En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.
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Cap 2
Narrado por: Caelum
El peso de la humana en mis brazos era insignificante, apenas un fardo de lana y huesos que temblaba contra mi pecho. Sin embargo, su presencia distorsionaba el aire a mi alrededor. Era como una impureza en un cristal perfecto. Los humanos suelen oler a miedo rancio o a sudor desesperado, pero ella olía a especias viejas y a papel de biblioteca.
Atravesamos el Velo de la Niebla Blanca, el puente suspendido entre el mundo de los hombres y mi dominio. El viento rugía a nuestro paso, postrándose ante mí, pero ella se aferraba a mi capa de seda de sombras con una fuerza que rozaba la impertinencia.
—Puedes soltarte, humana —dije, mi voz resonando como el hielo crujiendo en el fondo de un lago—. El vacío no te tragará si yo no lo permito.
Aura levantó la cabeza. Sus ojos estaban inyectados en sangre por la presión del viaje, pero no apartó la mirada.
—Prefiero confiar en mis propios dedos que en tu permiso, Señor del Invierno —respondió ella, jadeando por el aire gélido—. Además, si me sueltas ahora, te quedarías sin juguete para los próximos 367 días. ¿No sería una lástima?
Me detuve en seco. Estábamos flotando sobre un abismo de nubes plateadas. La miré con fijeza tras mi máscara de cristal.
—¿Crees que esto es un juego? —le pregunté, bajando el tono hasta convertirlo en una amenaza sorda—. He visto imperios enteros desmoronarse bajo mis pies. He enterrado reyes que suplicaban por un rayo de sol. Tú no eres más que un parpadeo en mi eternidad.
—Un parpadeo que te ha respondido —replicó ella, y aunque sus labios estaban volviéndose azules, sonrió—. Los reyes te suplicaban. Yo te estoy desafiando. Hay una diferencia, ¿no crees?
Solté un bufido que cristalizó en el aire como una pequeña tormenta de nieve. La solté bruscamente, no al vacío, sino sobre la plataforma de mi trineo espectral, que se materializó bajo nosotros. Era un carruaje de obsidiana tirado por seis espectros de lobos boreales cuyas colas eran jirones de aurora.
—Siéntate —ordené—. Y cállate. El aire del Velo quema los pulmones mortales.
Aura se desplomó en el asiento de cuero helado, pero no se calló. Se envolvió en su capa y me miró mientras yo tomaba las riendas de luz gélida.
—¿A dónde vamos exactamente? —preguntó, ignorando mi orden—. Los textos dicen que tu fortaleza no está en ningún mapa. Dicen que cambia de lugar con el viento.
—Los textos humanos son fantasías escritas por hombres que mueren antes de aprender a leer las estrellas —respondí, fustigando a los lobos. El trineo saltó hacia adelante, rasgando el tejido de la realidad—. Vamos al centro de la Nada. Al lugar donde el tiempo se detiene porque el frío no le permite avanzar.
—Suena encantador —sarcasmo. Ella realmente tenía la lengua afilada—. ¿Tendré una habitación propia o me encadenarás en una mazmorra de hielo? Porque si es lo segundo, te aviso que soy muy mala prisionera. Me quejo constantemente y tiendo a romper cosas.
—Tendrás una habitación —dije, sin mirarla—. La Fortaleza tiene mil salas. La mayoría están vacías desde que el sol fue desterrado de estas tierras. Puedes elegir la que desees, siempre y cuando no cruces el umbral del Ala Norte.
—¿El Ala Norte? —sus ojos brillaron con una curiosidad peligrosa—. ¿Qué hay allí? ¿Tu corazón? ¿O el secreto de por qué eres tan insufrible?
Giré la cabeza tan rápido que los lobos vacilaron. Me incliné sobre ella, invadiendo su espacio personal hasta que mi máscara rozó su frente. El frío que emanaba de mí debería haberla desmayado, pero ella solo encogió los hombros, desafiante.
—Hay cosas en ese lugar, Aura de Aethelgard, que harían que tu alma se hiciera añicos con solo escucharlas respirar —susurré—. Si valoras los latidos que le quedan a tu corazón, no hagas preguntas sobre el Ala Norte.
—Me dijeron que eras un monstruo —dijo ella, bajando un poco el tono, aunque sin apartarse—. Pero solo pareces un hombre muy asustado de que alguien vea lo que guarda bajo la alfombra.
—No soy un hombre —le recordé, sintiendo una punzada de algo que no era frío en mi pecho—. Soy la estación que mata la vida. Soy el final de todas las cosas.
—Bueno —dijo ella, acomodándose en el asiento y cerrando los ojos por un momento—, el final de todas las cosas me debe una cena. No he comido desde ayer por el lío del sacrificio, y sospecho que en tu castillo no sirven sopa caliente.
—Comerás lo que el palacio te ofrezca —respondí, frustrado por su falta de pavor—. Pero no esperes fuego. El fuego es una ofensa en mi presencia.
—Aprenderé a comer hielo, entonces —murmuró ella—. Pero no esperes que me guste.
El trineo giró en un ángulo imposible y, de repente, la niebla se abrió. Ante nosotros, surgiendo de un mar de nubes congeladas, se erguía la Fortaleza de Escarcha. Era una estructura imposible de torres translúcidas que se elevaban kilómetros hacia un cielo negro estrellado. Parecía tallada de un solo diamante del tamaño de una montaña.
Aura dejó escapar un suspiro de asombro. Por primera vez, su máscara de audacia se agrietó.
—Es... —empezó a decir.
—Es tu prisión por los próximos 367 días —la interrumpí—. Bienvenida al invierno eterno, humana. Intenta no morir esta noche. Sería un desperdicio de mi tiempo haberte traído.
—Haré lo que pueda por no incomodarte con mi cadáver —respondió ella, recuperando el tono punzante mientras el trineo aterrizaba en el patio de cristal—. Pero no prometo que no intente encender una vela.
—Si enciendes una vela, yo mismo la apagaré con tus lágrimas —sentencié.
Descendí del trineo y le extendí la mano, no por cortesía, sino porque el suelo del patio era tan resbaladizo que una mortal se rompería el cuello al primer paso. Ella miró mi mano enguantada de sombras, dudó un segundo, y luego colocó sus dedos pequeños y cálidos sobre los míos.
El contacto fue como un rayo de energía prohibida. Un eco de calor viajó por mi brazo, algo que no había sentido en siglos. Retiré la mano instintivamente en cuanto sus pies tocaron el suelo.
—¿Qué fue eso? —preguntó ella, frotándose la palma.
—Nada —mentí, ocultando mi mano bajo la capa—. Es solo la estática del Velo. Camina. Mis sirvientes te esperan.
—¿Sirvientes? ¿Tienes gente aquí? —ella me siguió, casi corriendo para igualar mis zancadas—. ¿Son como tú? ¿O son humanos secuestrados de otros siglos?
—Son sombras del pasado —respondí, mientras las enormes puertas de cristal de la fortaleza se abrían sin que nadie las tocara—. Memorias que olvidaron que ya no tienen cuerpo. No hables con ellos. No te responderán de la forma que esperas.
Entramos en el Gran Salón. El techo era tan alto que parecía que las estrellas formaban parte de la decoración. En el centro, una larga mesa de hielo estaba dispuesta con platos de cristal de roca.
—¿Esta es la cena? —preguntó Aura, acercándose a la mesa—. Está vacía.
—Solo tienes que desearlo —dije, situándome en la cabecera—. Pero recuerda, Aura: en este reino, los deseos tienen un precio. Si pides comida, el palacio te pedirá un recuerdo a cambio. Esa es la ley del Invierno. Nada se da gratis. Todo se intercambia.
Aura se quedó helada, mirando el plato vacío.
—¿Un recuerdo? —susurró—. ¿Quieres borrar quién soy para alimentarme?
—Yo no —dije, sentándome en mi trono de escarcha—. El palacio. Él tiene hambre de vida. Y tú eres la única fuente de vida en kilómetros a la redonda.