Alina, una joven de diecinueve años que vive en Valdemorral, un pueblo ancestral envuelto en niebla perpetua y olvidado por el mundo. Criada por su abuela Elvira tras la misteriosa desaparición de sus padres, Alina pertenece a una familia marcada por un secreto ancestral: son las guardianas del equilibrio entre el mundo de los vivos y lo que habita en la oscuridad. Desde pequeña, Alina ha sentido que es diferente, y una noche ve desde su ventana una figura oscura que la observa. En lugar de miedo, siente una llamada profunda y un extraño reconocimiento.
Entonces, Elvira le revela la verdad que durante años le fue oculta: su linaje desciende de quienes sellaron un pacto ancestral para proteger al pueblo, un vínculo que une su sangre eternamente con las sombras. La madre de Alina también sintió esa misma llamada y eligió cruzar al otro lado, abandonando el mundo de los vivos. Ahora Alina debe enfrentar su propio destino: decidir si se queda como guardiana cumpliendo su deber.
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Capitulo 1: El eco de las sombras
Pueblo Valdemorral
El pueblo de Valdemorral siempre había vivido bajo un manto de sombras que ni siquiera el mediodía lograba disipar por completo. Situado en el corazón de una cordillera olvidada por los mapas y por la suerte, era un lugar donde la niebla bajaba de las cumbres como un ser vivo, envolviendo cada calle, cada casa, cada rincón, y dejando en el aire un olor constante a humedad, a madera vieja y a tierra mojada. Para los forasteros que por casualidad o error llegaban hasta allí, Valdemorral parecía un sueño extraño, o tal vez una pesadilla de la que uno esperaba despertar en cualquier momento. Para quienes habíamos nacido y crecido entre sus muros, era simplemente el mundo tal como era: un lugar tranquilo, pero cargado de secretos que se transmitían en susurros, de generación en generación, sin que nadie se atreviera a cuestionarlos demasiado.
Yo era Alina, y tenía diecinueve años. Vivía con mi abuela, la señora Elvira, en una casa de dos pisos situada al final de la calle principal, justo donde el camino se estrechaba para adentrarse en el bosque antiguo que rodeaba el pueblo por completo. Mis padres habían muerto cuando yo era muy pequeña, en un accidente que nadie quería explicarme con detalle; decían simplemente que habían salido una noche y nunca habían regresado, que la montaña se los había llevado. En Valdemorral, esa frase lo explicaba todo y nada a la vez. "La montaña se lo llevó" se decía cuando alguien desaparecía sin dejar rastro, cuando alguien enfermaba de una dolencia que ningún remedio curaba, o cuando algo extraño sucedía y no había forma de encontrarle una lógica. Con el paso de los años, había aprendido a no hacer demasiadas preguntas. La gente del pueblo desconfiaba de quienes indagaban más de lo debido; decían que la curiosidad atraía la atención de lo que habitaba en las sombras, y nadie quería llamar la atención de esas cosas.
Alina.
Esa tarde, como casi todas las tardes, estaba sentada junto al fuego en la sala principal de la casa, observando cómo las llamas danzaban y proyectaban figuras cambiantes sobre las paredes. Mi abuela estaba en la cocina, preparando una infusión de esas que ella solía hacer, mezclando hierbas que recogía en los límites del bosque, hierbas que nadie más se atrevía a tocar. Desde que tenía memoria, ella me había enseñado cosas que ningún otro adulto enseñaba a los jóvenes del pueblo: a reconocer el sonido del viento cuando traía malas noticias, a interpretar las formas de las nubes, a escuchar lo que el silencio intentaba decir. Nunca me dijo abiertamente que tenía algún don o alguna maldición, pero yo sabía que éramos diferentes. En Valdemorral, mi familia siempre había sido vista con respeto, sí, pero también con un miedo sutil que se notaba en la forma en que la gente bajaba la voz cuando pasábamos, o en cómo desviaban la mirada si nos cruzábamos en la calle.
—Alina —la voz de mi abuela me sacó de mis pensamientos. Entró en la sala con una taza humeante en la mano, su figura encorvada por los años, pero sus ojos aún brillantes, claros y penetrantes como si pudieran ver más allá de lo que estaba frente a ellos—. Deja de mirar el fuego como si fueras a encontrar respuestas en él. Las respuestas no están en las llamas, sino en lo que las llamas no pueden iluminar.
Me tendió la taza y yo la tomé, sintiendo el calor que se extendía por mis dedos y luego por todo mi cuerpo. El olor era amargo, mezcla de tomillo, raíz de valeriana y algo más que no lograba identificar, algo que olía a bosque profundo y a noche cerrada.
—Solo pensaba —respondí, acercándome más al fuego—. Pensaba en por qué aquí todo es siempre tan… gris. Por qué nunca cambia nada. Por qué todos viven con miedo de todo.
Mi abuela se sentó en el sillón frente a mí, cruzó las manos sobre su regazo y me miró con esa expresión mezcla de ternura y seriedad que siempre usaba cuando iba a decirme algo importante.
—El miedo no es algo malo, Alina —dijo despacio—. El miedo es la forma que tiene el cuerpo de decirte que hay algo que debes respetar. Aquí, en Valdemorral, hemos aprendido a respetar lo que habita entre las sombras. No son cosas malas, ni buenas simplemente… son. Y existen porque este lugar es un puente. Un lugar donde lo que está y lo que no está se tocan, se cruzan, a veces se confunden.
Se levantó y caminó hacia una de las estanterías altas, sacó un libro grueso, de tapas de cuero negro tan desgastado que apenas se distinguía el título, y lo dejó sobre la mesa entre nosotros. Al abrirlo, el olor a papel antiguo y a polvo llenó el aire. Las páginas estaban llenas de escritura minuciosa, hecha con tinta que aún se veía oscura y fuerte, y de dibujos que me habían fascinado y aterrorizado desde niña: figuras de seres altos y delgados, con rostros sin rasgos definidos, sombras que se alargaban y tomaban forma, símbolos que parecían moverse si los mirabas demasiado tiempo.
—Tú eres parte de esto, Alina —dijo mi abuela, pasando una página con cuidado, como si tocara algo muy frágil—. Tu madre también lo era, y su madre antes que ella. Nuestra familia ha sido la guardiana de este conocimiento durante siglos. Nosotros somos quienes mantenemos el equilibrio. Quienes nos aseguramos de que lo que habita en la oscuridad se quede en su lugar, y nosotros en el nuestro.
Yo bajé la mirada hacia las páginas, sintiendo ese escalofrío que siempre me recorría la espalda cuando hablaba de esto. Desde pequeña, había tenido sueños extraños: sueños en los que caminaba por senderos que no conocía, donde las sombras me hablaban con voces que no entendía, donde sentía una presencia a mi lado, una presencia que no era mala, pero que era inmensamente antigua y poderosa. A veces, al despertar, tenía la sensación de que algo me había estado esperando, de que yo tenía una cita pendiente con algo que no pertenecía al mundo de los vivos tal como lo entendíamos.
—¿Y qué pasa si el equilibrio se rompe? —pregunté en un susurro, sabiendo que la respuesta era algo que todos temían.
La abuela Elvira guardó silencio unos segundos, mirando por la ventana, hacia la niebla que ya empezaba a ser más espesa, anunciando la llegada de la noche.
—Entonces las sombras dejan de ser solo sombras
—respondió con voz grave—. Y lo que ha estado esperando durante tanto tiempo sale a reclamar lo que cree que es suyo.
Esa noche, la niebla bajó tan espesa que apenas se veían las paredes de la casa desde la puerta. El viento empezó a soplar con fuerza, silbando entre las ramas de los árboles antiguos, produciendo sonidos que parecían lamentos o palabras susurradas. En Valdemorral, cuando llegaba la noche, todos cerraban puertas y ventanas con llaves y cerrojos, encendían velas en cada habitación y se quedaban en silencio, como si cualquier ruido pudiera atraer algo indeseado. Yo siempre pensaba que, si algo realmente quería entrar, ni las cerraduras más fuertes ni las luces más brillantes podrían detenerlo.
Me fui a mi habitación en el segundo piso, una estancia pequeña con una sola ventana que daba hacia el bosque. Me senté en el borde de la cama y miré hacia fuera. La oscuridad era casi total, solo interrumpida por la luz de la luna, que de vez en cuando lograba atravesar la niebla con un rayo pálido y plateado. Y entonces lo vi.
Al principio pensé que era solo una sombra más, una forma creada por el movimiento de las ramas o por la niebla que cambiaba de forma constantemente. Pero se quedó quieto. Una figura alta, erguida, situada justo al límite de lo que la luz de la luna permitía ver. No tenía ropa que pudiera distinguirse, ni rostro, ni cabello; era simplemente una silueta negra, más oscura que la propia noche, y, sin embargo, yo sentía que me estaba mirando. Sentía una atención intensa, fija en mí, que me envolvía por completo, que llegaba hasta lo más profundo de mi pecho, hasta mi misma alma.
No sentí miedo. Eso fue lo que más me asustó. En lugar de miedo, sentí una sensación de reconocimiento, de pertenencia, una llamada profunda que venía de dentro de mí, desde un lugar que yo misma no conocía. Mi corazón latía con fuerza, pero no por temor, sino por una emoción extraña, intensa, que me hacía querer abrir la ventana, salir fuera, caminar hacia esa figura y dejarme llevar. Era como si esa sombra fuera la mitad que me faltaba, la parte de mí que siempre había estado ausente, la razón por la que siempre me había sentido diferente, ajena a todo lo que me rodeaba.
—Alina —la voz de mi abuela sonó detrás de mí, baja y urgente. Entró en la habitación y se acercó a la ventana, cerrando las cortinas de golpe, cortando la visión—. No mires. Nunca mires cuando te llaman.
Me giré hacia ella, con las manos temblando ligeramente.
—¿Qué era eso? —pregunté, sabiendo la respuesta, pero necesitando escucharla.
Ella me tomó de las manos, me hizo sentar de nuevo en la cama y se arrodilló frente a mí, de modo que nuestras miradas quedaron a la misma altura. Sus ojos estaban llenos de una mezcla de tristeza y determinación.
—Eso es lo que ha estado esperando tu llegada, Alina —dijo despacio, con voz que apenas era un susurro—. Desde hace generaciones, lo que habita en la oscuridad ha esperado a alguien como tú. Alguien que lleve nuestra sangre, que tenga el don de ver, de escuchar, de cruzar los límites que los demás no pueden ni imaginar. Tu madre también lo vio, cuando tenía tu edad. Y ella… ella casi se fue con ellos. Por eso se fue. Por eso nunca regresó.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Siempre me habían dicho que mis padres habían tenido un accidente, que la montaña se los había llevado. Pero la verdad era mucho más profunda, mucho más aterradora y hermosa a la vez.
—¿Ella se fue con ellos voluntariamente? —pregunté, con la voz rota.
Mi abuela asintió lentamente, una lágrima resbalando por su mejilla arrugada.
—Ella sentía lo mismo que tú sientes ahora. Esa llamada, esa sensación de que allí es donde está tu lugar. Porque, en parte, es verdad. Nuestra familia desciende de quienes hicieron un pacto hace siglos. Un pacto para proteger a este pueblo, para mantener alejado el caos. A cambio, nuestra sangre tiene un vínculo eterno con la oscuridad. Nuestras almas… nuestras almas les pertenecen, en cierto modo. Nacemos con esa conexión, vivimos con ella, y cuando llega el momento, debemos decidir: quedarnos aquí, entre los vivos, cumpliendo nuestra labor de guardianes, o irnos, cruzar al otro lado y formar parte de lo que habita allí.
Me quedé en silencio, asimilando todo aquello que durante años me había sido ocultado, todo lo que formaba parte de mí sin que yo lo supiera. Comprendí entonces por qué siempre me había sentido tan diferente, por qué nunca había encajado con los demás jóvenes del pueblo, por qué me sentía más cómoda en la oscuridad que bajo la luz del día. Mi alma, esa parte intangible de mí misma que yo siempre había tratado de definir, tenía ya un dueño, o al menos un destino. Le pertenecía a la oscuridad.
—¿Y qué debo hacer yo ahora? —pregunté, mirando a mi abuela, buscando en ella alguna guía, alguna respuesta que me librara de esa carga, o que me ayudara a llevarla.
Ella me acarició el cabello con ternura, con la mano temblorosa por la edad, pero con un tacto cálido y reconfortante.
—Tienes que aprender a controlar lo que sientes, Alina —dijo con firmeza—. Tienes que aprender a distinguir entre lo que te llama para hacerte daño y lo que te llama porque es parte de ti. Tienes que aprender a ser la guardiana, como lo he sido yo, como lo fue tu madre antes de irse. Pero ten cuidado… la llamada es fuerte. Es una atracción que va más allá de la razón, más allá del amor o del miedo. Es el vínculo de tu propia esencia con lo que siempre ha estado ahí, esperando.
Esa noche no pude dormir. Me quedé acostada, mirando las sombras que se alargaban en mi habitación, escuchando el viento que seguía hablando en su lenguaje antiguo, sintiendo la presencia que aún estaba ahí fuera, cerca, esperando. Sabía que...
Siempre vemos la oscuridad como algo malo, pero realmente es como ver la vida de otra manera