Tras una muerte inesperada, una joven despierta convertida en un bebé dentro del mundo de la novela que leyó antes de morir: “Casada con el Príncipe Maldito”. Pero no como un personaje secundario… sino como la propia protagonista.
Con recuerdos intactos de la historia original, sabe exactamente cómo terminará todo: obligada a casarse con el temido príncipe heredero, un hombre marcado por una maldición que lo consume lentamente… y que, al final, incapaz de soportar el dolor y el rechazo, se quita la vida.
Ahora, renacida en su lugar, la nueva protagonista siente algo muy distinto: rabia hacia esa historia injusta… y una profunda lástima por el hombre destinado a romperse.
¿Debe seguir el curso de la novela para sobrevivir y alcanzar un final seguro… o desafiar el destino para salvar a alguien que nunca fue amado?
En un mundo donde el amor puede ser salvación o condena, cambiar la historia podría costarle todo… incluso su propia vida.
NovelToon tiene autorización de Crystal Suárez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Decisiones que no deben repetirse
Hay recuerdos que regresan sin que uno los llame.
No como imágenes difusas o fragmentos incompletos, sino como escenas enteras, con cada detalle intacto, con cada palabra resonando exactamente igual que la primera vez que fueron leídas… o en mi caso, vividas desde fuera.
Y este… era uno de esos recuerdos.
El Bosque Oscuro.
En la novela, ese episodio marcaba un punto de inflexión, no solo por el peligro que representaba, sino por lo que provocaba dentro del reino, debates, tensiones, decisiones difíciles que, aunque parecían necesarias, dejaban grietas que nunca terminaban de cerrarse.
Lo recordaba con demasiada claridad, los sacerdotes incapaces de purificar la corrupción, los monstruos emergiendo con una fuerza que no correspondía a lo habitual.
Las discusiones en la capital, extendiéndose desde el templo hasta la corte. Y en el centro de todo… una niña.
La Santa.
Yo.
Cerré el libro frente a mí sin haber leído una sola palabra, mis dedos permaneciendo sobre la cubierta mientras mi mente repasaba cada escena, cada consecuencia, cada error.
Porque eso fue lo que fue, un error.
No la decisión de ir. Sino… cómo se tomó.
En la historia original, todo se volvió caótico, los sacerdotes exigían la intervención de la Santa, argumentando que solo ella podía estabilizar la corrupción, mientras que la nobleza, encabezada por mi familia, se oponía con firmeza, no por egoísmo, sino por algo completamente lógico.
Era una niña.
No una figura simbólica, no un título, era una niña real y aun así… la presión fue suficiente.
Las discusiones se alargaron durante días, las voces se alzaron, las posturas se endurecieron, y en medio de todo eso… nadie parecía ver lo más evidente.
Que no se trataba solo de si debía ir, sino de… cómo hacerlo.
Apoyé la frente ligeramente sobre mi mano, cerrando los ojos por un instante, no voy a permitir que se repita, no de la misma forma.
Los rumores comenzaron a tomar forma concreta al día siguiente, lo que antes eran susurros ahora se convertía en información clara, el templo había enviado un comunicado formal, solicitando la intervención de la Santa en la purificación del Bosque Oscuro, y como era de esperarse… la respuesta no fue inmediata.
Ni unánime.
—Es absurdo.
La voz de mi padre resonó en el salón principal, firme, contenida, pero con una tensión que no intentaba ocultar.
—Están pidiendo que una niña de ocho años sea enviada a una zona inestable, infestada de criaturas de alto nivel.
Mi madre no dijo nada al inicio, pero su expresión era suficiente, no era duda, era rechazo.
—No es una solicitud —añadió él—. Es presión disfrazada.
—Pero si es cierto que solo ella puede estabilizar la corrupción… —murmuró uno de los asesores presentes.
—Entonces deberían haber pensado en eso antes de dejar que la situación llegara a este punto.
Silencio, pesado, justificado y completamente predecible.
Observé la escena en silencio, de pie cerca de la ventana, sin intervenir, sin llamar la atención, pero escuchando cada palabra, cada argumento, cada emoción contenida que comenzaba a salir a la superficie.
Era exactamente como lo recordaba, exactamente como debía evitar que continuara. Porque si esto seguía así… Solo empeoraría.
El templo no cedería, la nobleza tampoco y en medio de todo eso… el tiempo seguiría avanzando. Y el Bosque Oscuro… también.
Exhalé lentamente, no podía permitirlo, no esta vez.
—Padre.
Mi voz rompió el silencio sin necesidad de elevarse, todos se detuvieron, las miradas se dirigieron hacia mí, no dudé, no titubeé.
—Iré.
La palabra cayó con más peso del que esperaba, mi madre se levantó de inmediato.
—Selene, no.
—Es peligroso —añadió mi padre, su tono firme, pero ahora dirigido a mí.
—Lo sé.
Los miré a ambos, con calma y con claridad.
—Pero es necesario.
No levanté la voz, no insistí, no lo convertí en una discusión, porque no debía serlo.
—Si no voy… seguirán insistiendo —continué—. Y la situación solo empeorará.
Silencio.
—Y si voy… —añadí—, podemos hacerlo bajo nuestras condiciones.
Eso… los hizo detenerse, pensar, porque ahí estaba la diferencia, no se trataba de ceder, sino de… tomar el control.
—No irás sola —dijo mi padre finalmente.
Asentí.
—Lo sé.
Y en ese instante… supe que había funcionado, no completamente, no sin resistencia, pero lo suficiente.
La decisión no se tomaría desde la presión externa, sino desde nosotros, como debía ser. No pasó mucho tiempo antes de que llegaran.
El Sacerdote Mayor y el Obispo.
Sus presencias eran imponentes, no solo por su rango, sino por lo que representaban, la autoridad del templo, la urgencia de la situación, la expectativa de una respuesta.
Fueron recibidos en el salón principal, formalidad impecable, tensión contenida, yo ya estaba allí cuando entraron, no como una espectadora, wino como el centro de la conversación.
—Duque —saludó el Sacerdote Mayor, inclinando ligeramente la cabeza—. Agradecemos su tiempo.
—Sean claros —respondió mi padre—. Ya conocemos el motivo.
No hubo rodeos.
—La situación en el Bosque Oscuro ha superado nuestras capacidades actuales —explicó el obispo—. La corrupción se ha intensificado, y las criaturas que han surgido… no pueden ser contenidas con los métodos habituales.
—Y por eso… —continuó el Sacerdote Mayor— solicitamos la intervención de la Santa.
El silencio cayó, esperaban resistencia, debate, negativa, pero no se las di.
Di un paso al frente.
—Acepto.
Las palabras fueron claras, firmes y por un instante… incluso ellos se sorprendieron.
—Selene —mi madre intentó intervenir.
—Bajo condiciones —añadí antes de que pudiera continuar.
Mis ojos no se apartaron de los del Sacerdote Mayor.
—No iré como una herramienta, no iré sin protección y no iré sin supervisión directa de mi familia.
El silencio cambió, ya no era tensión, era… evaluación. Porque no estaba rechazando. Pero tampoco… cediendo. Estaba negociando. Y eso… no lo esperaban.
—Podemos discutir los términos —respondió finalmente el obispo.
Asentí.
—Entonces no hay problema.
Y en ese momento… La puerta se abrió, sin aviso, win protocolo.
—Eso no es suficiente.
La voz de Estefan llenó la sala antes incluso de que pudiera verlo completamente, su presencia firme, su postura recta, sus ojos fijos en mí.
Y detrás de él… Liam.
Ambos habían llegado, ambos… habían escuchado.
—Si ella va —continuó Estefan, avanzando un paso—, yo también iré.
El silencio fue inmediato, más denso que cualquier otro.
—Es una misión de purificación, no una expedición militar —intervino el obispo.
—Es una zona inestable —respondió Estefan—. Y ella es el objetivo principal.
No alzó la voz.
—Mi prometida no irá sola.
Mis ojos se detuvieron en él, por un instante nuestros ojos se encontraron y entonces…
—Yo también voy.
La voz de Liam fue más ligera, pero no menos firme.
—Liam... —murmuró Estefan.
—Si es peligroso —continuó Liam, mirando directamente al frente—, entonces no hay razón para que él vaya solo.
El ambiente cambió, otra vez, pero esta vez… no por duda, sino por algo mucho más complejo.
Decisión.
Y mientras los observaba… Lo entendí. Esto… ya no era como en la novela. No iba a ser igual, porque esta vez… No estaban solos.
Y yo… Tampoco.