Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.
Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.
Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.
Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.
Porque algunos personajes no quieren un final feliz.
Quieren existir.
NovelToon tiene autorización de syv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2 — Primera aparición
Cuando Valeria por fin se movió de la silla, la espalda le recordó por qué los humanos no deberían dormir en posición vertical.
Eran las dos de la madrugada.
El apartamento estaba a oscuras, salvo por la luz azulada del ordenador en reposo y el tenue resplandor de las farolas que se colaba por las persianas.
La marca seguía quieta.
El olor, más suave.
Se metió en la cama sin lavarse los dientes, sin cambiarse, sin nada de la rutina que solía protegerla del caos.
La camiseta vieja olía a Leo, a ella… y a ese otro olor que no sabía identificar.
Cerró los ojos con la sensación de que algo importante había ocurrido esa noche, aunque no supiera qué.
Genial, pensó mientras el sueño empezaba a tirar de ella.
Ahora, además de bloqueada, ¿alucino olores? Mi vida es un fenómeno paranormal de bajo presupuesto. La próxima semana, posesión demoníaca. La siguiente, una docuserie en Netflix.
El pensamiento se deshizo antes de terminar.
Y entonces el sueño la atrapó.
El apartamento es el mismo.
Pero la luz no funciona.
Valeria lo nota sin abrir los ojos del todo: el peso de las sábanas es el mismo, el ruido de la calle llega igual, el olor a sí misma sigue ahí.
Pero la luz de las farolas no entra por la ventana.
O entra… pero no llega.
Como si algo la absorbiera antes de tocar el suelo.
Abre los ojos.
La habitación está igual.
Los mismos muebles, el mismo desorden, la misma ropa en la silla.
Pero las sombras no se comportan como deberían.
Se mueven.
Muy despacio.
Como si respiraran.
Y entonces lo ve.
Un hombre apoyado en el marco de la puerta del dormitorio.
Piel clara.
Pelo negro, ligeramente largo.
Ojos grises, casi plateados en la penumbra.
Mandíbula definida. Labios con más expresión que la mayoría de las caras completas.
Alto.
Bello de una forma que no pertenece del todo a este siglo.
Está apoyado con un hombro contra el marco, los brazos cruzados, una mano medio metida en el bolsillo del pantalón.
Postura de espera.
Pero no impaciente.
Como si llevara ahí toda la vida.
Como si el tiempo no significara lo mismo para él.
Valeria intenta hablar.
Preguntar quién es. Qué hace en su casa. Cómo ha entrado.
Pero la garganta no produce sonido.
Los músculos no responden.
Solo puede mirar.
Él sonríe.
No es una sonrisa amable.
Es una sonrisa que sabe algo que ella no sabe.
Que lleva mucho tiempo sabiéndolo.
Que ha estado esperando el momento exacto para usarla.
—Hola —dice.
La voz es grave, tranquila, con una seguridad que no necesita demostrar nada.
Pero hay algo más.
Algo que Valeria no puede nombrar todavía.
Como si la voz también estuviera aprendiendo a usarse después de mucho tiempo en silencio.
Él se separa del marco.
No camina hacia ella.
No exactamente.
Está de repente más cerca.
Como si el espacio entre la puerta y la cama hubiera decidido colaborar.
Un paso.
Dos.
La distancia que había era la correcta para verlo entero.
La distancia que hay ahora es la correcta para tocarlo.
Valeria sigue sin poder moverse.
Sin poder hablar.
Pero puede respirar.
Y el aire huele a él.
A ozono.
A tormenta.
A algo antiguo que no debería estar en un piso de Madrid en el siglo veintiuno.
Él alarga la mano.
Los dedos encuentran un mechón de su pelo, enredado en la almohada, y lo apartan con una lentitud deliberada.
El roce empieza en la sien.
Recorre el hueso de la mejilla.
Se detiene un momento en el pómulo.
Como si estuviera aprendiendo su cara de nuevo.
Como si la hubiera tocado antes, mucho antes, y necesitara confirmar que sigue siendo la misma.
La marca pulsa.
No arde —no como con Leo, no como esa interferencia incómoda—.
Pulsa.
Como un latido que no es el corazón.
Como algo que vuelve a su lugar después de mucho tiempo fuera.
Él lo nota.
Sus ojos bajan un instante a la clavícula de ella.
Solo un instante.
Y algo en su expresión cambia.
Se vuelve más suave.
Más vulnerable.
Antes de que Valeria pueda fijarse, ya ha vuelto a mirarla a los ojos.
La palma entera contra su mejilla.
Calor.
Peso.
Una mano que cabe justo ahí, como si siempre hubiera estado destinada a ese lugar.
El pulgar traza una línea perezosa sobre el pómulo, una y otra vez.
No es una caricia que busque algo.
Es una caricia que ya encontró.
—Tardaste mucho en volver —dice él.
La voz se le quiebra al decirlo.
No es una línea ensayada.
No es una frase bonita para una primera vez.
Es algo que lleva siglos queriendo decir.
Y cuando por fin sale, le duele.
Valeria lo ve en sus ojos.
Ese dolor antiguo, contenido, que aparece y desaparece antes de que ella pueda preguntar.
Él sonríe otra vez.
Pero esta vez la sonrisa no llega del todo a los ojos.
Los ojos se quedan en otra parte.
—No tengo mucho tiempo —dice.
Hace una pausa.
—Aquí dentro, quiero decir.
—¿Aquí dentro? —la voz de ella sale apenas como un susurro.
—En tus sueños. Depende de ti cuánto dure. De lo mucho que quieras que me quede.
Ella no entiende.
Pero su cuerpo sí.
La marca pulsa otra vez.
Más fuerte.
—¿Quién eres?
Él la mira.
La mano sigue en su mejilla.
El pulgar sigue dibujando círculos lentos.
—Alguien que te conoce desde antes de que existieras.
—Eso no tiene sentido.
—No.
Una pausa.
—Pero es verdad.
Valeria quiere preguntar más.
Quiere saber cómo ha entrado.
Por qué huele así.
Por qué la marca reacciona a él de esta forma.
Pero las palabras no salen.
O salen demasiado lentas.
O él pone un dedo sobre sus labios antes de que pueda formular la siguiente pregunta.
El dedo también es cálido.
También pesa.
—Luego —dice—. Ahora solo quédate quieta.
Ella se queda quieta.
Él la mira como si estuviera grabando cada detalle.
La línea de su mandíbula.
La curva de su cuello.
La forma en que la camiseta se ha deslizado mostrando un hombro.
Como si necesitara almacenar información para los siglos que vienen.
Y entonces, en un momento en que Valeria mira su boca —solo un segundo, solo porque está muy cerca, solo porque es imposible no hacerlo—, la mirada de él se vacía.
Es solo un instante.
Un parpadeo.
Pero en ese vacío hay todo lo que no ha dicho:
La espera.
La pérdida.
Los siglos en el hueco exacto de su forma.
Una tristeza tan antigua que duele mirarla.
Antes de que Valeria pueda reaccionar, él vuelve a estar presente.
La sonrisa regresa.
El pulgar sigue su recorrido.
—No me busques —dice, tan cerca que su aliento roza los labios de ella—. Voy a estar donde siempre estuve.
—¿Dónde?
—En las palabras que no recuerdas haber escrito.
La boca de él roza su oído.
No es un beso.
Es el calor.
La respiración.
La promesa de algo que todavía no ocurre.
Valeria cierra los ojos un segundo.
Cuando los abre, él ya no está.
La habitación está vacía.
La luz de las farolas entra por la ventana.
Las sombras están quietas.
Pero el olor sigue ahí.
Valeria despertó de golpe.
El corazón le golpeaba el pecho con una urgencia que no entendía.
La respiración, entrecortada.
La mejilla, caliente todavía en el lugar donde la mano de él había estado.
Se quedó un momento inmóvil, escuchando su propio pulso.
La almohada conservaba el eco de una presión que no había existido.
Pasó la mano por la tela, como si pudiera encontrar restos de él entre las fibras.
Nada.
Solo la funda familiar.
El olor a su propio pelo.
A la noche.
Pero el olor de él seguía ahí.
No tan fuerte como en el sueño.
Pero presente.
Como un eco.
Se incorporó lentamente.
Miró a su alrededor.
El dormitorio era el de siempre:
La ropa en la silla.
Los libros en la mesilla.
El vaso de agua a medio beber.
Todo normal.
Todo en su sitio.
Pero la luz de las farolas entraba con normalidad ahora, y las sombras estaban quietas, y no había nadie en el marco de la puerta.
Se llevó la mano a la mejilla.
Todavía caliente.
No era fiebre.
Era otra cosa.
Una temperatura que reconocía sin saber de dónde.
La marca pulsó.
Una vez.
Suave.
Como un saludo.
Bajó la mano a la clavícula.
La piel estaba caliente, pero no ardía.
Era una calidez diferente a la de los últimos días.
Reconocible.
Como si la marca hubiera estado esperando este momento desde que apareció.
Ha sido un sueño, pensó.
Solo un sueño. Una fantasía elaborada de una escritora bloqueada que necesita desesperadamente un personaje masculino interesante.
Pero no se lo creyó.
El olor seguía ahí.
La mejilla seguía caliente.
La marca seguía pulsando.
Se levantó.
Las piernas le respondieron con una lentitud de quien no está segura de querer moverse.
Atravesó el pasillo a oscuras, con la memoria de la mano de él todavía fresca en la piel, con la respiración de él todavía cerca del oído.
El ordenador seguía encendido.
La pantalla en reposo.
Movió el ratón.
El manuscrito estaba abierto en una página que no recordaba haber abierto.
Y allí, en medio de la página, una línea.
Una sola línea.
Ningún monstruo nace. Se hace. Yo nací cuando te perdí.
Valeria leyó la frase una vez.
Dos veces.
Tres.
La mejor frase que había escrito en semanas.
La mejor frase que había visto en meses.
Y no la había escrito ella.
El cursor parpadeaba al final.
Como esperando más.
Como si alguien hubiera estado allí hacía un momento, hubiera escrito eso, y se hubiera ido justo antes de que ella despertara.
El olor seguía en el apartamento.
La marca pulsó otra vez.
Valeria se dejó caer en la silla, mirando la pantalla.
La línea.
El cursor.
—Vale —susurró—. Ya sé que no fue un sueño.
Nadie respondió.
Pero tampoco hacía falta.
La línea estaba ahí.
El olor estaba ahí.
La marca seguía pulsando suavemente.
Como un latido.
Como un sí.
Como un todavía estoy aquí.
Afuera empezaba a clarear.
Madrid se preparaba para otro miércoles cualquiera.
Dentro del apartamento, Valeria siguió mirando la pantalla.
La línea no se movió.
El cursor no parpadeó con suficiencia.
Solo esperó.
Como él había dicho que iba a hacer.
En las palabras que no recuerdas haber escrito.
Valeria apoyó la cabeza en el respaldo de la silla.
Cerró los ojos.
La mejilla seguía caliente.
Sonrió.
Solo un poco.
Solo un segundo.
Y entonces, en el silencio del amanecer, la marca bajo su clavícula dio un latido más.
No era ardor.
Era otra cosa.
Como si alguien, desde algún lugar, hubiera estado esperando a que ella entendiera.