Dicen que ten cuidado con lo que desees... ¡Pero yo pedí un trono!, bah, que más da. Y si no fuera poco, resulta que ahora soy un omega puro. La nueva cáscara, que, aunque tenga mi nombre, en realidad era un... ¡Idiota, migajero, sin nada de dignidad! Y para el colmo; un personaje que sería utilizado por el protagonista y luego desechado.
No gracias, arreglaré eso, y mientras tanto me voy a divertir, porque este mundo donde los alfas dominan; no va conmigo, es más, haré que se inclinen a mis pies.
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Epi 1; Me lo he ganado
Mira, si me hubieras preguntado de chiquillo qué pensaba de los "desviados" (así los llamaba mi viejo, con esa cara de quien acaba de morder un limón podrido), te habría soltado un discurso digno de un loro con corbata. "Son una anomalía, hijo, un error en el gran esquema de las cosas", me repetía mi padre mientras cenábamos esas comidas insípidas que mi madre preparaba como si el sabor fuera un pecado capital. Y yo, con mis ocho años y una inocencia que era más bien estupidez disfrazada, lo absorbía todo. Criticaba a los maricas en la escuela, a los que se vestían "raro" o caminaban con un contoneo que, según mi padre, era "provocación al orden natural". No era odio puro, ¿sabes? Era como escupir para arriba: lo haces porque te lo enseñaron, y esperas que no te caiga en la cara. Pero la vida, esa perra sádica, tiene una forma de devolverte el salivazo con intereses.
A los catorce, todo se torció. O se enderezó, dependiendo de cómo lo mires. Estaba en esa fase de adolescente donde pruebas límites como si fueran caramelos caducados. Un amigo, o lo que sea que fuéramos, me retó. "Bésame, Inel, y dime si te da asco como dices". Lo hice para callarlo, para probar que yo era el normal, el que no tenía grietas en el armazón que mis padres me habían clavado a martillazos. Nuestros labios se juntaron en ese beso torpe, con sabor a chicle y nervios, y... nada. Ni arcadas, ni relámpagos divinos, ni el mundo partiéndose en dos. Fue como besar a esa chica en la fiesta de la escuela meses antes: un roce húmedo, un poco de curiosidad, y punto.
"Bueno, esto no es tan malo".
No me convertí en activista de la noche a la mañana. No, mi motivación era más egoísta. Me di cuenta de que podía ser más que el eco de mis padres. Podía ser el centro del puto universo, y si para eso tenía que flexionar un poco las reglas, pues que se jodan las reglas.
Ah, y hablando de ego: sí, soy narcisista. Orgulloso hasta la médula, aunque lo envuelva en capas de "amor propio" para que suene bonito. No lo admito en voz alta. Pero a veces se me escapa en bromas, la gente dice que con los años se modera, que el narcisismo se diluye como azúcar en té. Ja. En mi caso, solo se concentró.
Llegué a los dieciocho con el cuerpo de un dios griego en potencia; delgado pero definido, ojos que hipnotizan si sabes parpadear lento y un cerebro que bullía de ideas que no encajaban en el molde familiar. Mi madre, con su falda hasta las rodillas y esa sonrisa de "todo por tu bien", me presionaba:
—Medicina, Inel. Es estable, respetable. La gente te mirará con admiración, no con lástima.
Admiración. Como si yo necesitara que me la regalaran. Yo quería entretenimiento: cine, teatro, algo donde brillara, donde el público aplaudiera mi nombre como si fuera oxígeno. Le dije que no, con esa cortesía fingida que usaba para no herir susceptibilidades. Ella se plantó:
—¡No! Eso es un capricho de niño mimado. Estudiarás medicina y punto.
Fue la primera vez que me decían "no" sin que pudiera regatear. Me dolió como una patada en las pelotas, pero no lloré. En vez de eso, salí a buscar trabajo. Lavaplatos en un diner grasiento, repartidor de folletos bajo la lluvia, lo que fuera. Pagaban una miseria, lo suficiente para un techo húmedo y ramen instantáneo. A ese ritmo acabaría cediendo, firmando papeles para convertirme en el Dr. Inel, curando resfriados mientras soñaba con escenarios. Así que crucé la línea. No robé bancos, demasiado vulgar. Me metí en el negocio de la información: recolectar secretos como setas en un bosque prohibido y venderlos a quien pagara. Corporativos sucios, rivales celosos, hasta algún político con pico de oro y bolsillos negros. Era éticamente repugnante, claro. Pero, ¿quién soy yo para juzgar? La ética es para los que no pueden permitirse lujos.
Cualquiera se habría quebrado en ese mundillo: noches en vela espiando correos fingiendo sonrisas en fiestas donde el champán sabe a traición, el constante zumbido de paranoia en la nuca. Pero yo... yo florecí.
—Esto es para mí.
Me dije, mirándome en el reflejo de un motel barato. Mi narcisismo era el escudo perfecto: cada dato robado era una medalla, cada venta un aplauso imaginario. Ganaba más que un cirujano novato, cifras con ceros que hacían que mi madre se santiguara en secreto, si es que aún creía en eso. No despreciaba a los que estudiaban; oye, respeto el esfuerzo. Solo que para mí, ¿para qué sudar cuatro años si ya nadaba en billetes? El dinero no compra felicidad, dicen. Mentira. Compra colchones king size y whiskies caros, que es lo más cerca que he estado de la dicha.
Mi padre lo descubrió un martes cualquiera. Entró en mi habitación que ya era más un cuartel de operaciones que un nido de adolescente y vio los archivos en mi laptop. Secretos de vecinos, trapos sucios de conocidos. Su cara se puso roja como un tomate maduro a punto de reventar.
—¡Fuera de esta casa, demonio! ¡Nos has deshonrado!.
Deshonrado. Como si su apellido fuera una reliquia intocable. No parpadeé. Cerré la laptop con calma, metí lo esencial en una mochila y le clavé la mirada.
—Bien. Pero no vuelvan a mí si necesitan ayuda. El mundo es grande, y yo soy más grande.
Salí sin mirar atrás.
Saltemos a los veintisiete. El juego había escalado. Ya no era información de pacotilla; ahora cazaba en la selva de la alta alcurnia. Magnates con yates y amantes ocultas, políticos con narices blancas y votos comprados. Los exponía no por justicia, ja, qué chiste tan malo. Lo hacía porque joder a los que se creen intocables era el mejor afrodisíaco. Gané enemigos como quien colecciona sellos: un ejército de resentidos que me mandaban amenazas anónimas, o peor, facturas falsas para "arreglar" su reputación. Me encantaba. "Que vengan", pensaba, mientras me aplicaba delineador en el baño de un hotel de lujo. Mi arma secreta: el maquillaje. Era un maestro en ello. Mi apariencia era un cebo perfecto, y yo, el anzuelo que nadie veía venir.
Todavía arrastraba ecos de esas ideas conservadoras, clavadas como astillas en la piel. Deshacerme de ellas era como arrancarte un diente sin anestesia: duele, sangra, y a veces se infecta. No me molestaba seducir hombres ahora, al contrario, era eficiente, directo. Pero en el fondo, una vocecita susurraba "esto no es lo natural". La ignoraba. El trabajo es el trabajo. Y el sexo... bueno, había probado con mujeres, claro. Cuerpos suaves, curvas que invitaban a exploraciones perezosas. Pero con hombres era crudo, angular, como un duelo de voluntades. La técnica cambiaba, pero al final, daba lo mismo. Un orgasmo es un orgasmo, y yo siempre acababa en la cima.
La misión que me mató, o me coronó, según se mire. Empezó con un soplo jugoso; fraude electoral y crímenes del flamante presidente, un tipo que se había coronado meses atrás con sonrisas de tiburón y promesas huecas. El pago era obsceno, pero lo que me picó fue la rivalidad. Miguel, ese idiota con ego inflado y cero estilo, había fallado en el intento previo.
Inel: Esta vez te lo sirvo en bandeja.
Le mandé por mensaje anónimo.
Me infiltré como un cachorro perdido: identidad falsa, historia de huérfano vulnerable con ojos de Bambi y un trasfondo de pobreza que hacía que el corazón se ablandara. El presidente mordió el anzuelo en una gala benéfica, irónico, ¿no?
—Pobrecito —me dijo, pasándome un brazo por los hombros. —Ven, déjame cuidarte.
Fui su amante en cuestión de semanas. Cenas íntimas donde fingía devoción, noches donde mi cuerpo era el precio por accesos a servidores. Hackeé su red mientras él dormía, ronquidos de rey satisfecho. No sospechaba nada; ¿por qué iba hacerlo? Yo era su juguete perfecto y sumiso.
El último día, el aire olía a ozono y traición. Tenía los archivos en una unidad encriptada, listos para volar al limbo digital. Me escabullí hacia la salida trasera del palacio, un laberinto de mármol y secretos, pero él me cachó. Literalmente con las manos en la masa: mi laptop abierta, cables serpenteando como venas expuestas.
—Inel —gruñó, su voz un trueno disfrazado de decepción. Sabía mi nombre real. Mierda.
Intenté el teatro: ojos llorosos, voz quebrada.
—Por favor, amor, es un malentendido. Solo buscaba... inspiración para ti.
No coló. Su mano fue al bolsillo, sacó la pistola con la gracia de quien firma cheques.
—Sabes demasiado, precioso. Y yo no perdono errores.
Persuasión, entonces. Mi especialidad.
—Mira, hagamos un trato. Tú me dejas ir, y yo borro todo. O mejor; úsame. Soy bueno en lo mío, y tú... tú eres el poder. ¿Por qué mancharlo con sangre?
Hablaba rápido, ganando segundos, recordando escapes pasados: la ventana rota en la mansión del senador, el guardia distraído con un soborno verbal. De reojo, vi la puerta entreabierta. Casi. Un paso, dos. Mi corazón latía como un tambor de guerra, pero mi mente era hielo:
"Eres Inel, el intocable. Esto es solo otro truco".
El disparo fue seco, como un chasquido de dedos. La bala me rozó el hombro primero, pero la segunda... la segunda me encontró en el pecho. Caí de rodillas, el mundo tiñéndose de rojo borroso. Él se acercó con su pistola humeante, sonrisa torcida.
—Adiós, cariño.
Sangré en el suelo de mármol, riéndome por dentro. Porque había pulsado el botón de envío segundos antes. Los archivos volaron: pruebas de sobornos, votos falsos, fosas comunes disfrazadas de "desarrollo". El mundo se enteró esa misma noche. Titulares gritando, protestas como tsunamis, el presidente esposado en tiempo récord. Condenado a cadena perpetua, pudriéndose en una celda que olía a su propia mierda.
Yo morí solo, con el eco de sirenas lejanas y el sabor metálico en la boca. ¿Dolió? Claro, como el infierno. ¿Me arrepiento? Ni un ápice. Al final, el narcisista orgulloso gana. El universo me debe un monumento después de todo. Y si hay un más allá, que me den un trono. Me lo he ganado.
inel es simplemente inel