De Rusia a México
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19
El apellido Volkov no era un escudo, era una lápida de mármol negro que aplastaba a cualquiera que naciera bajo su sombra. Pero si eras mujer, esa lápida se convertía en una celda de aislamiento. En el mundo de la Bratva rival, donde la sangre se pagaba con sangre y el honor era una moneda de cambio, las mujeres no eran herederas; eran activos, piezas de carne con un linaje valioso destinadas a sellar pactos o a ser sacrificadas en el altar de la guerra.
Para Sonia Volkov, el horror no comenzó con el encierro, sino con la conciencia de su propio nombre. Mientras en la mansión Petrov las mujeres como Luna o Masha tenían una voz que hacía temblar los cimientos, las Volkov eran sombras silenciosas educadas para ser trofeos. Sonia recordaba a sus tías, mujeres marchitas en matrimonios arreglados con aliados brutales, ocultando cicatrices bajo vestidos de seda. Ese era el destino que la esperaba: ser una moneda de intercambio en un juego de hombres que habían olvidado cómo amar.
Su padre, un hombre cuya alma se había secado décadas atrás en las prisiones siberianas, no veía en ella a una hija, sino un problema de seguridad. El odio visceral que separaba a ambas familias se alimentaba del "pecado original" de los Volkov: el secuestro de Mila Petrov. Años atrás, el viejo Volkov intentó doblegar al "Espectro" raptando a su hermana, tratándola con una crueldad que rompió todos los códigos. Ivan Petrov casi borra el linaje Volkov del mapa, perdonándolos solo bajo la condición de vivir como vasallos humillados. Por eso, que Sonia amara a un Petrov no era solo traición; era reabrir una herida que olía a muerte.
Ese fin de semana, el sótano de la mansión Volkov se transformó en un escenario de tortura psicológica. Sonia estaba sentada en una silla de madera, rodeada por el goteo de una tubería vieja. Llevaba cuarenta y ocho horas sin alimento. El hambre era un animal mordiéndole las entrañas, pero el verdadero tormento era el desprecio de su progenitor, que surgía de las sombras.
—¿Vale tanto un Petrov, Sonia? —su voz sonaba como piedra rozando piedra—. Un Petrov mató a tu abuelo. Has manchado esta casa con el sudor de un enemigo que solo te ve como un cebo para que bajemos la guardia.
Sonia no respondió. Su garganta estaba tan seca que sentía que se desgarraba con cada respiración, pero sus ojos mantenían un brillo de rebeldía que enloquecía a su padre. Ella sabía que para su familia ya no era una persona, sino un objeto roto que debía ser reparado con dolor o desechado con violencia.
La penumbra se rompió cuando el viejo Volkov arrojó un sobre de cuero sobre la mesa. Dentro había documentos de propiedad y fotos de un hombre mayor, un aliado del norte conocido por su crueldad.
—Tienes dos caminos, y ninguno lleva el nombre de ese cachorro Petrov —sentenció—. O firmas el compromiso con el clan del norte para asegurar que nuestra sangre sobreviva a la sombra de Ivan, o te vendo al mejor postor como mercancía dañada. Eres un activo, y si has depreciado tu valor con un enemigo, yo cobraré la deuda.
Él se inclinó, sujetando el rostro de su hija con una mano que apestaba a tabaco y pólvora vieja.
—Prefiero verte muerta bajo tres metros de nieve que permitiendo que un Petrov toque lo que es mío. Ellos nos arrebataron el orgullo tras lo de Mila, y no les entregaré a mi hija para que terminen su conquista. Elige antes del amanecer.
Se dio la vuelta, dejándola en una oscuridad absoluta. Sonia cerró los ojos, aferrándose al recuerdo del calor de Ivanito. Sabía que afuera, el mundo de los Volkov se preparaba para el incendio final. Ella era la última pieza de una deuda pendiente, y esta vez, el "Espectro" no aceptaría firmas en un papel; esta vez, los Petrov vendrían a reclamar lo que el alma ya había unido, aunque tuvieran que reducir a cenizas el imperio de las sombras.