Me llamo Ren, soy un chico de 17 años, y tras un accidente inexplicable desperté en un mundo completamente ajeno al mío. Un lugar regido por reglas que apenas logro comprender, donde lo más importante no es la fuerza ni la inteligencia… sino la reproducción.
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CAPÍTULO 1
La noche del festival de Diciembre vibraba con vida.
Luces cálidas colgaban sobre las calles como constelaciones artificiales, el murmullo de la gente se mezclaba con risas, música lejana y el crujir de los puestos de madera. El aire olía a dulces, especias… y a algo más, algo difícil de nombrar.
Yo estaba ahí, en medio de todo, acompañado por mis seis únicos amigos.
Y aun así…
No me sentía completamente presente.
Fue entonces cuando lo sentí.
Una mano.
Suave. Fría.
Posándose con ligereza en mi espalda.
Un escalofrío me recorrió la columna.
Me giré de inmediato.
Frente a mí había una anciana.
Su figura estaba cubierta por una capa negra que caía hasta el suelo, ocultándolo todo excepto su rostro surcado por arrugas profundas… y algunos mechones de cabello blanco que escapaban como hilos de niebla. Sus ojos, sin embargo, tenían algo inquietante: una calma demasiado… consciente.
Y su sonrisa.
Amable.
Pero extraña.
—Jovencito… —dijo con una voz suave, casi susurrante— ¿me compraría este hermoso collar de jade?
Bajé la mirada hacia sus manos.
Y lo vi.
La cadena era de plata, fina y elegante, sosteniendo un jade tallado con la forma de una lágrima perfecta. Era hermoso, sí… pero no era eso lo que me atrapó.
Era el centro.
Un pequeño fragmento de rubí, incrustado en el corazón del jade, brillando con un rojo escarlata tan profundo que parecía… vivo.
Algo en ese collar no encajaba.
Algo…
Me llamaba.
Fruncí el ceño y me acerqué un poco más, analizando cada detalle, intentando encontrarle lógica a esa sensación incómoda que se instalaba en mi pecho.
—Señora… —dije, alzando una ceja— ¿de dónde sacó este collar? ¿Y por qué vendérmelo a mí entre tanta gente?
Hice una breve pausa, observando su atuendo.
—Y… sin ofender, ¿por qué está vestida como una bruja de cuentos?
La sonrisa de la anciana titubeó apenas.
Sus ojos se humedecieron.
—Es una herencia familiar… —respondió, con voz temblorosa— y por asuntos que escapan de mis manos, debo venderlo. No es robado, puedes estar tranquilo…
Se llevó una mano al rostro, limpiando unas lágrimas pequeñas y silenciosas.
—Te lo ofrezco a ti porque pareces un buen muchacho… alguien que sabrá cuidarlo.
Luego bajó la mirada, avergonzada.
—Y en cuanto a mi ropa… bueno, ya no tengo mucho que mostrar.
Sus palabras… me golpearon más de lo que esperaba.
Sabía que algo no cuadraba.
Sabía que probablemente era una falsificación.
Y aun así…
Suspiré.
Qué estúpido.
—Bien… —dije finalmente— lo compraré.
Su sonrisa regresó.
Pero esta vez… había algo más en ella.
Algo que no supe interpretar.
Me extendió el collar lentamente.
—So… bre… vi… ve… —murmuró, alargando cada sílaba de forma inquietante— E…
No entendí.
Ni tuve tiempo de hacerlo.
Apenas el collar tocó mis manos…
El mundo cambió.
El ruido del festival se distorsionó, volviéndose lejano, irreconocible. Las luces se atenuaron hasta convertirse en manchas borrosas, y el suelo bajo mis pies pareció desvanecerse.
Mi vista se nubló.
El aire…
Desapareció.
Intenté inhalar.
Nada.
Un peso brutal aplastó mi pecho mientras una sensación helada recorría mi cuerpo. No podía moverme. No podía gritar.
Pero no estaba solo.
Lo sabía.
Lo sentía.
Miradas.
Decenas… no.
Cientos.
Clavándose en mí desde todas direcciones.
Oscuras. Invisibles.
Observándome.
Reclamándome.
—Ngh…—
El dolor creció.
Mis pulmones ardían, mi corazón golpeaba con desesperación contra mis costillas.
No…
No puedo respirar…
¡No puedo…!
La agonía me envolvió por completo, lenta, asfixiante, implacable.
—Alguien… —intenté decir, aunque mi voz apenas existía— ayúdenme…
Mi conciencia comenzó a desmoronarse.
Y entonces—
—¡REN! ¡REN!
Una voz atravesó la oscuridad.
Lejana.
Desesperada.
Familiar.
—¿…Yaki…? —murmuré, apenas consciente.
Y todo se apagó.
…
…
Abrí los ojos de golpe.
El mundo volvió.
Las luces. El ruido. El festival.
Y frente a mí—
—¡REN! —Yaki se acercaba corriendo entre la multitud, agitando las manos— ¡REN!
Parpadeé varias veces, confundido.
Mi respiración volvió, aunque aún irregular.
Ella llegó hasta mí, inflando las mejillas en un puchero.
—Oye, ¿qué estabas haciendo? ¿Por qué te quedaste atrás?
No respondí de inmediato.
Mi mente seguía atrapada en ese momento.
El collar.
La anciana.
Su voz…
Miré a mi alrededor.
No había rastro de ella.
—¿Dónde…? —murmuré, más para mí que para Yaki— ¿y eso que sentí…?
—¡Ren! —me zarandeó por los hombros, molesta— ¡Te estoy hablando!
—Ah— lo siento… —respondí, volviendo en mí—. Es que… una anciana me detuvo y me vendió esto…
Saqué el collar.
El jade brilló bajo las luces del festival.
—Wow… —los ojos de Yaki se iluminaron— está precioso.
Hizo una pausa.
Luego me miró con una expresión sospechosa.
—No me digas… ¿se lo vas a regalar a Estefanía?
Sentí cómo mi cara ardía al instante.
—¡NO!
Demasiado rápido.
Demasiado obvio.
Yaki entrecerró los ojos.
Luego, con un leve rubor y un puchero, estiró la mano hacia el collar.
—Entonces… es para mí, ¿no?
Esquivé su intento de inmediato.
No.
Algo estaba mal.
Lo sabía.
—Tal vez es falso —improvisé—. Te compraré algo mejor.
—No —insistió, cruzándose de brazos—. Quiero ese.
Suspiré.
No tenía escapatoria.
Así que le conté todo.
Cada detalle.
Cada sensación.
Cuando terminé…
Yaki se quedó en silencio un segundo.
Luego estalló en carcajadas.
—¡JAJAJA! Ren, estás completamente borracho —dijo entre lágrimas de risa—. Ya hasta inventas historias. Deberías escribir novelas.
Genial.
—Entonces… ¿me lo das o no?
La miré.
Dudé.
—Si insistes… no me culpes de lo que pase.
—¡YES!
Sonreí levemente.
—Ven.
Ella se acercó.
Tomé el collar.
Lo acerqué a su cuello.
El jade rozó su piel.
Y en ese instante—
—¡Ah! —gimió, empujándome con fuerza.
Retrocedí, alarmado.
—¿Qué pasó?
Yaki tosió, llevándose una mano al pecho.
—No… no sé… —su voz era débil— pero cuando tocó mi cuello… no podía respirar…
El mundo pareció detenerse.
Otra vez.
—No me lo pongas… —añadió—. Mejor quédatelo tú.
Fue entonces cuando lo vi.
Un moretón.
En su cuello.
Con la forma exacta del collar.
El frío me recorrió la espalda.
—Vamos por agua —dije, intentando mantener la calma.
Pero mientras me distraía…
Sin que Yaki lo notara, lancé el collar hacia un charco de lodo cercano.
El impacto fue leve.
Pero suficiente.
Una tenue luz roja escapó del jade.
Y una pequeña grieta… se abrió en su superficie.
De ella brotó una delgada neblina.
Como un suspiro.
Como algo…
Liberándose.
Horas después, el festival continuaba, pero algo en mí ya no estaba en calma.
Aun así, decidimos subir a un último juego.
El martillo.
Los siete pagamos y tomamos asiento.
La máquina comenzó lentamente.
Un vaivén suave.
Inofensivo.
Pero en cuestión de segundos…
Se volvió violento.
El mundo giraba.
Subía.
Caía.
Mi estómago se retorcía.
Mi cabeza daba vueltas.
No… no aguanto…
Y entonces—
Un relámpago.
Cayó a un costado del juego.
El estruendo fue ensordecedor.
Chispas.
Cables ardiendo.
Un segundo estallido.
Gritos.
Pánico.
Caos.
Y después…
Nada.
.
.
.
Abrí los ojos lentamente.
El silencio era absoluto.
El aire… húmedo.
Frío.
Parpadeé.
Y entonces lo entendí.
Ya no estaba en el festival.
Estaba recostado…
En un charco de lodo.
En medio de un bosque.