Bajo la luz de la luna llena, la traición le arrebató todo: su vida, su hijo… y su destino.
Ella, una rara loba de sangre plateada, vivió oculta entre humanos hasta que fue entregada a una manada que solo buscaba usarla. Engañada por su propio prometido, muere sin poder defenderse… pero la diosa lunar le concede una segunda oportunidad.
Esta vez, no será una víctima.
Renacida en el pasado, rompe su compromiso y huye de quienes desean su poder. Acorralada, termina en manos de tres temidos Alphas trillizos: fríos, implacables y letales… quienes le ofrecen protección a cambio de un heredero.
Lo que comienza como un trato desesperado, se convierte en algo mucho más peligroso: deseo, obsesión… y un vínculo imposible de romper.
Pero mientras enemigos acechan y su propia sangre la persigue por el poder que lleva en sus venas, ella deberá decidir:
¿Huir otra vez… o convertirse en la reina que todos temen?
Porque esta vez, la loba de plata no morirá.
Esta vez… hará que el mundo arda por ella.
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El accidente
Sus padres decidieron ir de paseo a los tres les gustaba ir a navegar, la brisa del mar y la paz que les daba, hacían olvidar por momentos sus problemas.
El mar estaba en calma, demasiado en calma, Rosalía Villa apoyó los codos sobre la baranda del yate, dejando que la brisa nocturna jugara con su cabello plateado. La luna se reflejaba en el agua como un espejo perfecto, inmóvil, casi irreal.
Todo parecía… suspendido.
—¿En qué piensas? —preguntó su madre, acercándose por detrás.
Rosalía no se giró, —En que esto no se siente normal.
El silencio que siguió fue breve, pero pesado.
—¿A qué te refieres? —insistió su madre con suavidad.
Rosalía frunció el ceño.—El mar… está demasiado quieto, no hay viento, no hay olas, es como si… estuviera esperando algo.
Su madre no respondió de inmediato, cuando lo hizo, su voz tenía un matiz extraño.—A veces, la calma es engañosa.
Rosalía giró la cabeza para mirarla, sus ojos se encontraron, y por un instante, sintió algo que no supo nombrar. ¿Miedo?, no, era peor, resignación.
—Rosalía —intervino su padre desde el otro extremo de la cubierta—. Ven un momento.
Ella obedeció, dejando atrás esa sensación incómoda, caminó hacia él, notando que sostenía un pequeño maletín metálico que nunca antes había visto.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Él dudó, otra vez. —Necesitamos hablar contigo.
Su corazón se aceleró.—¿Es algo malo?
Su madre se acercó y tomó su mano.—No… pero es importante.
Rosalía bajó la mirada hacia sus dedos, el anillo brillaba débilmente bajo la luz de la luna, siempre estaba ahí, siempre presente, siempre… silencioso.
—Hay cosas que no te hemos contado —dijo su padre finalmente.
El aire pareció volverse más pesado.
—¿Sobre qué?
Un crujido interrumpió la conversación, los tres se quedaron en silencio, el sonido vino desde abajo, desde el interior del yate.
—¿Escucharon eso? —susurró Rosalía.
Su padre tensó la mandíbula.—Quédate aquí.
—No —dijo ella de inmediato—. Voy contigo.
—Rosalía… quédate con tu madre.
Bajo por la escalera, el interior del yate estaba en penumbra, iluminado solo por algunas luces tenues que parpadeaban de forma irregular.
Eso no era normal, otro sonido, más fuerte, como metal golpeando contra metal y entonces.
Su padre avanzó lentamente y empujó la puerta, el escenario al otro lado lo dejó sin aliento.
El control principal del yate estaba destrozado, cables arrancados, pantallas rotas.
Un ruido detrás de él lo hizo girar, pasos, alguien más estaba allí.
—¿Quién está ahí? —exigió su padre.
Silencio y luego, una risa baja, oscura, desconocida.
—Llegas tarde —dijo una voz masculina desde las sombras.
Un hombre emergió lentamente, alto, vestido de negro, sus ojos brillaban con una intensidad antinatural.
—¿Quién eres? —gruñó su padre.
El hombre sonrió.—Solo alguien interesado… en lo que ella es.
—No la tocarás —advirtió el padre
El hombre inclinó la cabeza, divertido.
—¿De verdad crees que pueden seguir escondiéndola?
—No entiende lo que es —continuó el hombre—. Pero pronto lo hará.
—¡Cállate! —gritó el padre.
En un movimiento rápido, se lanzó contra él, pero el hombre fue más rápido.
Demasiado rápido, un golpe seco, el cuerpo de su padre salió despedido contra la pared.
Una explosión sacudió el yate, el sonido fue ensordecedor.
El suelo tembló bajo sus pies, desde la parte inferior, una segunda detonación estalló, levantando una ola de fuego que ascendió como una bestia desatada.
Las llamas comenzaron a devorar todo, el aire se volvió irrespirable.
—¡Salta, Rosalía! —gritó su madre, empujándola.
Pero Rosalía no podía moverse, miraba, paralizada, el humo llenaba el pasillo, el calor quemaba su piel.
—¡Ahora! —insistió su madre, con desesperación.
Otra explosión, más cercana...
—¡Papá! —gritó Rosalía, con la voz rota.
Las llamas ya lo rodeaban.
—¡Rosalía, mírame! —su madre la sujetó del rostro con manos temblorosas—. Tienes que vivir.
—No me voy sin ustedes…
—¡Escúchame!—Sus ojos se encontraron.
Y en ellos… Rosalía vio la verdad, no había salida.
—Ellos vendrán por ti —susurró su madre—. No dejes que te encuentren.
El anillo ardía, brillaba con una intensidad salvaje.
—Nunca te lo quites…
Rosalía negó, llorando.—Mamá, por favor, —
Un crujido estremeció la estructura del yate, el fuego ya estaba en todas partes.
Entonces, su madre la empujó con toda la fuerza que le quedaba.
Rosalía cayó hacia atrás, el tiempo pareció detenerse.
El cielo, la luna, el fuego devorando el yate y su madre… Quedándose atrás.
—¡MAMÁ! —gritó, extendiendo la mano.
Pero ya era tarde, el agua la envolvió, fría, oscura, violenta.
El impacto le robó el aire, su cuerpo fue arrastrado por la corriente.
Intentó nadar, intentó subir, pero el caos la envolvía.
Y aun así… miró hacia arriba, el yate ardía, las llamas lo consumían todo y entre el fuego…
Lo vio, el hombre, de pie entre las llamas.
Intacto, observándola.
Sonriendo, como si todo hubiera sido planeado.
Como si estuviera… satisfecho.
—Nos volveremos a ver —susurró en su mente.
Rosalía lloraba, su cuerpo flotaba sin fuerza, sus manos se movían débilmente en el agua.
Pero ya no podía luchar, el frío comenzó a envolver la, el dolor desapareció, el ruido… también.
Solo quedó el silencio, un silencio profundo, infinito.
Rosalía flotaba en la oscuridad, sin dolor, sin miedo, sin nada, pero incluso ahí…
Lo sintió, ese vacío, esa ausencia y entonces…
El anillo brilló, una luz suave la envolvió, cálida, protectora y por primera vez…
Una voz respondió al llamado.
—Aún no es tu final.
El cuerpo de Rosalía flotaba en el agua, sin fuerza, sin rumbo, sin vida.
La oscuridad la envolvía, fría y silenciosa… hasta que algo cambió.
Un sonido, lejano al principio, molesto, constante.
Bip… bip… bip…
Sus párpados temblaron, pesados, como si abrirlos fuera un esfuerzo imposible.
Pero lo hizo, de golpe, el mundo regresó, luz blanca, demasiado intensa, el techo era liso, frío, ajeno. Nada de luna, nada de mar, nada de fuego.
Solo blanco, el sonido seguía ahí.
Bip… bip… bip…
Giró apenas la cabeza, todo le daba vueltas, un tubo en su brazo, un monitor a su lado. El olor estéril le quemó la garganta.
Hospital.
—¿Dónde…? —su voz salió rota, apenas un susurro.
Su pecho dolía al respirar, su cuerpo se sentía… pesado, vivo, pero algo no encajaba.
Llevó su mano con dificultad hasta su dedo, el anillo seguía ahí, frío, silencioso.
Pero esta vez… no la calmaba, la oprimía y entonces, un recuerdo la atravesó como un cuchillo.
Fuego, gritos, su madre empujándola, Rosalía jadeó.
—No… esto no… —murmuró.
Porque en el fondo… lo sabía, su vida iba a cambiar.