NovelToon NovelToon
El magnate y la mariposa

El magnate y la mariposa

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:19.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Elena Paz

Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.

Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.

Pero entonces aparece él.

Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.

Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.

Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.

Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.

"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."

¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?

---

NovelToon tiene autorización de Elena Paz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1: La mañana después

Valentina abrió los ojos y lo primero que vio fue un techo demasiado alto.

No era el techo bajo de su departamento en Narvarte, con la manchita de humedad junto al foco. Era blanco, liso, perfecto, con una lámpara discreta que parecía costar más que su quincena. El aire olía a sábanas limpias, perfume caro y alcohol seco. La cabeza le latía como si alguien estuviera golpeando una puerta desde adentro.

Tardó varios segundos en entender que estaba desnuda debajo de una sábana que no era suya.

El golpe de realidad le subió desde el estómago hasta la garganta.

A su lado, un hombre dormía boca abajo, con la espalda descubierta hasta la cintura. La luz gris de la mañana entraba por los ventanales y le marcaba los hombros, la nuca, el cabello oscuro revuelto contra la almohada. Valentina dejó de respirar. No conocía esa espalda. No conocía esa cama. No conocía esa habitación.

Y no recordaba cómo había llegado ahí.

Se incorporó demasiado rápido. El cuarto giró. Tuvo que llevarse una mano a la boca para no vomitar sobre la alfombra beige, suave, impecable. La sábana resbaló de su pecho y ella la apretó contra su cuerpo con un movimiento torpe.

Su ropa estaba regada por el piso.

Un tacón junto al sillón de terciopelo. El vestido negro sobre una silla, arrugado, con el cierre abierto. Su bolsa tirada cerca de la puerta. Un arete en la mesita de noche. Todo parecía haber caído en una ruta absurda, como si otra Valentina, una que no pensaba, una que no medía cada peso antes de tomar un taxi, hubiera dejado pedazos de sí misma por toda una suite de hotel.

Una suite. Claro que era una suite.

Al fondo, los ventanales mostraban la ciudad todavía lavada por la mañana. Torres de cristal, avenidas anchas, el trazo elegante de Polanco despertando sin prisa. CDMX, pero no su CDMX. No el vagón lleno del Metro, no la fonda de la esquina, no el Oxxo donde compraba café cuando no le alcanzaba para algo mejor.

Valentina tragó saliva.

"Piensa", se ordenó. "Vístete y sal de aquí".

El hombre se movió.

Ella se congeló. La sábana crujió bajo sus dedos. Él murmuró algo que no alcanzó a entender y giró apenas el rostro hacia la almohada, pero no lo suficiente para mostrarle la cara. Solo vio una línea de mandíbula, sombra de barba, una boca relajada por el sueño.

El corazón le golpeó tan fuerte que le dolió.

No quería verlo. Si le veía la cara, aquello se volvería real de una manera imposible de borrar. Un error con nombre. Un desconocido con ojos. Una historia.

Valentina no quería una historia.

Quería salir.

Se levantó con cuidado, sosteniendo la sábana hasta que alcanzó su ropa. El frío de la habitación le mordió la piel. Recogió el vestido y se lo puso al revés primero; maldijo en voz baja, se lo quitó, volvió a ponérselo, luchó con el cierre hasta que los dedos le temblaron. Encontró un tacón, luego el otro debajo de la mesa baja, junto a una copa con una marca de labial que no recordaba haber dejado.

En la muñeca derecha todavía llevaba su pulsera de mariposa.

El dije pequeño, de plata gastada, descansaba contra su piel como si nada hubiera pasado. Valentina lo tocó con el pulgar. Su madre se la había dado cuando se mudó a la ciudad.

"Para que no se te olvide que las mariposas parecen frágiles, pero cruzan continentes", le había dicho.

Valentina sintió que se le apretaban los ojos. No. No iba a llorar ahí, al lado de un hombre que ni siquiera podía nombrar.

Metió el arete en la bolsa, revisó rápido que tuviera celular, cartera, llaves. No se atrevió a buscar más. Si algo se quedaba, que se quedara. Salió de puntillas, con el tacón en una mano para no hacer ruido.

La puerta hizo un clic mínimo.

Del otro lado, el pasillo olía a café recién hecho y flores caras. Valentina se apoyó un segundo contra la pared, cerró los ojos y soltó el aire que llevaba atrapado desde que despertó. Entonces escuchó pasos y se enderezó de golpe.

Una camarista empujaba un carrito al final del corredor. La mujer la miró apenas, con esa discreción entrenada de los hoteles donde nadie pregunta porque todos pagan para no ser preguntados.

—Buenos días, señorita.

—Buenos días —respondió Valentina, y su voz salió ronca, ajena.

La camarista bajó la mirada hacia los tacones que Valentina todavía cargaba en la mano. No dijo nada. Eso fue peor que si hubiera dicho algo.

Valentina se calzó a medias mientras caminaba hacia los elevadores. El espejo dorado junto a las puertas le devolvió una imagen que le dio vergüenza: el cabello suelto y enredado, el maquillaje corrido bajo un ojo, el vestido arrugado, la piel del cuello marcada por un leve enrojecimiento que la hizo apartar la vista de inmediato.

—No —susurró—. No pienses.

El elevador llegó con un sonido suave. Adentro, un hombre con traje y una pareja extranjera hablaban en voz baja. Valentina se pegó a una esquina y bajó la mirada al piso de mármol. Nadie la tocó. Nadie le preguntó nada. Aun así, sentía que todos podían leerle la noche encima.

En el lobby, el lujo la golpeó con más fuerza que el alcohol.

Arreglos de flores blancas sobre mesas enormes. Maletas de diseñador. Una fuente baja con agua perfecta. Un señor leyendo el periódico como si el mundo jamás pudiera caérsele encima. En la entrada, un botones abrió la puerta a una mujer envuelta en un abrigo color marfil.

Valentina cruzó rápido, abrazando su bolsa contra el pecho.

—¿Le llamo un taxi, señorita? —preguntó un empleado.

Ella negó de inmediato.

—No, gracias. Voy cerca.

Mentira. No iba cerca. Pero un taxi desde esa zona hasta Narvarte a esa hora le dolía en el presupuesto, y además no soportaba la idea de sentarse sola en un auto y tener tiempo para recordar.

Afuera, el aire de la mañana le pegó en la cara. Frío, sucio, real. El sonido de los coches, el olor a pan dulce de algún puesto cercano, el rumor de una ciudad que no se detenía por la vergüenza de nadie.

Valentina caminó sin mirar atrás.

Cada paso le recordaba partes de la noche en pedazos sueltos. Música. Risas. La mano de Isabella jalándola hacia una mesa. Una copa que no debió aceptar. Una voz masculina diciéndole algo cerca del oído. Agua. Una sonrisa. Un pasillo. Luego nada.

Nada útil.

Llegó a la estación del Metro con los pies ardiendo. Compró una tarjeta de recarga con manos torpes y bajó las escaleras junto con gente que llevaba mochilas, termos, bolsas de mandado, sueño en la cara. El ruido del tren entrando le atravesó la cabeza.

En el andén, una señora la miró de arriba abajo y luego le ofreció un pañuelo de papel.

—Mija, traes el rímel corrido.

Valentina lo tomó porque no encontró fuerza para fingir.

—Gracias.

—Día pesado, ¿verdad?

Valentina soltó una risa corta, seca, casi sin sonido.

—Apenas va empezando.

La señora asintió como si entendiera demasiado y se subió al vagón cuando se abrieron las puertas. Valentina entró detrás de ella y la ciudad la tragó.

El vagón iba lleno. Un codo le presionó las costillas. Alguien llevaba una mochila contra su espalda. Un vendedor ambulante intentó pasar con audífonos colgando del brazo. El olor a perfume barato, sudor, café y metal caliente se mezcló hasta borrar el aroma del hotel de su piel.

Valentina sujetó el tubo con una mano. La pulsera de mariposa brilló un instante bajo la luz blanca del vagón.

En el reflejo oscuro de la ventana se vio a sí misma.

Despeinada. Pálida. Con el vestido de fiesta fuera de lugar entre chamarras, uniformes y tenis gastados. Parecía un desastre caminando de regreso a su vida normal.

Se mordió el labio hasta que le supo a sangre.

"Fue una noche", se dijo. "Una estupidez. Una de esas cosas que le pasan a otras personas y que tú vas a olvidar".

Pero no sonaba convincente.

La imagen de la espalda de aquel hombre volvió sin permiso. La línea de sus hombros. La sábana sobre su cintura. La forma en que había murmurado dormido, como si su cuerpo ya la conociera aunque su memoria no.

Valentina cerró los ojos.

—Permiso —dijo alguien, empujando para salir.

Ella se movió tarde y recibió un golpe leve en el brazo.

—Perdón.

Nadie respondió. Mejor. No quería que nadie fuera amable. La amabilidad la habría quebrado.

Cuando por fin llegó a Narvarte, caminó las últimas cuadras con los tacones en la mano. Las banquetas rotas, los árboles levantando el cemento, los puestos de tamales recogiendo lo último de la mañana. Todo era suyo de nuevo. Feo a ratos, ruidoso, cansado, pero suyo.

Subió las escaleras de su edificio porque el elevador llevaba meses descompuesto. En el tercer piso, se detuvo frente a su puerta y buscó las llaves. Le costó meter la correcta en la cerradura.

El departamento estaba igual que lo había dejado.

Una taza en el fregadero. Una blusa tendida en el respaldo de una silla. La laptop cerrada sobre la mesa. La planta de albahaca en la ventana, medio triste porque se le había olvidado regarla. Su mundo pequeño, apretado, con cuentas por pagar pegadas en el refrigerador.

Valentina cerró la puerta y apoyó la frente contra la madera.

Ahí sí le temblaron las piernas.

No lloró. Se obligó a respirar hasta que el pecho dejó de dolerle. Luego fue al baño, abrió la regadera y se metió bajo el agua con el vestido todavía puesto. El agua fría le arrancó un jadeo. Después vino la caliente, y con ella el maquillaje bajando por sus mejillas en líneas negras.

Se frotó el cuello hasta que la piel le ardió.

No recordaba su nombre. No recordaba su cara. No iba a buscarlo.

Cuando salió envuelta en una toalla, el celular vibraba sobre la mesa.

Valentina se quedó quieta.

Número desconocido.

El aparato vibró hasta apagarse.

Ella no se movió.

Volvió a sonar.

El mismo número.

Valentina sintió que la sangre se le iba de los dedos. Miró la pantalla como si pudiera quemarla. No contestó.

El silencio duró apenas diez segundos.

El teléfono volvió a vibrar.

Otra vez.

Y otra vez.

1
Zaira
Bella me encanto.
Aida Rodriguez
q feo fin
MANATE
💯🤗
AYA
😒😒😒 que boba🙄
Elena Yobany Santacruz Alejandria
dios q hombre terco..pero mas ella no afloja solo se complica.
Rosa Rodelo
Foto
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
Elena Yobany Santacruz Alejandria
q paciencia tiene nuestro protagonista 🥰🥰
milagros perales
Me encantó
Yanira Aguilar
hermosa novela
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play