Ji-Hoon Kang, un genio de la acústica de Seúl, vive atrapado en una corporación que produce buen sonido. Se cansa del mundo frío y artificial de León, Nicaragua, y vive en un universo diferente que está vivo, es imperfecto y está lleno de recuerdos de estos lugares y de cada uno de ellos. Allí Xiomara Aguilar, arquitecta que lidia con su memoria emocional de los espacios, y tanto ella como Ji-Hoon lo ayudan a reconstruir el Teatro de la Merced, un lugar donde el barro y la madera forman un sonido fantástico. Pero su antigua corporación quiere usar esa esencia para comercializarla. Entre los viejos túneles y el poder de la tierra, Ji-Hoon debe decidir qué camino elegir: regresar a lo artificial o quedarse como el "Ingeniero de Barro" y proteger una frecuencia que puede cambiar la forma en que el mundo escucha la vida.
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CAPÍTULO 4: El Laberinto de los Sentidos y la Geografía del Miedo
La noche posterior al accidente en el teatro fue, para Ji-Hoon, una sinfonía de silencios rotos. En la habitación de su hotel, un edificio de techos altos y paredes de cal que retenían el calor del día como un secreto culposo, el ingeniero no lograba cerrar los ojos sin que el abismo del "gallinero" se abriera bajo sus pies. Pero no era el miedo a la muerte lo que lo mantenía en vilo, sentado en el borde de la cama con las manos entrelazadas; era el peso fantasma del cuerpo de Xiomara contra el suyo. Todavía podía sentir, en la palma de su mano derecha, la vibración del pulso de ella, ese latido errático y furioso que parecía decirle que la vida, en Nicaragua, no se posee, sino que se defiende a cada segundo.
Se levantó y caminó hacia el pequeño escritorio de madera de caoba. Encendió su computadora, pero los gráficos de frecuencias y los espectrogramas de la acústica del teatro le parecieron, por primera vez, jeroglíficos vacíos. ¿De qué servía calcular el tiempo de reverberación de una sala si no podía predecir cuándo una viga de madera de cien años decidiría rendirse a la gravedad?
Ji-Hoon sacó de su maletín un pequeño botiquín de primeros auxilios que siempre llevaba consigo, un estuche rígido y estéril que contenía desde desinfectantes hasta vendas elásticas de última generación. Lo revisó tres veces. Mañana iría con ella al Mercado Central. Ella lo había dicho como una invitación casual: "Vamos a comprar las provisiones para la oficina y de paso probás un tiste bien helado". Para Xiomara, era un lunes cualquiera; para Ji-Hoon, era una incursión en territorio hostil donde cada bache en la acera era una amenaza potencial.
El Caballero del Orden en el Reino del CaosA las ocho de la mañana, Xiomara apareció en la recepción del hotel. Llevaba una falda larga de flores y una blusa blanca que dejaba al descubierto sus hombros bronceados. Al ver a Ji-Hoon, se quedó paralizada un segundo, conteniendo una carcajada.
—¡Ideay, Ji-Hoon! ¿Vas para el mercado o vas a escalar el Everest? —preguntó ella, señalando el atuendo del coreano.
Ji-Hoon vestía pantalones tácticos con bolsillos laterales, botas de senderismo reforzadas y cargaba una mochila con correas ajustadas al pecho. En su cinturón colgaba una botella de agua con filtro purificador.
—He analizado los riesgos, Xiomara-ssi —respondió él con una seriedad que solo aumentaba la gracia de ella—. El mercado es una zona de alta densidad poblacional, con suelos húmedos y estructuras temporales poco estables. Ayer... ayer fallé en la evaluación de riesgos del teatro. No volverá a suceder. No permitiré que tropieces.
Xiomara se acercó a él, y por un momento, la burla en sus ojos se suavizó hasta convertirse en algo parecido a la ternura. Le puso una mano en el pecho, justo sobre la correa de la mochila.
—Mirá, "caballero andante", aquí el único riesgo es que te cobren más caro por tener cara de extranjero. Bajale dos rayitas a tu estrés, que el mercado es mi casa. Pero bueno, si te sentís más seguro así, camine, que el tiempo vuela y después de las diez ese lugar es un horno.
Caminaron las pocas cuadras que separaban el hotel del corazón de León. A medida que se acercaban al Mercado Central, detrás de la imponente Catedral, el aire cambiaba. Ya no olía solo a polvo y sol; ahora era una mezcla densa de sangre de rastro, piña madura, queso seco, incienso y el humo aceitoso de las fritangas mañaneras.
Ji-Hoon sentía que sus sentidos estaban siendo bombardeados. En Seúl, los mercados como Gwangjang son ruidosos, sí, pero hay una coreografía invisible, un orden en el flujo de la gente. Aquí, el flujo era un caos fractal. La gente se detenía a mitad de la calle a saludarse, las carretillas cargadas de plátanos pasaban rozando sus rodillas, y los gritos de los vendedores no eran anuncios, eran declaraciones de guerra.
—¡A la orden el fresco! ¡Lleve el tomate, la cebolla, el chiltoma, amor! ¡Pase adelante, joven, qué busca! —las voces se superponían en una cacofonía que Ji-Hoon intentaba procesar como si fuera una señal de audio sucia que necesitaba filtrado.
La Geografía de lo CrudoEntraron por el sector de las carnicerías. Ji-Hoon palideció. Filas de ganchos de acero sostenían costillares enteros, lenguas de res y trozos de carne roja que goteaban sobre el piso de cemento lavado. No había vitrinas de cristal ni etiquetas con códigos de barras. Era la vida y la muerte expuestas sin filtros.
—Xiomara, la cadena de frío... —murmuró Ji-Hoon, tratando de no mirar una cabeza de cerdo que parecía observarlo desde un mostrador de madera.
—La cadena de frío aquí es que la carne se vende hoy porque se mató hoy, Ji-Hoon —respondió ella, deteniéndose frente a una tramera que conocía de toda la vida—. ¡Doña Chilo! Déme tres libras de posta de pierna, pero que esté suavecita, no me vaya a dar puro nervio como la semana pasada.
—¡Ay, Xiomara, si sabés que yo a vos te quiero como a una hija! —respondió la mujer, una señora de brazos anchos y delantal manchado de vida—. ¿Y este muchachito quién es? ¿Es tu novio el que vino del otro lado del mar?
Xiomara soltó una risa nerviosa y miró de reojo a Ji-Hoon, que estaba ocupado tratando de desinfectar sus manos con gel antibacterial después de haber rozado accidentalmente un pilar.
—Es el ingeniero que me está ayudando con el teatro, Doña Chilo. Es coreano, así que no me lo asuste con sus bromas.
—¡Coreano! —Doña Chilo se asomó por encima del mostrador—. ¡Viera qué lindas son las novelas de su país, don Chinito! Yo lloro todos los días con "Escalera al Cielo". ¿Ustedes de verdad sufren tanto por amor o es que son buenos actores?
Ji-Hoon se quedó mudo. No esperaba que una carnicera en el centro de Nicaragua tuviera una opinión sobre la cultura pop de su país. Hizo una reverencia mecánica.
—Nosotros... valoramos mucho la persistencia de los sentimientos, señora —dijo él, midiendo cada palabra—. El sufrimiento es una forma de... respeto al vínculo.
—¡Oiga eso! —exclamó la mujer, dándole un hachazo certero a un trozo de carne—. "Respeto al vínculo". Aquí le decimos "ser masoquista", pero me gusta más cómo lo dice usted. Lleve este pedacito de hígado de regalo, para que agarre color, que lo veo muy pálido.
El Diálogo bajo el Techo de ZincSiguieron avanzando hacia el sector de las verduras. El techo de zinc del mercado crujía con el calor en expansión, un sonido que Ji-Hoon registró como una serie de micro-explosiones térmicas. Se detuvieron en un pequeño rincón donde vendían granos básicos. Xiomara se sentó en un saco de yute lleno de frijoles rojos y le hizo una seña para que él hiciera lo mismo.
—¿Por qué estás tan asustado, Ji-Hoon? —preguntó ella, entregándole un vaso de plástico con una bebida espesa y color canela—. Bebé esto. Es tiste. Maíz tostado y cacao. Te va a bajar la presión.
Ji-Hoon tomó el vaso con ambas manos. Miró el contenido sospechosamente, pero luego bebió. El sabor era una revelación: arenoso, dulce, fresco, con un regusto a tierra fértil que lo obligó a cerrar los ojos.
—No estoy asustado —mintió él, aunque su pierna derecha no dejaba de moverse con un tic nervioso—. Estoy... hiper-vigilante. Ayer, cuando te caíste, sentí que la realidad se fragmentaba. En mi trabajo, si algo falla, el sonido se distorsiona o el equipo se quema. Pero allí... tú podías haber dejado de existir. Y me di cuenta de que no tengo un plan de contingencia para eso.
Xiomara suspiró, dejando que el vaso de tiste descansara en sus rodillas. Miró a su alrededor: una niña corría persiguiendo a un gato entre los sacos de arroz, un anciano cargaba un bulto que doblaba su espalda, y una radio lejana tocaba una canción de Los de Palacagüina.
—Ji-Hoon, escuchame bien —dijo ella, acercándose tanto que él pudo ver las pequeñas motas de polvo dorado en el iris de sus ojos—. Aquí en Nicaragua, vivir es un deporte de alto riesgo. Tenemos volcanes que pueden despertar cualquier día, terremotos que borran ciudades en treinta segundos, y una historia que nos ha dado golpes que harían que cualquiera se quisiera quedar en la cama para siempre. Si nosotros viviéramos analizando los riesgos como hacés vos, no saldríamos de la casa.
—Pero eso es irracional —replicó él, su voz volviéndose más profunda por la frustración—. La seguridad es la base de la civilización. Sin previsión, solo hay caos.
—No, corazón. Sin previsión hay fe. Y hay "ganas". Nosotros no planeamos la vida, nosotros la improvisamos. Ese teatro tiene cien años no porque lo cuidaron con guantes de seda, sino porque sobrevivió a base de puro orgullo. Y yo sobreviví ayer no porque vos tuvieras un plan, sino porque tuviste el reflejo de agarrarme. El amor, Ji-Hoon, y la amistad, y el trabajo... todo es un reflejo. No es un plano arquitectónico.
Ji-Hoon bajó la mirada a sus botas de senderismo. Se sentía ridículo. Su armadura de bolsillos y correas no lo protegía de la verdad que Xiomara le estaba lanzando a la cara.
—En Seúl —dijo él en un susurro—, si no planeas tu vida a diez años, estás muerto socialmente. Si no tienes un seguro para cada desastre, eres un irresponsable. Vine aquí huyendo del ruido, pero creo que lo que realmente me asusta es que ustedes no le tienen miedo al mañana. Y yo... yo no sé cómo se hace eso.
—Se hace así —dijo Xiomara. Tomó la mano de Ji-Hoon, la que no sostenía el vaso, y la puso sobre el saco de frijoles—. Sentí eso. Son frijoles. Están fríos, son duros, pero son la vida de miles de campesinos. Sentí el ruido del mercado. No intentes separarlo en frecuencias. Escuchalo como un todo. Es un latido, Ji-Hoon. Es el sonido de la gente que no se rinde. Si te seguís enfocando en el riesgo de que la viga se caiga, te vas a perder el espectáculo de estar vivo mientras la viga está en pie.
El Colapso de la DistanciaEn ese momento, un estallido fuerte resonó en el mercado. ¡BAM!
Ji-Hoon saltó de su asiento, tirando el resto de su tiste sobre sus pantalones tácticos. Se puso delante de Xiomara en un movimiento defensivo, cubriéndola con su cuerpo, con los ojos inyectados en una alerta casi animal.
—¡¿Qué fue eso?! ¡¿Un disparo?! ¡¿El techo?! —gritó él, buscando la fuente del sonido.
Xiomara se quedó sentada, mirándolo con una mezcla de sorpresa y risa contenida. A unos metros de ellos, un niño pequeño lloraba junto a una bolsa de plástico reventada. Había estado inflando bolsas de aire para explotarlas, un juego común en los pasillos del mercado.
—Fue una bolsa, Ji-Hoon. Una bolsa de aire —dijo ella, levantándose suavemente.
Ji-Hoon se quedó congelado en su pose de guardaespaldas. Su pecho subía y bajaba con violencia. La adrenalina, al no encontrar un enemigo real, se transformó en una vergüenza ardiente que le subió por el cuello hasta las orejas. Se dio la vuelta, dándole la espalda a Xiomara, y empezó a limpiar frenéticamente el tiste de sus pantalones con una toallita húmeda.
—Lo siento... —murmuró—. He actuado de forma... desproporcionada.
—No —dijo Xiomara, rodeándolo para quedar frente a él—. Actuaste como alguien que se muere de miedo de que me pase algo. Y eso, aunque me dé risa por lo de la bolsa, es lo más real que alguien ha hecho por mí en mucho tiempo.
Ella se acercó y, sin pedir permiso, le quitó la mochila pesada. La puso en el suelo. Luego, con una naturalidad que a Ji-Hoon le pareció casi divina, le limpió una mancha de tiste que le había quedado cerca del labio con su propio dedo.
—Ji-Hoon Kang, sos un caso serio —dijo ella, su voz ahora baja y melancólica—. Tenés el alma llena de alarmas contra incendios, pero no tenés ni una sola ventana abierta.
Él no se apartó. Al contrario, se inclinó ligeramente hacia ella, buscando ese calor que lo aterrorizaba y lo salvaba al mismo tiempo. En medio del mercado, rodeado de moscas, gritos, olor a carne cruda y el calor sofocante del zinc, Ji-Hoon sintió que su plan de vida de diez años se desmoronaba. Y por primera vez, no le importó.
—Mañana —dijo Ji-Hoon, su voz recuperando la estabilidad—, volveremos al teatro. Pero esta vez... no usaré el arnés de seguridad.
—¡Ideay! No seas extremista tampoco, ingeniero, que no quiero recoger tus pedazos del piso —rio ella, dándole un empujoncito en el hombro—. Vamos, ayudame a cargar estas bolsas, que todavía falta comprar el queso de exportación que le gusta a mi abuela.
Caminaron de salida del mercado. Ji-Hoon cargaba dos bolsas pesadas llenas de verduras y frutas tropicales cuyas formas aún no sabía nombrar. El sol de las once lo golpeaba con fuerza, pero ya no se sentía como un ataque. Se sentía como una caricia pesada.
Mientras cruzaban la plaza de la Catedral, Ji-Hoon se detuvo un momento a mirar la fachada blanca y monumental.
—Xiomara-ssi —dijo él sin mirarla—, en Corea hay un dicho: "Incluso si el cielo se cae, hay un agujero por el que escapar". Siempre pensé que ese agujero era la lógica. Pero hoy creo que el agujero es... la gente.
—Ves que no sos tan cerrado —respondió ella, caminando a su lado—. Solo necesitabas un poco de polvo de León en los pulmones para empezar a ver claro.
Esa noche, en su cuaderno, Ji-Hoon no escribió sobre acústica ni sobre riesgos. Escribió sobre el sabor del tiste y sobre cómo el sonido de una bolsa de plástico reventando puede ser más revelador que una explosión nuclear. Escribió sobre la piel de Xiomara y sobre cómo, en el centro de Nicaragua, había encontrado una frecuencia que su equipo de miles de dólares nunca pudo detectar: la frecuencia de la esperanza irracional.
Y por primera vez desde que llegó, Ji-Hoon Kang durmió con la ventana abierta, dejando que el ruido de la ciudad entrara sin pedir permiso.