A los quince años, Ian, un omega con sueños de grandeza, descubrió que su destinado era Eliah, el imperturbable delta y mejor amigo de su hermano. Tras años de rechazo, Eliah finalmente cede al cumplir Ian la mayoría de edad, iniciando un romance entre la estrella en ascenso y el arquitecto.
Sin embargo, a los diecinueve, una traición desgarradora empuja a Ian a huir sin mirar atrás. Cuatro años después, convertido en un ídolo musical de fama mundial, Ian regresa a casa. Eliah, atrapado entre el remordimiento y una obsesión que llama "destino", intentará recuperar lo que el tiempo y el dolor rompieron.
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Capitulo 3 el diseño del deseo
Un año. Había pasado exactamente un año desde que Eliah, tras una cena cargada de silencios eléctricos, acorraló a Ian contra la pared de su nuevo estudio de arquitectura y admitió, con la voz rota, que no podía pasar un segundo más sin reclamarlo. Para Ian, ese año había sido un sueño febril; para Eliah, había sido el descubrimiento de que su mundo, antes perfectamente cuadriculado, ahora dependía del ritmo de la respiración de un omega.
Vivían en un loft diseñado por Eliah: techos altos, concreto pulido y grandes ventanales. Un espacio frío que solo cobraba vida cuando el aroma de Ian, una mezcla de sándalo y almizcle dulce, lo inundaba todo.
— Estás trabajando demasiado —dijo Ian, entrando en el despacho de Eliah a las dos de la mañana.
Ian ya tenía diecinueve años. Su carrera en las plataformas había despegado; sus directos ahora tenían decenas de miles de espectadores y las discográficas empezaban a rondar su puerta como lobos. Vestía una camiseta de algodón gris que se ajustaba a su pecho firme y unos pantalones de pijama que colgaban de su cadera. A pesar de ser un omega, su sola presencia llenaba la habitación con una fuerza que desafiaba la naturaleza.
Eliah levantó la vista de sus planos. Sus ojos de Delta estaban inyectados en sangre, pero se suavizaron al ver a Ian. Se echó hacia atrás en su silla de cuero y extendió una mano.
— Ven aquí —ordenó con ese tono dominante que solía hacer que Ian rodara los ojos, aunque su instinto ronroneara de placer.
Ian caminó hacia él y, sin dudarlo, se sentó en su regazo. La diferencia de tamaño era evidente, pero Ian no se sentía pequeño; se sentía como la pieza que completaba el rompecabezas. Eliah enterró el rostro en el cuello de Ian, inhalando profundamente.
— Hueles a casa —susurró el Delta, sus manos grandes y callosas acariciando la cintura del omega debajo de la camiseta.
— Y tú hueles a café y a obsesión —replicó Ian, pasando sus dedos por el cabello oscuro de Eliah—. Marc me preguntó hoy si seguías vivo. Dice que no has respondido a sus mensajes sobre el proyecto del museo.
— Marc puede esperar. Este proyecto me está quitando la vida, Ian. Quiero que sea perfecto. Quiero que sea el edificio que defina mi legado.
Ian se separó un poco para mirarlo. Había algo en la mirada de Eliah que a veces lo asustaba: una ambición tan feroz que parecía dejar poco espacio para todo lo demás. Pero luego, Eliah lo besaba con una desesperación tal, como si Ian fuera el único aire puro en una ciudad contaminada, y sus dudas se disipaban.
La armonía del vínculo
Ese año había sido una danza de poder. Eliah intentaba protegerlo, a veces rozando la sobreprotección de un Delta dominante, pero Ian siempre le recordaba que no era un omega común.
— No me cuides como si fuera de cristal, Eliah —le había dicho una vez tras una discusión porque Eliah intentó prohibirle ir solo a una reunión con un productor Alfa—. Yo elegí estar contigo. No me conquistaste, yo te permití entrar.
Eliah recordaba esas palabras mientras acariciaba la espalda de Ian. Le fascinaba que su destinado fuera alguien que pudiera intimidar a otros hombres con solo entrar a una habitación, pero que en la intimidad de su cama, buscara su cuello para ser marcado por su aroma.
— ¿Crees que somos para siempre? —preguntó Ian de repente, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
Eliah se tensó sutilmente. Como arquitecto, sabía que nada era eterno si los cimientos no eran sólidos. Pero al mirar a Ian, al sentir la conexión del lazo de destino vibrando entre ellos, solo pudo responder de una manera.
— He diseñado edificios que durarán siglos, Ian. Pero tú... tú eres la única estructura que no sé cómo reparar si se rompe. No dejaré que eso pase.
Ian sonrió y lo besó, un beso profundo que sabía a café y a promesas susurradas en la madrugada. En ese momento, con el mundo exterior en silencio y su vínculo brillando con una intensidad cegadora, Ian creía que eran invencibles. No podía imaginar que el cumpleaños de Eliah estaba a la vuelta de la esquina, y que esa misma ambición que Eliah ponía en su trabajo, pronto se convertiría en el mazo que demolería todo lo que habían construido.
Esa noche, hicieron el amor sobre los planos del museo, mezclando el sudor con la tinta, sin saber que estaban escribiendo el prólogo de su destrucción.