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EL TRONO DE ÁMBAR

EL TRONO DE ÁMBAR

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / Época / Posesivo
Popularitas:380
Nilai: 5
nombre de autor: Andy GZ

El destino de los imperios no siempre se decide en los campos de batalla, bañados en sangre y acero. A veces, el rumbo de la historia se tuerce en el silencio de un pasillo de seda, en el suspiro de un Omega que se niega a ser quebrado y en la mirada de un Sultán que descubre que su mayor conquista no es una tierra, sino un alma.

Dorian no era un regalo. Era una tormenta envuelta en gasa y orgullo. Selim no era solo un monarca. Era un fuego que lo consumía todo. En el corazón del Imperio Otomano, donde las leyes de los Alfas y Omegas son tan antiguas como el mismo Bósforo, un vínculo prohibido está a punto de nacer. Un vínculo que podría ser la salvación del Sultán... o el incendio que reduzca a cenizas su trono.

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Capítulo 7: El Banquete de las Sombras Doradas

El Gran Salón de los Banquetes era un espectáculo de excesos que desafiaba la imaginación. Las paredes, recubiertas de pan de oro, reflejaban la luz de miles de lámparas de aceite que colgaban del techo como constelaciones cautivas. El aire estaba saturado con el aroma de cordero asado con miel, azafrán, canela y el perfume embriagador de cientos de cortesanos que lucían sus mejores sedas.

Dorian se miró en el espejo de cuerpo entero antes de salir de sus aposentos. Selim le había enviado un atuendo que era una declaración de guerra en sí mismo: una túnica de seda blanca translúcida sobre un pantalón de brocado plateado, ceñida por un cinturón de oro cuajado de zafiros que hacían juego con sus ojos. Sobre sus hombros caía una capa corta de terciopelo azul que arrastraba ligeramente al caminar. No era la ropa de un esclavo, ni siquiera la de un favorito común; era la vestimenta de un príncipe.

—Recordad, Dorian —susurró Sumbul, el Eunuco Jefe, mientras le ajustaba un broche de diamantes en el hombro—, en esta mesa, la comida es lo menos importante. Vigilad vuestra copa y, sobre todo, vigilad vuestra lengua. La Valide Sultan no perdona los errores en público.

Dorian sonrió con una frialdad que hizo que el eunuco retrocediera un paso. —No os preocupéis, Sumbul. Hoy no he venido a comer. He venido a dar un espectáculo.

Cuando Dorian entró en el salón, el murmullo de cientos de conversaciones se extinguió de golpe. El sonido de sus botas sobre el mármol resonó en el silencio sepulcral. Caminó con la cabeza en alto, ignorando las miradas de odio de los visires y los susurros venenosos de las mujeres del harén que observaban desde las galerías superiores.

En la mesa principal, bajo un dosel de seda carmesí, estaba Selim. El Sultán lucía imponente, con su corona de diamantes y una expresión de hierro que solo se suavizó un milisegundo cuando sus ojos ámbar se encontraron con los de Dorian. A su derecha, la Valide Sultan lo observaba con la misma intensidad de un halcón evaluando a su presa. Y a la izquierda, ocupando el lugar de honor, estaba Ibrahim Pasha, el Gran Visir, cuya sonrisa era tan afilada como una cimitarra.

Dorian no se sentó en las mesas laterales. Caminó directo hacia la mesa imperial. Según el protocolo, él no debería estar allí, pero Selim levantó una mano, señalando un cojín de seda justo a su lado, desplazando ligeramente al segundo visir.

—Llegas tarde, Dorian —dijo Selim, aunque no había reproche en su voz, sino una fascinación mal disimulada.

—La belleza requiere tiempo, Majestad —respondió Dorian, sentándose con una gracia felina—. Y el tiempo es lo único que el Sultán no puede comprar, aunque lo posea todo.

Ibrahim Pasha soltó una risa forzada, levantando su copa de cristal hacia Dorian. —Vuestra lengua sigue tan afilada como vuestra puntería en el bosque, joven Dorian. Es una bendición que nuestro Sultán valore tanto... el entretenimiento.

Dorian aceptó una copa de sorbete de granada, pero antes de beber, miró fijamente al Visir. —El entretenimiento es para los bufones, Pasha. Lo que el Sultán valora en mí es la visión. Algunos hombres solo ven el oro que tienen delante; otros vemos el rastro de dónde viene ese oro... y hacia dónde desaparece.

La Valide Sultan dejó su cuchara de plata con un tintineo metálico. El ambiente en la mesa se volvió gélido. —Dorian tiene razón —intervino la Valide, su voz cortando el aire como un látigo—. La visión es escasa en esta corte. Ibrahim, he oído que las inspecciones en el puerto de Gálata han revelado... discrepancias interesantes. ¿Tenéis alguna explicación para vuestro hijo, el Sultán?

Ibrahim no perdió la compostura, pero Dorian notó un ligero tic en su ojo izquierdo. El Visir sabía que alguien le estaba cavando la fosa, pero aún no estaba seguro de que fuera el "juguete" rubio sentado junto al Sultán.

—Simples errores administrativos, mi Señora —respondió Ibrahim con suavidad—. Los escribas son humanos, y los humanos yerran. Nada que no se pueda solucionar con unas cuantas ejecuciones ejemplares entre los contables.

—¿Ejecuciones? —Dorian intervino, su voz cargada de una inocencia fingida que era más letal que un insulto—. Qué desperdicio. Un contable muerto no puede decir dónde escondió el resto del dinero. Un contable vivo, sin embargo, bajo el cuidado de los torturadores del Sultán... eso sí sería informativo.

Selim observaba el intercambio con un placer oscuro. Le encantaba cómo Dorian acorralaba a Ibrahim con la elegancia de un gato jugando con un ratón. El Sultán puso su mano sobre la de Dorian en la mesa, un gesto de apoyo público que hizo que Ibrahim apretara los dientes.

—Dorian tiene ideas interesantes, ¿no crees, Ibrahim? —dijo Selim, su aroma a Alfa expandiéndose por la mesa, reclamando su dominio—. Quizás deberías invitarlo a tus oficinas para que te ayude a "organizar" mejor tus registros.

Ibrahim inclinó la cabeza, su mirada encontrándose con la de Dorian por un breve instante. En ese cruce de ojos, el Visir finalmente lo entendió. El coqueteo en el bosque, la advertencia sobre la puntería... no era solo orgullo. Era una declaración de guerra. Dorian era el informante.

—Sería un honor —siseó Ibrahim—. Aunque me temo que el joven Dorian podría encontrar los asuntos de estado... aburridos. Requieren una mente fría, no solo una cara bonita.

—Oh, no os preocupéis por mi mente, Pasha —replicó Dorian, levantando su copa—. Mi mente es tan fría que podría congelar el Bósforo en pleno verano. Y sobre mi cara... bueno, es lo último que muchos verán antes de caer.

La cena continuó entre platos de faisán y música de laúdes, pero la tensión era tal que el vino parecía saber a vinagre. Dorian se manejó con una maestría absoluta, comentando sobre poesía, táctica militar y geografía, dejando a los visires boquiabiertos ante su conocimiento. Estaba destruyendo la imagen de "omega objeto" frente a toda la corte.

Sin embargo, a mitad del banquete, una bailarina se acercó a la mesa imperial. Al inclinarse para dejar un pétalo de rosa frente a Dorian, le susurró al oído con una rapidez imperceptible: —Vuestras habitaciones no son seguras esta noche. Ibrahim sabe.

Dorian no cambió su expresión. Siguió sonriendo, tomó el pétalo de rosa y lo olió con deleite. Pero su mente ya estaba trabajando a mil revoluciones por minuto. Ibrahim iba a contraatacar, y lo haría esa misma noche, aprovechando que todo el palacio estaba distraído con la fiesta.

Miró a Selim de reojo. El Sultán estaba bebiendo, riendo con un general, confiado en su poder. Dorian sabía que no podía decírselo allí mismo sin alertar a los espías del Visir. Tendría que actuar solo.

—Majestad —susurró Dorian, acercándose al oído de Selim, dejando que sus labios rozaran la piel del Sultán—. Me siento un poco mareado por el aroma de tantas flores. ¿Me dais permiso para retirarme un momento a los jardines privados?

Selim lo miró con preocupación, pero Dorian le dio un apretón tranquilizador en la mano. —Ve —dijo Selim—. Pero lleva a mis guardias contigo.

—No es necesario, mi Señor —mintió Dorian con una sonrisa radiante—. Solo quiero un poco de soledad bajo la luna. Volveré antes de que termine el postre.

Dorian se levantó y salió del salón con paso tranquilo, sintiendo la mirada de Ibrahim Pasha quemándole la espalda. Sabía que en cuanto cruzara el umbral, la cacería empezaría de nuevo. Pero esta vez, él no tenía un arco, ni un caballo. Solo tenía su ingenio y el puñal de marfil escondido en su faja.

Se dirigió hacia sus aposentos por el camino más largo, el más oscuro, tentando a la sombra que sabía que lo seguía. No iba a esperar a que lo atacaran en su cama; iba a llevar al asesino de Ibrahim a un lugar donde los gritos no se oyeran, y donde la verdad pudiera ser extraída con sangre.

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Andy Gomez
Muchas gracias 🫶
Espero disfruten esta nueva aventura
Patricia Manasse
Autora totalmente feluz con tus novelas! las boy leyendo todas👏
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