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11: la noche que aún no termina
La habitación olía a humedad, a cigarrillo viejo y a miedo propio. Yougmin ya no sabía cuánto tiempo llevaba allí. Las cuerdas le cortaban las muñecas y los tobillos, dejando marcas rojas que ardían cada vez que intentaba moverse. La mordaza de tela sucia le raspaba las comisuras de la boca; había dejado de intentar gritar hacía horas porque solo le servía para ahogarse en su propia saliva.
Estaba desnudo sobre el colchón manchado. La bombilla desnuda colgaba del techo y parpadeaba cada pocos minutos, proyectando sombras largas que parecían moverse solas. Cada vez que oía pasos en el pasillo, el corazón le subía a la garganta. A veces entraban dos o tres hombres. Lo miraban. Comentaban en voz baja, riendo entre dientes. Uno de ellos le había dado una patada en las costillas cuando intentó patear. Otro le había escupido en la cara y le había dicho que “pronto iba a servir para algo útil”.
Yougmin no lloraba ya. Las lágrimas se habían secado en sus mejillas hacía rato. Solo temblaba. Temblaba de frío, de dolor, de la certeza de que nadie vendría. Sauching no sabía. Nadie sabía. Y si lo sabían… ¿pagaría? ¿O lo dejaría pudrirse aquí para no manchar su nombre?
Cerró los ojos con fuerza. Intentó pensar en el apartamento. En el sofá de cuero. En la forma en que Sauching lo miraba cuando estaba encima de él, en cómo sus manos lo sujetaban como si fuera algo precioso y roto al mismo tiempo. Intentó aferrarse a eso. Pero el miedo era más fuerte. Cada ruido en el pasillo le hacía creer que la puerta se abriría y que empezarían los 21.
No quería morir. No quería eso.
Solo quería volver.
En Osaka, en un edificio discreto de tres pisos que desde fuera parecía una oficina de importación de té, Taeyong estaba sentado en una silla de metal frente a una mesa llena de mapas, fotos satelitales y listas de nombres.
Doce hombres lo rodeaban. Todos con el mismo corte de cabello corto, el mismo silencio entrenado, el mismo tatuaje que asomaba por el cuello de la camisa: el dragón negro enrollado en la muñeca izquierda. Taeyong no gritaba. No necesitaba gritar.
Hablaba bajo, preciso, como quien dicta una receta.
—El almacén está en el distrito industrial sur, zona abandonada de muelles viejos. Dos entradas principales, una lateral de servicio. Cámaras baratas en las esquinas, pero no hay señal en vivo. Tienen ocho hombres visibles, probablemente otros cuatro dentro custodiando al chico. Armas ligeras: pistolas, algún cuchillo. Nada pesado. Son escoria, no profesionales.
Uno de los hombres, un tipo con cicatriz en la ceja, habló.
—¿y si... Aparece la Policía?
Taeyong sonrió sin humor.
— sin alarmar. Nada de ruido. Nada de sirenas. Nada que llegue a los medios ni a los Lee mayores. Entramos, salimos, limpiamos. El chico sale vivo. Los demás… no.
Se levantó. Se puso la chaqueta de cuero negro.
—Dos equipos. Uno entra por la lateral, corta la luz principal. El otro por la puerta trasera. Yo voy con el primero. No disparen a menos que sea necesario. Quiero que vean quién los mata.
Los hombres asintieron. Nadie preguntó por qué. Sabían.
La operación empezó a las 3:17 a.m.
La luz del almacén se cortó en seco. Gritos ahogados. Puertas forzadas en silencio. Taeyong entró primero, pistola con silenciador en la mano derecha, cuchillo táctico en la izquierda.
El primer hombre que lo vio murió antes de poder gritar. El cuchillo entró por debajo de la barbilla y salió por la nuca. Taeyong lo sostuvo mientras caía para que no hiciera ruido.
El segundo intentó sacar el arma. Taeyong le rompió la muñeca con un giro seco, le puso la pistola en la sien y apretó el gatillo. El sonido fue un pop amortiguado.
En el pasillo interior encontró a tres juntos. Los tres cayeron en menos de diez segundos: uno con el cuello roto, otro con un disparo entre los ojos, el tercero con el cuchillo clavado en el corazón. Taeyong no parpadeaba. No dudaba. Era mecánico. Cruel. Eficiente.
Cuando llegó a la habitación del fondo, empujó la puerta de una patada.
Yougmin levantó la cabeza. Los ojos muy abiertos, el cuerpo temblando.
Taeyong cortó las cuerdas con un movimiento rápido. Quitó la mordaza. Yougmin tosió, jadeó, intentó hablar pero solo salió un sollozo roto.
—No hables —dijo Taeyong con voz baja—. Ya pasó.
Lo envolvió en una chaqueta negra que traía consigo. Lo levantó en brazos como si no pesara nada. Yougmin se aferró a él, temblando, la cara enterrada en el cuello del hombre. Olía a cuero, a pólvora y a sangre fresca.
Taeyong salió sin mirar atrás. Los cuerpos quedaron donde cayeron. Nadie los movería hasta el amanecer. Y cuando la policía llegara, no encontraría nada que los conectara con los Lee.
El trayecto de regreso a Tokio fue privado. Yougmin durmió casi todo el camino, exhausto, drogado por el shock y por la pastilla que Taeyong le hizo tomar para calmarlo. Cuando llegaron, Taeyong lo llevó directamente al penthouse de Sauching en Roppongi.
Sauching abrió la puerta antes de que tocaran. Estaba sin chaqueta, camisa desabotonada, el cabello revuelto como si no hubiera dormido.
Sus ojos se clavaron en Yougmin.
Taeyong lo depositó con cuidado en el suelo. Yougmin tambaleó, las piernas flojas. Sauching avanzó dos pasos y lo tomó en brazos sin decir nada. Yougmin se derrumbó contra su pecho, las manos aferradas a la camisa, sollozando en silencio. Las lágrimas calientes empaparon la tela.
Sauching lo apretó fuerte. Una mano en la nuca, la otra en la espalda baja. No habló. Solo lo sostuvo.
Taeyong los miró un segundo.
—Está entero. Moretones, deshidratación leve, shock. Nada roto. Nada… permanente.
Sauching levantó la vista. Los ojos negros eran puro hielo.
—Gracias.
Taeyong asintió una vez.
—Los que quedaban del clan ya no existen. Nadie va a volver a tocarlo. Pero si vuelve a pasar… —hizo una pausa— la próxima vez no será tan limpio.
Se dio la vuelta y se fue sin más palabras.
Sauching cerró la puerta con el pie. Llevó a Yougmin al dormitorio. Lo sentó en la cama con cuidado. Le quitó la chaqueta ensangrentada de Taeyong. Lo envolvió en una manta suave. Yougmin seguía temblando, pero ya no era de terror. Era de alivio.
Sauching se sentó a su lado. Le apartó el cabello sudoroso de la frente.
—Estás en casa —dijo en voz baja.
Yougmin levantó la vista. Los ojos rojos, hinchados.
—Pensé… pensé que no vendrías.
Sauching lo miró fijo.
—Siempre voy a venir por ti.
No era una promesa de amor. No era una declaración.
Era un hecho.
Yougmin se inclinó hacia adelante y apoyó la frente contra el pecho de Sauching. Cerró los ojos. Sintió los brazos rodeándolo, fuertes, seguros.
Por primera vez en días, respiró sin que le doliera el pecho.
Y aunque el miedo aún latía debajo de la piel, en los brazos de Sauching se sintió, por fin, a salvo.