sostenía a una niña pequeña. El parecido de la mujer con Valentina era asombroso, pero fue el hombre quien hizo que Ricardo retrocediera un paso.
—Ese es mi abuelo... —murmuró Ricardo, señalando a un hombre más mayor que aparecía al fondo de la imagen, entregándole un sobre al joven médico.
—No —corrigió Rosa—. El joven médico es tu padre, Valentina. El doctor Julián Acosta. Y la mujer es tu madre, Lucía.
Verónica, que estaba sentada en un rincón observando todo con escepticismo, se levantó de un salto.
—¿Qué tiene que ver mi padre con esta gente? Él era un médico rural, trabajaba en pueblos apartados. Nunca nos habló de una mansión o de gente rica.
—Él no era un médico rural por elección, Verónica —explicó Rosa—. Él era el médico personal de la hermana de mi abuela, la mujer que amó al abuelo de Ricardo. Cuando ella enfermó, Julián descubrió que no era una enfermedad natural. Descubrió que Ernesto, el padre de Ricardo, estaba suministrando sustancias para debilitar su voluntad y quedarse con el fideicomiso de las tierras.
Valentina sintió que el aire se volvía denso. Los recuerdos de su infancia, de sus padres siempre mudándose, siempre temerosos de las sombras, empezaron a cobrar un sentido aterrador.
—Tu padre intentó denunciarlo —continuó Rosa mirando a Valentina—. Pero Ernesto Videla era un hombre poderoso. Usó su influencia para arruinar la carrera de Julián, acusándolo de mala praxis. Lo persiguió hasta que no tuvo más remedio que desaparecer, cambiarse el apellido y esconderse en la medicina rural para protegerlas a ustedes. Julián Acosta nació como Julián Videla-Valmont... era el hijo no reconocido del abuelo de Ricardo con una prima lejana.
El silencio fue absoluto. Ricardo miró a Valentina con una mezcla de horror y asombro.
—Eso significa que... Valentina... nuestras familias estaban entrelazadas mucho antes de que naciéramos. Mi padre no solo persiguió a tu padre por lo que sabía, sino porque Julián tenía más derecho legal a estas tierras que el propio Ernesto por ser el hijo del amor y no del contrato.
Verónica rompió a llorar, pero no era un llanto de tristeza, sino de una rabia antigua que finalmente encontraba un objetivo.
—. El estrés, el miedo constante... ¡Fue él! Fue Ernesto Videla quien les robó la vida. Nosotras crecimos solas, pasando necesidades, mientras tú vivías en este palacio, Ricardo.
Ricardo bajó la cabeza. No había excusas. El imperio sobre el que estaba sentado se había construido sobre las cenizas de la carrera y la vida de los padres de la mujer que amaba. Se acercó a Valentina, esperando un rechazo, una bofetada, cualquier cosa menos lo que recibió.
Valentina lo miró fijamente. Sus ojos, antes dulces, ahora tenían la misma chispa de acero que los de él.
—Tú no eres tu padre, Ricardo —dijo ella con voz firme—. Pero ahora entiendo por qué Rosa me dio las tierras. No me las dio por amor a nosotros dos. Me las dio porque siempre fueron mías. Fue una restitución.
Ricardo, el hombre que no se inmutaba ante las caídas de la bolsa o las amenazas de muerte, se arrodilló frente a Valentina. Ante los ojos atónitos de Verónica y Rosa, el gigante se quebró. Apoyó su frente en el vientre de Valentina y sus hombros se sacudieron con un sollozo mudo.
—Lo siento tanto... —susurró él—. He pasado mi vida tratando de ser diferente a él, y resulta que mi propia existencia es el resultado de su crueldad hacia los tuyos. No merezco ni que me mires.
Valentina le tomó la cara y lo obligó a levantarse. Lo besó con una pasión que era al mismo tiempo perdón y promesa de guerra.
—Si quieres pedir perdón, Ricardo, ayúdame a terminar lo que mi padre empezó. Vamos a destruir a Ernesto Videla con la verdad. No solo le quitaremos la empresa, le quitaremos su libertad.
El secreto de los padres cambió el juego. Ya no se trataba de una disputa por litio o por el control de una junta directiva. Era una cuestión de justicia criminal.
—Marcos —dijo Ricardo, recuperando su tono de mando, aunque sus ojos seguían húmedos—, busca los registros médicos de hace veinticinco años. Rosa, necesito que testifiques sobre lo que Julián Acosta descubrió.
De repente, el teléfono de la oficina sonó. Era la seguridad de la entrada.
—Señor Valmont, la señorita Estefanía de la Torre está aquí. Dice que tiene "documentos de identidad" que demuestran que Valentina es una impostora y que su reclamo sobre las tierras es nulo.
Ricardo miró a Valentina y sonrió con una frialdad que habría congelado el infierno.
—Dile que suba. Va a ser un placer mostrarle que no solo no es una impostora, sino que es la verdadera heredera de todo lo que ella alguna vez soñó tener.
Verónica se acercó a su hermana y le tomó la mano. Por primera vez en la historia de la novela, las dos hermanas estaban en total sintonía. El uniforme de estudiante de medicina de Valentina parecía ahora la armadura de una guerrera.
Estefanía entró en el despacho con su habitual aire de suficiencia, sin saber que acababa de entrar en una habitación llena de gente que ya no tenía nada que perder y todo por qué luchar. El secreto de los padres era el arma definitiva, y el detonador estaba a punto de ser presionado.