Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.
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GUERRA EN LOS CIELOS
SAGA I LOS ELEGIDOS
El cielo nunca había gritado.
Pero aquel día… el firmamento eterno se quebró.
Un estruendo colosal atravesó la paz de los cielos como una espada invisible. Los cánticos de gloria se detuvieron de golpe y las legiones celestiales alzaron la mirada hacia lo alto, confundidas.
Una grieta de oscuridad comenzó a abrirse entre la luz infinita.
Y de ella descendió una figura.
Sus alas negras se extendieron lentamente, cubriendo el resplandor como un eclipse.
Baal, El Maligno.
Sus ojos ardían con una llama oscura mientras contemplaba el trono eterno sin inclinar la cabeza. Durante un instante el silencio dominó el firmamento, como si toda la creación contuviera el aliento.
Un arcángel avanzó entre las filas celestiales, con la espada envuelta en fuego divino.
—Baal… —su voz resonó con gravedad—. Aún estás a tiempo de detener esto.
El Maligno inclinó apenas la cabeza, observándolo con una calma inquietante.
—¿Detenerlo?
Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.
—Yo no nací para seguir a nadie.
La grieta de oscuridad detrás de él se agitó entonces como una tormenta viva.
Las sombras comenzaron a tomar forma.
Belgor fue el primero en emerger, envuelto en un humo oscuro que parecía susurrar tentaciones invisibles. Sus ojos brillaban con una malicia tranquila mientras observaba el firmamento.
A su lado apareció Astaroth, elegante y sereno, como si aquella rebelión fuese simplemente el primer acto de una obra que llevaba siglos esperando comenzar.
Luego descendió Malfas, cuyos ojos recorrían el campo de batalla con fría atención, calculando distancias, posiciones, debilidades.
Finalmente el cielo tembló cuando Belcebú desplegó sus alas.
La criatura parecía un abismo viviente. Incluso la luz parecía retroceder a su alrededor.
Belcebú observó las interminables filas de ángeles frente a ellos y luego miró a las legiones oscuras que aguardaban detrás.
Su voz retumbó como un trueno.
—Formaciones de asalto.
Miles de guerreros demoníacos tensaron sus armas.
Belcebú alzó una mano.
—No dejéis a ninguno en pie.
Sus ojos brillaron con una ferocidad antigua.
—Hoy… el Cielo será nuestro.
La guerra estalló.
Las huestes celestiales descendieron como estrellas ardientes, miles de alas de luz cortando el firmamento mientras las primeras espadas chocaban contra las fuerzas rebeldes.
El impacto sacudió el cielo.
Relámpagos de energía divina estallaron entre las filas mientras guerreros de ambos bandos colisionaban en una tormenta de fuego y acero.
Belgor avanzó entre el caos con una calma inquietante. Extendió su mano hacia un grupo de ángeles que combatían con fiereza y una oleada invisible atravesó el aire.
Uno de ellos se detuvo de repente.
Sus alas comenzaron a oscurecerse.
—La pureza siempre fue frágil —murmuró Belgor con satisfacción.
No muy lejos, Astaroth caminaba entre la batalla como si las explosiones de luz a su alrededor fueran simples chispas.
Se detuvo frente a un joven ángel que sostenía su espada con manos temblorosas.
—No tienes que morir aquí —susurró con suavidad—. Solo escucha.
El ángel dudó.
Ese instante bastó para sellar su destino.
Sobre el campo de batalla, Malfas observaba el desarrollo de la guerra con fría precisión.
—Empujadlos hacia el flanco oriental —ordenó a las legiones oscuras—. Romped su formación.
Las tropas demoníacas se movieron como una sola criatura.
Pero en el centro de la batalla estaba Baal.
Su espada negra chocaba contra las armas celestiales con una fuerza brutal. Cada golpe hacía temblar el aire, cada movimiento abría espacio entre las filas de ángeles que intentaban detenerlo.
Un poderoso arcángel descendió frente a él envuelto en fuego sagrado.
—¡Baal!
Sus espadas chocaron con un estruendo ensordecedor.
—¡Esto no tiene por qué terminar así!
Baal lo empujó hacia atrás con una fuerza devastadora.
—Ya terminó hace mucho.
Sus ojos ardían con desprecio.
—El día que comprendí que el Cielo exige obediencia… pero jamás ofrece libertad.
El combate continuó con furia creciente.
Pero entonces ocurrió algo que ninguno esperaba.
El Padre Celestial se alzó en medio del caos.
Y el universo guardó silencio.
Las espadas dejaron de chocar. Las alas dejaron de batir. Incluso la furia de la guerra pareció congelarse ante aquella presencia.
La voz del Padre resonó a través de toda la creación.
—Basta.
Los rebeldes comenzaron a sentir la fuerza que tiraba de ellos hacia abajo.
—Aquellos que eligieron la rebelión… ya no pertenecen al Cielo.
Un abismo colosal se abrió bajo los traidores, y una fuerza imparable comenzó a arrastrarlos hacia la caída.
Baal rugió mientras el vacío lo devoraba.
A su alrededor, miles de ángeles caídos descendían envueltos en fuego oscuro.
Belgor maldecía entre nubes de corrupción.
Astaroth observaba la caída con una sonrisa tranquila.
Belcebú, en cambio, miró directamente a Baal.
—Tu arrogancia nos condenó.
Baal giró hacia él con furia.
—Cuida tus palabras.
Belcebú soltó una risa grave mientras el abismo los arrastraba.
Luego miró a Malfas.
Y en ese breve cruce de miradas se tomó una decisión.
—El universo es demasiado grande… para seguir a un solo rey.
Ambos extendieron sus alas.
Con un movimiento violento desgarraron el espacio frente a ellos, abriendo una grieta púrpura que palpitaba como una herida viva en la realidad.
Sin mirar atrás, se lanzaron hacia lo desconocido.
Baal los vio desaparecer mientras continuaba cayendo.
Cuando finalmente impactó contra tierra, el golpe sacudió una dimensión desolada.
Ruinas eternas.
Fuego perpetuo.
Ceniza cayendo como nieve muerta.
Baal se levantó lentamente entre las llamas.
Belgor y Astaroth aterrizaron detrás de él.
Durante un momento, el silencio reinó en aquel mundo condenado.
Entonces Baal levantó la mirada hacia el cielo distante.
Una sonrisa oscura apareció en su rostro.
—El Cielo cree que esta guerra terminó.
Sus alas negras se desplegaron lentamente.
—Pero apenas está comenzando.
Su voz resonó sobre las ruinas.
—La Tierra será mía.
Y en algún lugar del universo…
un pequeño mundo azul giraba en silencio.
Sin saberlo aún…
la humanidad acababa de convertirse en el próximo campo de batalla.