Isabella sabe convertir cualquier viaje en una experiencia inolvidable.
Alessandro Moretti sabe conseguir todo lo que desea.
Entre destinos de lujo, miradas que dicen demasiado y una atracción imposible de ignorar, ambos descubrirán que hay encuentros que no estaban en ningún itinerario.
Porque algunas tentaciones llegan para cambiarte el destino.
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La mujer que no debía impresionarlo
Alessandro Moretti había aprendido dos cosas antes de cumplir los treinta años.
La primera era que cualquier lugar del mundo podía convertirse en una experiencia extraordinaria si se tenía suficiente dinero y la segunda qué las mujeres hermosas casi siempre terminaban siendo predecibles.
Por eso no se impresionaba fácilmente.
Ni con una suite presidencial frente al Mediterráneo, ni con un yate de ciento veinte metros, ni con una cena privada en un palacio italiano.
Mucho menos con una mujer.
Se encontraba frente al enorme ventanal de su oficina, con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo una copa de whisky, mientras contemplaba la ciudad desde el último piso del edificio de Moretti Privé.
—Tu madre llamó tres veces esta mañana —dijo su socio y mejor amigo desde el sofá.
Alessandro ni siquiera se giró.
—Qué poca perseverancia. Normalmente llega a cinco.
—No estoy bromeando Ales.
—Yo tampoco.
Matteo dejó escapar un suspiro.
—Quiere que vayas a cenar el domingo.
—¿Y qué crimen cometí?
—Dice que necesitas sentar cabeza.
Alessandro finalmente se volvió.
—Tengo una empresa que factura millones, un apartamento que nadie puede pagar y un jet que pasa más tiempo en el aire que yo. Creo que estoy bastante sentado.
—Sabes perfectamente a qué se refiere.
Alessandro sonrió.
—Sí. Y también sé que no pienso hacerlo.
Se acercó al escritorio y dejó la copa.
Sobre la mesa había una carpeta negra con el logotipo dorado de Moretti Privé.
PRIVATE TRAVEL & EXPERIENCES
Debajo, una palabra:
CONFIDENCIAL.
Alessandro abrió la carpeta.
—¿Esta es la inspectora?
—Sí.
—¿La mejor que encontramos?
—Una de las mejores del mundo - Respondió Matteo
Alessandro levantó una ceja.
—Eso dicen todos - sonrió Matteo.
Sacó varias hojas y comenzó a leer.
Nombre: Isabella Laurent.
Especialidad: experiencias de lujo, hospitalidad privada y diseño de itinerarios personalizados.
Más de una década trabajando en turismo de alta gama.
Evaluaciones impecables.
Cero conflictos profesionales.
Cero recomendaciones negativas.
Alessandro frunció ligeramente el ceño.
—¿Eso es todo? No hay foto.
—¿Qué esperabas? ¿Acaso buscamos modelos para tu cama?
Alessandro sonrió - Si es linda podría darle una oportunidad, a decir verdad pense que leería algo interesante.
—Es una inspectora de producto, Alessandro. No una espía internacional.
Alessandro sonrió.
—Todavía no lo sabemos.
Cerró la carpeta.
La nueva colección de Moretti Privé estaba a punto de lanzarse y no podían permitirse ningún error. Habían seleccionado una propiedad privada en la costa italiana, un yate, un restaurante exclusivo y una serie de experiencias que pretendían convertir el itinerario en uno de los productos más costosos de la compañía.
Alessandro quería que fuera perfecto.
No. Quería que fuera imposible de superar.
Y para eso necesitaba a alguien capaz de decirle que algo no era suficiente.
La reunión estaba programada para las diez.
A las diez menos dos, su asistente anunció:
—La señora Laurent ya está aquí.
Alessandro miró el reloj.
Exacta.
Eso le gustó.
—Hazla pasar.
La puerta se abrió.
Y durante unos segundos, Alessandro no dijo nada.
La mujer que entró no parecía necesitar demostrar absolutamente nada.
Llevaba un traje color marfil perfectamente cortado, tacones discretos y el cabello pelirrojo que caía como una cascada de manera aparentemente sencilla. Algunos mechones habían se escapaban alrededor de su rostro y suavizaban unas facciones demasiado elegantes para ser consideradas delicadas.
No llevaba joyas excesivas.
No necesitaba ninguna.
Sus ojos recorrieron la oficina con una rapidez que Alessandro reconoció inmediatamente.
Estaba observando.
No admirando.
Observando.
—Señor Moretti.
Su voz era tranquila.
Alessandro se levantó.
—Señora Laurent.
Ella extendió la mano.
Él la estrechó.
Un contacto breve.
Profesional.
Sin embargo, Isabella retiró la mano antes de que él pudiera prolongarlo.
Alessandro sonrió.
—¿Siempre es tan puntual?
—Cuando alguien me paga para evaluar su trabajo, sí.
Aquello consiguió arrancarle una pequeña carcajada.
—Me gusta su honestidad.
—Todavía no me ha dado motivos para ser de otra manera.
Alessandro la miró durante un segundo más.
Interesante.
—Siéntese.
Ella tomó asiento frente a su escritorio.
No cruzó las piernas con coquetería.
No jugó con el cabello.
No intentó agradarle.
Simplemente abrió su carpeta.
—He revisado el itinerario que me enviaron.
—¿Y?
Isabella levantó la mirada.
—No está listo.
Alessandro parpadeó.
—¿Perdón?
—No está listo para salir al mercado.
Matteo, que permanecía de pie junto a la ventana, miró a Alessandro.
Él volvió a mirar a Isabella.
—Estamos hablando de una villa privada valorada en varios millones, un yate de lujo, un chef con tres estrellas Michelin y acceso exclusivo a lugares donde nuestros clientes normalmente no pueden entrar.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué falta?
Isabella deslizó la carpeta sobre el escritorio.
—Todo eso.
Alessandro arqueó una ceja.
—¿Todo eso qué?
—Es lujo.
Hizo una pausa.
—Pero no es una experiencia.
Por primera vez desde que ella había entrado en la oficina, Alessandro dejó de sonreír.
—Explíquese.
Isabella abrió la carpeta.
—El cliente llega a la villa, recibe una bienvenida privada, tiene una cena preparada por el chef, al día siguiente navega en el yate, visita la bodega, tiene una cena de despedida y regresa a casa.
—Exactamente.
—Es predecible.
—¿Predecible?
—Para alguien que puede pagar este viaje, sí.
Alessandro se recostó en su silla.
—¿Y qué propone?
Ella sostuvo su mirada.
—Que dejemos de pensar como una agencia de viajes.
Silencio.
—Moretti Privé no vende habitaciones, señor Moretti. Vende recuerdos que el cliente debería contar durante años.
Alessandro sintió algo extraño.
No era atracción.
Todavía no.
Era curiosidad.
Una curiosidad que no experimentaba con frecuencia.
—¿Y usted cree que puede diseñar algo mejor?
Isabella sonrió por primera vez.
Fue una sonrisa pequeña.
Segura.
—No lo creo.
Tomó su carpeta.
—Lo sé.
Alessandro la observó. Esa hermosa sonrisa lo dejó helado.
Aquella mujer acababa de entrar en su oficina, desmontar uno de sus productos más importantes en menos de diez minutos y, en lugar de parecer intimidada, parecía estar esperando que él le diera permiso para terminar de hacerlo.
Le gustó.
Mucho más de lo que debería.
—Tiene cuarenta y ocho horas —dijo.
Isabella se levantó.
—Necesito veinticuatro.
Alessandro sonrió.
—¿Siempre intenta ganarme?
Ella se detuvo frente a la puerta.
Giró ligeramente el rostro.
—No, señor Moretti.
Sus ojos se encontraron.
—Solo intento hacer bien mi trabajo.
Y salió.
Alessandro permaneció en silencio.
Matteo lo miró.
—No lo hagas.
Alessandro mordió su labio inferior.
—¿Hacer qué?
—La conozco esa mirada, maldito - Dijo Matteo negando con la cabeza.
Alessandro soltó una risa.
—¿Qué mirada? Esa mujer es interesante, parece una buena chica.
—Esa mirada es la que pones cuando algo te interesa - Dijo Matteo.
Él volvió a mirar la puerta por la que Isabella acababa de desaparecer.
—No me interesa.
—Si claro y yo soy Shakira, bruta ciega, sorda y muda.
Alessandro tomó nuevamente su copa.
—Es una inspectora.
—Y tú eres un hombre que nunca ha sabido dejar tranquila a una mujer interesante - Señaló Matteo.
Alessandro sonrió.
—Ella no parece interesada en mí.
Matteo volvio a negar conteniendo su linda sonrisa —Precisamente, eso es lo que más te gusta.
La sonrisa de Alessandro se hizo más amplia.
Y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo la sensación de que un viaje acababa de comenzar mucho antes de subir a un avión.