Tras una muerte inesperada, una joven despierta convertida en un bebé dentro del mundo de la novela que leyó antes de morir: “Casada con el Príncipe Maldito”. Pero no como un personaje secundario… sino como la propia protagonista.
Con recuerdos intactos de la historia original, sabe exactamente cómo terminará todo: obligada a casarse con el temido príncipe heredero, un hombre marcado por una maldición que lo consume lentamente… y que, al final, incapaz de soportar el dolor y el rechazo, se quita la vida.
Ahora, renacida en su lugar, la nueva protagonista siente algo muy distinto: rabia hacia esa historia injusta… y una profunda lástima por el hombre destinado a romperse.
¿Debe seguir el curso de la novela para sobrevivir y alcanzar un final seguro… o desafiar el destino para salvar a alguien que nunca fue amado?
En un mundo donde el amor puede ser salvación o condena, cambiar la historia podría costarle todo… incluso su propia vida.
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Sentimientos
Los preparativos comenzaron casi de inmediato y, con ellos, toda la tranquilidad de la mansión desapareció por completo. Durante los siguientes días, nobles, caballeros, sacerdotes y mensajeros entraban y salían constantemente, las conversaciones importantes se realizaban detrás de puertas cerradas y los sirvientes corrían de un lado a otro preparando equipaje, armaduras ligeras, suministros médicos y pergaminos mágicos como si el reino estuviera a punto de entrar en guerra.
Y honestamente… no estaban tan lejos de la realidad.
El Bosque Oscuro siempre había sido peligroso, pero ahora era algo peor. Los reportes que llegaban no hacían más que empeorar; grupos enteros de sacerdotes incapaces de avanzar más allá de ciertas zonas, caballeros heridos por criaturas que normalmente no deberían existir tan cerca del exterior, e incluso rumores sobre una corrupción mucho más densa de lo habitual, una que absorbía la magia sagrada lentamente.
Yo recordaba ese arco de la novela demasiado bien, recordaba cómo muchos terminaron heridos, cómo algunos murieron y sobre todo… recordaba quién fue el primero en lanzarse al frente cuando todo salió mal.
Estefan.
Porque incluso entonces, aun cuando todos le temían, seguía siendo el que más protegía a los demás.
Observé desde el ventanal que tenía delante y suspiré lentamente mientras mi pequeño espíritu blanco dormía flotando encima de varios pergaminos desordenados. La biblioteca de la mansión estaba completamente silenciosa a esas horas de la noche, apenas iluminada por la luz tenue de las lámparas mágicas.
No podía dormir.
Aunque técnicamente era una niña de ocho años, mi mente no dejaba de pensar demasiado.
—Sabía que estarías aquí.
Levanté la mirada inmediatamente.
Estefan estaba de pie en la entrada de la biblioteca, todavía usando ropa de entrenamiento negra, el cabello ligeramente despeinado y la expresión más cansada de lo normal.
—¿Y tú? —pregunté.
Entró lentamente.
—Liam está molestando a los caballeros otra vez.
No pude evitar sonreír apenas.
—¿Qué hizo ahora?
—Quería aprender a usar una lanza porque dice que “se ve más heroico”.
Eso sí me hizo reír bastante.
Estefan se quedó observándome unos segundos antes de acercarse y sentarse frente a mí. Seguía siendo extraño pensar cuánto había cambiado nuestra relación comparado con la novela original. Allí, Selene y él apenas lograban construir momentos genuinos juntos porque ella siempre mantenía cierta distancia emocional, como si inconscientemente evitara acercarse demasiado a él.
Yo no podía hacer eso, no después de saber cómo terminaba todo, no después de verlo solo tantas veces y no después de entender, que la villana de esta novela, siempre fue la misma protagonista.
—No deberías desvelarte —murmuró él después de un momento.
—Tú tampoco.
—No tengo sueño.
Lo dijo tan tranquilo que por un instante casi no pensé en ello, pero entonces noté sus ojos.
Estaba preocupado.
Muy preocupado.
Y probablemente llevaba días así.
Camine, me senté y apoyé los codos sobre la mesa mientras lo miraba directamente.
—¿Tienes miedo?
Estefan guardó silencio, no fue inmediato, no fue incómodo. Solo… silencioso.
—Sí —respondió finalmente.
Fue directo y sin mentir. Eso también era diferente. El Estefan de la novela jamás admitía algo así.
—¿Por el bosque?
Él negó lentamente.
—Por ti.
Mi corazón dio un pequeño salto tan inesperado que tuve que desviar apenas la mirada.
No puede ser, sentía... ¿Pena? ¿Nervios?
¿Por qué alguien de ocho años podía ponerse nerviosa igual?
—Estaré bien —murmuré.
—No lo sabes.
Otra vez directo y otra vez honesto. Suspiré suavemente.
—Tú tampoco sabes si algo malo pasará.
—Precisamente.
El silencio volvió, pero esta vez no era incómodo. Desde afuera se escuchaba apenas el sonido lejano del viento moviendo los árboles y, dentro de la biblioteca, el ambiente era extrañamente tranquilo.
Hasta que Estefan habló otra vez.
—Selene.
—¿Hm?
—¿Por qué haces tanto por mí?
Parpadeé varias veces, no esperaba esa pregunta. Él apoyó uno de sus brazos sobre la mesa sin apartar la mirada de mí.
—Siempre estás cerca. Siempre intervienes cuando alguien intenta algo que pueda perjudicarme. Siempre… me miras como si no hubiera nada malo conmigo.
Ah.
Mi pecho dolió un poquito, porque claro que él lo notaba. ¿Cómo no hacerlo? Toda su vida había sido tratado diferente. Como algo peligroso. Como alguien defectuoso. Tragué saliva lentamente. No podía decirle la verdad. No podía decirle que conocía su futuro. Que sabía cómo terminaba solo y roto. Que sabía que, en otra vida, lloré de rabia leyendo cómo todos lo abandonaban. Así que solo dije lo único que podía.
—Porque eres importante para mí.
Sus ojos se abrieron ligeramente, fue un gesto pequeño, casi imperceptible, pero lo vi y entonces… sonrió.
Muy poquito.
Tan poquito que otra persona probablemente ni lo habría notado, pero yo sí. Porque Estefan casi nunca sonreía de verdad.
—Eso es injusto —murmuró él.
Fruncí apenas el ceño.
—¿Qué?
—Dices cosas peligrosas muy fácilmente.
Mi cara empezó a calentarse de inmediato.
—¡N-no dije nada raro!
—Lo acabas de hacer otra vez.
—¡Estefan!
Y ahí fue cuando pasó algo todavía más extraño.
Se rió.
Fue suave, bajito, pero se rió.
Me quedé congelada mirándolo como si acabara de presenciar un milagro. Él dejó de reír apenas notó mi expresión.
—¿Qué?
—Nada… —murmuré lentamente—. Solo… creo que nunca te había escuchado reír así.
Su expresión cambió un poco, más suave otra vez, más viva.
—Supongo que es porque nunca tuve razones para hacerlo.
Eso… Eso dolió muchísimo más de lo que debería. Y antes de pensarlo demasiado, me levanté de la silla y caminé hasta él. Estefan me observó confundido apenas unos segundos antes de que yo levantara los brazos.
—¿Qué haces?
—Abrázame.
Parpadeó.
—¿Qué?
—Solo hazlo.
—Selene…
—Rápido.
Parecía completamente perdido, pero aun así terminó levantándose lentamente. Y apenas lo hizo, lo abracé fuerte alrededor de la cintura.
Era cálido, mucho más de lo que recordaba, habían pasado ya muchos años desde la última vez que lo abrace, se sentía... Bien, demasiado bien. Y por unos segundos él simplemente se quedó quieto, como si no supiera qué hacer. Hasta que finalmente… sus brazos me rodearon también, con cuidado, como si temiera romper algo, cerré los ojos lentamente y me deje llevar por ese momento que estábamos compartiendo.
—Esta vez será diferente —murmuré tan bajito que casi parecía un pensamiento.
—¿Qué dijiste?
Negué un poco contra él.
—Nada.
Pero en mi cabeza lo repetí otra vez...
"Esta vez no estarás solo, esta vez no dejaré que cargues todo tú y esta vez… No permitiré que tengas el mismo final."