Diego Román siempre fue un hombre demasiado consciente de su belleza. Coqueto, encantador y famoso entre las mujeres, disfrutaba de la atención como si hubiera nacido para recibirla. Nunca tuvo novia fija porque prefería divertirse, hablar bonito y robar sonrisas donde fuera.
Pero toda su vida termina absurdamente cuando el teleférico en el que viajaba se desploma hacia el vacío.
Y la muerte… no fue el final.
Cuando despierta otra vez, ya no está en su mundo ni en su cuerpo.
Ahora es Liana Duar, la hija de una familia noble humana destinada a convertirse en la esposa del temido Rey de los Insectos, una criatura mitológica que gobierna un reino oculto lleno de seres venenosos, mariposas gigantes y monstruos alados.
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Capítulo 1 — Desperté siendo una mujer
Diego Román jamás pensó que moriría de una forma tan ridícula. Durante toda su vida imaginó finales mucho más interesantes para alguien como él; tal vez un accidente de auto mientras iba con una mujer hermosa a su lado, o incluso un asesinato por culpa de algún esposo celoso. Eso encajaba más con su personalidad. Pero caer de un teleférico porque una pieza se rompió en el peor momento posible… eso sí era humillante.
Lo último que recordó antes de morir fue el sonido metálico de la cabina temblando, el vacío abriéndose debajo de él y su propio grito.
Después vino la oscuridad. Y luego…
Dolor.
Un dolor extraño en la cabeza y el cuerpo, como si hubiera dormido durante días enteros en una posición horrible.
Diego frunció el ceño todavía con los ojos cerrados. Sentía algo suave debajo de su mano, también un perfume dulce demasiado fuerte para su gusto. Arrugó la nariz.
—¿Qué demonios…?
Su voz salió rara. Más suave. Más fina.
Diego abrió los ojos de golpe.
El techo era enorme, decorado con molduras doradas y cortinas blancas alrededor de una cama exageradamente grande. Parpadeó varias veces confundido antes de incorporarse bruscamente.
Y entonces sintió algo pesado moverse sobre su pecho.
Se quedó inmóvil. Bajó lentamente la mirada.
Hubo un silencio mortal.
Luego soltó un grito tan fuerte que casi se cae de la cama.
—¡¿QUÉ ES ESTO?!
Sus manos tocaron el pecho otra vez, esta vez con desesperación absoluta. Apretó, comprobó, volvió a tocar y luego se miró debajo de las sábanas con terror; pechos redondos y grandes.
—¡NO, NO, NO, NO, NO!
Casi se desmaya al ver unas piernas largas y delicadas en lugar de las suyas.
Saltó fuera de la cama tropezándose con el camisón blanco que llevaba puesto y terminó estampándose contra una mesita.
—¡Ay, mierda!
Volvió a escuchar esa voz femenina y sintió escalofríos.
—¡¿Por qué hablo así?!
Corrió tambaleándose hacia el espejo más cercano. El reflejo le devolvió la imagen de una mujer joven de cabello largo color rojo opaco, piel clara y unos ojos verdes enormes que ahora mismo estaban abiertos del susto. Se levantó la ropa y efectivamente, tenía un gran problema.
—¿Donde... Dónde está mi amigo?
Diego se quedó mirando fijamente. Asustado de no ver su armamento.
—…Estoy soñando.
Se dio una cachetada. Dolió.
—Bueno, eso fue demasiado real.
Se agarró la cabeza respirando rápido mientras intentaba pensar con lógica, aunque claramente la lógica acababa de abandonarlo.
—Ok… ok, Diego, tranquilo. Tal vez te golpeaste muy fuerte en el teleférico y estás en coma. Sí, eso tiene sentido. Esto es una alucinación rara. Horrible, pero rara.
Volvió a mirar el espejo.
La mujer seguía ahí.
Muy bonita, además.
Diego se acercó despacio observando el rostro femenino con sospecha. Levantó una mano y tocó la mejilla del reflejo.
—…Estoy demasiado buena.
Abrió mucho los ojos después de decir eso.
—¡No, no! ¡No pienses así! ¡Eres hombre! ¡Eres Diego Román! ¡Te gustan las mujeres!
La puerta del dormitorio se abrió de golpe.
Tres sirvientas entraron alarmadas.
—¡Lady Liana!
Diego giró tan rápido que casi se rompe el cuello.
Las mujeres corrieron hacia él preocupadas.
—¿Se encuentra bien?
—Escuchamos un grito.
—¿Le ocurrió algo?
Diego retrocedió como si ellas fueran las peligrosas.
—¿Quién demonios es Lady Liana?
Las tres se quedaron calladas.
Una de las sirvientas parpadeó confundida.
—Usted… Lady Liana Duar.
Diego señaló su propio pecho.
—¿Yo?
—Sí…
Él soltó una risa nerviosa.
—No, no, no. Creo que se equivocaron de persona. Yo soy Diego Román, un hombre muy atractivo, por cierto.
Las sirvientas empezaron a verse entre ellas preocupadas.
—Creo que se golpeó la cabeza…
—Llamaré al médico.
—¡Rápido!
Una salió corriendo. Diego seguía intentando procesar la situación.
Liana Duar.
Ese nombre…
Algo se movió en su memoria.
Frunció lentamente el ceño.
—Espera…
Liana Duar.
Liana. La prometida humana. El rey de los insectos.
Diego quedó inmóvil.
Recordó una noche específica en su vida pasada. Estaba acostado en el sofá de un departamento ajeno mientras una chica con la que salía hablaba emocionada sobre una novela romántica.
Él realmente no había querido escucharla, pero fingió interés porque ella era bonita.
“Liana Duar huye antes de casarse con el Rey Mariposa y provoca la destrucción del reino humano.”
Las palabras regresaron completas a su cabeza.
Diego palideció.
—No…
La sirvienta que seguía ahí lo miró nerviosa.
—¿Lady Liana?
Él levantó la cabeza lentamente.
—¿Qué año es?
La mujer dudó unos segundos.
—Año 314 del Imperio lunar…
Diego sintió frío.
Mucho frío.
Porque eso coincidía perfectamente con la historia.
Retrocedió hasta sentarse en la cama.
—No puede ser… no puede ser…
Recordaba partes del libro gracias a aquella chica que hablaba demasiado. La novela se llamaba La Prometida del Rey Mariposa y era famosa porque tenía un final horrible.
Liana debía casarse con una criatura del reino de los insectos para mantener la paz entre especies. Pero ella escapaba aterrada porque creía que el rey era un monstruo espantoso.
Y después…
Insectos venenosos destruían ciudades enteras.
Miles de humanos morían.
Y la propia Liana terminaba siendo encontrada meses después, llena de veneno y llorando arrepentida.
Diego tragó saliva.
—Me morí para entrar en una novela… qué mala suerte tengo.
La sirvienta parecía al borde del llanto.
—Lady Liana, realmente creo que debería descansar…
Diego levantó una mano.
—Necesito hacer una pregunta muy importante.
—Sí…
—¿El rey insecto ya vino?
La sirvienta abrió los ojos sorprendida.
—¿Su prometido? No, aún falta tiempo.
Diego sintió alivio inmediato.
—Gracias a Dios.
Pero entonces ella añadió:
—Falta exactamente un año para que Su Majestad venga por usted.
El alivio desapareció.
—¿UN AÑO?
La sirvienta dio un pequeño salto por el grito.
Diego empezó a caminar de un lado a otro desesperado.
—Ok, ok, cálmate. Hay tiempo. Un año es suficiente. Puedes arreglar esto. Solo tienes que casarte con el hombre insecto y ya.
Se detuvo de golpe.
—Aunque… espera.
Miró lentamente a la sirvienta.
—¿Cómo se ve él?
La mujer pareció confundida.
—Nadie conoce realmente el rostro de Su Majestad.
—¿Cómo que nadie?
—El reino de los insectos rara vez permite visitas humanas.
Diego sintió un escalofrío horrible.
La imaginación empezó a trabajar demasiado rápido.
Antenas.
Ojos raros.
Mandíbulas.
Patas.
Luego pensó en las cucarachas a la que tanto temía.
—Ay no…
Se dejó caer sentado otra vez.
La sirvienta se acercó con cautela.
—Lady Liana, ¿está segura de encontrarse bien?
Diego levantó la mirada lentamente.
—Dime algo con sinceridad… ¿los insectos tienen cara humana o…?
—¿Eh?
—Necesito detalles. Esto es importante para mi estabilidad mental.
La mujer parecía no entender nada.
—Se dice que son hermosos…
Diego resopló.
—La gente también dice que los perros pequeños son lindos y parecen ratas con ansiedad.
La sirvienta abrió la boca horrorizada.
—¡Lady Liana!
Él se cubrió la cara suspirando.
—Perdón… estoy pasando por muchas cosas.
La otra sirvienta regresó junto a un médico anciano que observó a Diego durante varios segundos.
—Lady Liana, ¿puede decirme cuántos dedos estoy mostrando?
—¿Puede decirme por qué tengo pechos?
El anciano quedó en silencio.
Las sirvientas empezaron a rezar bajito.
Después de casi una hora de preguntas absurdas y explicaciones inútiles, Diego llegó a una conclusión dolorosa:
Definitivamente estaba atrapado ahí.
Y peor aún…
Debía vivir como mujer.
Esa noche fue una tortura.
Las sirvientas insistieron en ayudarlo a bañarse y Diego casi se ahoga de la vergüenza.
—¡Puedo hacerlo solo!
—Pero siempre la ayudamos, lady Liana.
—Bueno, pues desde hoy soy independiente.
Intentó caminar dignamente hacia la bañera y terminó resbalándose.
Las sirvientas gritaron asustadas.
—¡Lady Liana!
—¡Traigan toallas!
Diego salió del agua con el cabello pegado a la cara y una dignidad completamente destruida.
—Extraño ser hombre…
Más tarde, sentado frente al espejo mientras una sirvienta cepillaba su cabello, Diego observó en silencio el reflejo de Liana.
Era realmente hermosa.
Entendía perfectamente por qué en la novela tantos personajes hablaban de ella.
Suspiró cansado.
—Escúchame bien, Diego. Sobreviviste a muchas exnovias locas, puedes sobrevivir a un rey insectos.
La sirvienta inclinó la cabeza.
—¿Le habló a alguien?
—A mis errores del pasado.
La mujer decidió no preguntar.
Diego volvió a mirar el espejo.
Un año.
Solo tenía un año antes de conocer al hombre que decidiría el destino de todo el reino humano.
Y sinceramente esperaba que el famoso Rey de los Insectos tuviera al menos una cara soportable, porque casarse con una cucaracha gigante sería demasiado castigo incluso para alguien como él.
Mejor quedate calladita