IV. Regreso a casa

Emma creía que estaba en un sueño, el cual nunca iba a acabar. Aún se preguntaba porque la vida era tan cruel e injusta para con ellos. Porque el destino les quería jugar sucio, sabiendo que eran buenas personas.

Había pasado una larga semana desde que Gregory había despertado y seguía sin recordar nada ni a nadie, su mirada se hallaba pérdida en el mostrador de las frutas, tratando de escoger la fruta adecuada para hacer un postre a su esposo, esa misma tarde le darían el alta y quería hacerlo sentir bien cuando llegara a casa.

— De moras, su favorito — murmuró agarrando la bolsa de moras, las echó al carro del mercado y siguió por el pasillo de la pequeña tienda. Una vez con todos los ingredientes comprados, los pago y salió en el auto para ir a casa.

Condujo por 10 minutos a velocidad prudente, su cabeza y su corazón estaban en otro planeta, tratando de buscar la solución para ayudar a Greg a recuperar la memoria. De algo estaba segura y era que, no se daría por vencida. Gregory iba a recuperar su memoria, así fuera lo último que hiciera en la vida.

Aparco el auto en el garaje, apago el motor y salió del vehículo para adentrarse al interior de la casa. Con todo el amor y dedicación del mundo empezó a preparar el postre favorito de su esposo. Hace un año no sentía esa felicidad que aunque no fuera completa, ahí estaba. Lo importante era que habían posibilidades que sus memorias llegarán con el pasar de los días, según lo que le había explicado el doctor Sherman, al estar tanto tiempo en un estado de coma, era normal que eso sucediera, el verdadero milagro era que había despertado, y eso le daba paz a su corazón.

Una vez estuvo el pastel, fue a la habitación, tomo una ducha y se colocó un vestido azul claro, peino su largo cabello castaño dejándolo caer en hondas a su espalda. Se miró en el espejo y su rostro estaba tomando color y sus ojos volvían a brillar como antes. La ilusión estaba más viva que nunca y eso le daba la fuerza suficiente para continuar, y luchar por el amor de su vida.

Pinto sus labios con un suave brillo rosa y salió en busca del hombre, pensando que al llegar a casa, quizá, sólo quizás lograra recordar algo.

...

— ¿Acá vivimos? — preguntó Gregory algo tímido. La mujer no solo lo ponía nervioso, también estaba hechizado por la belleza natural de quien decía ser su esposa.

— Sí, cariño. Esta casa es nuestro hogar — dijo ella con una sonrisa en sus labios. El frío que había allí se estaba disipando rápidamente cuando el sol brillo con fuerza en su interior—. Bienvenido a casa, cariño.

Ayudó a caminar a Gregory hasta la entrada, lentamente abrió la puerta y entraron hasta ayudarlo a sentar en su sillón favorito; él vio cada rincón como si de un niño se tratara, como si ver o decir algo sobre el aspecto lo fueran a regañar. Simplemente, no sentía esa comodidad de estar allí. Emma percibió en los ojos del hombre, lo extraño que le era todo, tomo aire varias veces y se fue hacia la cocina.

Apoyó los codos sobre la mesa y hundió el rostro entre sus manos, para calmar el llanto que se avecinaba. Se dijo que ese era un día de tener calma y felicidad, pero su realidad era cruel, golpeando su rostro con todas las fuerza; él no la reconoce a ella, mucho menos va a reconocer una casa, se dijo a sí misma. Sacudio la cabeza, y empezó a cortar el pastel, puso la mejor cara para volver a la sala con dos platos del postre de moras, que había hecho con gran ilusión, por lo menos, esperaba que le gustara.

Al momento de volver a la sala con los platos, Gregory contemplaba su cuaderno, el mismo que él le había regalado hace años; la pasta gruesa estaba en perfecto estado, a excepción de las primeras hojas donde la tinta ya lucía corrida. Con detenimiento lo vio queriendo o tratando de leer lo que allí decía, sin éxito alguno. Emma se acercó, quitó suavemente el cuaderno de sus manos, se sentó a su lado y empezó a recitar sus propios versos de manera pausada.

— La llovía cubrió el camino con sus gotas, al igual que tus labios cuando tocaron mi piel — empezó a decir ella con una sonrisa—. Este lo escribí hace unos días — prosiguió ella con los ojos llenándose de lágrimas—. Cariño, no me dejes, te lo pido. No me abandones, te lo suplico. No me dejes a la diestra de tu cama, por que el alma se congela y el calor abandona poco a poco tu piel blanca...

Gregory la escuchó atentamente, sus mágicas palabras callaron el desbocado corazón, que latía errático con cada verso triste que recitaba la hermosa mujer. De algún modo sentía culpa por el sufrimiento de Emma, así que de un impulso colocó su mano sobre la de ella; Emma levantó la cabeza del cuaderno, su corazón estaba igual de agitado que el de él, y entre miradas se quedaron completamente en silencio.

La prueba más dura estaba por venir, ¿Sería capaz de soportarla?. No lo sabía, lo que si sabía era que descubriría un mundo diferente con el amor de su vida. Y era algo que estaba dispuesta a pasar junto a él, que parecía un pequeño niño asustado, buscando desesperadamente los brazos de un angel.

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Irene Nievecita

Irene Nievecita

Qué titanica la tarea de ella primero negándose a desconectarlo porque ella sabía en su corazón que él iba a despertar y ahora luchar para ayudarle a recordar su vida y a ella. Si no logra recordar, ojalá se vuelva a enamorar de ella,

2024-07-08

3

Rosalinda Quintanilla

Rosalinda Quintanilla

si no llegan los recuerdos, ojalá que aprenda a amarla

2024-04-12

1

Lesly Argumelo

Lesly Argumelo

me da tristeza Emma

2024-02-14

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