En este juego de espejos, nadie es quien dice ser y la moneda está a punto de caer del lado de la justicia... o del caos.
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capitulo 1
El trayecto en el taxi se me antojó eterno, una agonía de asfalto y semáforos que me separaba de la vida que me correspondía por derecho de sangre. Mis manos, entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos blanqueaban, descansaban sobre una falda de lana barata que, en ese momento, me parecía el atuendo más elegante del mundo. Llevaba años imaginando este regreso. En el internado de las afueras, donde el frío se colaba por las rendijas de madera, yo cerraba los ojos y visualizaba el rostro de mis padres. Los recordaba vagos, como figuras de un sueño difuso, pero siempre envueltos en un aura de luz y salvación.
—Señorita, hemos llegado —anunció el conductor. Su voz rompió el hechizo de mis pensamientos.
Bajé del auto y el aire de la zona alta de la ciudad me golpeó el rostro. No era el aire viciado de los barrios bajos ni el aroma a pino húmedo del internado; era un aire que olía a césped recién cortado, a gasolina de coches de lujo y a una seguridad económica que yo nunca había conocido. Ante mí, los portones de hierro forjado de la mansión De la Vega se erigían como los guardianes de un castillo prohibido. Las iniciales "DLV" se entrelazaban en el metal, recordándome quiénes eran ellos y, por extensión, quién debía ser yo.
Caminé por el sendero de gravilla. Cada paso crujía bajo mis zapatos desgastados, un sonido que me hacía sentir como una mancha de barro en un lienzo inmaculado. La fachada de la mansión era una oda a la opulencia neoclásica: columnas blancas, ventanales que reflejaban el sol poniente como si fueran láminas de oro y una puerta de roble tallada que intimidaba a cualquiera que no portara el apellido familiar.
Toqué el timbre. El sonido resonó en el interior, un eco profundo que pareció tardar siglos en extinguirse. Cuando la puerta se abrió, no fue un criado quien apareció, sino él.
Arturo De la Vega. Mi padre.
Su presencia era abrumadora. Vestía un traje gris marengo hecho a medida, sin una sola arruga, y su cabello canoso estaba peinado hacia atrás con una precisión quirúrgica. Sus ojos, del mismo color café oscuro que los míos, me recorrieron con una lentitud que me hizo sentir desnuda. No hubo una sonrisa, ni un gesto de alivio. Solo una observación clínica, como quien inspecciona una mercancía que llega con retraso.
—Llegas a tiempo, Marina —dijo. Su voz era un barítono seco, desprovisto de cualquier inflexión emocional—. Pasa. El servicio subirá tu maleta. No queremos que los vecinos vean ese equipaje en la entrada por mucho tiempo.
—Hola, papá —logré decir. La palabra se sintió pesada, extraña, casi prohibida.
Él ya se había dado la vuelta, dándome la espalda mientras caminaba hacia el gran vestíbulo. Lo seguí, sintiendo el frío del mármol de Carrara incluso a través de las suelas de mis zapatos. El interior era aún más imponente: una escalera imperial se bifurcaba hacia los pisos superiores, y una enorme lámpara de cristal colgaba del techo, proyectando prismas de luz sobre las paredes decoradas con molduras de yeso y cuadros de antepasados que parecían juzgar mi intrusión.
En el centro del salón, esperando como si estuviera posando para una revista de alta sociedad, estaba Beatriz, mi madre. Lucía un vestido de seda verde esmeralda y un collar de perlas que brillaba con una luz propia. A su lado, una chica de mi misma edad me observaba con una intensidad que me hizo erizar la piel. Era Isabella.
—Marina, querida —dijo Beatriz. Se acercó y me plantó dos besos al aire, cerca de mis mejillas. Su perfume era una mezcla de nardos y algo metálico, una fragancia que no invitaba al abrazo—. Estás... diferente a las fotos que nos enviaban del colegio. Más delgada.
—Es un placer estar aquí, mamá —respondí, intentando que mi voz no temblara.
—Y ella es Isabella —continuó mi madre, señalando a la otra joven—. Nuestra bendición. Isabella, saluda a tu hermana.
Isabella dio un paso al frente. Era la viva imagen de la perfección: melena rubia ondulada, piel de porcelana y unos ojos azules que rebosaban una calidez que me desarmó por completo. Me tomó las manos con una delicadeza casi angelical.
—¡Por fin! —exclamó con una sonrisa que iluminó la estancia—. No sabes cuánto he rezado por este día. Siempre quise una hermana con quien compartir mis secretos. Bienvenida a casa, Marina.
Sus palabras fueron como un bálsamo. En medio de la frialdad de Arturo y la distancia de Beatriz, la efusividad de Isabella fue el ancla que necesitaba para no sentir que me ahogaba. Me llevó hacia los sillones de terciopelo, hablando sin parar sobre los planes que tenía para nosotras, sobre las fiestas a las que me llevaría y los vestidos que me prestaría. Por un momento, creí que el milagro era posible. Creí que, a pesar de los años de abandono, había un lugar para mí en este mausoleo de lujo.
El ritual de la cena
La cena fue un despliegue de etiqueta que me hizo sentir como una analfabeta funcional. La mesa del comedor, de caoba oscura y pulida hasta parecer un espejo, estaba puesta para cuatro. Había más cubiertos de los que yo había visto en toda mi vida.
—En esta casa, Marina, la forma es tan importante como el fondo —sentenció Arturo mientras un camarero con guantes blancos servía un consomé clarificado—. Los De la Vega no solo somos una familia, somos una institución. Tu regreso debe ser manejado con discreción hasta que estés... presentable para nuestro círculo.
—Entiendo, señor... papá —corregí rápidamente.
—Isabella ha sido educada en los mejores colegios de Suiza —intervino Beatriz, mirando a su hija adoptiva con una adoración que me dolió en el pecho—. Ella sabe exactamente cómo comportarse en una gala o en una reunión de negocios. Espero que seas una buena alumna y sigas su ejemplo.
—Haré lo que sea necesario —dije, bajando la vista hacia mi plato. Cometí el error de tomar la cuchara pequeña, y noté cómo Arturo fruncía el ceño.
—No te preocupes, papi —intervino Isabella, lanzándome una mirada cómplice—. Yo me encargaré de pulirla. En un par de meses, nadie notará que pasó su infancia en ese... internado de provincias. Marina tiene potencial, solo necesita un poco de brillo.
Isabella se reía con una gracia natural, gesticulando con las manos mientras contaba anécdotas de sus viajes por Europa. Mis padres colgaban de cada una de sus palabras. Yo, en cambio, era el recordatorio de un desliz, de una responsabilidad que habían preferido externalizar. Me di cuenta de que Isabella no solo ocupaba mi lugar físico en la casa, sino que había succionado todo el amor que mis padres podían ofrecer. Ella era la hija que ellos habían diseñado a su medida; yo era el error genético que intentaban corregir.
—Cuéntanos de ti, Marina —dijo Isabella, apoyando la barbilla en su mano, fingiendo un interés genuino—. ¿Qué hacías para divertirte allí? ¿Tenías algún pretendiente?
—No mucho —respondí con sinceridad—. Estudiaba. Me gustan las finanzas, la economía. Pasaba mucho tiempo en la biblioteca.
Arturo soltó una risotada seca.
—¿Finanzas? Eso es trabajo de hombres o de contadores grises. Isabella prefiere la filantropía y el arte. Eso es lo que le da prestigio al apellido. Mañana mismo, Isabella te llevará a comprar ropa nueva. No puedes seguir usando esos harapos.
El resto de la cena fue un monólogo de las glorias de Isabella y las carencias de mi educación. Cada vez que yo intentaba aportar algo, mi madre me corregía la postura o mi padre me recordaba que mi opinión carecía de fundamento en "el mundo real". Sin embargo, Isabella siempre estaba ahí para suavizar el golpe, dándome palmaditas en la mano y asegurándome que todo sería mejor con el tiempo.
La sombra en el pasillo
Al terminar, me retiré a mi habitación. Era un espacio inmenso, decorado en tonos crema y oro, con una cama con dosel que parecía una nube. Pero me sentía incómoda. Las sábanas de seda estaban demasiado frías y el silencio de la mansión era opresivo, cargado de secretos que las paredes se negaban a susurrar.
Me levanté para buscar un vaso de agua. Al salir al pasillo, las luces estaban atenuadas. Caminé descalza sobre la alfombra persa, evitando hacer ruido. Al pasar cerca del despacho de mi padre, escuché voces.
—...no sé si fue una buena idea traerla ahora, Arturo —era la voz de mi madre, Beatriz. Su tono ya no era distante, sino agudo, lleno de irritación—. Isabella está en su mejor momento. El compromiso con los herederos de la banca está cerca. Marina es... tosca. Podría arruinarlo todo.
—Es necesario —respondió Arturo con frialdad—. Los fideicomisos del abuelo estipulan que la hija biológica debe residir en la casa al cumplir la mayoría de edad para que yo pueda mantener el control de las acciones. Es un trámite, Beatriz. En cuanto firme los documentos legales de representación que estoy preparando, podrá volver a donde quiera. Mientras tanto, mantén a Isabella cerca de ella. Que la vigile.
—Isabella es demasiado buena —suspiró mi madre—. Se esfuerza tanto por agradarle a esa niña.
Me quedé helada en el pasillo. El corazón me latía con una fuerza que amenazaba con romperme las costillas. No me habían traído por amor. No me habían buscado porque me extrañaran. Era un movimiento financiero. Una cláusula en un testamento. Un "trámite".
Sentí una mano cálida apoyarse en mi hombro y estuve a punto de gritar.
—¿No puedes dormir? —era Isabella. Estaba envuelta en una bata de seda blanca, luciendo como un ángel bajo la luz de la luna que entraba por el ventanal del pasillo.
—Yo... solo buscaba agua —mentí, con la voz quebrada.
—Es una casa grande, da miedo al principio —dijo ella, rodeándome con sus brazos en un abrazo fraternal. Su aroma a lavanda me envolvió—. Pero no te preocupes, Marina. Yo estoy aquí. Yo te voy a cuidar de todos, incluso de nuestros padres. Ellos pueden ser un poco duros, pero con el tiempo entenderán lo especial que eres.
En ese momento, la calidez de Isabella fue mi única tabla de salvación. Me aferré a ella, llorando en silencio, agradecida por tener al menos un corazón humano en medio de tanta piedra y mármol. Me dejé engañar por su voz dulce y sus promesas de hermandad, sin saber que ella era la arquitecta más hábil de la familia.
Isabella no era mi ancla; era la sirena que me guiaba hacia los acantilados. Mientras ella me acariciaba el cabello en la oscuridad del pasillo, yo no podía ver su rostro. No podía ver esa chispa de desprecio en sus ojos azules, ni la forma en que sus labios se curvaban en una mueca de triunfo.
Ella sabía lo que sus padres habían dicho en el despacho. Lo sabía porque ella misma los había incitado a pensar así semanas antes. Ella era la hija perfecta, la preferida, y no iba a permitir que una aparecida le arrebatara ni un ápice del imperio que consideraba suyo.
—Vamos a la cama, hermanita —susurró Isabella—. Mañana empieza tu nueva vida.
Y así fue. Esa noche dormí profundamente, engañada por el espejismo de una familia recuperada. No sabía que el reencuentro no era el final de mi soledad, sino el prólogo de mi destrucción. El escenario estaba listo, los actores en sus puestos y yo, ingenua y esperanzada, acababa de entregarle mi confianza a quien me arrebataría la libertad cinco años después.
La cena de bienvenida no había sido para celebrar mi llegada, sino para inspeccionar a la víctima antes del sacrificio. Y yo, Marina De la Vega, había sonreído mientras me ponían la soga al cuello.