03/11/1992
Hoy, el día fue casi tan intenso como ayer. La directora nos reunió en el patio principal para entregar los reconocimientos a las alumnas destacadas. Yo tenía más sueño que de costumbre debido al esfuerzo del día anterior, solo esperaba quedarme dormida mientras las maestras daban sus largos y aburridos discursos de agradecimiento.
En la formación siempre colocamos nuestras manos cruzadas en la espalda, mantenemos una postura recta, los pies juntos y la mirada al frente; ya me había acostumbrado a estar así por un tiempo prolongado, pero no tanto como en esta ocasión, mis hombros pesaban y sentía que mi cuerpo se balanceaba demasiado, amenazando con caer y hacer el ridículo.
Pronto, el escándalo de las chicas me hizo despertarme de mi letargo, pues la directora empezó a darles unas medallas a las alumnas que tuvieron participaciones destacables.
Anna se indignó de que en deportes solo premiaran a las gemelas por hacer un número especial de gimnasia.
—No es justo, también hicimos cosas en el escenario —susurró.
—Nadie le gana a las chicas bonitas, Anna, el público estaba aburrido hasta que aparecieron ellas con sus listones rosas —respondió Elena.
—¿Me dijiste fea? —replicó Anna.
—No, solo que te faltó salir en leotardo.
Premiaron a las coordinadoras de las exposiciones, a la directora de ceremonias y a las protagonistas de danza, ballet y la obra de teatro, entre ellas, Daniela y Fernanda, la primera tuvo sus tres medallas de oro, incluso por haber sido la presentadora del altar. Fernanda se quedó solo con dos medallas y cuando pasó a recogerlas se le notaba el disgusto por no haber obtenido más.
Quien le hizo la par a Daniela fue Elena, por coordinar los juegos matemáticos, por maquillar a la catrina del evento y otra por maquillar a las protagonistas de la obra. En cuanto dijeron su nombre se emocionó tanto que le brillaron los ojos y dio brinquitos en su lugar antes de ir a recoger sus premios.
—Ya me esperaba la medalla por “Mate”, pero el resto… —dijo con mucho ánimo.
Otras ganadoras de medallas fueron las autoras de la calaverita coral y las diseñadoras. Todas ellas se merecían su premio.
Creía que todo había terminado, incluso ya había recogido mi medalla por ser parte del dueto de violín, cuando de pronto, la directora dijo que tenían un reconocimiento especial. Las chicas vitorearon mientras yo estaba en shock.
—Alicia del Valle, por desempeñar el cargo de asistente general de tres clubes: Pintura, Teatro y Danza, además de integrarse a cada actividad con esmero y destreza. Por favor, pase al frente, señorita Alicia.
—Le dan un premio por ser la gata — Alcancé a escuchar a una de las Rosas mientras me acercaba al estrado. Quería meter mi cabeza en un agujero.
Durante las clases hubo maestras que nos volvieron a felicitar por obtener los reconocimientos y nos animaron a seguir con la misma energía todo el año.
—Recuerden, señoritas, que antes de las actividades navideñas tendremos unas olimpiadas de ortografía, así que hoy daremos un repaso a algunas normas difíciles y en la próxima clase haremos un examen—indicó la profesora de literatura, Estela, también encargada del club —. Escogeremos a tres de ustedes para representar el colegio y viajaremos a otra escuela a presentar el siguiente examen. Tengo altas expectativas de ustedes. Espero que lleguemos a nivel nacional, como el año pasado.
Al terminar me dirigió su típica mirada que grita “Te estoy hablando a ti”. Me encogí en mi asiento pensando que acabo de salir de una crisis y ya me quieren poner en otra.
En el receso Karina compartió sus frutos secos y unos chocolates envinados que le dieron sus padres de contrabando cuando vinieron al evento.
—Mi hermana se la pasó jugando ajedrez con las chicas del club, creo que ya hasta son amigas —dijo Anna.
—Así que es de familia… —agregó Karina mientras desenvolvía un nuevo chocolate de su envoltura.
—Adivina quién me enseñó a jugar —respondió Anna quitándole el chocolate antes de que Karina se lo echara a la boca.
—¡Oye!
—Tú tienes más…
—Por cierto, Ali, ¿vino tu mamá? —me preguntó Karina volviendo a sacar chocolates de una caja.
—No, me dijo que estarían los dos, pero no vi a nadie, supongo que tuvieron asuntos importantes que atender —respondí agachando la mirada. Aunque al principio no me interesaba si venían o no, sentí mi pecho apretado y un nudo en la garganta.
Alcancé a ver que Anna le dio un codazo a Karina en el hombro y susurraron entre sí.
—¡Niñas! nos vemos en la tarde, a las cinco para hacer el conteo con las Rosas —habló Cinthia detrás de mí —, según mis cuentas, todo pinta en nuestro favor.
Puso sus manos sobre mis hombros y los palmeó con suavidad.
—Y de nuevo, felicidades, Alicia.
Al voltearme, ella ya se dirigía a otra mesa de Margaritas para dar las mismas indicaciones.
Eran las cuatro y media y Anna ya estaba tocando mi puerta. En seguida me colgué las medallas en el cuello con rapidez. Elena dijo que las contarían en persona.
—¡Vamos, Ali! ¡Elena dice que ganamos!
—¿Qué? —exclamé al abrir.
Anna tenía la camisa desfajada, como siempre, una calceta arremangada y lo que se veía de su pierna estaba llena de tierra, ramas y sangre escurriendo a sus tobillos.
—Así como lo oyes…
—¿Qué te pasó? —dije acercándome a ver su herida —, ¿te caíste? — levanté su falda sin pensarlo. Ahora pienso que fue muy atrevido de mi parte.
—Ah, sí, es mi rodilla… jugando, pero no es grave… —dijo con la voz temblorosa y casi sin aliento, supuse que había corrido a verme.
—¿Te importa más el haberle ganado a las Rosas que curarte? — Solté su falda y la tomé de la mano.
—No es grave, ya te…
—Siquiera vamos a que te laves —dije jalándola hacia los baños.
Dejé que pasara sola a la regadera para que se limpiara mejor. Le di un poco de papel para que se secara y de ahí nos fuimos al patio a encontrarnos con el salón de las Rosas.
—Debes cuidar tus heridas, Anna, al rato vamos a la enfermería a que te pongan vendas.
—Es que siempre me pasa…
—¡Era mucha sangre!
—Está bien. Está bien… calmada — sonrió como suele hacerlo: con la picardía de una niña traviesa.
Ya en el patio estaban todas las chicas. Cinthia y Daniela justo en medio, contando los premios.
—¡Alicia, faltas tú! —exclamó Julieta mientras me empujaba hacia donde estaban las jefas de grupo.
—Con estas dos medallas ya les ganamos —dijo Cinthia, con firmeza.
—La medalla de consolación no cuenta —replicó Daniela, con un tono despectivo en su voz.
—No, no cuenta, es la sirvienta —agregó una de las Rosas detrás de ella.
—Es un mérito oficial, si no estás de acuerdo, reclámale a la directora — defendió Cinthia.
Estuvimos un rato discutiendo… mejor dicho, todas, menos yo, sentía que no me merecía la medalla, pero tampoco quería que las chicas recibieran un castigo por mi inseguridad, así que solo me quedé callada mientras hablaban de lo útil o insignificante que había sido para los clubes en cuestión.
Al final, las Rosas aceptaron con evidente rabia que habían perdido en esta ocasión.
—Prepárense para perder en las olimpiadas de ortografía —sentenció Daniela.
—Quien tenga a la compañera que llegue más lejos ganará, ¿cierto?
—Cierto.
—Entonces ya dejen de llorar y prepárense ustedes, porque tenemos muy buenos elementos para jugar —dijo Cinthia, pasándome un brazo por el hombro y pegándome hacia ella.
—Ya, dinos cuál es el castigo, Margarita.
—Vayan a su salón, encontrarán su regalito — Cinthia sonrió de una manera que me dio miedo y… por otro lado… me sentí aliviada de estar con ella en el mismo bando.
Al separarme busqué a Anna con la mirada y no la encontré. Karina se me acercó y me abrazó con efusividad.
—¡Deberíamos celebrar, chicas! —exclamó dirigiéndose a todas y dejándome sorda de un oído en el proceso.
—¿Dónde está Anna?
—Fue a hacer su parte, nos vemos en el cuarto de Julieta a las ocho —respondió Elena.
—Pero Anna…
—Déjala, ahorita viene, ¿quieres un chocolate? —dijo Karina sacando una caja nueva de su bolso negro de piel.
—Te van a salir granos, Karina.
—No me importa, Elena, saben rico…
Empezaron a discutir como siempre. Yo estaba preocupada por Anna, así que fui a la enfermería y la esperé en la banca, junto a la entrada. De vez en cuando pasaban alumnas del salón de las Rosas, me miraban con odio y cuchicheaban entre sí. En otro momento hubiera tenido miedo de que algo me pasara, pero estaba más interesada en encontrarme con mi amiga.
Después de media hora la vi acercarse entre otras chicas.
—¡Ali, aquí estás!
—¡No te has vendado la herida! —exclamé.
—Ah, cierto, vamos…
Nos metimos a la enfermería y la atendieron con rapidez, no había nadie más esperando ayuda.
—Deberías haber visto la cara de las Rosas… —susurró en mi oreja.
—¿De qué hablas?
—Niñas, tengo que ir por un broche para la venda, si no lo pongo se te caerá fácilmente —dijo la enfermera y salió hacia la dirección.
—Del castigo.
—¿Qué hicieron?
—Dos chicas y yo pusimos basura, piedras y tierra en sus mochilas!
—¿¡Qué!?
—¡Sí!, salimos y esperamos a ver su reacción, me hubiera gustado que también estuvieras ahí, pero era arriesgado para ti…
Todo el enfrentamiento es arriesgado, no solo para mí, también para ella, para Elena, Karina y todas en general. En ese momento la abracé con fuerza y dejé reposar mi cabeza en su hombro.
—Gracias, Anna.
—Fue idea de las chicas, tú pasaste por lo mismo y no querían que te quedaras sin venganza…
—En la pijamada también les daré las gracias.
—¿Las vas a abrazar a todas?
En ese momento me separé de ella y nos miramos fijamente. El tono con el que lo había dicho me había dejado confundida; entonces se rió.
—Es broma. Puedes abrazar a quien quieras —dijo la última frase volteando la cara a un lado.
—De todas formas, solo quería abrazarte a ti — le dije buscando su mirada.
—¡Listo, niñas! aquí tengo los broches.
Llegó la enfermera y le puso el broche en la rodilla. Salimos, nos encontramos con Elena y Karina en el comedor y platicamos de todo lo que había pasado en el evento y en el enfrentamiento con las Rosas. Anna parecía distraída y hacía poco contacto visual conmigo.
No sé por qué le dije eso, espero no lo malinterprete. Tengo muchas dudas, pero lo que sí sé es que no quiero caer en otra trampa como la de Fernanda.
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