Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.
NovelToon tiene autorización de milu carrera para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 2
El silencio que dejó la menor
El primero en notar su ausencia fue Idris.
No porque hubiera ruido.
Sino porque había demasiado silencio.
Las mañanas en la dacha siempre tenían un ritmo. Personal moviéndose. Órdenes suaves. El sonido distante de entrenamiento en el exterior. Y, casi siempre, el aroma firme de Isabella mezclándose con el aire frío.
Esa mañana no estaba.
Idris se detuvo frente a la puerta de la habitación de su hija. Tocó una vez.
No hubo respuesta.
Abrió.
La cama estaba impecable. Demasiado impecable. Las cortinas abiertas. El armario parcialmente vacío.
El aroma aún flotaba en el aire… pero debilitándose.
Su pecho se tensó.
—Aleksander —llamó con calma, aunque su voz llevaba un matiz distinto.
Minutos después, los cuatro estaban en la habitación.
Milan revisó el baño.
Alexei inspeccionó el balcón.
Aleksander permaneció en el centro, observando.
No había señales de lucha.
No había desorden.
No había sangre.
—No fue forzada —dijo Milan.
Alexei encontró el teléfono destruido en la chimenea exterior.
El silencio se volvió más pesado.
Idris cerró los ojos un segundo.
—Se fue por voluntad propia.
Aleksander no reaccionó de inmediato.
Caminó hasta el armario. Pasó los dedos por la madera. Observó el espacio vacío donde antes había documentos y ropa específica.
Ella lo planeó.
Y lo planeó sola.
Milan apretó los puños.
—La traeré de vuelta.
—No —respondió Aleksander.
Los tres lo miraron.
El Alfa mayor no levantó la voz. No necesitaba hacerlo.
—Movilicen contactos. Aeropuertos. Puertos. Fronteras. Quiero saber a dónde fue.
—Entonces sí la traeremos —insistió Alexei.
Aleksander negó lentamente.
—La encontraremos.
Hizo una pausa.
—Pero no la obligaremos a regresar.
El desconcierto cruzó el rostro de Milan.
—Padre, abandonó la familia.
—No —corrigió Aleksander con firmeza—. Se está castigando.
Idris lo miró, y por un instante compartieron algo que los demás no comprendieron.
Aleksander se acercó a la ventana, observando la nieve cubrir el jardín.
—Isabella no huyó por miedo. Huyó por culpa.
El silencio confirmó que todos lo sabían.
—Si la traemos ahora —continuó—, volverá rota. Y un Alfa roto es más peligroso para sí mismo que para sus enemigos.
Milan respiró hondo.
—Es nuestra hermana.
—Y por eso mismo —respondió Aleksander— debe aprender a perdonarse sola.
Fue la primera vez que su voz dejó entrever algo más que autoridad.
Preocupación.
—Volverá cuando esté lista —añadió—. Porque es una Sergeyev. Y los Sergeyev no abandonan su sangre.
Idris apoyó una mano en el brazo de su esposo.
—¿Y si se pierde en el proceso?
Aleksander lo miró, y en sus ojos grises hubo algo que rara vez mostraba.
Miedo.
—Entonces iremos por ella. Pero no antes.
Los meses se transformaron en un año.
Los informes llegaban. Movimientos financieros pequeños pero inteligentes en el extranjero. Contactos que desaparecían. Rutas nuevas que comenzaban a hablar de una Alfa sin apellido.
Milan sospechó primero.
—Es ella.
Aleksander no respondió, pero guardó cada reporte.
Alexei pidió permiso más de una vez para viajar.
Siempre obtuvo la misma respuesta:
—Aún no.
Idris, en cambio, cada noche se detenía frente a la habitación vacía de Isabella y respiraba profundo, como si pudiera rastrear su esencia a través del mundo.
—Está viva —decía.
Y nunca dudó.
Tres años después.
Nueva York.
El ático estaba en silencio absoluto.
Isabella dormía boca arriba, el ceño apenas fruncido. La ciudad brillaba al otro lado del vidrio blindado, pero allí arriba reinaba la oscuridad.
El sueño comenzó suave.
Risas.
El fuego encendido.
El aroma a té negro.
Por un instante, fue feliz otra vez.
Milan discutiendo.
Alexei burlándose.
Idris acomodándole el cuello del abrigo.
Aleksander observando con aprobación silenciosa.
Y su abuela.
Siempre su abuela.
—Ven aquí, Isabella —la llamó.
En el sueño, caminó hacia ella sin peso en los hombros.
—¿Qué eres? —preguntó la matriarca.
—Alfa.
—¿Y qué hace un Alfa cuando falla?
La sonrisa se desvaneció.
El aire cambió.
La nieve comenzó a caer más fuerte.
—Aprende —respondió Isabella, insegura.
Su abuela negó.
—Un Alfa no se permite fallar dos veces.
El sonido del disparo explotó otra vez.
El vidrio se rompió.
La sangre volvió a cubrir el blanco.
Esta vez, Isabella intentó moverse más rápido.
Intentó anticiparse.
Intentó gritar.
Pero el resultado fue el mismo.
Las manos de su abuela mancharon su ropa.
—No seas débil —susurró la voz, mezclándose con el viento.
—¡No lo soy! —gritó Isabella en el sueño.
Pero el eco se perdió.
Y entonces despertó.
—¡Abuela!
Se incorporó de golpe.
El grito rebotó en las paredes del ático.
Su respiración era irregular. Violenta. El sudor empapaba su espalda y su cuello. Las sábanas estaban enredadas alrededor de sus piernas.
Su aroma Alfa llenó la habitación, intenso, descontrolado.
Tardó varios segundos en recordar dónde estaba.
No Rusia.
No nieve real.
No disparos.
Nueva York.
Tres años lejos.
Se llevó una mano al pecho, sintiendo el latido acelerado.
Había construido un imperio.
Había derrotado competidores.
Había aprendido a negociar con hombres que duplicaban su edad.
Y aun así…
seguía soñando como una niña que falló.
Se levantó y caminó hacia la ventana.
La ciudad seguía viva.
Indiferente a sus fantasmas.
Apoyó la frente contra el vidrio frío.
—No soy débil —murmuró.
Pero el eco del sueño no desaparecía.
En Rusia, a miles de kilómetros, Aleksander Sergeyev miraba el mismo cielo nocturno desde su despacho.
Milan estaba frente a él con un nuevo informe.
—Confirmado. Manhattan. Es ella.
Aleksander tomó el documento con calma.
Tres años.
Había esperado exactamente esto.
Una Alfa forjada en culpa se convierte en acero.
—¿Vamos por ella? —preguntó Milan.
Aleksander negó suavemente.
—No.
Sus ojos se suavizaron apenas, algo que solo su familia sabía reconocer.
—Cuando regrese… no será porque la trajimos.
Será porque eligió volver.
En Nueva York, Isabella cerró los ojos un segundo.
No sabía que la observaban desde la distancia.
No sabía que su padre seguía cada movimiento.
Solo sabía que el pasado aún respiraba en su mente.
Y que, aunque hubiera huido para fortalecerse…
todavía no se había perdonado.
El invierno no había terminado con ella.
Solo la estaba moldeando.
Y cuando finalmente regresara a casa…
no sería como la menor que falló.
Sería como la Alfa que aprendió a sobrevivir.