Majic, Lycka y Huimang son reinas poderosas, pero deberán tomar decisiones cruciales para salvar a los seres que aman y a sus reinos, en una guerra contra seres guiados por los mismos dioses. ¿Podrán defender lo que más aman?
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Cap. 2. No hay rincón de mí, que no te ame (+18)
El cielo seguía cubierto de nubes cuando el carruaje real llegó al Palacio Principal de Fontana. El murmullo del pueblo acompañó a la nueva reina Jarumi, que descendió del brazo de su esposo entre vítores y pétalos arrojados desde las terrazas. Nadie parecía reparar en el viento helado que se había levantado, ni en el presagio de tormenta que aparecía en el horizonte.
El Gran Salón del Palacio Principal de Fontana resplandecía. Había lámparas flotantes impulsadas por la magia que los recién casados habían dejado extendido y mantos de terciopelo azul cubrían las mesas donde los reinos brindaban por la paz. En el centro, el trono doble esperaba a la pareja real.
Jarumi se movía con una energía que llenaba el lugar. Había nacido para desafiar la solemnidad, aunque la conociera a la perfección, sonreía, bromeaba con los cortesanos, tomaba la copa antes del brindis oficial. Fortem la observaba con esa mezcla de desconcierto y admiración que solo un hombre enamorado puede sentir.
Las risas se propagaron; el ambiente se volvió liviano, festivo; pero, entre los invitados, Majic y Josag se mantenían más callados de lo usual.
- “Tu hermano parece feliz”, dijo Majic, con una sonrisa leve.
- “Sí”, respondió Josag, mirándolos bailar. “Y ella tiene un fuego que a veces hasta a él le cuesta seguir”.
- “Tú hablas como si lo conocieras mejor que nadie”, lo provocó Majic con dulzura. Josag sonrió apenas.
- “Es mi hermano y también mi sombra. Lo sigo desde que tengo memoria, siempre quería protegerlo, quizás porque la presencia de Tesko me preocupaba demasiado”, comentó Josag.
Majic bajó la mirada. Esas palabras la conmovían tanto, porque era un recordatorio de lo que han tenido que atravesar en sus cortas vidas. Pero a la vez, no sabía explicar, que sentía que había algo en esa complicidad entre ambos reyes que le recordaba a una historia más antigua que su propia vida. Algo que no podía poner en palabras; como si hubiese vivido más de la historia que conocía.
El sonido de copas chocando los sacó de ese pensamiento. Fortem se había puesto de pie.
- “Hoy celebramos una unión que simboliza la fuerza de Fontana”, proclamó Fortem. “Mi reina no es solo compañera ni testigo, sino mi igual. Y este reino será más fuerte porque ella respira libertad”.
- “Y porque prometo no dejarlo descansar ni un solo día” comentó Jarumi risueña.
Las carcajadas llenaron el salón. Majic también rió, pero su corazón no lo entendió como el resto. Había algo en esa alegría, tan perfecta, tan luminosa, que le provocaba un nudo en la garganta, una especie de nostalgia inexplicable.
El baile comenzó. El suelo del salón se iluminó con luces verdes y doradas al compás de la música. Jarumi y Fortem danzaban con una sincronía natural, casi mágica.
Josag y Majic los observaban desde su mesa, sin sospechar que, sin tocarse aún, compartían el mismo pulso acelerado, el mismo estremecimiento que unía su respiración al ritmo de la melodía.
Con el mismo cariño y emoción, los observaban desde sus mesas, Lycka y Leven tomados de la mano; así como, Huimang y Khwan, quien acomodaba un mechón de cabello de su esposa.
En medio de la danza, un resplandor verde se expandió cuando los sacerdotes del Templo Principal trajeron la Corona Esmeralda. El sumo sacerdote alzó la voz y proclamó a Jarumi como reina consorte de Fontana. Al colocarle la corona, el sello en las manos de los reyes recién casados se iluminó, proyectando sobre el techo un símbolo antiguo, una estrella entrelazada con dos círculos infinitos.
Los presentes aplaudieron sin saber que, por un instante, esa luz alcanzó también a Majic y Josag. Sus copas vibraron levemente. Una corriente invisible les recorrió la piel. Josag giró la cabeza, confundido.
- “¿Lo sentiste?”, murmuró Josag. Majic asintió.
- “Sí, como si el aire respirara con nosotros”, respondió Majic.
Ninguno de los dos supo explicarlo. Y ninguno notó cómo, desde las sombras del vitral más alto, la diosa del Odio los observaba en silencio, junto al dios de la Guerra. Sus ojos ardían con el reflejo de la corona recién consagrada.
- “Los hijos del equilibrio han vuelto a encontrarse”, susurró ella.
- “Y los volveremos a separar”, respondió él, con una sonrisa de acero.
En la penumbra, el dios de la Envidia se incorporó, invisible para los mortales.
- “El amor no se destruye con fuerza”, dijo Envidia suavemente, “se marchita con tiempo, cuando los planes no salen como se espera, cuando las responsabilidades ahogan el romance, cuando el dolor no se entiende de la misma manera. Dejen que siga fluyendo y luego sangrará solo”.
La música siguió. El pueblo celebró. Majic y Josag sonrieron sin saber por qué se sentían tan plenos y tan inquietos a la vez.
Afuera, la lluvia cayó con fuerza sobre las torres, y cada gota parecía repetir un nombre que nadie recordaba. Un nombre que alguna vez fue divino.
Cuando el banquete de la boda terminó, Fortem tomó a su reina de la mano, y subieron las escaleras con miradas cómplices, caminaron hasta la habitación real, antes de abrir, él le dio un beso tierno a Jarumi.
- "¿Sabes que me pones nervioso?", preguntó Fortem.
- "También estoy nerviosa, pero estoy segura de que convertirme en tu esposa fue la mejor decisión de mi vida", respondió Jarumi.
Fortem abrió la puerta de su habitación; había logrado cambiar muchas de las costumbres reales de Fontana, para que su amada se sintiera más cómoda.
Jarumi abrió sus ojos, había lirios en varios lugares que le daban un aroma muy especial, se preguntó en qué tiempo había preparado eso, cuando Fortem cerró la puerta ella se sobresaltó un poco.
El rey de Fontana levantó el mentón de Jarumi, la miró fijamente.
- "Te amo, y no lo digo a la ligera. Para mí es importante que siempre me compartas lo que sientes, lo que te gusta y lo que no. Quizá no sea la persona más romántica, pero siempre haré lo posible por estar a tu lado cuando me necesites", manifestó Fortem para luego darle un beso intenso.
- "Te amo", dijo Jarumi y lo volvió a besar.
Fortem tomó el rostro de Jarumi con sus manos y usó uno de sus dedos para acariciar los rosados labios de la joven, ella lo quedó mirando, las sensaciones que provocaban eran todas nuevas, y le estaban gustando mucho, de pronto él la acerca con un solo movimiento, quedando sus cuerpos pegados el uno al otro.
El corazón de Jarumi parecía latir a toda velocidad, aunque se sentía algo avergonzada, se dejaba llevar por el hombre que amaba, y parecía disfrutar todo lo que estaba sintiendo en ese momento, él iba desatando las cintas del vestido, aprovechando para acariciarla cuando este cayó al suelo y él la hizo retroceder hasta la cama, mientras seguía acariciando el cuerpo Jarumi, ella respondía las caricias, no sabía si lo estaba haciendo bien por la inexperiencia, pero ella se dejaba llevar por lo que él hacía y por lo que su cuerpo intuía.
Fortem toma su tiempo en cada caricia, en cada beso, la manera en que la tocaba, la besaba y le susurraba ciertas cosas la hacían sentir increíblemente deseada; con los cuerpos desnudos él la besa y acaricia su pecho aún con pasión contenida, quiere que su esposa disfrute aquella primera noche juntos, ella no pudo evitar jadear, estan tan cerca uno del otro que ella siente su excitación.
Fortem exploraba a Jarumi con una mezcla de deseo y fascinación, como si cada estremecimiento fuera una clave arduamente buscada que ansiaba descifrar. Exploraba con intención las sensaciones que la hacían perderse en el placer, y al encontrarlas, se encendía aún más. Ella se rendía a cada caricia, y juntos ardían en una danza donde el control se volvía un juego deliciosamente perdido
El rey de Fontana la pone encima de él, le susurra al oído que se deje llevar, que se acomode sobre él poco a poco, para que regule lo que ella sienta esa primera vez, ella va bajando despacio y siente el ligero dolor de la primera vez confundido con el ardiente deseo que él ha logrado conseguir en ella, ella sigue y cuando son uno solo, él la ayuda a tener un ritmo lento y placentero, los gemidos inundan la habitación, sin dejarla salir la voltea quedando sobre ella.
Luego susurra “no hay rincón de mí que no te ame”, los gemidos son inevitables, después entrelazan sus dedos se besan apasionadamente; él continúa con el baile de los cuerpos, era la primera vez de aquella mujer, pero parecía no agotarse y él estaba encantado por ello, siguieron con el baile sincronizado de sus cuerpos desnudos hasta que llegaron al climax en un ambiente de amor y deseo.