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Ecos Del Tercer Cielo

Ecos Del Tercer Cielo

Status: En proceso
Genre:Demonios / Ángeles / Fantasía épica
Popularitas:111
Nilai: 5
nombre de autor: Maicol Castañeda

Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.



NovelToon tiene autorización de Maicol Castañeda para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA PROMESA ETERNA

Una luz pura cubría el firmamento. En el centro de los cielos, entre truenos que no herían y relámpagos que iluminaban sin quemar, el Padre Celestial se alzaba con poder absoluto. Su presencia no imponía miedo, sino reverencia; no era estruendo vacío, sino autoridad eterna. Cuando Su voz resonó, el universo mismo pareció inclinarse ante ella, y cada rincón de la creación vibró con un decreto que atravesaba el tiempo.

—Vendrán días oscuros… pero no estaréis solos. Nacerán cuatro guerreros, elegidos por Mi voluntad. Serán los protectores de la Tierra.

Aquel anuncio no fue solo una profecía; fue una siembra en el tejido mismo de la historia. Y mientras los cielos guardaban ese designio, en un rincón escondido del mundo terrenal comenzaba a abrirse una visión silenciosa, casi imperceptible, en la pequeña aldea de Terraluz.

Terraluz se alzaba sobre una colina rodeada de lagos cristalinos y bosques antiguos. Los paisajes eran tan serenos que parecía imposible que la guerra o el dolor pudieran tocar aquel lugar. El aire tenía una suavidad especial, y una energía espiritual se respiraba en cada hoja movida por el viento, en cada piedra bañada por el sol, en cada rincón que parecía susurrar paz. Allí vivían Albiel y Aloriah, una pareja humilde cuya mayor riqueza no estaba en sus manos, sino en su fe.

Durante años habían anhelado hijos. Durante años el vientre permaneció estéril y las noches fueron largas. Sin embargo, jamás renunciaron a su esperanza. Aquella noche, arrodillados en el interior de su hogar sencillo, las lágrimas recorrían sus mejillas mientras elevaban una oración más, quizás la última, quizás la más sincera. No había reclamo en sus palabras, solo entrega.

Entonces el cielo tembló suavemente.

Una luz descendió sobre su hogar, envolviendo las paredes de madera y la tierra húmeda del suelo con un resplandor que no pertenecía a este mundo. No hubo figura visible ni alas desplegadas, solo una presencia sagrada que lo llenó todo. El silencio se volvió profundo, casi sagrado, y en lo más íntimo de su ser escucharon una voz que no atravesó sus oídos, sino su alma.

“He escuchado su clamor. Les daré no uno… sino cuatro hijos.”

La promesa se expandió dentro de ellos como fuego dulce y eterno.

“Cada uno llevará un símbolo que marcará su destino: el Fénix, nacido para liderar entre fuego y renacimiento; el Dragón, guardián del espíritu y la fe; el Oso, fuerza indomable y lealtad inquebrantable; y el León, protector de la libertad y la compasión.”

La luz los abrazó, y con ella llegó una paz que superaba toda comprensión. No era solo el anuncio de una maternidad cumplida; era el inicio de un propósito que trascendía generaciones. Aquella pareja no fue escogida por posición, riqueza ni sabiduría humana, sino por la pureza de su corazón. Su devoción movió los cielos. Su fe activó el plan eterno.

Y así comenzó la historia de los cuatro hermanos.

La casa de Albiel y Aloriah era sencilla, rodeada de árboles altos y tierra fértil. No había lujos, pero cada rincón vibraba con armonía. Cuando llegó el día del primer nacimiento, el llanto de Jeik rompió el aire con fuerza ardiente; sus ojos parecían contener brasas vivas, y desde el inicio hubo algo en él que hablaba de liderazgo y fuego interior. Después nació Dervis, más silencioso, con una mirada profunda que parecía escuchar lo invisible y comprender lo que otros no podían ver. Gael llegó inquieto y luminoso, con una risa contagiosa que llenaba la casa de movimiento y curiosidad. Finalmente, Maikel vino al mundo entre una calma extraña, como si la serenidad misma hubiera tomado forma humana; su presencia traía paz incluso en medio del cansancio.

Aloriah no se separaba de ellos. Los acunaba con ternura feroz, consciente de que no eran fruto únicamente de su vientre, sino de una promesa divina. Cada noche les cantaba canciones antiguas, y al final de cada melodía susurraba con lágrimas contenidas:

—No son míos… pero los amaré como si lo fueran eternamente.

Albiel, con su voz grave y su espíritu sabio, los observaba crecer con un orgullo silencioso que pocas veces expresaba en palabras. Enseñaba a Jeik a sostener herramientas con firmeza y responsabilidad; guiaba a Dervis hacia el silencio y la meditación, mostrándole cómo escuchar más allá del ruido; animaba a Gael a canalizar su energía con disciplina y respeto; y a Maikel le enseñaba a percibir el susurro del viento, a entender que la verdadera fuerza también puede ser suave.

La casa era pequeña, pero estaba llena de vida: carcajadas en la cocina mientras la harina volaba por el aire, carreras descalzas por el jardín húmedo, llantos nocturnos que terminaban en abrazos cálidos, y oraciones susurradas cuando la luna iluminaba las ventanas. Todo parecía normal, casi cotidiano, pero en el fondo de sus corazones Albiel y Aloriah sabían que el tiempo avanzaba hacia algo mayor. El pacto hecho con el cielo no era un regalo sin propósito; era una preparación.

Porque los días oscuros anunciados no tardarían en llegar.

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