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Ella es de un grupo rebelde pero es capturada en una misión el está encargado de hacerla hablar y luego ejecutarla Pero se obsesiona locamente por ella
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Capitulo 19
La noche había sido un incendio.
Nox sentía el cuerpo extraño. Adolorido. Marcado. El cuello le quemaba donde él la había mordido. El dedo anular seguía latiendo. Y entre las piernas, un ardor que no sabía si era dolor o otra cosa.
Cuando despertó, Killa seguía ahí. Dormido. Con el brazo pesado sobre su cintura. La respiración lenta.
Ella aprovechó para mirarlo sin que él la viera.
Dormido, no daba miedo. Tenía el ceño relajado, los labios entreabiertos, el pelo oscuro cayendo sobre la frente. Parecía un hombre normal. Casi humano.
Pero ella sabía lo que escondía.
—Eso jamás pasará —dijo Nox en voz baja, rompiendo el silencio.
No sabía si hablaba de la adicción de él o de la posibilidad de que ella quisiera quedarse.
Killa abrió los ojos. Lentamente. Como un animal que despierta pero no se mueve.
—Ya lo veremos —respondió.
La tomó en sus brazos. La apretó contra su pecho. Y volvió a cerrar los ojos.
Nox se quedó quieta. Sintió los latidos de su corazón. Rítmicos. Firmes. Ajenos.
No se durmió. No podía.
Pero él sí. Como si ella fuera el único lugar del mundo donde podía descansar.
Mañana
La luz entraba por la ventana alta.
Alguien llamó a la puerta. Killa se levantó sin hacer ruido. Se puso los pantalones. Abrió solo un poco.
Un subordinado entró con una bandeja. Desayuno. Pan. Café. Fruta. Algo caliente que humeaba.
—Déjalo ahí —ordenó Killa en voz baja, señalando la mesita de noche.
El hombre obedeció sin mirar a Nox. Salió. La puerta se cerró.
Killa se giró hacia ella. Nox seguía en la cama, envuelta en las sábanas oscuras, con el pelo revuelto y la mirada perdida.
—Come —dijo él, señalando la bandeja.
Nox no necesitó que se lo repitieran.
Se incorporó. Agarró el pan con las manos temblorosas. Lo llevó a la boca. Masticó rápido. Tragó casi sin respirar. Luego agarró la fruta. Luego más pan.
Había olvidado lo que era comer sin que le vigilaran. Sin raciones contadas. Sin hambre perpetua.
Comió tan rápido que el estómago le dolió. Un pellizco agudo que la hizo doblarse un poco.
Killa se acercó. Se sentó en el borde de la cama. Le puso una mano en la espalda.
—Come despacio —dijo, con una voz que intentaba ser suave—. Siempre tendrás más si tienes hambre.
Nox levantó la vista. Lo miró con desconfianza.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Qué ganas con esto?
Killa no respondió.
Solo le acarició el cabello. Lentamente. Como si ella fuera un animal asustado que había que calmar.
Luego se levantó. Se vistió. Ajustó su uniforme.
—Quédate aquí —dijo—. Vuelvo pronto.
Salió sin mirar atrás.
Nox se quedó sola en la habitación. Con la bandeja medio vacía. Con el cuerpo dolorido. Con la marca en el cuello.
Y con una pregunta que no quería hacerse:
¿Por qué no me odia igual que yo a él?
Killa – Sala de reuniones
Killa caminó por los pasillos con las manos en los bolsillos. El rostro relajado. Los labios ligeramente hinchados. En el cuello, un arañazo rojo que Nox le había hecho sin querer.
O quizás queriendo.
El subordinado lo alcanzó antes de entrar a la sala.
—Señor —dijo, con la voz baja, nerviosa—. Están preguntando por usted. La teniente Vera ya llegó.
Killa arqueó una ceja.
—¿Está furiosa?
El subordinado no respondió. No hacía falta.
Killa sonrió. Empujó la puerta.
Adentro, la Teniente Vera estaba de pie frente a la mesa, con los brazos cruzados, el rostro duro como el cemento. Sus ojos recorrieron a Killa de arriba abajo. Vieron el arañazo en el cuello. Las ojeras de no haber dormido. Algo en su mirada se volvió veneno.
—¿Te llevaste a esa criminal a tu habitación? —preguntó, sin saludar.
Killa cerró la puerta detrás de sí. Se apoyó en ella. Metió las manos en los bolsillos.
—Buenos días a ti también, coronel.
—No me vengas con cortesías —espetó Vera—. Eso está prohibido. Es inmoral. Va contra todo protocolo.
—¿Inmoral? —Killa rio, bajito—. Desde cuándo a ti te importa la moral.
Vera dio un paso al frente. Los nudillos le blanqueaban de apretar los puños.
—¿Será que estás celosa? —preguntó Killa, inclinando la cabeza con una sonrisa burlona.
El rostro de Vera se encendió.
—Maldito enfermo —escupió—. Ahora mismo vas a devolver a esa alimaña a donde debe estar. O yo iré a buscarla.
El ambiente se volvió hielo.
Killa dejó de sonreír.
Se despegó de la puerta. Caminó hacia ella. Despacio. Paso a paso. Como un felino que se acerca a su presa.
Vera no retrocedió. Pero sus ojos se abrieron un poco más.
Killa se detuvo a centímetros de su rostro. Inclinó la cabeza. Puso sus labios junto a su oído.
Y susurró:
—Solo inténtalo.
Las palabras cayeron como cuchillas.
Vera tragó saliva.
—Escucha —dijo, con la voz temblorosa pero firme—. Ella morirá de todas maneras. El protocolo no perdona. Los generales no perdonan. Tarde o temprano, esa perra va a ser ejecutada.
Killa se apartó. La miró a los ojos.
Sus pupilas ardían.
—Lo dudo —dijo.
Vera arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
Killa sonrió. Pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un hombre que ha decidido quemar el mundo antes de perder lo que quiere.
—Porque sabes que no lo permitiré —exclamó.
El silencio cayó como un muro.
Vera lo miró largamente. Buscando algún resquicio de razón. Algún resto del Killa de antes. El soldado frío. La máquina de matar.
No encontró nada.
—Estás loco —susurró.
—Quizás —respondió Killa—. Pero ella es mía.
Se giró. Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Y nadie —dijo sin mirarla—, absolutamente nadie, va a quitármela.
Salió.
Vera se quedó sola en la sala.
Con las manos temblorosas. Con el corazón acelerado. Con la certeza de que Killa había cruzado una línea de la que no iba a volver.
Y que, de alguna forma, todos pagarían las consecuencias.
Que saque la casta, porque esa fama que tiene y siendo sometida así...