Nicolás Rivas nunca le tuvo miedo a la muerte.
Creció entre calles donde la vida vale poco y la lealtad lo es todo. Aprendió a gastar sin pensar, a reír sin culpa y a vivir como si cada noche fuera la última.
Fiestas. Mujeres. Amigos. Dinero fácil.
Pero todo cambia el día en que recibe una noticia que no puede ignorar.
Su tiempo se está acabando.
Y por primera vez… la muerte deja de ser una idea lejana.
Ahora Nicolás decide vivir como siempre dijo: sin miedo, sin arrepentimientos, sin frenos.
Pero mientras más disfruta…
más lo alcanza el pasado.
Un hermano que perdió.
Una madre que nunca dejó de esperar.
Un amor que no supo cuidar.
Y un enemigo que no ha olvidado.
Porque al final…
no todos llegan en paz al último trago.
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“Lo Que No Se Puede Comprar”
📖 CAPÍTULO 2
“Lo Que No Se Puede Comprar”
El reloj marcaba las 9:17 de la mañana.
Demasiado temprano para alguien como Nicolás Rivas.
La luz del sol le golpeaba la cara sin piedad mientras caminaba por la acera, con gafas oscuras y una botella de agua en la mano que no había tocado.
La resaca le latía en la cabeza como un tambor.
Pero no era solo eso.
Era la llamada.
La voz.
La forma en que lo dijeron.
No sonaba a amenaza de calle.
No sonaba a negocio.
No sonaba a nada que él conociera.
Sonaba… serio.
Demasiado serio.
Se detuvo frente al edificio.
Blanco. Limpio. Silencioso.
Un hospital.
Nicolás levantó la mirada.
—¿Qué mierda es esto…? —murmuró.
Por un segundo pensó en irse.
En hacer lo que siempre hacía: ignorar… esquivar… desaparecer.
Pero algo en el pecho le pesó.
Ese mismo presentimiento de la noche anterior.
Entró.
El aire frío lo golpeó de inmediato.
Ese olor…
antiséptico… limpio… muerto.
No era su mundo.
Una recepcionista lo miró apenas levantó la cabeza.
—Buenos días.
Nicolás dudó un segundo.
—Me llamaron… que tenía que venir.
—¿Nombre?
—Nicolás Rivas.
La mujer tecleó rápido.
—Sí, señor. Lo están esperando. Piso 3, consultorio 305.
Sin más.
Sin explicación.
Como si fuera algo normal.
Como si su vida no estuviera a punto de cambiar.
El ascensor subía lento.
Demasiado lento.
Cada piso era un golpe en el pecho.
Uno…
Dos…
Tres…
Ding.
Las puertas se abrieron.
Un pasillo largo.
Silencio.
Puertas cerradas.
Gente sentada esperando.
Miradas cansadas.
Nicolás caminó sin mirar a nadie.
La puerta estaba entreabierta.
Tocó dos veces.
—Siga.
Entró.
El consultorio era simple.
Un escritorio.
Dos sillas.
Un computador.
Y un hombre mayor con bata blanca revisando unos papeles.
No levantó la mirada de inmediato.
—Nicolás Rivas —dijo, como confirmando algo.
—Sí… soy yo.
El hombre alzó la vista.
Serio.
Tranquilo.
De esos que ya han visto todo.
—Siéntese, por favor.
Nicolás se dejó caer en la silla.
Incómodo.
Impaciente.
—Mire, doctor, la verdad… yo no sé qué hago aquí. A mí nadie me explicó nada.
El hombre cerró la carpeta lentamente.
La giró hacia él.
—Por eso lo llamamos.
Silencio.
Nicolás frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—Sus exámenes.
—¿Cuáles exámenes?
Pausa.
El doctor lo miró directo a los ojos.
Y ahí… algo cambió.
—Los que le hicieron hace tres semanas… cuando lo trajeron inconsciente.
La imagen le golpeó la mente.
Oscura.
Borrosa.
Luces.
Gente hablando.
Un dolor fuerte en el pecho.
Pero lo había ignorado.
Como todo.
—Ah… eso —dijo, restándole importancia—. Fue una pendejada. Mucho trago.
El doctor no sonrió.
No asintió.
Nada.
—No fue el trago.
Silencio.
Pesado.
Incómodo.
Nicolás se acomodó en la silla.
—Entonces, ¿qué fue?
El doctor respiró profundo.
Como quien ya ha dado esa noticia muchas veces…
pero nunca se vuelve fácil.
—Señor Rivas… usted tiene un problema grave.
El mundo se hizo más pequeño.
—¿Qué problema?
El doctor empujó la carpeta un poco más cerca.
—Tiene una condición cardíaca avanzada.
Nicolás parpadeó.
No entendió.
No quiso entender.
—¿Y eso qué…? ¿Se cura o qué?
El doctor negó suavemente.
—No.
Silencio.
Total.
Como si alguien hubiera apagado el sonido del mundo.
—¿Cómo que no? —dijo Nicolás, ahora más serio—. Todo se cura, doctor. Dígame cuánto vale y ya.
El hombre lo sostuvo con la mirada.
Firme.
—No es un tema de dinero.
Esa frase…
esa sí le dolió.
Porque Nicolás Rivas siempre había arreglado todo con plata.
Siempre.
—Entonces explíqueme bien —dijo, ahora con un tono más duro.
El doctor abrió la carpeta.
Señaló unos resultados.
Pero Nicolás no miraba.
Solo quería oír una cosa:
que no era grave.
Que había solución.
Que podía seguir igual.
Pero no llegó.
—Su corazón está fallando —dijo el doctor—. Y no es algo reciente. Lleva tiempo.
—¿Y por qué no me di cuenta?
—Porque usted nunca quiso darse cuenta.
Golpe directo.
Sin anestesia.
Nicolás tragó saliva.
—¿Cuánto tiempo?
La pregunta salió más bajito.
Más humano.
El doctor dudó.
Un segundo.
Dos.
—No podemos ser exactos… pero en su estado actual…
Pausa.
Larga.
Insoportable.
—Meses.
El mundo se rompió en silencio.
No hubo gritos.
No hubo drama.
No hubo lágrimas.
Solo…
vacío.
Nicolás se quedó mirando un punto fijo.
Como si no estuviera ahí.
Como si todo eso le estuviera pasando a alguien más.
—No… —murmuró.
Pero no sonó como negación.
Sonó como miedo.
El primero en mucho tiempo.
—Tiene que haber algo —dijo—. Una cirugía, un tratamiento, lo que sea…
—Hay opciones para mejorar la calidad de vida —respondió el doctor—. Pero no para revertir el daño.
—¿Trasplante?
—Lista de espera… compatibilidad… tiempo. No es algo inmediato.
Meses.
Esa palabra volvió a golpear.
Meses.
No años.
No décadas.
Meses.
Nicolás se levantó de la silla.
No podía estar sentado.
No podía respirar bien.
—No… no, no… esto está mal —decía, caminando en círculos—. Usted se está equivocando.
—Entiendo que es difícil—
—¡No, usted no entiende! —lo interrumpió—. Yo estoy bien. Yo salí anoche, tomé, bailé… estoy bien.
El doctor no respondió de inmediato.
Solo lo miró.
Y esa mirada…
decía todo lo contrario.
El silencio volvió.
Pesado.
Real.
Inevitable.
Nicolás se quedó quieto.
Respirando fuerte.
Pensando…
en todo lo que no había pensado en años.
Su mamá.
Su casa.
Las veces que no fue.
Las llamadas que ignoró.
Las promesas que rompió.
Y por primera vez…
la muerte dejó de ser un chiste.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó al final.
Más calmado.
Más roto.
El doctor habló claro:
—Cambiar su vida.
Nada de alcohol.
Nada de excesos.
Control médico constante.
Descanso.
Cuidado extremo.
Nicolás soltó una risa…
pero esta vez no era de burla.
Era amarga.
—O sea… dejar de ser yo.
El doctor no respondió.
Porque sabía…
que sí.
Nicolás tomó la carpeta.
La cerró sin mirar mucho.
—Gracias, doc.
Se dio la vuelta.
Caminó hacia la puerta.
La abrió.
Y antes de salir…
se detuvo.
Sin voltear.
—Oiga…
Pausa.
—¿Duele?
El doctor entendió.
No hablaba del cuerpo.
—A veces —respondió—. Pero no como usted cree.
Nicolás asintió levemente.
Y salió.
El sol seguía brillando afuera.
La ciudad seguía igual.
La gente caminaba.
Los carros pasaban.
Todo normal.
Todo igual.
Excepto él.
Se quitó las gafas.
La luz le pegó directo en los ojos.
Y por primera vez en años…
no supo qué hacer.
Miró a la gente.
A las vidas.
A los segundos que pasaban sin pedir permiso.
Metió la mano al bolsillo.
Sacó el celular.
Lo miró.
Pensó en llamar a alguien.
No lo hizo.
Lo guardó.
Respiró profundo.
Y dijo en voz baja:
—Bueno… entonces sí era verdad…
Silencio.
Y luego…
una media sonrisa.
Triste.
Pero real.
—Nos vamos a morir.
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