Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.
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LA GUERRA EN LOS CIELOS
SAGA I: LOS ELEGIDOS
Una luz pura, más resplandeciente que mil soles, envolvía el firmamento eterno mientras cánticos de gloria surcaban los cielos como una sinfonía viva. Cada nota vibraba con la paz divina, extendiéndose como ondas de armonía infinita a través de la creación. Pero, de pronto, un estruendo profundo —como el rugido de un universo herido— partió el cielo en dos y quebró la serenidad celestial. No fue un simple sonido: fue el anuncio de una fractura irreversible.
La rebelión había comenzado.
Desde lo más profundo de la creación, una legión de seres se alzó contra el orden sagrado, impulsados por un orgullo que ardía más intensamente que cualquier estrella. A la cabeza marchaba Baal, el Maligno, cuya presencia distorsionaba el aire mismo. Su odio ardía como fuego negro, y sus ojos, vacíos de compasión, desafiaban al mismísimo trono eterno. A su lado avanzaban sus más temidos aliados: Belgor, el hechicero de la corrupción, capaz de transformar corazones puros en sombras vivientes con solo rozarlos; Astaroth, maestro de la seducción y el engaño, cuyo susurro era suficiente para torcer la voluntad más firme; Malfas, estratega de las tinieblas, cuya mente fría sembraba caos incluso antes del primer golpe; y Belcebú, el devorador de mundos, cuya sola presencia traía ruina y desesperanza.
El firmamento retumbó cuando las huestes celestiales descendieron como estrellas vivas, envueltas en una luz que cortaba la oscuridad como espada ardiente. Sus alas agitaban ráfagas de juicio, y sus espadas eran relámpagos que rasgaban la eternidad. El choque fue descomunal: truenos sagrados estremecieron el cosmos mientras fuego y luz colisionaban en un torbellino que parecía capaz de deshacer la creación misma. Gritos de guerra, decretos divinos y rugidos de furia se entrelazaron en una batalla que parecía no tener fin.
Sin embargo, la justicia —como una ley escrita antes del tiempo— prevaleció.
El Padre Celestial se alzó en medio del caos, y su presencia silenció incluso el estruendo de la guerra. Su voz, firme como el principio del tiempo, resonó en cada rincón del universo, no como un grito, sino como una sentencia inquebrantable. Con un solo decreto, cargado de autoridad eterna, los ángeles rebeldes fueron desterrados. Los cielos se rasgaron como un velo herido y torbellinos de sombra emergieron desde el abismo, arrastrando consigo a los traidores mientras sus formas comenzaban a deformarse bajo el peso de su propia corrupción. Cayeron como meteoritos ardientes a través del vacío eterno, envueltos en fuego oscuro y gritos de furia.
Baal rugió mientras era tragado por la oscuridad. No era un grito de miedo, sino de ira pura, una ira dirigida contra el Cielo, contra el Padre Celestial… y contra su propia derrota. Tras él descendieron sus guerreros: Belgor aún envuelto en humo corrupto con los ojos encendidos por el veneno del poder; Astaroth lanzando maldiciones entre susurros seductores incluso en la caída; Malfas, frío y calculador, observando la derrota como si ya estuviera planeando la siguiente jugada; y Belcebú, cuyas alas negras se abrían como un eclipse viviente mientras el vacío los devoraba.
En medio de aquel descenso infernal, la tensión se volvió insoportable. Belcebú giró hacia Baal con los ojos ardiendo de desprecio.
—Tu arrogancia nos ha condenado a todos —escupió, con una voz que retumbaba como trueno apagado.
Baal respondió envuelto en llamaradas oscuras que parecían devorar la misma penumbra.
—¡Silencio! No me desafíes… o sufrirás las consecuencias.
Pero Belcebú no bajó la mirada. Su ambición era más grande que la lealtad. Miró a Malfas, y en ese cruce silencioso se selló una decisión.
—Este no es mi destino. El universo es vasto… ¿por qué limitarnos a un solo mundo?
Sin esperar respuesta, ambos extendieron sus alas y desgarraron el espacio con un tajo interdimensional. Una grieta púrpura y palpitante se abrió ante ellos como una herida viva en la realidad. Se lanzaron hacia lo desconocido, abandonando a Baal para forjar su propio dominio en otros mundos, lejos del control de su antiguo señor.
Baal, acompañado únicamente por Belgor y Astaroth, cayó hacia una dimensión desolada donde ruinas eternas se alzaban entre fuego perpetuo y ecos de dolor. La tierra maldita crujió bajo sus garras mientras se incorporaba lentamente, sus ojos ardiendo con una promesa que no conocía límites. El aire estaba impregnado de ceniza y desesperanza, pero en su pecho no había derrota… solo determinación corrupta.
Su voz retumbó en aquella tierra arrasada como un juramento blasfemo:
—La Tierra será mía. La humanidad será mi trono… y el Cielo caerá ante mí.