El mundo cuenta con civilizaciones que se han perdido por el paso del tiempo; continentes y reinos enteros fueron sumergidos por el agua , la lava , la arena y el hielo , y solo se tiene registro de las culturas y civilizaciones actuales porque quedaron infraestructuras y relatos de manera interna y externa de ellas.
Pero ¿qué pasaría si antes de que la humanidad surgiera ,existía una especie con poderes sobrenaturales cuyas culturas se asemejaban a las humanas, pero miles o, a veces, hasta millones de años atrás, y por eso no se tenía registro de que existieron «los antiguos»?
Kevin es un antiguo que despertó en la era actual y que deberá descubrir su pasado e identidad en medio de un conflicto entre un culto oscuro y la humanidad y Kevin deberá decidir en qué bando peleará
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Jean y el rey de la arena
—En el pasado existieron monstruos, mucho antes de la era del hombre e incluso anteriores a nosotros. Creemos que fueron creados por Dios para castigarnos por nuestros pecados; su gran envergadura nos aterra, pero no niego que son algo majestuosos; representan el orden de esta tierra —explicó una voz anciana.
—¿Quién eres? —preguntó Jean flotando en una oscuridad inmensa.
—Pero todo tiene su contraparte y todos nosotros ayudamos a su extinción. La tierra ya no tenía a sus guardianes, las criaturas de la noche emergieron como las moscas en la carne muerta y se nos apegaron como los percebes en los cascos de los navíos —continuó la voz.
—¿Estoy muerto? ¿Eres Dios? ¿De qué seres me hablas? —cuestionó el joven.
—No soy Dios; estoy muy lejos de ser uno; que yo sepa, no estás muerto aún, la lanza divina es capaz de matar a seres no humanos: de alguna forma te afectó. Los guardianes son los seres más poderosos y puros que una vez pisaron el planeta; te los enseñaré si quieres deleitarte con su belleza.
El pecoso fue arrastrado a una compuerta enorme, dentro se encontraban imágenes de unas bestias colosales que superaban la altura del edificio más alto del mundo. De no ser porque se asimilaban a los dinosaurios, el joven no se encontraría tan asustado.
—Solo queda uno de ellos en todo el mundo. Cuando muera, la tierra perecerá.
Jean sentía cómo algo envolvía su cuerpo. La sensación era similar a cuando estás en una tina repleta de espuma. Algo no andaba bien y él lo sabía, quería salir de ese lugar. Se debilitaba lentamente, casi como si tuviera diabetes o como si su alma quisiera pasar a mejor vida. El joven no se dejaría derrotar fácilmente, puesto que lo que había ocurrido cinco meses atrás le llamó su atención; el vacío estaba reclamando al pecoso como suyo y este ni siquiera sabía por qué se encontraba en la nada ni qué carajos significaba esta o por qué se creó. ¿El ser que le hablaba era el dueño o había alguien más?
Algo lo jaló hacia atrás, alejándolo de los monstruos. Luego de eso iba acelerando cada vez más su velocidad, mareando al muchacho. Sus órganos se movían hacia adelante gracias a la inercia y Jean sentía como si quisieran salírsele del cuerpo; un agujero enorme y luminoso se abrió detrás del chico, quien salió disparado con fuerza hasta ser agarrado por alguien de su sudadera, como si se tratara de un muñeco de trapo.
La habitación era un sótano. Se dio cuenta al ver una ventanilla pequeña y alargada que estaba muy alta; había un sofá café con cojines amarillos y cuadrados y sobre él una manta gris que estaba desparramada. Al frente había una pantalla de plasma que estaba colgada en la pared, pintada de color beige y bajo esta un mueble negro repleto de cosas electrónicas como una consola, audífonos, cartucho de videojuegos, revistas de mujeres, una alisadora de cabello y una pistola Colt. Alrededor había repisas metálicas negras cubiertas de armas de cuerpo a cuerpo, a la par que de armas de fuego de calibre militar. Estandartes con la bandera de Gran Bretaña colgaban de las paredes, así como también pósters de bandas de rock y el logo de su organización de cazadores, que consistía en un fondo blanco con la cruz roja de los cruzados y sobre esta una espada gris con mango de cruz, a la par de una rama que simbolizaba la paz. También había tres maniquíes que cargaban las armaduras negras de la organización de los cruzados. Jean notó que en el sofá había dos personas sentadas jugando un videojuego; una era una chica de cabello negro, quien tenía su cabeza reposada sobre el hombro de un muchacho rubio con una bandana roja en la cabeza.
—¡Mamááá! —gritó Jean al notar que lo secuestraron. El hombre que lo sostenía cubrió su boca para que no gritara más.
—Siempre pasa la primera vez, ¿verdad, Edgard? —dijo Kevin sin despegar sus ojos de la pantalla.
Edgard Strathman, el hombre del vacío, llevaba un abrigo color café con varios bolsillos, una playera verde debajo, con el diseño de un trono hecho de espadas, pantalones negros y tenis grises. Su edad era de 32 años, el cabello era castaño y le llegaba hasta el cuello; sus ojos eran dorados y estaban adornados por ojeras; la nariz era aguileña, tenía barba cerrada en la quijada, un poco más larga en la parte del mentón y su contextura física era bastante musculosa debido al estilo de vida que llevaba, al igual que era bastante alto, llegando a 1.87 metros.
—No grites, mocoso estúpido —ordenó Edgard, lanzándolo contra el sofá.
—Y este es el tipo que te partió el hocico —dijo la joven a Kevin mientras sonreía burlonamente.
La joven de cabello negro se llama Lisa, tiene 19 años, cuerpo curvilíneo y busto talla B; el color de sus ojos es avellana, siendo el derecho el más claro; su cabello es corto y sus patillas largas, llegándole a los hombros con un tinte rojo. Tiene piercings en la nariz respingada y en la oreja derecha. Viste un tank top de mujer de color negro, unos cargos shorts estilo militar que le cubren hasta las canillas y unos Converse negros.
—Quiero saber qué eres, Jean Thompson —dijo Edgard, tomando una libreta del sofá, que abrió— . Se me hace raro que estés registrado en tu secundaria como si solo hubieras entrado apenas hace dos años, siendo que todos dicen que llevas toda una vida aquí. —El muchacho se puso pálido.
—He vivido aquí desde los 8 años. ¡No me vengas con sandeces ! —gritó Jean apretando sus puños. Entonces notó que estaba curado de todas sus heridas y que tenía vendado todo el cuerpo.
—No aparece un registro tuyo de ningún otro estado del virreinato de Nueva Bretaña —continuó Edgard, quien vio que el joven miraba sus vendajes—. Relájate, estuviste en mi dimensión de bolsillo por dos semanas para curarte allí, nada más.
—Tiene que haber un error en tus datos , que sacaste de quién sabe dónde. No me interesa tener a un stalker o admirador secreto, anciano, no bateo de ese lado, pero si quieres, allí esta ese marica que debería estar muerto —dijo Jean con ira.
—¿Conoces a otros familiares? —preguntó Lisa. La mente de Jean se quedó en blanco de repente y gruesas gotas de sudor caían de su frente.
—Mi tío Tony Thompson y...
—Max Thompson es hijo único. Según el Registro Civil, se casó con tu madre hace tres años — dijo Edgard—. Tony Thompson no existe.
—¿D... dónde está la cámara? Esto no da risa, viejo acosador —cuestionó el pecoso, cada vez más nervioso.
—De paso, ni siquiera eres humano, jodido estúpido —añadió Kevin sin despegar sus ojos del plasma— . Y en realidad no, yo no debería por qué haber muerto, ese eres tú.
—¡Repítelo, imbécil! —gritó Jean con la intención de golpear al rubio, pero fue detenido por Edgard.
—A diferencia de ti, yo sí lo acepto. No soy un humano, permíteme presentarme como el verdadero yo: el rey de la arena —dijo Kevin.
—¡Ja! Puedes meterte esa arena por tu trasero si quieres; yo no quiero tener nada que ver con ustedes —añadió Jean.
—No, confundes las cosas —dijo la joven.
—Esto no lo hacemos de buena onda; eres un ser anormal y nosotros matamos seres anormales, ya nos viste pelear con uno —contestó Edgard—. Estamos dándote una oportunidad para seguir viviendo, pero si sales de esta casa sin dar una respuesta morirás aquí mismo.
—Dices que no sabes qué pasa. Nosotros tampoco, así que deberás ayudarnos, porque tu familia también correrá peligro al proteger a un ente como tú —agregó Lisa.
—No sé nada, solo que el skinwalker se fijó en mí, después estuve en una dimensión del vacío con un anciano y tú me trajiste aquí —contestó Jean con sus ojos opacos por el shock.
—Si te niegas, él te va a torturar —dijo Kevin mencionando a Void—. Como quieras, a mí no me importa. El culpable de la muerte de D también eres tú.
—Tú también eres culpable, Kevin —dijo Edgard. —¿Anciano? Te mandé solo al vacío con tal de que no te toparas con ninguno de mis sirvientes.
—¿Y los monstruos enormes y las compuertas de luz? —preguntó Jean.
—Esos no están en mis dimensiones —dijo Edgard—, pero entonces, ¿te vas a unir, sí o no? Como ya te dijimos, es para tener respuestas.
—Yo... quiero saber más. ¿Qué soy?, ¿quién carajo soy? —dijo Jean sobre inhalándose—. Solo por eso los ayudaré, por mi beneficio propio.
—Perfecto, nadie debe saber; por eso mandaré a Kevin contigo para que te vigile —dijo Edgard — . Para que los otros miembros de los cruzados no te maten, deberás estar oficialmente dentro. Ordenaré ese papeleo con el alcalde Andersen dentro de dos semanas y no quiero que digas nada acerca de esta conversación, porque los cuatro correremos peligro.
—¿Qué hay de los pueblerinos del pueblo Acre Eterno? —preguntó Jean, subiendo las escaleras seguido de los otros tres en su camino a la puerta de entrada de la casa, hasta llegar al dintel de la puerta. El pecoso giró la perilla mirando hacia atrás.
—Podemos manipular la información que circula sobre ti —dijo Edgard.
El camino a casa fue bastante serio. Jean no decía nada, tenía muchas más dudas sobre todo lo que le rodeaba; en tan pocas palabras, todo lo que conocía podría ser mentira, pero lo que dijo Edgard también puede serlo. Kevin se mantenía con su actitud molesta, caminaba de forma altanera. Ver a su rival con esa crisis le hacía sentir superior, a pesar de que él también pasó por lo que el pecoso siente en estos momentos.
Cuando despertó, se encontraba en el suelo y cubierto de arena. Estaba en un bosque seco, su vestimenta era blanca, en realidad solo era una playera larga de seda y pantalones igual de blancos, un cinturón de bronce que cubría su abdomen y tenía inscripciones en un lenguaje antiguo. Sus ojos eran rasgados como los de un reptil y sus orejas un poco alargadas.
No recordaba qué pasó para terminar en medio del bosque de Nueva Gales del Sur, pero sí podía recordar que sabía controlar el elemento que rodeaba su cuerpo. Sintió una presencia maligna detrás de él; era un enorme koala de diez metros de alto que lo atacó sin pensarlo dos veces; Kevin manipuló la arena para envolver al monstruo y presionarlo hasta romperle el cuello.
Cuando los cruzados llegaron a la escena, vieron al chico sobre el monstruo muerto. Estos llevaban una semana buscándolo, puesto que devoró a un par de granjeros. Void fue quien intentó dialogar con el chico, pero hablaban distintos idiomas, así que decidió ayudarle; lo llevó consigo y firmó papeleos para que el muchacho entrara en la organización de los cruzados al salvar a su pueblo del monstruo. La única condición era que Kevin aprendiera su idioma y que se midiera cuando luchara en público.
Jean giró la perilla con nervios en su estómago, al entrar vio a un hombre de cabello negro y corto leyendo un periódico acerca de la intrusión del skinwalker y una mujer de cabello castaño miraba la televisión; la mujer miró la puerta y sus ojos azules se llenaron de lágrimas al ver a su hijo entrar en la casa.
Saltó del sofá y corrió con los brazos abiertos para abrazar al joven. El pecoso no sabía qué hacer, no podía llorar, pero tampoco estaba molesto al cuestionar si esos sentimientos de su madre eran reales o falsos como todo lo que creía; su padre también se levantó del sillón para abrazar al chico. Kevin no se inmutó y lanzó una sonrisa falsa saludando a los padres de Jean.
—Buenos días, señores Thompson —dijo Kevin alzando su mano izquierda.
—Hijo mío... creí que estabas muerto, ¡por Dios! —dijo la mujer tocando las mejillas del pecoso.
—Me perdí en el bosque al escapar de ese monstruo y ya me encontraron... mamá —dijo Jean cortando su voz al decir la última palabra.
—Seguro que fue un viaje largo hasta llegar aquí —dijo Max Thompson. —¿Cómo es que no te topaste con más monstruos?
—Fue cuestión de suerte, papá —contestó el pecas. —¿Podemos entrar? Él es Kevin. Se quedará aquí por un tiempo, ya que su casa fue destrozada por los wendigos.
—Por mí está bien, los atenderé, solamente esperen mientras se asean —dijo la mujer amablemente. El padre le enseñó el segundo baño a Kevin, en el segundo piso, mientras Jean se bañaba en el baño del primero. Max notó que la carpeta no estaba manchada de tierra ni de lodo.
—¿Por qué no está sucia? —cuestionó el hombre a la mujer mientras estaba agachado tocando la alfombra. Los muchachos llegaron al amplio comedor después de diez y quince minutos, respectivamente. Comieron como si no hubiera un mañana.
—¿Dime, hijo, cómo eran esos wendigos? —preguntó la madre mientras sacudía el cabello del adolescente, quien olvidó la apariencia de estos monstruos.
—La verdad, no lo sé, no puedo describirlos físicamente —contestó Jean.
—¿Cuántos kilómetros caminaron o qué les pasó durante su viaje? —preguntó Max.
—No sé.
—No ocurrió nada más fuera de lo común —dijo Kevin, notando la actitud de ambos padres.
—Nada —añadió Jean con la mirada perdida. Su madre seguía revolviendo su cabello.
—Creo que ya jugueteó demasiado con su cabello —dijo Kevin, tomando la muñeca de la mujer, quien se zafó de él con violencia—. Usted fue.
—¿Yo qué, niño? —dijo la mujer poniéndose de pie junto a su marido—. Mi hijo alcanzó el arkana al igual que nosotros, es un elegido, mira sus ojos, no puedes negarlo.
—Void tenía razón —dijo Kevin. ¡Jean, despierta, te están controlando!
—¡Hey, niño!, nosotros no tuvimos que convivir con un monstruo para que tú la cagues —dijo Max sacando dos cuchillos de la manga.
—¿Qué me hiciste? —preguntó Jean, molesto al recuperar el sentido y levantarse de la mesa.
—Creo que para poder tener un día normal mañana tendremos que usar la fuerza —dijo Max, cortando el brazo derecho de Kevin, quien no se inmutó, ya que él separó su brazo, volviéndolo arena. Su brazo izquierdo lo convirtió en una enorme masa con la que golpeó a la mujer, alejándola de la mesa.
—¡Corre, Jean! —gritó Kevin reteniendo a los señores Thompson. El pecoso corrió hacia la puerta, pero su cabeza comenzó a dolerle. La imagen del océano turbulento recorrió su mente. De pronto, las cañerías de toda la casa reventaron, mojando a los cuatro sujetos; el cuerpo de Kevin se volvió barro y, por lo tanto, pasó a soltar a los padres.
—No debiste volver, Jean, volviste todo peor de lo que ya era —dijo Max acercándose a su hijo.
—¡D... devuélvanme mis recuerdos, par de maricones! —Gritó Jean. El agua comenzaba a hervir, quemándole los ojos a Max y la piel a la mujer, quien saltó por la ventana, escapando hacia el bosque asustada.
—¡Aaahah, mocoso estúpido! —gritó Max agitando su cuchilla para intentar matar a su «hijo», pero fue elevado hasta el techo al ser atravesado en el pecho por un montón de arena. Cayó al suelo muerto.
—¡Pa... papá! —dijo Jean al entender que ayudó a darle muerte al hombre que lo engañó. Se puso pálido por el acto violento; se arrodilló cubriendo su rostro mientras lloraba amargamente. Edgard tenía razón; vivió engañado toda la vida sin saber quién era y la mujer que robó su memoria escapó. —¡Maldición!