Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?
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EL FLECHAZO.
Mi muñeca dolía. Me la había torcido cayendo de una escalera en la biblioteca. Patético. Un accidente tonto para un tipo común.
—Ya te lo dije, Liáng —la voz de Leo entró en la consulta antes que él, con ese tono entre burlón y maternal que solo un amigo de quince años puede permitirse—. Tu hábitat natural son los libros, no las alturas. Yo curo, tú te lesionas. El universo en equilibrio.
—Equilibrio —repetí, con amargura, mientras me dejaba caer en la silla de la recepción de su clínica—. Bonita palabra. Debe ser lo que se siente cuando no tienes veinticinco pilas de exámenes por corregir y un sueldo que no llega a fin de mes.
Leo no mordió el anzuelo de mi autocompasión. Se limitó a guiarme con una mano firme en el hombro hacia la sala de evaluación. Era su terreno. Allí, su palabra era ley.
—Siéntate —ordenó, y yo obedecí, como un muñeco de trapo.
Mientras sus dedos expertos palpaban mi lesión, me lanzó esa mirada. La conocía bien. Era la que reservaba para cuando el tema de mis padres salía a relucir. La que yo mismo veía en el espejo cada vez que pensaba en la llamada que no les devolvía desde hacía tres meses.
—Podrías estar en un despacho, ¿sabes? —dijo, con fingida cautela—. Con vistas. Con un sueldo de verdad. En lugar de…
—¿En lugar de hacer lo que me gusta? —lo interrumpí, más brusco de lo que quería.
—En lugar de vivir en un estudio de cuarenta metros y preocuparte por llegar a fin de mes —completó él, sin inmutarse. Quince años de amistad le daban derecho a ignorar mis cambios de humor—. Solo digo que tus padres…
—Mis padres —corté, y la palabra todavía escocía— tienen una empresa textil que factura millones, una casa enorme y un cuadro en la pared que vale más que este edificio. Y yo elegí esto. ¿Sabes qué? No me arrepiento.
Leo soltó un suspiro. De esos largos, de rendición.
—Ya, ya. El hijo pródigo que prefirió la poesía a los números. Lo sé, Azren. Llevo años escuchándolo. Pero a veces me pregunto si no elegiste esta vida también por… ya sabes.
—¿Por qué?
—Porque es lo contrario de lo que ellos esperan. Porque así marcas distancia. Porque duele menos fracasar en algo que elegiste que tener éxito en algo que te impusieron.
Abrí la boca para responder, pero no encontré las palabras. Maldito Leo y su manía de dar justo en el clavo.
—Relájate —dijo, cambiando de tema con la naturalidad de quien sabe cuándo soltar—. El esguince es leve. Hielo, reposo, y por favor, quédate en el suelo un rato. Ahora, ¿en qué mundo andas?
Pero yo ya no estaba allí.
Mi mirada se había escapado por el ventanal. A las canchas. A la penumbra de la tarde. A él.
Alto. Espalda ancha. Camiseta negra pegada al torso. Lanzaba tiros libres. Swish. Swish. Swish. Puro poder contenido. Hipnótico.
Y entonces falló.
El balón rebotó en el aro. Él se quedó quieto, mirando el tablero. Y de repente, como si hubiera sentido mi mirada, se giró.
Hacia la ventana.
Hacia mí.
Nuestros ojos se encontraron a través del cristal. Los suyos eran de un color ámbar claro, casi dorado con la luz de la tarde.
Y entonces ocurrió algo que no esperaba.
Caeleen inclinó ligeramente la cabeza. Me miró de arriba abajo, sin prisa, como si estuviera evaluando algo. Como si en ese instante hubiera visto más que a un tipo cualquiera detrás de un vidrio.
Luego esbozó una sonrisa. Pero no una sonrisa amable. Era una sonrisa divertida, arrogante, de esas que dicen "te he calado". Como si supiera algo de mí que yo mismo ignoraba.
Y justo cuando pensé que eso era todo, levantó la mano. Se llevó dos dedos a la sien en un saludo militar rápido, burlón, casi una broma privada. Como si me dijera: "Sé que me estás mirando. Y no me importa. Sigue mirando."
Luego giró sobre sus talones, recogió el balón y siguió entrenando. Swish. Swish. Swish. Como si nada hubiera pasado.
Yo me quedé clavado en el sitio. Sin respiración.
Esa sonrisa. Ese gesto. ¿Por qué? ¿Por qué dedicarle eso a un desconocido? ¿Era una burla? ¿Era un juego? ¿O era algo más?
—Azren —la voz de Leo llegó desde muy lejos—. ¿Me escuchas?
Tardé en responder. Mi corazón latía demasiado rápido.
—¿Quién es? —pregunté, señalando.
Leo siguió mi mirada. Su expresión se endureció.
—Ah, él. Caeleen Valkrum.
El nombre me golpeó el pecho.
—¿Valkrum? ¿El de la empresa de logística?
—El mismo. El hijo pródigo de la familia. Pero al revés que tú. Él podría estar en un consejo de administración. En lugar de eso, gana ochenta millones partiéndose los huesos. Cada quien elige cómo decepcionar a sus padres.
Yo ya no escuchaba. Solo pensaba en esa sonrisa. En ese saludo. En esa mirada que me había recorrido entero como si pudiera leerme.
—¿Tú lo conoces? —pregunté.
—Lo suficiente para darte un consejo: aléjate —Leo terminó el vendaje con un tirón seco—. Ese mundo es puro ego y presión. Tú eres de bibliotecas silenciosas. Él vive en un torbellino. Líneas paralelas. Nunca se cruzan.
Terminó. Me sostuvo la mirada.
—¿Listo?
Asentí. Pero cuando salí al pasillo, me volví una última vez.
Caeleen ya se había puesto una sudadera. Recogía su bolsa con movimientos rápidos. No me miró. Pero yo no podía dejar de mirarlo a él.
Y me fui de allí con una sola idea clavada en la cabeza: ¿por qué yo?
...--------♡--------...
Dos días después, no podía sacármelo de la cabeza.
No los tiros. No el físico. Esa sonrisa. Ese saludo. Esa mirada que me recorrió como si pudiera verme por dentro.
Mi madre llamó esa misma tarde.
—Hijo —dijo, con esa voz que usa cuando va a pedir algo—. Tu padre y yo estamos organizando unas cenas. Conoces a gente importante. Te vendría bien.
—Ya veremos, mamá —respondí, en piloto automático, mientras buscaba videos de Caeleen en internet.
—Es en serio, Azren. Hay familias interesadas. Personas de nuestro círculo. Gente estable. Con futuro.
—Ya veremos —repetí, y colgué.
No le di importancia. Nunca se la daba. Sus "cenas" siempre eran lo mismo: presentarme a hijos e hijas de otras familias adineradas, como si yo fuera un producto en una feria de muestras. Como si mi vida fuera un contrato que alguien tenía que firmar.
Pero esa noche, después de colgar, me quedé pensando. No en sus palabras. En las de Leo.
"Cada quien elige cómo decepcionar a sus padres."
Caeleen había elegido la cancha. Yo había elegido los libros. Y sin embargo, ahí estábamos: los dos solos, cada uno en su mundo, mirándonos a través de un cristal sin saber qué hacer con lo que veíamos.
Encendí el televisor sin mirar.
«…el MVP de la temporada, el hombre que está reinventando el juego…»
La pantalla lo devoró.
Allí estaba Caeleen. Bañado en flashes. Una sonrisa enorme, triunfal, para las cámaras. Gente gritando su nombre. El rey de la cancha. Ochenta millones. Leyenda.
Y yo me quedé mirando la pantalla, buscando en esa imagen al hombre que me había sonreído a través del cristal. Al que me había mirado como si yo importara. Al que me había dedicado un gesto que no significaba nada... o lo significaba todo.
No lo encontré.
La sonrisa de la tele era para todos. La del cristal había sido solo para mí.
¿O no?
¿Y si solo fue un gesto vacío? ¿Y si se lo hace a cualquiera que lo mira?
Apagué el televisor de un golpe. Silencio. En el reflejo negro de la pantalla, mi rostro. Común. Pálido. Invisible.
Pero él me había visto. Durante un segundo, él me había visto.
Y yo necesitaba saber por qué.
La imagen de Caeleen Valkrum —el hombre que me sonrió como si supiéramos algo los dos— se había grabado en mi cabeza.
Para siempre.