Elda despertó con la luz tenue de la mañana filtrándose por las cortinas. La atmósfera en la habitación parecía más ligera después de la profunda conversación con Eleonora la noche anterior. Al sentarse en la cama, sintió una renovada energía y un atisbo de esperanza.
Sin embargo, de manera sorprendente, lo primero que cruzó su mente fue Vladimir. Sus pensamientos se vieron envueltos en una mezcla de emociones que no esperaba. Recordó su rostro gentil acariciando su mejilla, la conexión silenciosa que compartieron y la intensidad de su mirada.
Elda se sorprendió a sí misma al darse cuenta de que estaba pensando en un hombre que apenas conocía. ¿Cómo podía experimentar estos sentimientos tan profundos hacia alguien tan ajeno a su vida? La respuesta escapaba a su comprensión, pero no pudo evitar sonreír al recordar los poco momentos compartidos.
A medida que se preparaba para enfrentar el nuevo día, Elda se debatía entre la incertidumbre y la excitación. Vladimir se había convertido en una presencia imprevista en su mente y corazón, y aunque apenas comenzaban a conocerse, algo en ella ansiaba descubrir más sobre el enigmático hombre que la había cautivado de una manera única y especial.
Elda descendió las escaleras con gracia, envuelta en un exquisito vestido azul que realzaba la suavidad de su piel blanca y hacía resplandecer su cabello rubio. El material del vestido, sedoso al tacto, se adhería a las grandes curvas de su cuerpo con elegancia, destacando su figura.
Al llegar al comedor, se encontró con Eleonora, Aleksander y su tío Ras. Este último, al verla vestida diferente a como últimamente la veía en Rumania se alegro, se levantó y la abrazó, depositando un afectuoso beso en su frente. Con una sonrisa, le expresó cuánto le alegraba verla tan de buen ánimo y lista para desayunar.
Eleonora, mirando con afecto a Elda, preguntó — "¿Cómo dormiste, querida?".
Elda, sonriendo, respondió: —"Mejor de lo que esperaba, gracias a tu compañía y apoyo".
Aleksander, uniéndose a la conversación, dijo: —"Es bueno verte con más ánimo, Elda. ¿Qué te parecería un desayuno para empezar bien el día?".
Elda asintió agradecida, mientras Ras agregaba: —"Estamos aquí para lo que necesites, pequeña, no se te olvide".
Elda, aceptando con gratitud la atención, respondió sinceramente: —"Aprecio mucho su preocupación. Me siento afortunada de contar con su apoyo".
Aleksander, con una sonrisa cálida, dijo: —"Eres parte de esta familia ahora, Elda. Nos preocupamos por ti".
Eleonora asintió y añadió: —"Exacto, querida. Aquí estamos para ayudarte en lo que necesites".
Ras, con su característica seriedad, expresó: —"No dudes en pedir ayuda o consejo cuando lo requieras".
Elda con el bocado en la boca no pudo responder pero asintió agradecida por tanta preocupación, así siguieron desayunando hasta que su tío hablo referente a su terapia con el doctor
Elda —"No se te olvide que hoy tienes cita con el Dr. Antonov. Será beneficioso para ti, pequeña".
Elda, no muy complacida, aceptó con una ligera mueca: "Sí, lo sé. Fue un motivo principal por lo que decidí venir a Rusia. Gracias, tío además creo que el Dr. Antonov sabe lo que hace".
El sol brillaba suavemente sobre el jardín, creando destellos en la fuente que resonaban con la tranquilidad del lugar. Las flores desplegaban su espectro de colores, y el aroma fresco del césped llenaba el aire. Elda, acompañada por el doctor Antonov, se sentó en las cómodas bancas de piedra.
El doctor, con su serena presencia, le dirigió una cálida sonrisa a Elda, expresando una genuina preocupación por su bienestar. —"Elda, ¿cómo han sido estos días desde nuestra última conversación? ¿Te has sentido mejor?" —preguntó, buscando no solo conocer su estado físico, sino también su estado emocional.
Elda, con la mirada perdida en el horizonte, compartió con el Dr. Antonov la dualidad de sus días. Le confesó que en los momentos de calma, todo parecía en orden, pero de repente, como un viento gélido, llegaban imágenes de su pasado en Rumania. Estas visiones la asaltaban sin previo aviso, desencadenando una avalancha de emociones que la hacían sentir atrapada en un torbellino de recuerdos dolorosos. Cada detalle resurgía vívidamente, y Elda admitió que, en esos instantes, la idea de huir nuevamente se apoderaba de ella. La lucha interna se reflejaba en sus ojos, revelando la complejidad de su proceso de sanación.
El Dr. Antonov, percibiendo la complejidad del conflicto de Elda, la alentó a compartir detalles sobre su infancia en la escuela. Le pidió que describiera sus experiencias con los compañeros y cómo estas interacciones podrían influir en su percepción actual del mundo. La atmósfera en el jardín se volvió más introspectiva mientras Elda se sumergía en sus recuerdos escolares para entender mejor los cimientos de sus emociones presentes.
El doctor Antonov, con voz calmada, le pidió a Elda: "Cuéntame, ¿cómo era tu vida en la escuela? ¿Tenías amigos con los que te sentías cómoda?"
Elda, evitando el contacto visual, respondió al Dr. Antonov sobre su infancia. —"Al principio, me hablaban bien, pero cuando mi cuerpo cambió y me volví más llenita, empezaron las burlas", confesó. —"Mi mamá siempre me decía que no dejara que las palabras de niños crueles me afectaran, pero a veces era difícil", añadió con un suspiro, revelando la lucha interna que enfrentaba con esas experiencias pasadas.
El doctor Antonov, con comprensión en su mirada, le preguntó directamente: —"Elda, ¿te aislaste o continuaste con tu vida normal, a pesar de las burlas?"
Elda respondió al doctor: —"Todos los días hablaba con mi mamá sobre lo que pasaba. Ella también había sufrido bullying toda su vida hasta que conoció a mi padre. Siempre me animaba a buscar el lado positivo de cada persona e ignorar las burlas. Sus palabras me daban fuerzas para seguir adelante y no aislarse".
El doctor Antonov, viendo que Elda hablaba fluidamente de su infancia, decidió cambiar el rumbo de la conversación y le preguntó cómo era la relación con su exnovio. Elda, al recibir esa pregunta, experimentó un cambio brusco en su expresión, reflejando miedo, dolor y odio. A la defensiva, cuestionó por qué el doctor quería saber eso, argumentando que estaban hablando de su infancia. La atmósfera se volvió tensa mientras Elda lidiaba con sus emociones más recientes, el doctor no dejo de insistir para que Elda pudiera liberarse de esa carga, pero Elda no soporto más y respondió enojada.
Elda, con furia en sus ojos y la voz temblorosa, exclamó: —"No quiero hablar de él ni de lo que sucedió en Rumania. Ese capítulo de mi vida está cerrado y no quiero volver a abrirlo. ¿Por qué insiste en remover heridas que ya intento cerrar?"
Elda, desgarrada por las emociones, se levantó de la banca con la mirada perdida, lista para escapar del pasado que la atormentaba. En ese preciso instante, Vladimir, con un plato de frutas en la mano, se acercaba para anunciar que pronto la comida estaría lista. El encuentro fue inminente, y Elda, con la mente nublada, chocó con el cuerpo de Vladimir. La reacción inmediata de Vladimir fue rodearla con sus brazos, sintiendo cómo Elda temblaba con lágrimas en sus ojos. Sin entender del todo la situación, la abrazó con fuerza, ofreciéndole un refugio en medio de la tormenta emocional. Elda, incapaz de contener su angustia, comenzó a sollozar sobre el pecho de Vladimir, pidiéndole desesperadamente que la sacara de aquel tormentoso momento.
Vladimir, sin titubear, la cargó en brazos, como si quisiera protegerla de todo lo que la perturbaba. Cada paso que daba hacia su habitación resonaba con la gravedad de la situación. Al llegar, depositó con delicadeza a Elda en la cama, asegurándose de que estuviera cómoda antes de romper el silencio.
—Elda, ¿puedo ayudarte en algo? —preguntó Vladimir con preocupación, su mirada buscando entender el dolor que ella guardaba tan celosamente. La habitación, impregnada de la fragilidad del momento, esperaba ansiosamente la respuesta que podría cambiar el curso de sus vidas.
Vladimir, sintiendo la intensidad del dolor en las palabras de Elda, la apretó con más firmeza contra su pecho, como si pudiera ofrecerle seguridad a través de aquel abrazo. Las lágrimas de Elda seguían fluyendo, y sus sollozos resonaban en la habitación.
Elda, envuelta en la fragilidad del momento, se aferraba a Vladimir como si fuera el único ancla en medio de la tormenta que la amenazaba. En su expresión se mezclaban el dolor del pasado y la esperanza de encontrar consuelo en alguien que, por alguna razón, estaba dispuesto a ser su refugio y que su cuerpo le pedía que ni se alejara de él, sentía como corría una ligera corriente eléctrica por todo su cuerpo sientiendo una mezcla de sentimientos.
—No me dejes... —susurró Elda entre sollozos, como un ruego desesperado. Y Vladimir, comprendiendo la magnitud de esa súplica, apretó aún más su abrazo, como si pudiera ahuyentar los demonios que atormentaban a su musa, asu diosa griega con solo sostenerla con fuerza.
—No te dejaré, Elda. Puedes confiar en mí. —Fueron las palabras de Vladimir, pronunciadas con una seriedad y empatía que buscaban ser un bálsamo para el alma herida de Elda. Su voz resonaba con la promesa de estar allí para ella, sin importar qué.
Vladimir, con cuidado y ternura, se acomodó en la cama, recargando su espalda en el respaldo para crear un espacio cómodo. Con suavidad, ayudó a Elda a recostarse, procurando que quedara con su cabeza y su cuerpo reposando sobre su pecho. La posición permitía que Vladimir tuviera un acceso más fácil para acariciar su cabello y espalda, brindándole consuelo a través de gestos delicados.
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