Damiano quería a Zakhar, pero lo quería bajo sus propias reglas.
Ahora, obligado por la mafia italiana a casarse con el letal líder ruso para formar una alianza y así destruir a la Yakuza, se siente como un trofeo entregado en bandeja de plata.
Pero lo que Damiano no sabes es que detrás del frío líder de la mafia rusa de la costa oeste, se esconde una obsesión feroz que lleva años germinando en la oscuridad. Cuando las traiciones estallen y la sangre comience a correr, Damiano descubrirá la magnitud de los pecados de su esposo. En un mundo donde todos quieren verlos caer, el amor retorcido y la protección extrema de Zakhar serán su escudo... aunque el precio sea aceptar que siempre fue la presa perfecta. Pero quizás eso es lo que Damiano siempre había querido y no sabía....
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CAPÍTULO 3: SOMBRAS EN EL PASILLO
La mansión de Zakhar no era un hogar; era un ecosistema diseñado para la vigilancia. Damiano lo descubrió a las tres de la mañana, cuando el insomnio, su eterno compañero de los últimos cuatro años, lo obligó a abandonar la seguridad de su cama de hilos egipcios para buscar algo de beber.
El pasillo era un túnel de sombras y mármol frío. Damiano caminaba descalzo, vistiendo solo una bata de seda negra entreabierta que revelaba la piel pálida de su pecho y los trazos rojos de sus tatuajes. Se sentía observado. Cada cámara de seguridad, cada sensor de movimiento parecía una extensión de los ojos de Zakhar.
De repente, una mano enguantada y firme se cerró sobre su antebrazo, tirando de él hacia la penumbra de un rincón. Damiano estuvo a punto de gritar, pero el aroma a tabaco caro y cuero lo detuvo.
– Es peligroso deambular por aquí sin escolta, moya radost – susurró Zakhar. Estaba tan cerca que su aliento cálido rozaba la oreja de Damiano.
– Es mi casa ahora, ¿no? – replicó Damiano, recuperando su tono de diva a pesar de que su corazón martilleaba con fuerza.
– Suéltame, Ivanov. Si quería un guardia de seguridad, habría contratado a uno con mejores modales.
Zakhar no lo soltó. Al contrario, lo presionó contra la pared fría. La diferencia de tamaño era abrumadora; Zakhar, a sus treinta años, era puro músculo y cicatrices, una montaña de treinta centímetros más alta que Damiano. El ruso bajó la mirada hacia el pecho expuesto del italiano, sus ojos heterocromáticos brillando con un hambre que no intentaba ocultar.
– No eres un invitado, Damiano. Eres el centro de este mundo. Si te pasara algo en la oscuridad, reduciría este edificio a cenizas – Zakhar levantó su mano libre y, con una lentitud tortuosa, rozó el tatuaje de la daga en el cuello de Damiano.
– Cuatro años esperando para tenerte bajo mi techo. No tientes a tu suerte.
La tensión era tan alta que el aire parecía estático. Damiano, en lugar de retroceder, se inclinó hacia el contacto, desafiándolo.
– ¿Y qué vas a hacer si la tiento? ¿Castigarme? – desafió Damiano con una sonrisa felina.
Zakhar apretó el agarre en su cintura, su cuerpo duro presionando contra la seda de la bata de Damiano. Estuvo a punto de besarlo, una promesa de posesión absoluta, cuando el sonido de unos pasos rápidos interrumpió el momento.
– ¿Zakhar? ¿Está todo en orden? – la voz de Enzo, el jefe de seguridad personal y hombre de confianza de Zakhar, resonó en el pasillo.
Zakhar se separó de Damiano con la lentitud de un depredador interrumpido. Enzo apareció bajo la luz de una de las lámparas. Era un hombre de facciones duras, eficiente y de mirada gélida que, al ver a Damiano medio desnudo frente a su jefe, apretó la mandíbula.
– El perímetro está asegurado – dijo Enzo, mirando a Damiano con una mezcla de respeto profesional y algo más oscuro, algo que Damiano no pudo descifrar de inmediato.
– No esperaba ver al señor Moretti fuera de sus aposentos.
– El señor Moretti hace lo que le place, Enzo – intervino Damiano, ajustándose la bata con parsimonia y lanzándole una mirada de reojo a Zakhar. – Y por lo visto, a Zakhar le encanta jugar a los fantasmas en el pasillo.
Zakhar miró a Enzo, su expresión volviéndose ilegible.
– Acompaña a Damiano de vuelta a su habitación. Y Enzo... – la voz de Zakhar se volvió una advertencia mortal. – Asegúrate de no mirar más de lo necesario. Lo que es mío, no se comparte ni con la vista.
Enzo asintió con una inclinación de cabeza, pero Damiano notó cómo sus ojos se demoraron un segundo de más en la seda de su bata antes de señalar el camino.
– Por aquí, señor – dijo Enzo.
Damiano caminó de regreso, sintiendo la mirada de Zakhar clavada en su espalda como un cuchillo al rojo vivo. Sabía que Lev no era el único que lo miraba con resentimiento en esa casa; ahora tenía a Enzo vigilando sus pasos. Pero lo que más lo inquietaba no era el peligro de la mafia, sino la forma en que su cuerpo había reaccionado al toque de Zakhar.