Ella creció creyendo que el amor era resistencia: ser fuerte en silencio, ceder un poco más, esperar que las cosas mejoren. Durante años sostuvo una relación que hacia afuera parecía perfecta, pero puertas adentro la hacía dudar de sí misma. Él era encantador con el mundo y tormentoso en privado. Y ella, paciente, probablemente demasiado paciente.
Hasta que una noche, en medio de una cena donde entendió que nadie iba a defenderla, ni siquiera ella misma, respiró hondo y tomó la decisión más difícil y más necesaria de su vida: irse.
Se fue con una maleta, con miedo, con incertidumbre, pero también con una extraña sensación de alivio.
Lo que no sabía era que marcharse no era el final, sino el comienzo. Que después de una relación que la apagó, podía existir un amor distinto, uno más sano, más ligero, uno donde no tuviera que disminuirse para quedarse.
Porque a veces perder una historia es la única manera de encontrarse con la que realmente está destinada a vivirse.
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CAPÍTULO 1
Mi nombre es Samantha y esta es mi historia.
No empieza el día que me fui. Empieza el día que decidí quedarme.
Conocí a Octavio un martes cualquiera, esperando el bus. Yo tenía los audífonos puestos y un libro abierto. Él se paró frente a mí como si el mundo fuera suyo.
—¿Te puedo hacer una pregunta sin que pienses que soy un loco?—dijo Octavio, sonriendo.
Lo miré por encima del libro, había algo en su mirada, creo que nunca supe leer bien a las personas, porque siento que fui muy tonta o él hizo la mejor actuación de su vida.
—Depende— respondí.
—¿Ese libro es realmente bueno o solo finges leer para evitar que te molesten—, preguntó con aquella expresión que me causaba gracia.
Me reí. Y esa fue la llave de ingreso que él utilizó para entrar a mi vida.
No era el más guapo, pero sabía mirar, sabía hablar, sabía decir exactamente lo que yo necesitaba escuchar.
En mi casa todo eran discusiones y portazos; él, en cambio, era suave. Me mandaba mensajes con chistes malos, me decía que yo era distinta, que conmigo podía ser él mismo. Y eso fue suficiente, será que algunas mujeres, como yo, pecamos de mártires y queremos salvar al desdichado.
Las primeras semanas fueron intensas. Demasiado intenso, creo que se llama acaparar espacio y tiempo, para que sin notarlo él se convierta en tu mayor pensamiento.
Me llamaba de madrugada, y solía hablarme con dulzura y pausa, con dedicación, esa que hace que bajes la guardia.
—¿Estás despierta?— susurraba Octavio.
—Ahora sí— respondía tratando de ocultar el entusiasmo.
—No quería estar solo— continuaba.
Y yo tampoco quería que lo estuviera. Me contaba sus traumas, las imposiciones de su padre, sus miedos. Yo lo escuchaba como si fuera mi responsabilidad mantenerlo a flote. Me decía que nadie lo había entendido como yo. Que yo era su paz.
—Eres la primera persona que me hace sentir que merezco amor— dijo una vez.
Cuando alguien te dice eso mirándote así, te quedas como en el aire.
Me fui de casa por él. Dejé una vida incómoda por una promesa. Llegué a un departamento pequeño, con un colchón en el suelo y una ventana que no cerraba bien.
—No tengo mucho, pero contigo lo tengo todo— me dijo.
Y no sé si mintió o en ese momento era cierto, pero yo le creí.
Al principio fue hermoso. Cocinábamos juntos. Hacíamos planes. Me abrazaba por la espalda mientras yo lavaba los platos. Me decía que iba a casarse conmigo.
No recuerdo el día exacto en que empezó a cambiar. No hubo un giro rápido sino algo lento. Más difícil de señalar, detalles, acciones, cosas que debería haber notado, pero que trataba de justificar.
Empezó con frases como “no seas exagerada”, “siempre dramatizas”, o “relájate”.
La primera vez que me dijo que algo que yo sentía “no era para tanto”, dudé de mí, no de él.
Mis libros empezaron a parecerle infantiles. Mis opiniones, ingenuas.
—¿En serio te emocionas por eso?— me dijo una vez, riéndose.
Me reí también, porque dolía menos si parecía un chiste.
Dejó de mirarme cuando hablaba. El celular era más interesante. Si insistía, suspiraba.
—¿Otra vez con lo mismo?—se quejaba, con un tono de voz más alto, al que yo le había preguntado.
Yo empecé a hablar menos. No eran golpes. No eran insultos evidentes. Era algo peor, era sentir que estorbaba, que mi presencia era tolerada, pero no deseada.
Una noche hice pasta, su favorita. Puse la mesa, encendí una vela aromática que había comprado en oferta.
El se sentó, comió y no dijo nada.
—¿Te gusta?— pregunté.
—Está bien— respondió él y eso fue todo.
Se levantó antes de terminar y se fue al cuarto con el teléfono en la mano. Yo me quedé frente al plato frío.
No lloré, se los puedo asegurar pero me quedé mirando la silla vacía y entendí algo que me dio más miedo que perderlo, ya estaba sola, incluso con él a mi lado.
Empecé a pedir disculpas por cosas que no entendía, y todo se convirtió en perdón por hablar mucho, perdón por estar sensible, perdón por querer pasar tiempo juntos, perdón por necesitar tu compañía.
Una noche discutimos porque le pregunté por qué llegaba tan tarde sin avisar.
—¿Ahora tengo que rendirte cuentas?, no seas intensa, Samantha— me dijo, con esa sonrisa torcida que ya no era tierna.
La palabra “intensa”, se me quedó pegada a la piel.
Dejé de preguntar y me acostumbré a esperar. A medir mis palabras. A analizar su tono antes de decir cualquier cosa. Si estaba de mal humor, era mi culpa por no haber entendido algo. Si estaba distante, era porque yo había “presionado demasiado”.
Y lo peor es que yo lo justificaba, con pensamientos como “está pasando por un mal momento”, “es su historia” o “va a cambiar.”
Pero la verdad es más simple y más fea, cuando alguien te ama, no te hace sentir pequeña para poder quedarse grande.
La noche que supe que debía irme no hubo gritos, ni drama, ni lágrimas.
Estábamos cenando otra vez en silencio. Él escribía en el celular. Yo hablaba de algo del trabajo. Se rió.
—Es que de verdad vives en una burbuja— dijo Octavio, sin levantar la mirada.
Y ahí entendí. No era que yo hubiera cambiado. No era que me hubiera vuelto difícil. Era que yo ya no le servía como antes. Ya no era la salvadora. Ya no era la novedad. Solo era alguien que estaba ahí.
Me miré las manos sobre la mesa. No reconocí a la mujer que pedía permiso para existir.
Esa noche me fui al baño, cerré la puerta y me miré al espejo. Tenía ojeras, tenía miedo, pero también tuve claridad. Si me quedaba, iba a terminar odiándome. Y eso dolía más que perderlo.
No hice una maleta ese día, pero empecé a imaginarla; y cuando una mujer empieza a imaginarse yéndose, ya no hay vuelta atrás.