milena es una princesa que luchara por el trono
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Sombras en el amanecer
El sol apenas despuntaba sobre las montañas cuando Milena ajustó la correa de su espada.
El aire frío de la madrugada le erizaba la piel, pero no era el clima lo que la inquietaba.
Había algo más… una sensación que no lograba nombrar, como si el destino estuviera a punto de cambiar su rumbo para siempre.
Desde pequeña había sido entrenada como guerrera.
No conocía otra vida que no fuera la disciplina, la lucha y el honor.
Sin embargo, aquella mañana no era como las demás.
El reino de Arkhiel estaba en peligro, y los rumores de traición corrían como el viento entre los soldados.
—Milena —llamó una voz grave detrás de ella.
Al girarse, encontró a Darían, el capitán de la guardia real. Sus ojos oscuros siempre transmitían seguridad, pero hoy había algo distinto en su mirada.
—El consejo te necesita —dijo con seriedad.
Milena asintió sin hacer preguntas. Caminó junto a él en silencio, sintiendo cómo su corazón latía más rápido con cada paso.
Al entrar al salón principal, los líderes del reino ya estaban reunidos. El ambiente era tenso.
—Hemos sido traicionados —declaró el rey con voz firme.
Un murmullo recorrió la sala.
—Nuestros planes han sido filtrados al enemigo. Alguien aquí… no es leal.
Milena sintió un escalofrío recorrer su espalda. Miró a su alrededor: rostros conocidos, compañeros de batalla, personas en quienes confiaba…
¿O eso creía?
—Necesitamos a alguien que investigue desde dentro —continuó el rey—.
Alguien fuerte, inteligente… alguien en quien podamos confiar.
Todos los ojos se posaron en ella.
Milena respiró hondo.
—Acepto.
Al salir del salón, Darían la alcanzó.
—Ten cuidado —le dijo en voz baja—. Esto es más peligroso de lo que parece.
Ella lo miró fijamente.
—Siempre lo es.
Por un momento, el silencio se volvió incómodo. Había algo entre ellos que ninguno se atrevía a decir. Una conexión que iba más allá de la guerra… más allá del deber.
—Milena… si algo sale mal… —empezó él.
—No saldrá mal —interrumpió ella, aunque ni siquiera estaba segura de creerlo.
Esa noche, Milena decidió comenzar su investigación. Se movía con sigilo por los pasillos del castillo, observando, escuchando. Fue entonces cuando vio algo que la hizo detenerse en seco.
Una figura encapuchada entraba en una de las salas prohibidas.
Sin hacer ruido, la siguió.
La puerta estaba entreabierta.
Milena se asomó lo suficiente para ver lo que ocurría dentro… y su corazón casi se detuvo.
Darían estaba allí.
Pero no estaba solo.
Frente a él, un mensajero enemigo le entregaba un pergamino.
—Todo está en marcha —dijo Darían con voz fría—. El reino caerá pronto.
Milena sintió que el mundo se rompía bajo sus pies.
No podía ser.
El hombre en quien confiaba… el hombre que comenzaba a amar… era el traidor.
Un crujido bajo su pie delató su presencia.
Darían giró de inmediato.
Sus miradas se encontraron.
Y en ese instante, Milena supo que ya no había vuelta atrás.
El silencio entre Milena y Darian se volvió insoportable.
Durante unos segundos, ninguno se movió.