Alfredo siempre creyó que el odio tenía justificación.
Homofóbico, violento y consumido por los prejuicios que heredó de su padre, pasó toda su vida despreciando aquello que no entendía… hasta el día de su muerte.
O eso creyó.
Porque al abrir los ojos nuevamente, ya no era Alfredo.
Ahora es Andrei Macías: un joven omega de piel canela, heredero de una poderosa familia de comerciantes y víctima de una tragedia que destrozó su vida.
Atrapado en un mundo donde los hombres pueden ser marcados, deseados y quebrados, Andrei deberá enfrentarse no solo a los nobles que lo lastimaron… sino también al hombre cruel que alguna vez fue.
Pero entre heridas, segundas oportunidades y un temido general extranjero de fama sanguinaria, descubrirá algo que jamás imaginó:
Tal vez el amor no siempre llega para salvarte.
A veces llega para enseñarte a sobrevivirte a ti mismo.
NovelToon tiene autorización de Marcela Salazar S. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 17
Preferí cambiar de tema.
Aun cuando sospechaba de quién estaban hablando, necesitaba más información.
Y el grupo que tenía delante parecía estar mejor informado sobre la vida ajena que los propios protagonistas de sus historias.
—Disculpen mi ignorancia, pero... ¿quién es ese tal Adrian Montfort?
Las reacciones fueron inmediatas.
Melissa soltó una pequeña risa detrás de su abanico.
—¿De verdad no lo recuerda?
—Supongo que no.
—Entonces realmente perdió la memoria —murmuró uno de los jóvenes.
Theodore soltó una carcajada.
—Quizás sea lo mejor. Le ahorrará muchos dolores de cabeza.
—¿Tan terrible es? —pregunté.
—Terrible no —respondió una muchacha pelirroja—. Solo... problemático.
—Muy problemático —corrigió otro.
—Es hijo del vizconde Montfort —explicó Theodore—. O al menos sigue siéndolo por ahora.
—¿Por ahora? —pregunté.
—Su familia está prácticamente en bancarrota.
Las voces comenzaron a superponerse.
—Pierde dinero más rápido de lo que otros lo ganan.
—Apuestas.
—Bebida.
—Mujeres.
—Malas inversiones.
—Y una increíble capacidad para tomar la peor decisión posible.
Las risas recorrieron el grupo.
—¿Y cómo sigue manteniendo su posición? —pregunté.
—Porque su padre sigue vivo —respondió Melissa.
Su tono destilaba desprecio.
—Y porque todavía quedan suficientes propiedades para aparentar que todo marcha bien.
—Aunque no por mucho tiempo —añadió Theodore.
—Escuché que ha estado buscando desesperadamente nuevos inversionistas.
—O una esposa rica.
—O ambas cosas.
Más risas.
Mientras todos seguían compartiendo chismes, yo permanecí atento.
Porque entre las burlas comenzaban a aparecer datos útiles.
Deudas.
Negocios fallidos.
Necesidad de dinero.
Desesperación.
Y si algo había aprendido en mi vida anterior era que las personas desesperadas hacían cosas desesperadas.
Uno de los jóvenes se dio cuenta de que seguía escuchando atentamente.
Disimuladamente señaló hacia el otro extremo del salón.
Seguí la dirección de su mirada.
Y allí estaba.
El mismo hombre que había palidecido al verme entrar.
Adrian Montfort.
Ahora que sabía su nombre, podía observarlo con más atención.
Conversaba con otros nobles mientras intentaba aparentar tranquilidad.
Pero cada cierto tiempo sus ojos terminaban buscándome.
Y cada vez que ocurría, parecía ponerse más nervioso.
Interesante.
Luego de un rato de charla preferí alejarme.
Había obtenido bastante información por el momento.
Además tenía hambre.
Elena, en su empeño por mantenerme impecable, apenas me había dejado probar bocado durante todo el día.
Me acerqué a una enorme mesa repleta de aperitivos.
Mientras decidía qué probar primero, un joven atractivo se acercó a mí.
—Señorito Ashford.
Lo observé brevemente.
Era alto, bien vestido y poseía una sonrisa que probablemente consideraba encantadora.
—¿Sí?
—Es un placer conocerlo finalmente.
Intentó iniciar una conversación casual.
Yo respondí por educación.
Sin embargo, al poco tiempo algo comenzó a incomodarme.
Un olor.
No.
Varias capas de olor.
Dulce.
Pesado.
Invasivo.
Mi cuerpo reaccionó inmediatamente.
Sentí una desagradable presión sobre los hombros.
Mi corazón se aceleró.
Y una sensación de debilidad recorrió mis piernas.
Fruncí el ceño.
Aquello no era normal.
Entonces comprendí.
Feromonas.
El desgraciado estaba liberándolas deliberadamente.
Mi expresión se endureció.
¿Era idiota?
Nos encontrábamos en medio de una fiesta repleta de nobles.
Utilizar feromonas contra otra persona sin permiso era una falta de educación monumental.
Intenté dar un paso atrás.
Alejarme de aquel olor repugnante.
Pero antes de que pudiera hacerlo, una voz conocida sonó a mi lado.
—¿Podrías dejar de coquetear con mi prometido?
Melissa.
La joven apareció sosteniendo su abanico.
Su mirada iba dirigida hacia mí.
No hacia él.
Como si yo fuera el culpable de la situación.
Yo estaba demasiado ocupado intentando no estrangular a alguien.
—No sé de qué habla, señorita Melissa.
Ella parpadeó.
—¿Perdón?
—Este hombre fue quien se acercó a mí.
Señalé al noble.
—Y además lleva varios minutos comportándose de forma inapropiada.
La sonrisa del hombre vaciló.
Melissa frunció el ceño.
—¿Inapropiada?
—Utilizar feromonas de esa manera en una fiesta.
El silencio cayó sobre los presentes.
Varias personas cercanas giraron la cabeza inmediatamente.
Y por la expresión del joven, comprendí que no esperaba que lo dijera en voz alta.
Saqué un pañuelo de mi bolsillo y me cubrí discretamente la nariz.
No me importaba si resultaba descortés.
Quería dejar muy claro lo desagradable que me parecía aquel comportamiento.
El gesto no pasó desapercibido.
Melissa, que hasta ese momento parecía convencida de que yo estaba intentando seducir a su prometido, finalmente percibió las feromonas que flotaban en el aire.
Su expresión cambió de inmediato.
Giró la cabeza hacia el joven.
—¿Por qué haces eso?
El hombre pareció confundido.
—¿Hacer qué?
—Sabes perfectamente de qué hablo.
Melissa cerró su abanico de golpe.
—El señorito Ashford y tú ni siquiera son cercanos. ¿Por qué estás liberando feromonas?
Varias personas comenzaron a prestar atención a la discusión.
El rostro del joven se endureció.
—No exageres.
—¿Exagero?
La sonrisa de Melissa desapareció por completo.
—Soy tu prometida.
¿No te basta con que pronto formarás parte de la familia ducal Valcourt?
Al escuchar aquello, el hombre puso los ojos en blanco.
Un gesto tan poco elegante que incluso yo me sorprendí.
—Melissa, vámonos.
Su tono se volvió impaciente.
—No quiero escuchar otro de tus berrinches.
Los ojos de la joven se abrieron con incredulidad.
—¿Berrinches?
—Sí, berrinches.
—¡No me quiero ir!
Varias personas cercanas ya observaban la escena sin siquiera intentar disimular.
—Acabamos de llegar.
Aún no he saludado a Miranda. Quedamos de encontrarnos aquí.
Melissa apretó los puños.
—¿Por qué mi fiesta debe arruinarse por culpa de este?
Y me señaló directamente.
Parpadeé.
¿Qué?
Yo estaba comiendo canapés hace menos de cinco minutos.
¿Cómo me había convertido en el villano de esta historia?
—¡Le prestas más atención a él que a mí, que soy tu prometida!
La paciencia de Melissa finalmente se rompió.
Tomó una copa de vino de una bandeja cercana y, en un arranque de rabia, intentó arrojar su contenido sobre mí.
Sin embargo, la copa no llegó a moverse.
Una mano sujetó firmemente su muñeca.
—Es suficiente, lady Melissa.
La voz de Víctor resonó fría y firme.
La joven abrió los ojos sorprendida.
Mi hermano se había colocado entre nosotros sin que ninguno lo notara.
—No voy a permitir que continúe insultando a mi hermano.
Melissa intentó soltarse.
—¡Yo no...!
—Y mucho menos permitiré una agresión.
Los ojos de Víctor se endurecieron.
—O de lo contrario, mi padre y yo nos veremos obligados a tomar medidas que estoy seguro no agradarán a su familia.
El ambiente alrededor se congeló.
Todos comprendieron la amenaza oculta tras aquellas palabras.
Los Ashford rara vez levantaban la voz.
Pero cuando lo hacían...
era mejor escucharlos.
Antes de que Melissa pudiera responder, una figura regordeta apareció apresuradamente entre la multitud.
Un hombre bajo, calvo y con un bigote tan peculiar que parecía dibujado sobre su rostro.
Su expresión era una mezcla de vergüenza y pánico.
—¡Mi lord Ashford! ¡Por favor!
Llegó casi trotando.
—No es necesario que nuestras familias entren en disputas por una descortesía de mi hija.
Tomó a Melissa por el brazo.
—Este padre la reprenderá inmediatamente al regresar a casa.
Luego realizó una profunda reverencia.
Más profunda de la que muchos nobles ofrecerían normalmente.
—Le ruego que disculpe a esta tonta hija mía.
Víctor no pareció impresionado.
—No es a mí a quien debe pedir disculpas.
El hombre tragó saliva.
—¿Mi lord?
—Es a mi hermano.
La voz de Víctor permaneció tranquila.
Pero cada palabra cayó como una piedra.
—Es él quien ha sido insultado repetidamente durante toda la velada.
El noble giró inmediatamente hacia mí.
Su rostro se puso todavía más pálido.
Melissa parecía incapaz de creer lo que estaba ocurriendo.
Quizás por primera vez en su vida estaba descubriendo que no podía salirse con la suya simplemente por ser la hija de un duque.
bendiciones autora y ánimo
bendiciones autora y ánimo