Sofía y Nathan siempre fueron mejores amigos… hasta que una noche de impulso lo cambió todo. Ahora, atrapados entre secretos, rumores y un contrato absurdo que los obliga a casarse, deberán enfrentar emociones que nunca imaginaron.
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Feliz cumpleaños Nathan
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...CAPÍTULO 2...
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...NATHAN SALLES...
Veinte años.
Estoy cumpliendo veinte malditos años y el mundo me mira como si lo hubiera hecho todo ya.
No suena a tanto, pero cuando lo pienso, siento que he vivido tres vidas en una. Una encima del escenario, otra frente a las cámaras… y la tercera, la que nadie conoce. Esa que empiezo a odiar cada vez que cierro los ojos y pienso en ella.
Sofía Ríos.
Hermana menor de Emma Ríos de Blake. Tiene diecinueve años, esta por ingresar a la universidad para estudiar finanzas y trabaja como asistente administrativa en la empresa de Leonardo Blake. Está reuniendo dinero para independizarse y mudarse sola. Actualmente sale con Alex Han, pero mantiene un vínculo secreto con Nathan. Ella es racional, dulce pero con carácter; le cuesta resistirse a lo que la hace sentir viva.
La fiesta está a reventar.
El club que reservé para esta noche vibra al ritmo de mi propia lista de reproducción —una mezcla de rock, trap y mis propias canciones—. Hay luces rojas, copas levantadas y gente que apenas conozco gritando mi nombre como si fuéramos amigos de toda la vida.
No me quejo. Ser famoso tiene sus ventajas. Pero a veces, entre todo lo que conlleva, me siento más vacío que nunca. Ahora la banda está sonando en todos lados, las giras no paran, la gente me reconoce en la calle y las notificaciones reventando mi teléfono.
Es agotador…pero amo lo que hago.
Respiro hondo, mirando la pista del club. El lugar vibra. Las luces bajas, el humo, las risas, cuerpos moviéndose al ritmo de mi música, todo se complementaba con el lugar.
Franco está en la barra compitiendo con Dylan a ver quién aguanta más tragos. Alex se ríe, sentado en uno de los sofás, con su hermosa novia en las piernas: Sofía.
Llevaba un vestido negro ajustado, el cabello suelto cayendo sobre los hombros, y esa sonrisa suya que siempre me desarma, aunque no debería.
Porque ella está con Alex.
Mi mejor amigo.
Apenas me visualiza, ella se acerca entre la multitud y me pellizca los cachetes como si todavía tuviera doce años.
—Feliz cumpleaños, rockstar —Dice antes de que pueda abrir la boca, para reprocharle el pellizco.
—Gracias, enana—respondo, intentando que suene natural, pero mi voz sale un poco más ronca de lo que esperaba.
Alex le pasa un brazo por la cintura y la jala hacia él, marcando territorio. No lo culpo. Si Sofía fuera mía oficialmente, yo también lo haría.
—Feliz cumpleaños, hermano —dice él, chocando su copa con la mía.
Nos reunimos todos en el sofá principal. Carolina levanta una bandeja de dulces coloridos y dice:
—Atención, mis queridos pecadores. Traje regalos especiales para esta noche.
Daniela arquea una ceja.
—¿Dulces? ¿Qué somos, niños?
—Afrodisíacos —responde carolina, con una sonrisa de diablo.
Alex suelta una carcajada.
—¿Afrodisíacos? ¿Qué sigue, una orgía o qué?
Todos ríen.
Yo me inclino hacia atrás, disfrutando de verlos, y digo:
—Apuesto todo a que fue idea de Franco.
—¿Por qué carajos yo? —se ofende él, fingiendo indignación—. O sea, sí, fui yo, pero me ofende que me señales tan rápido.
Las risas se multiplican.
Sofía toma uno de los dulces, lo mira con curiosidad y sin pensarlo se lo mete en la boca. Alex se inclina hacia ella y la besa. No un beso tierno, sino uno largo, húmedo, casi innecesariamente apasionado.
—Dios… búsquense un hotel —gruñe Franco, y todos estallan en carcajadas.
Yo también me río, aunque por dentro siento el estómago encogerse.
Horas después, la música se mezcla con la niebla del alcohol. Estoy algo mareado, pero no ebrio.
Busco a Sofía con la mirada y la encuentro junto a la barra, discutiendo por teléfono. Tiene el ceño fruncido, los ojos brillantes de rabia.
Me acerco.
—¿Todo bien?
Ella gira hacia mí, con las mejillas enrojecidas y una copa a medio terminar.
—Alex es un idiota —masculla.
Ah.
Pelearon…otra vez.
—¿Qué pasó?
—Que se largó —responde, echando un trago largo—. Discutimos.
Suelta una risa amarga y deja el vaso sobre la barra. Intento tranquilizarla, pero Sofía se me queda mirando, los ojos brillando más de la cuenta.
—Baila conmigo —dice.
—Sofía…
—Solo un rato, Nathan. Es mi manera de olvidarlo.
Me lleva al centro del lugar, y cuando la tengo tan cerca, cuando su perfume me golpea, recuerdo todo lo que juré no repetir.
Ella se mueve despacio, con esa mezcla de dulzura y provocación que la hace peligrosa. Luego se inclina hacia mí y me besa.
Su boca tenía un sabor a vodka y menta.
Yo debería detenerla. Debería. Pero mis manos ya la sujetan por la cintura antes de que pueda pensar.
Nos separamos cuando el aire empieza a faltar. Miro alrededor, buscando si alguien nos vio.
—No hagas eso —le digo, con la voz baja—. Nos pueden ver. Es peligroso.
—Entonces vayamos a un lugar más privado —susurra, sonriendo.
Me muerdo la lengua.
Recuerdo esas noches.
Ya había pasado tiempo desde la última vez que nos enrollamos.
Dos meses, para ser exactos.
Dos meses intentando convencerme de que fue un error, de que lo nuestro debía quedarse en lo prohibido, en que solo somos los mejores amigos de toda la vida y ya.
Pero mentiría si dijera que no la extrañaba.
No solo su cuerpo —aunque eso ya era suficiente condena—, sino la forma en que me miraba después, cuando todo se calmaba. Ese silencio entre los dos, esa respiración compartida que me hacía sentir que el mundo se detenía un segundo. Sofía tenía algo que me jodía la cabeza, una especie de magnetismo que me arrastraba una y otra vez.
Ya habían sido dos veces.
Dos veces en las que juré que sería la última y sin embargo, ahí estaba otra vez, a punto de cometer el mismo error por tercera vez.
Sabía que estaba mal. Que Alex no merecía esto, que yo tampoco merecía perder a mi mejor amigo por una historia que no debería de existir. Pero también sabía que, cuando Sofía me tocaba, la culpa no alcanzaba a ganarle al deseo.
—Esto está mal —dije, algo serio—. No deberíamos seguir haciéndolo.
Entre la música y el caos, sus labios rozan mi cuello, después sus dedos bajan por mi camisa. Trato de evitar cualquier contacto visual con ella y empiezo a mirar hacia otro lado. Finalmente la escucho decir:
—Deja de pensar tanto, Salles. Le quitas lo divertido a la vida.
Me río ya resignado.
Sé que está mal.
Sé que Alex es mi amigo, y que Sofía no debería ser la razón por la que pierdo el control. Pero cuando ella me mira así, suplicante y deseosa de sentirme.
solo hay una decisión posible y la he querido demasiado tiempo para fingir que no escuché eso.
A las dos y media de la madrugada, salimos juntos del club. Directamente a mi apartamento, riendo por nada, intentando disimular lo obvio.
El aire frío de la madrugada me despeja un poco, pero no lo suficiente como para pensar con claridad.
Sofía camina delante de mí, con los tacones en la mano y el vestido pegado al cuerpo. Mueve las caderas con esa naturalidad que lo único que logra es motivarme a seguir con esto.
—¿Vas a seguir mirándome así toda la noche? —pregunta sin volverse.
—No puedo evitarlo —respondo.
El silencio entre nosotros se vuelve más pesado cuando nos subimos al Uber. El motor ruge y la ciudad se estira vacía frente a nosotros. Sofía apoya la cabeza en la ventana, y por un segundo parece tranquila… hasta que pone su mano sobre mi pierna.
No dice nada. No hace falta y la tensión vuelve a subir entre nosotros.
—Esto no debería estar pasando otra vez —murmuro.
—Tú siempre dices eso —responde, mirándome de reojo—. Y siempre terminas haciendo lo contrario.
Cuando llegamos al edificio, subimos a mi piso sin hablar, con las manos rozándose a propósito. Al cerrar la puerta de mi apartamento, ella me mira con esos ojos miel que ya no sé si me salvan o me hunden.
—Feliz cumpleaños, Salles —susurra.
Sin más palabras, nos fundimos en un profundo y apasionado beso.
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