Cuatro años atrás, Lara Rivas lo perdió todo en una sola noche: su familia, su prometido, su nombre y casi la vida. Traicionada por su propia hermana, desapareció sin mirar atrás.
Ahora vuelve a Buenos Aires con otro rostro, otro nombre y dos hijos que son todo su mundo. Solo quiere recuperar lo que le arrebataron y hacer caer a quienes la destruyeron.
Pero Sebastián Ferrer aparece otra vez.
Frío, poderoso y acostumbrado a que nadie le diga que no, Sebastián no logra entender por qué esa mujer le resulta tan familiar. Tampoco por qué sus hijos se parecen tanto a él.
Entre secretos, heridas viejas y una atracción que ninguno de los dos pidió, Lara intenta mantenerse lejos.
El problema es que sus hijos ya eligieron bando.
Y esta vez, el pasado no piensa quedarse enterrado.
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Capítulo 2
El rostro de Sebastián Ferrer se enfrió.
—¿Flojito?
¿Se estaba burlando de él en ese sentido?
Perfecto.
Buenísimo.
Si esa mujer había querido llamar su atención, lo había logrado.
Arrugó el papel y lo tiró al cesto. Después tomó el celular y marcó un número.
—En dos horas quiero saber quién fue la mujer que entró anoche a mi habitación.
Una hora más tarde, en la casa de los Rivas, una empleada entró casi corriendo al living.
—Señor, señora, afuera hay varios autos. Dicen que vienen de parte de la familia Ferrer y buscan a la señorita.
Ricardo Rivas se levantó de golpe.
—¿Ferrer? ¿La familia Ferrer?
Elena Vargas palideció.
—¿Grupo Ferrer? Pero nosotros no tenemos trato con ellos. ¿Para qué buscan a Candela?
Ricardo caminaba de un lado a otro.
—En Buenos Aires, si alguien dice venir de los Ferrer, solo puede ser de esos Ferrer. Los que mueven bancos, constructoras, medios, tecnología. Si esa familia se mueve, medio país mira.
Miró a la empleada.
—Hacé bajar a Candela.
—Sí, señor.
Candela bajó con Elena pocos minutos después.
En el living ya había entrado un hombre vestido con un traje rosa. Estaba recostado en el sillón, una pierna cruzada, la actitud relajada de alguien que no necesitaba pedir permiso.
Candela lo reconoció enseguida.
Nicolás Ferrer.
El hermano menor de Sebastián Ferrer. El que salía cada tanto en notas de espectáculos y chismes de alta sociedad.
Al verla, Nicolás levantó una ceja.
—¿Vos sos Candela Rivas?
Candela tragó saliva.
—Sí.
—Anoche, en el Alvear Palace, ¿fuiste vos la que durmió con mi hermano?
Candela sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
¿Anoche?
¿Alvear?
Esa había sido Lara.
Ella le había preparado a Lara un viejo asqueroso. ¿Cómo había terminado con Sebastián Ferrer?
Sebastián Ferrer.
El hombre al que todas querían y nadie podía tocar. El que tenía alergia al contacto femenino. El que jamás se acercaba a una mujer.
¿Lara había dormido con él?
La rabia le quemó el pecho.
—Yo...
—En mi familia no tratamos mal a los nuestros —dijo Nicolás—. Si sos vos, los Rivas tuvieron suerte.
Sacó una tablet y puso la grabación frente a ella.
En la imagen se veía a una mujer saliendo apurada de la suite. La cara era idéntica a la de Candela.
—¿Sos vos?
Candela no dudó.
—Sí.
Nicolás guardó la tablet.
—Entonces vení. Mi hermano quiere verte.
La sangre de Candela empezó a correr más rápido.
Ir a la casa Ferrer.
Ver a Sebastián.
Una oportunidad así no caía dos veces.
—¿Puedo hablar un minuto con mis padres?
—Dale.
Nicolás salió con su gente a esperar afuera.
Apenas quedaron solos, Elena habló primero.
—Pero anoche fue Lara...
—Mamá.
Candela la cortó de inmediato y miró hacia la puerta para asegurarse de que no hubiera nadie.
—Piensen. Ustedes acaban de echar a Lara de la casa de esa forma. Podemos buscarla, sí. ¿Y después? Si vuelve con rencor y Sebastián la prefiere, ¿qué nos queda?
Ricardo y Elena se quedaron helados.
No habían pensado en eso.
Si hubieran sabido que el hombre de anoche era Sebastián Ferrer, jamás habrían echado a Lara.
Ricardo se apretó las manos.
—Anoche fuiste vos.
Elena lo miró.
—¿Y Tomás? Candela y Tomás...
Ricardo la interrumpió con impaciencia.
—¿Tomás Molina comparado con Sebastián Ferrer? Los Molina crecieron porque la abuela de Tomás tiene un parentesco lejano con la madre de Sebastián. Si con un parentesco tan remoto ya consiguieron tanto, imaginate si Candela entra de verdad en la familia Ferrer.
El brillo en sus ojos se volvió codicioso.
—Esta es la oportunidad de los Rivas.
Candela bajó la vista con gesto obediente.
—Papá, entiendo. Por ustedes, por la empresa, puedo dejar a Tomás y acercarme a Sebastián. Pero...
—¿Pero qué?
—Cuando trajimos a Lara de vuelta, lo hicimos en silencio. Casi nadie sabe que tengo una hermana gemela. Pero ella estudia en Buenos Aires. Somos iguales. Si un día Sebastián la ve, si se entera de que los engañamos...
Dejó la frase a medias.
Lo suficiente.
Ricardo entendió.
Elena se asustó.
—Ricardo, Lara también es nuestra hija.
—No seas ingenua —dijo él—. Una hija que no nos da nada y puede destruirlo todo no puede quedarse.
Candela escondió la satisfacción.
Ricardo le puso una mano en el hombro.
—Vos andá tranquila. Lo demás lo arreglo yo. No voy a dejarte ningún problema atrás.
—Gracias, papá.
Candela se dio vuelta.
Mientras caminaba hacia la puerta, se tocó la cara.
Ella era única.
No iba a permitir que nadie compartiera su rostro.
Lara Rivas tenía que desaparecer.
Cuatro años después.
El aeropuerto de Ezeiza estaba lleno, luminoso, ruidoso.
Casi todas las miradas se iban hacia una mujer que empujaba un carrito de valijas.
Llevaba una camisa blanca amplia, caída sobre un hombro, y una falda negra simple. Nada llamativo. Aun así, era imposible no mirarla.
Piel clara, pelo negro ondulado sobre los hombros, cintura marcada, rasgos hermosos, una sensualidad tranquila que no necesitaba esfuerzo.
Era Lara Rivas.
La misma que cuatro años atrás había salido de la casa Rivas sin nada.
La misma que después, camino a la universidad, fue interceptada cerca del puente.
Todavía podía recordar la lluvia.
El hombre que la esperaba.
El filo cruzándole la cara una y otra vez hasta sentir la piel abierta como una tela rota.
La puñalada en la cintura.
La sangre mezclándose con el agua.
La voz del asesino:
—No me culpes. Me pagaron para esto. Descansá.
¿Quién más podía quererle la cara destruida y la vida apagada?
Candela.
Aun cuando ya la habían echado.
Aun cuando ya no tenía compromiso, familia ni nada que pelearle.
Lara se apoyó contra la baranda del puente, con la vista nublada por el dolor. Si iba a morir, al menos iba a elegir cómo.
Con la última fuerza que le quedaba, trepó y se arrojó al río.
Cuatro años.
Por fin había vuelto.
Y esta vez no era la chica tonta que creía en la sangre, en las promesas y en la palabra familia.
Esta vez iba a hacer pagar a Candela.
—Mamá. Mamá.
Lara volvió al presente.
En el carrito iban sentados dos nenes de tres años y pico.
Al verlos, la dureza de sus ojos se deshizo.
—¿Qué pasa?
Dulce, con las piernas gorditas colgando, señaló a su hermano.
—Mirá a Benja. Parece una estrella.
Lara giró la cabeza.
Benja sonreía y saludaba a las mujeres que lo miraban, primero de un lado, después del otro, como si estuviera en una alfombra roja.
—Qué lindos son esos chicos.
—La nena parece una muñeca.
—El nene me guiñó un ojo. Me muero.
Lara le tapó los ojos a Benja con una mano.
—Benjamín Rivas.
Él le apartó la mano y le besó el dorso.
—Mamá, no te pongas celosa. La mujer que más amo sos vos.
Lara sintió dolor de cabeza.
El nombre Benjamín lo había elegido porque quería que su hijo fuera cálido como el sol.
Lo era.
Demasiado.
Tenía una habilidad peligrosa para hacer que todo el mundo lo quisiera.
Lara no era así.
Seguro era herencia del padre.
Del padre inútil.
—Basta de coquetear.
—Sí, mamá.
Benja se quedó quieto.
Solo los ojos le seguían trabajando.
Lara empujó el carrito.
Miró a sus hijos y el pecho se le ablandó.
Cuatro años atrás, después de que alguien la rescatara del río y la llevara al hospital, tardó un mes en recuperarse lo suficiente para salir. Recién entonces supo que estaba embarazada.
Al principio no quiso seguir.
Pero el médico le dijo que eran trillizos y que, por su cuerpo, interrumpir el embarazo podía dejarla sin posibilidad de volver a ser madre.
Lo pensó durante días.
Al final los eligió.
El embarazo fue difícil. Su cuerpo estaba débil, eran tres bebés, todo se adelantó.
El mayor nació sin respirar.
Ni siquiera llegó a verlo.
La llevaron a cirugía por una hemorragia y, cuando despertó, solo quedaban Benja y Dulce.
Por ellos siguió viva.
—Mamá —dijo Dulce—. Quiero ir al baño.
Lara buscó los carteles.
—Voy con vos.
—No soy bebé. Puedo sola.
—Dulce...
La nena ya bajaba del carrito, apretando las piernas.
—Te espero en la puerta.
Benja saltó también.
—Yo voy con ella.
Lara dudó. El baño estaba a pocos metros y ella quedaba justo en el paso de salida.
—No se separen.
—Sí, mamá.
Del otro lado del aeropuerto, Sebastián Ferrer caminaba con la cara oscura.
Nicolás iba detrás, casi trotando.
—Hermano, bajá un cambio. Venimos a buscar a una mujer, no a una condena penal.
—Rápido.
—Encima decís que no es tu novia.
Sebastián se detuvo de golpe.
Nicolás chocó contra su espalda.
—Ay. Avisá.
—Última vez.
—¿Qué?
—Candela no es mi novia.
Nicolás se tocó la nariz.
—Bueno, bueno. Tienen un hijo. ¿Cómo querés que le diga? ¿La madre de tu hijo?
Sebastián lo miró sin expresión.
Nicolás cerró la boca.
Para no seguir hablando de Candela, miró alrededor.
Entonces vio una espalda.
Una mujer de camisa blanca, falda negra, pelo suelto.
—Uh. Mirá eso. Te apuesto lo que quieras a que de frente es una bomba.
—Nico.
—Una mirada nomás.
Sebastián no quiso mirar.
Nicolás le agarró la cara con las dos manos y se la giró.
—Con mi experiencia, no fallo.
Sebastián vio la espalda de la mujer.
Y se quedó inmóvil.
Esa figura.
Ese modo de moverse.
Demasiado parecido.
—¿Viste? —dijo Nicolás—. Te dije que...
No terminó.
Sebastián ya caminaba hacia ella.
—Che, esperame.
entonces no es la madre de Sebastián
ahora o nunca !!!
pero un poquito más y sacan a la diabla que lleva por dentro /Facepalm//Facepalm//Facepalm/
deja de meterme relleno a la historia y empieza a acomodar las cosas entre Sebastian y Lara, 60 capítulos y no avanzan
busquen ...rápido