Lilian es la hija "perfecta" de un juez implacable, pero su vida de cristal se rompe cuando Killian, el heredero de un imperio criminal, la secuestra para vengarse de su padre. Sin embargo, el cautiverio no es lo que ella esperaba. Killian no busca su cuerpo, busca corromper su alma. Entre juegos mentales, traiciones familiares y una atracción prohibida, Lilian descubrirá que la línea entre el odio y la obsesión es de sangre. ¿Podrá escapar del monstruo, o descubrirá que ella es más peligrosa que él?
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Capitulo 2
El despertar de Lilian no fue heroico. No hubo una lucha inmediata, solo el peso de una neblina espesa en su cerebro y un sabor metálico en la boca. Cuando finalmente logró abrir los ojos, la realidad la golpeó con más fuerza que el sedante. No estaba en un sótano húmedo ni en una silla amarrada. Estaba en una cama inmensa, rodeada de sábanas de seda negra que se sentían como una caricia fría contra su piel.
Se incorporó de golpe, pero el mareo la obligó a sostenerse de la cabecera. La habitación era vasta, elegante y asfixiante. Las ventanas eran grandes, pero los cristales parecían reforzados, y más allá de ellos solo se veía una espesura de árboles que confirmaba su peor miedo: estaba lejos de cualquier rastro de civilización.
—Finalmente despiertas.
La voz de Killian cortó el aire desde un rincón en sombras. Estaba sentado en un sillón de cuero, con una pierna cruzada sobre la otra y un vaso de cristal en la mano. No la miraba con lástima, la miraba como un coleccionista observa una pieza que le ha costado mucho trabajo conseguir.
Lilian tiró de la sábana para cubrirse, aunque seguía vestida con su ropa de la universidad, ahora arrugada y manchada.
—¿Dónde estoy? —Su voz sonó quebrada, y eso la irritó.
—En el único lugar del mundo donde tu apellido no vale nada —respondió él, levantándose con una elegancia depredadora—. Estás en mi casa. Mi territorio. Mi ley.
Él se acercó hasta quedar al pie de la cama. Lilian retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared. El miedo era una presencia física, un nudo que le apretaba el estómago, pero bajo ese miedo, una chispa de la terquedad de su padre empezó a encenderse.
—¿Qué quieres de mí? Si es dinero, mi padre…
—Tu padre no va a pagar —la interrumpió Killian, dando un paso más. El aroma a madera y tabaco que desprendía era embriagador y peligroso—. Tu padre está ahora mismo en una oficina, borrando cualquier rastro de que existes para salvar su propia carrera. Me envió un mensaje indirecto hace una hora: "Haz lo que tengas que hacer, pero mantén mi nombre limpio".
—Mientes —susurró ella, aunque una duda venenosa empezó a filtrarse en su pecho. Conocía la ambición de su padre—. Él no haría eso.
—Él es un cobarde, Lilian. Pero tú… —Killian se inclinó sobre la cama, atrapándola entre sus brazos sin llegar a tocarla—. Tú tienes algo de fuego en los ojos. Es una lástima que tenga que apagártelo.
Lilian, impulsada por un arrebato de rabia ciega, lanzó una bofetada. El sonido del impacto resonó en la habitación silenciosa. El rostro de Killian se giró ligeramente por el golpe. El tiempo pareció detenerse. Lilian contuvo el aliento, esperando un golpe de vuelta, una explosión de violencia.
Pero Killian no la golpeó. Lentamente, volvió la cabeza hacia ella. Sus ojos de acero no mostraban dolor, sino una oscuridad que la hizo querer desaparecer. Pasó la punta de la lengua por su labio inferior, donde una gota de sangre empezaba a asomar.
—Eso —murmuró él con una voz que erizó los vellos de la nuca de Lilian—. Eso es exactamente lo que quería. No me sirven las muñecas rotas que lloran por las esquinas. Me sirven las que pelean.
—No soy una de tus propiedades —escupió ella, aunque sus manos temblaban bajo las sábanas.
—Lo eres desde el momento en que puse mis manos sobre ti en aquel estacionamiento —Killian extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, rozó el cuello de Lilian, justo donde todavía tenía la marca del pinchazo—. Aquí no hay jueces, ni leyes, ni rescates. Solo estamos tú y yo. Y voy a enseñarte que el mundo que conoces es una mentira construida sobre los cadáveres que tu padre dejó en el camino.
Lilian sintió que el aire le faltaba. Killian estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. Era una presencia dominante que la obligaba a mirarlo, a reconocerlo.
—¿Vas a matarme? —preguntó ella en un susurro.
Killian sonrió, y por primera vez, Lilian vio algo de humanidad en él, pero era una humanidad retorcida.
—La muerte es demasiado fácil, princesa. Yo quiero algo más divertido. Quiero ver cómo te rompes. Quiero ver cómo descubres que el monstruo que te secuestró es más honesto que el hombre que te dio la vida.
Él se alejó de la cama y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y la miró por encima del hombro.
—Hay ropa limpia en el armario. Báñate y baja a cenar en una hora. Si no lo haces, iré por ti y te aseguro que no te gustará la forma en que te sacaré de esa cama.
La puerta se cerró con un clic metálico que sonó como el cerrojo de una tumba. Lilian se quedó sola, temblando, rodeada de lujo y silencio. Se miró las manos; todavía sentía el hormigueo de la bofetada que le había dado. Por primera vez en su vida de cristal, no sabía quién era. Pero mientras miraba hacia la ventana reforzada, una idea empezó a formarse: si Killian quería una pelea, ella le daría una guerra.
Aunque esa guerra terminara destruyéndola a ella también.