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DOMANDO A LA BESTIA

DOMANDO A LA BESTIA

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Malentendidos / Romance / Completas
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?

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capitulo 8

Narrado por: Isabella

Todavía puedo sentir el rastro de sus labios en mi cuello. Cada vez que cierro los ojos, la imagen de Alexander Thorne —la Bestia, el hombre de piedra— perdiendo el control contra el tronco de aquel roble me recorre la columna como una descarga eléctrica. No fue solo un beso; fue una declaración de guerra. Sus manos, grandes y ásperas, marcaron mi piel con una urgencia que me dijo más de él que cualquier expediente legal. Debajo de esa coraza de cuero y cicatrices, Alexander tiene hambre. Un hambre que no sabe cómo saciar sin destruir lo que toca.

Pero yo no soy de cristal. Mi padre me enseñó que la luz no teme a la sombra, simplemente la ocupa.

Hoy, la mansión se siente más silenciosa que de costumbre. Alexander se ha encerrado en su despacho desde el incidente del jardín, probablemente flagelándose mentalmente por haberme tocado. Ha reforzado la guardia, sí, pero ha olvidado que yo no necesito salir de estos muros para causarle problemas. Mi campo de batalla hoy es el comedor principal.

—Señora Miller, necesito su ayuda —dije, entrando en la cocina con una sonrisa que la mujer recibió con un gesto de terror—. Vamos a dar una cena. Una de verdad.

—Señorita Isabella, el señor Thorne prefiere el servicio sencillo... —empezó a balbucear, pero la interrumpí poniendo una mano sobre la suya.

—El señor Thorne no sabe lo que prefiere porque lleva años comiendo cenizas. Hoy vamos a cocinar algo que huela a vida. Y necesito que saquemos el mantel de lino blanco, las velas de cera de abeja y la vajilla que no parece sacada de un funeral.

Me llevó horas convencerla, pero finalmente el personal cedió, contagiado por una energía que no habían sentido en esa casa en décadas. Cocinamos un estofado de cordero con hierbas frescas, pan horneado con romero y una tarta de higos que llenó la planta baja con un aroma dulce y terroso. Pero la verdadera rebelión fue la decoración.

Llené la mesa de ramas de olivo, velas de diferentes alturas y pequeñas flores silvestres que Miller, el guardia que "gusta de la pesca", me ayudó a conseguir discretamente. Quité las fundas oscuras de las sillas y dejé que la madera pulida brillara bajo la luz del fuego que mandé encender en la chimenea.

Para cuando dieron las ocho, el comedor no parecía el búnker de un mafioso; parecía un hogar.

Me vestí para la ocasión. Elegí un vestido de satén color terracota, con la espalda descubierta y tirantes finos que apenas rozaban mis hombros. No era un vestido de prisionera. Era un vestido de mujer. Me solté el cabello y me puse un poco de perfume en las muñecas y en el hueco de la clavícula, justo donde Alexander había enterrado su rostro esta mañana.

Alexander entró en el comedor a las ocho en punto, con la precisión de un reloj suizo. Se detuvo en el umbral, y la expresión de su rostro fue una recompensa por todo mi esfuerzo. Sus ojos grises recorrieron las velas, el mantel blanco, las flores y, finalmente, se posaron en mí.

Se quedó paralizado. Su mandíbula se tensó tanto que la cicatriz de su mejilla pareció palpitar. Llevaba una camisa negra con los primeros botones abiertos y las mangas arremangadas, revelando los antebrazos fuertes y velludos que tanto me habían intimidado y atraído horas antes.

—¿Qué significa esto? —su voz fue un gruñido bajo, peligroso.

—Significa que vamos a cenar como seres humanos, Alexander —respondí, caminando hacia él. El satén de mi vestido se deslizaba contra mis piernas con cada paso—. Siéntate. La comida se va a enfriar.

—Te di una lista de reglas, Isabella. La regla número cuatro dice que el personal sirve la comida de forma discreta. Esto... esto es un espectáculo.

—Esto es un regalo —le corregí, deteniéndome frente a él—. Un regalo para el hombre que se olvida de respirar entre tantas leyes.

Él no se movió. La tensión entre nosotros era casi sólida, una corriente de estática que hacía que los vellos de mis brazos se erizaran. Alexander miró la chimenea y luego volvió a mirarme. Vi cómo su garganta se movía al tragar. Estaba luchando contra el impulso de gritarme y el impulso de arrastrarme hacia él. Ganó el hambre.

Se sentó en la cabecera, pero yo no me senté a tres sillas de distancia. Me senté justo a su lado.

La cena fue un ejercicio de seducción silenciosa y guerra psicológica. Alexander comía con movimientos mecánicos, pero noté cómo sus sentidos se despertaban ante el sabor de la comida real. Sus ojos no dejaban de viajar hacia mi espalda descubierta, hacia la forma en que el satén se ajustaba a mi cuerpo cada vez que me movía para servirle más vino.

—Está bueno —admitió finalmente, su voz un poco más suave.

—Es el romero. Mi padre decía que abre el corazón.

La mención de mi padre hizo que se tensara de nuevo, pero esta vez no se alejó. El vino estaba haciendo efecto, relajando las facciones de su rostro de piedra. La luz de las velas bailaba en su piel, suavizando la cicatriz y resaltando la profundidad de sus ojos.

—Isabella... —dijo mi nombre como si fuera un pecado—. ¿Por qué haces esto? ¿Por qué insistes en buscar algo en mí que ya no existe?

—Porque te vi esta mañana, Alexander —dejé mi copa sobre la mesa y me incliné hacia él. El calor de las velas nos envolvía—. Vi al hombre que quería devorarme contra ese árbol. Ese hombre está muy vivo. Y tiene miedo de que yo lo vea.

Él dejó los cubiertos y se giró hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Su mano subió y, con una lentitud tortuosa, rozó el tirante de mi vestido. Sus dedos eran cálidos, eléctricos contra mi piel desnuda.

—No tienes idea de lo que estás provocando —susurró, su voz volviéndose una vibración ronca que sentí en mi vientre—. Crees que puedes jugar con la Bestia y salir ilesa. Crees que este vestido y estas velas van a cambiar lo que soy.

—No quiero cambiarte, Alexander. Quiero conocerte.

Su mano se cerró alrededor de mi nuca, tirando de mí hacia él con una posesividad que me hizo jadear. Sus ojos estaban fijos en mis labios. El aroma a vino, madera y hombre me mareaba. La sensualidad del momento era asfixiante, cargada de una necesidad que ninguno de los dos podía seguir fingiendo.

—Si te quedas aquí, si sigues tocando mis muros... voy a terminar rompiéndote —advirtió, pero sus labios ya estaban a milímetros de los míos.

—Pruébame —le desafié.

Alexander rompió la distancia con un beso que sabía a vino tinto y a una desesperación contenida durante años. No fue el beso del jardín; este fue más profundo, más oscuro. Su lengua reclamó la mía con una autoridad que me hizo temblar, mientras su mano libre se deslizaba por mi espalda desnuda, bajando por la curva de mi columna hasta presionar mi cadera contra la suya. El contraste entre la seda de mi vestido y la rudeza de sus manos era una tortura deliciosa.

Me subí a su regazo sin romper el beso, rodeando su cuello con mis brazos. Podía sentir la dureza de su erección contra mi muslo, un recordatorio salvaje de cuánto me deseaba. Alexander gruñó contra mi boca, sus manos apretando mis nalgas a través del satén, elevándome para que estuviéramos más cerca, si es que eso era posible.

El fuego de la chimenea crepitaba a nuestro lado, pero no era nada comparado con el incendio que ardía entre nosotros. En ese momento, la mansión, las reglas y la muerte de mi padre quedaron fuera de la habitación. Solo existía su piel, su aliento acelerado y la forma en que sus labios bajaron a mi cuello, mordisqueando la piel sensible justo donde late el pulso.

—Isabella... maldita sea... —gemía él, su voz perdiendo toda su rigidez.

Pero de repente, Alexander se detuvo. Sus manos se congelaron en mi cuerpo. Escuchamos un ruido en el pasillo: pasos apresurados y el sonido de una radiofrecuencia.

Se separó de mí bruscamente, dejándome respirando con dificultad sobre su regazo. Sus ojos, antes nublados por el deseo, recuperaron la claridad del acero en un segundo. Me bajó con una brusquedad que me dolió y se puso de pie, ajustándose la camisa.

Miller entró en el comedor, con el rostro pálido.

—Señor, tenemos un problema. Han avistado movimiento en el perímetro norte. No son nuestros.

Alexander no me miró. Su máscara de Bestia volvió a encajarse en su sitio con una frialdad que me dejó helada. Tomó su arma de la mesa auxiliar donde la había dejado antes de cenar.

—Lleva a la señorita Isabella a su habitación —ordenó a Miller, sin un ápice de emoción en su voz—. Bloquea la puerta desde fuera. No quiero que salga hasta que yo regrese.

—¿Alexander? —le llamé, sintiendo un miedo repentino que no tenía nada que ver con los intrusos.

Él se detuvo en la puerta y me miró de soslayo. La luz de las velas moribundas le daba un aspecto demoníaco.

—La cena se ha terminado, Isabella —dijo secamente—. Mañana volveremos a las reglas. Esto... no volverá a repetirse.

Se fue con sus hombres, dejándome sola en medio de la cena que yo había preparado con tanto amor. Miller me escoltó escaleras arriba, pidiéndome disculpas en voz baja. Escuché el clic de la cerradura al cerrarse por fuera.

Me tiré en la cama, todavía sintiendo el calor de su cuerpo y el sabor de su boca. La alegría que había intentado traer a la casa se había convertido en cenizas en un instante. El peligro real había golpeado la puerta, recordándome que Alexander no vive en la oscuridad por gusto, sino por necesidad.

Pero mientras escuchaba el sonido de los motores arrancando fuera, supe algo con certeza: por un momento, la Bestia se había rendido. Por un momento, bajo la luz de las velas, Alexander Thorne fue mío.

Y no iba a dejar que el miedo me quitara eso.

La guerra externa había comenzado, pero la que ardía dentro de la mansión era mucho más peligrosa. Y yo estaba dispuesta a luchar en ambos frentes.

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Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Te da miedo enamorarte y no lograr protegerla de ti mismo 🤣, esta muy buena 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Hay bestia, tu serás el domado por Isabella, estas muy seguro de que ganarás 🤣👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Tanto miedo le tienes a Isabella que no quieres ni que te mire, eres un blanducho no mas 🤣👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Tu derribaras las barreras de ese corazón de hielo 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Comenzó muy buena, pero triste para Isabella, ciando se entere 👏👏👏
Edith Hernandez
muy bonita la novela
Ivis Medina
muchas cosas no tienen sentido pero aquí de paso, como va a dejar una carta el Marcus protegiendo al fénix ? el fénix no existía antes de su muerte,
Ivis Medina
muchas cosas no tienen sentido pero aquí de paso, como va a dejar una carta el Marcus protegiendo al fénix ? el fénix no existía antes de su muerte,
Susy
Excelente historia me encantó♥️♥️♥️
Susy
Que capítulo 😈
Susy
Triste 😔
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