"Luna murió en las calles para que Rose pudiera reinar en las sombras."
Mi madre me llamó Luna Mongoberry al nacer, esperando quizás que fuera una luz suave en medio de la miseria. Pero la luz no te alimenta cuando tienes hambre, ni te protege cuando el mundo decide convertir tu vida en un infierno. Mi infancia no fue un cuento; fue una guerra de supervivencia que consumió cada rastro de nobleza y amabilidad que alguna vez tuve.
Decidí dejar atrás a la niña débil. Me convertí en Rose Mongoberry, conservando el apellido que es sagrado para mí porque le perteneció a ella, pero transformando mi alma en algo mucho más letal. Rose tiene espinas, Rose quema, y Rose no perdona.
En el mundo de la mafia, donde los hombres creen que las mujeres son solo trofeos, yo he venido a demostrar que soy el verdugo.
Bienvenidos a mi reino. Aquí, las rosas no huelen a perfume; huelen a pólvora y victoria.
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CAPÍTULO 11: JUSTICIA DE PLOMO
El "Rata" no era más que eso: una basura rastrera que no aceptaba que una niña le hubiera ganado el respeto del jefe. Jugó sucio. Me tendió una trampa usando el nombre del Viejo y, como una idiota, lo seguí hasta el granero. Allí me esperaban cinco de ellos. Me encadenaron con los eslabones pesados de un tractor; sabían que si me dejaban un brazo libre, los mataría allí mismo.
Lo que siguió fue un infierno que ya conocía, pero esta vez fue una humillación pública. El Rata me violó frente a sus secuaces, buscando romper lo que me quedaba de espíritu. Pero se equivocó. No grité. No supliqué. Mis ojos se quedaron fijos en cada uno de ellos, grabando sus rostros en mi memoria como si fueran dianas de tiro.
—No saben con quién se metieron —les dije con una calma que los puso nerviosos.
—¡Cállate si no quieres que te mate aquí mismo! —rugió el Rata golpeándome.
—Hazlo —lo reté—. Hazlo si tienes el valor.
No lo hizo. Me dejaron allí, rota y encadenada. Fue "El Tumba", uno de los chicos que participó por miedo, quien regresó a escondidas para soltarme.
—Perdóname, Rose... el Rata me amenazó —susurró asustado. No le respondí.
Al día siguiente, el Pistolero tocó a mi puerta. Sus ojos desprendían una furia contenida.
—Ya lo sé todo. El Tumba habló. Vamos, Rose... hoy te vengarás tú misma antes de la misión.
Bajamos a la bodega. Allí estaba el Rata, colgado de los pies, llorando y suplicando como el cobarde que siempre fue. Agarré un palo de madera y le descargué toda mi rabia en la cabeza hasta que su cara fue una máscara de sangre.
—¡Perdón, Rose! ¡Perdón! —chillaba.
—Ahora sí pides perdón, animal —le escupí.
El Pistolero me puso una pistola en la mano.
—Vamos a ver de qué eres capaz.
No me tembló el pulso. No dudé ni un segundo. Apunté directamente a su sien.
—Te dije que te mataría —susurré antes de apretar el gatillo. Bang. El cuerpo del Rata dejó de balancearse.
A su lado, los otros cuatro que me habían sujetado estaban aterrados. El Pistolero me miró, evaluándome.
—Es tu decisión, Rose. ¿Los matas o los perdonas? Solo tú sabes lo que quieres hacer.
No hubo piedad. Disparé a tres de ellos, uno tras otro, con la frialdad de quien apaga una vela. Me detuve frente al Tumba. Él temblaba, esperando su final.
—A ti te dejo vivir —le dije, pegando el cañón caliente a su frente—. Solo porque me soltaste y me pediste perdón. Pero si vuelves a dudar de tu lealtad, yo misma te colgaré de nuevo.
El Pistolero empezó a aplaudir, su voz resonando en toda la bodega.
—¡Escuchen bien todos! El que lastime a Rose Mongoberry, muere. Ella es parte de esta familia. Que sea la primera y última vez.
Subí a mi habitación, agotada pero extrañamente ligera. Me paré frente a la urna de mi madre.
—Perdóname por lo que hice, mami... pero este es el único lenguaje que entienden —susurré mientras recogía mi bolso.
Al bajar, el Pistolero me esperaba con una caja pequeña. Me entregó una pistola nueva, personalizada, más ligera y potente.
—Aún te falta mucho entrenamiento, pero ten... este es tu juguete personal. Solo para ti.
Por primera vez en meses, una sonrisa auténtica y peligrosa asomó en mis labios.
—Wow... gracias, Pistolero.
—Es la primera vez que te veo sonreír —dijo él, casi asustado—. Creo que en unos años yo también te tendré miedo, Rose.
—Eso es exactamente lo que quiero —respondí mientras subíamos al coche—. Que el mundo entero me tema.