Hace tres siglos, la joven reina Isolda fue traicionada la noche antes de firmar un tratado que habría salvado su reino.
En su última hora, una mujer misteriosa le prometió: “Tendrás otra oportunidad, pero no en este tiempo.”
En el 2025, Tomás Vidal, es un arquitecto urbano y orgulloso escéptico de todo lo sobrenatural, encuentra en la restauración de un antiguo palacio europeo a una mujer desorientada, vestida como si acabara de salir de una pintura. Dice ser reina. No recuerda cómo llegó allí.
Entre intentos por adaptarse a un mundo sin carruajes, sin criadas y con “pantallas mágicas”, Isolda se convierte en un fenómeno viral.
Tomás intenta protegerla de la prensa y de sí misma, pero acaba descubriendo que lo imposible tiene su propia lógica y que está empezando a enamorarse de alguien que, literalmente, no pertenece a su tiempo.
Mientras tanto, los fragmentos de la traición que la condenó comienzan a resurgir.
¿Sobrevivirán al pasado o al presente?
HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIA
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CAPÍTULO 2
El trayecto en auto fue, para Isolda, una experiencia cercana al exorcismo.
Los ruidos, las luces, los cláxones, las pantallas luminosas, todo parecía una sucesión de hechizos imposibles. Tomás, resignado, condujo en silencio mientras ella miraba cada semáforo como si fuera un presagio.
—¿Qué clase de brujos gobiernan este mundo? —preguntó al fin, aferrándose al cinturón de seguridad como si fuera una cuerda de salvamento.
—Políticos —respondió Tomás sin apartar la vista del camino—. No exactamente brujos, pero igual de peligrosos.
Ella lo miró sin entender del todo, pero algo en su tono seco la hizo sonreír.
No recordaba la última vez que alguien le habló sin reverencias.
Cuando por fin llegaron al edificio, Isolda descendió con dignidad —o lo intentó, hasta tropezar con la puerta del auto—.
Tomás apenas alcanzó a sostenerla.
—Majestad, cuidado con la tecnología. Las puertas automáticas son traicioneras.
—¿Automáticas? —repitió, ofendida—. ¡Las puertas no deberían tener voluntad propia!
En el ascensor, el reflejo de ambos en el espejo metálico los sorprendió.
Ella seguía luciendo como una aparición de otro siglo, y él… bueno, como un hombre que había perdido el control de su día laboral.
—¿Dónde estamos? —preguntó ella cuando el ascensor se detuvo.
—En mi castillo —dijo él con un suspiro—. Pequeño, pero con Wi-Fi.
El departamento de Tomás era un caos de libros, planos, tazas y herramientas.
Isolda recorrió la sala con la curiosidad de una niña y la mirada de una reina inspeccionando un nuevo territorio.
—¿Y esto? —preguntó, tocando el control remoto.
—No lo toque—, advirtió Tomás, pero ya era tarde.
La televisión cobró vida con una explosión de colores y una voz chillona anunciando detergente.
Isolda soltó un grito.
—¡Hay personas atrapadas ahí dentro! ¡Ayudadme a liberarlas!
Tomás se cubrió el rostro con las manos.
—No, no hay nadie atrapado, Isolda. Es solo… televisión.
—¿Tele… visión? ¿Una ventana a otros reinos?
—Más o menos. Aunque suelen ser reinos de anuncios y telenovelas.
Ella se acercó al sofá, intrigada, y tocó la pantalla con cautela.
—¿Y todos los súbditos de vuestro reino pueden ver esto?
—Sí. Es gratis.
—¿Gratis? —repitió, maravillada—. En mi tiempo, ni el pan era gratis.
Él rió.
—Créame, el internet también cobra su tributo, solo que en salud mental.
Más tarde, Tomás le ofreció ropa limpia.
Isolda tardó diez minutos en descifrar el funcionamiento del cierre del pantalón y quince en aceptar que el algodón no era tela “de campesinos”, como había insinuado al principio.
Cuando por fin salió del baño, llevaba una camiseta y un pantalón de deporte que parecían de otra especie sobre su porte real.
Aun así, se veía deslumbrante.
Tomás se descubrió observándola más de la cuenta.
Ella notó la mirada.
—¿Por qué me miráis así?
—Solo intento entender cómo una mujer vestida como si viniera de una pintura del siglo XVIII logra parecer tan actual.
Isolda lo miró un instante, y por primera vez desde que despertó en ese extraño mundo, sonrió con ternura.
—Tal vez no soy yo la que ha cambiado de tiempo —dijo suavemente—. Tal vez sois vos quien ha llegado al mío.
Hubo un momento tan callado pero lleno de curiosidad, como si ambos hubieran cruzado una frontera invisible.
Entonces el microondas pitó, rompiendo el momento.
Isolda se sobresaltó.
—¿Qué fue eso?
—Cena —respondió Tomás con una media sonrisa—. Y le juro que no muerde.
Mientras él servía algo que ella llamó “papilla luminosa” (puré instantáneo), Isolda observó la ciudad por la ventana. Las luces le parecían luciérnagas gigantes.
En algún lugar de su mente, una voz susurró recuerdos: una corona caída, un beso traicionado, un juramento roto.
Pero el hombre frente a ella, con su humor irreverente y su mirada sincera, le devolvía algo que no recordaba haber sentido: tranquilidad.
Y aunque no lo decía en voz alta, una certeza empezaba a crecer dentro de ella.
No estaba ahí por accidente.
El tiempo la había traído por una razón.